Posee a ella en la noche salvaje… Ver más

El peso del invierno en las tierras altas de Montana rara vez ofrecía un espectáculo de clemencia. Para Caleb Ward, un hombre que había elegido el exilio voluntario y el aislamiento en las profundidades de la naturaleza salvaje, la tormenta no era más que una condición atmosférica con la que negociar cada día. Su existencia se había reducido a la supervivencia pura, a la distancia prudente respecto a cualquier rastro de civilización y al cumplimiento estricto de las leyes no escritas de la montaña. Sin embargo, aquel día, la vorágine blanca decidió alterar el curso de su rutinaria desolación al revelarle los restos de una diligencia sepultada bajo metros de nieve.

El escenario del accidente presentaba el cuadro habitual de la tragedia en los caminos fronterizos: el silencio sepulcral, el metal retorcido, la madera astillada y la presencia inconfundible de la muerte. Los pasajeros y el conductor yacían inertes, atrapados en una trampa de hielo y nieve que había aniquilado cualquier intento de rescate previo. La labor de Caleb no debía extenderse más allá de la constatación de los hechos y la retirada prudente ante la amenaza constante de una nueva avalancha. No obstante, un detalle imperceptible desvió su atención del protocolo del desinterés. Bajo el abrigo de una de las víctimas, un leve temblor desmintió el veredicto definitivo del frío.

Una mujer permanecía con vida en medio de la carnicería. Su aspecto exterior revelaba un origen distante de la rudeza de la frontera, un testimonio silencioso de clases sociales y comodidades urbanas que ahora chocaban violentamente con la intemperie. La decisión de intervenir contrajo los músculos de Caleb con una resistencia casi visceral. Socorrer a un semejante implicaba renunciar al pacto de soledad que había sellado años atrás tras sufrir los embates de una sociedad que no perdonaba las diferencias ni las debilidades corporales. La mujer poseía una complexión robusta, un cuerpo alejado de los cánones de fragilidad que las revistas del este propagaban, una característica que en su lugar de origen le había valido el escarnio y la condenação pública.

En el pueblo que había dejado atrás, la burla constante había marcado su juventud. Los habitantes locales habían interpretado su corpulencia como una señal de maldición, un castigo divino que justificaba el rechazo sistemático y la crueldad cotidiana. Sometida a un juicio perpetuo por no encajar en la silueta frágil que se esperaba de una mujer, había cargado con el estigma del desprecio hasta el momento en que decidió embarcarse hacia lo desconocido, buscando en la inmensidad del oeste un horizonte que no estuviera poblado de miradas inquisidoras y juicios sumarios. El destino, sin embargo, quiso que su travesía terminara en aquel abismo helado, a merced de la estricta geografía de la montaña.

Caleb cargó el cuerpo con un esfuerzo que puso a prueba cada fibra de su musculatura endurecida por años de trabajo solitario. El trayecto hasta su cabaña constituyó una prueba de resistencia extrema, un diálogo mudo entre la determinación y el agotamiento. Cada paso en la nieve profunda exigía un tributo de energía que parecía drenar la voluntad del rescatador. Al llegar al refugio, la urgencia de la supervivencia dictó las acciones: retirar las prendas congeladas, avivar el fuego moribundo y aplicar calor artificial para contrarrestar la hipotermia avanzada que amenazaba con apagar el último destello de vida en la mujer.

Durante las primeras horas, la cabaña se convirtió en el escenario de una tregua tensa. Caleb permaneció en guardia, vigilando los signos vitales de la sobreviviente con la desconfianza innata de quien ha aprendido a temer tanto a la naturaleza como a sus semejantes. La mujer, sumida en un estado de inconsciencia febril, comenzó a mostrar los primeros indicios de retorno a la realidad a medida que el calor del hogar ganaba terreno al frío exterior. Al abrir los ojos, el desconcierto y el miedo iniciales se mezclaron con la incredulidad de encontrarse en un refugio desconocido, asistida por un hombre cuya apariencia respondía a todos los estereotipos del ermitaño peligroso.

El diálogo entre ambos fue parco, limitado por la fatiga y por la brecha insondable que separaba sus respectivos mundos. Ella, consciente de haber atravesado la frontera entre la vida y la muerte, intentó reconstruir los fragmentos de su memoria reciente mientras reconocía en su rescatador a una figura tan hosca como el paisaje que los rodeaba. No había en Caleb ninguna actitud salvadora de caballero romántico, sino más bien la resignación de quien ha sido obligado por las circunstancias a interrumpir un aislamiento largamente cultivado. La presencia de la mujer introducía una variable imprevista en la ecuación de su existencia, obligándole a confrontar memorias y dolores que creía sepultados bajo capas equivalentes de tiempo y silencio.

A medida que el temporal amainaba y la luz del nuevo día filtraba a través de las rendijas de la puerta de madera, la atmósfera en la cabaña adquirió una densidad reflexiva. La mujer comenzó a recuperar la fuerza en su voz, revelando una resiliencia que contrastaba con la fragilidad aparente de su situación. No era la primera vez que debía enfrentarse a la adversidad extrema; los años de hostigamiento social habían forjado en ella una coraza psicológica tan sólida como la estructura física que sus antiguos vecinos tanto se empeñaban en ridiculizar. La montaña, con toda su brutalidad, no hacía sino replicar a otra escala la hostilidad que había caracterizado su existencia urbana.

Caleb, por su parte, reconoció en los gestos de la sobreviviente un eco de su propia trayectoria. Su decisión de apartarse del mundo no había surgido de la misantropía pura, sino del cansancio acumulado frente a la incomprensión ajena. Ver a aquella mujer luchar contra el frío extremo con la misma obstinación con la que había resistido el rechazo social estableció un puente invisible entre dos biografías marcadas por el margen. En aquel refugio apartado del mundo, la tragedia de la diligencia se transformó en el punto de encuentro de dos existencias que habían optado, por vías distintas, por la resistencia frente a un entorno implacable.

La narrativa de este rescate trasciende el mero acontecimiento físico para adentrarse en las complejidades de la condición humana cuando esta se ve despojada de las convenciones sociales. En la aislamiento de la cabaña, las etiquetas impuestas por la comunidad de origen carecían de validez. La corpulencia de la mujer, motivo de burla en los salones y calles que había dejado atrás, se revelaba ahora como el testimonio de una fortaleza biológica que le había permitido resistir las condiciones que otros no habían superado. La montaña no juzgaba los cuerpos según cánones estéticos arbitrarios; los medía únicamente por su capacidad de perdurar frente al rigor del invierno.

La convivencia forzada durante aquellos primeros días estableció un equilibrio frágil pero estable. Ninguno de los dos era proclive a la confidencia gratuita, pero el respeto mutuo crecía a la par que el fuego de la chimenea consumía la leña acumulada. Caleb comprendió que la mujer no era una carga pasajera, sino un recordatorio viviente de que el pasado del cual intentaba huir siempre encontraba la manera de presentarse bajo formas inesperadas. La travesía de ella hacia el oeste, truncada por el accidente, simbolizaba un intento legítimo de reinvención, un rechazo rotundo a aceptar el papel secundario y denigrante que se le había asignado en su lugar de origen.

El análisis de este episodio pone de relieve la hipocresía de los entornos sociales pequeños, donde la diferencia suele ser castigada con el escarnio sistemático. La marginación sufrida por la mujer debido a su peso corporal ilustra la crueldad de los prejuicios arraigados en comunidades cerradas, incapaces de valorar la dignidad intrínseca de cada individuo más allá de las apariencias externas. Frente a esa intolerancia colectiva, la naturaleza se mostraba paradójicamente neutral; en la inmensidad blanca de Montana, las jerarquías sociales se disolvían, dejando al descubierto la vulnerabilidad esencial de todos los seres humanos.

Con el transcurso de las jornadas, la recuperación de la viajera avanzó de manera sostenida, permitiéndole integrarse en la dinámica austera del refugio. Las conversaciones, cuando ocurrían, eran escasas y directas, centradas en las necesidades prácticas del día a día y en la evaluación constante de las condiciones meteorológicas que dictaban la posibilidad de un futuro desplazamiento hacia algún asentamiento habitado. Sin embargo, el impacto del encuentro ya se había consumado en la conciencia de ambos. La montaña había dejado de ser un simple espacio geográfico para convertirse en el escenario de una transformación profunda, donde la compasión y la supervivencia se entrelazaron de manera irrevocable.

La madrugada sobre las cumbres de Montana no ofrecía tregua, sino que arreciaba con una furia implacable que sacudía los cimientos de la cabaña de madera antes de que Eleanor tuviera siquiera la oportunidad de procesar el significado de la placa metálica que acababa de ver. Una astilla de pino saltó a escasos centímetros de su mejilla, anunciando la violencia del proyectil que acababa de atravesar el muro con facilidad pasmosa. Con un movimiento ágil y resuelto, Caleb cruzó la estancia en dos zancadas, se aferró al borde de la mesa pesada y la volcó con destreza para interponerla como barricada improvisada entre Eleanor y la ventana destrozada por el plomo. Su voz sonó seca, imperativa y desprovista de vacilaciones en medio del caos. Abajo. Ella se dejó caer tras el improvisado escudo justo en el instante en que otro disparo perforaba los tablones de madera, mientras en el exterior los caballos relinchaban asustados bajo el azote de la tormenta invernal. De pronto, la voz de Silas Mercer cortó el aire con una nitidez escalofriante. Eleanor. El cuerpo se le quedó completamente paralizado. Aquella voz la había escuchado en contadas ocasiones: la primera a través de un fonógrafo que acompañaba la propuesta de matrimonio que le habían enviado meses atrás, y la segunda en un andén ferroviario tres semanas antes, cuando él se presentó brevemente antes de alegar urgencias inaplazables que le obligaban a cabalgar por delante. En ambas circunstancias, el tono había sido cálido, cultivado, paciente y lleno de una aparente consideración. Ahora, sin embargo, no quedaba ni el más mínimo rastro del hombre que había redactado aquellas cartas meticulosas. ¡Eleanor Vale!, volvió a gritar Mercer desde la oscuridad de la ventisca. ¡Sé que sigues con vida! Agachado junto al hogar de piedra, Caleb introdujo un nuevo cartucho en la recámara de su rifle con movimientos mecánicos y precisos. Eleanor se quedó mirando fijamente la placa de plata que medio asomaba bajo la munición en la caja abierta del cazador. ¿Qué eres tú?, preguntó con un hilo de voz. Ocupado, respondió él sin apartar la vista del exterior. Eso es la placa de un hombre de la ley. Lo fue. Otro impacto sacudió el tejado con fuerza sorda. Inclinándose ligeramente hacia el marco roto sin exponer su silueta, Caleb alzó la voz para sondear al enemigo. ¿Cuántos son?, exclamó. La risa de Mercer resonó en el exterior, fría y burlona. Los suficientes. La mandíbula de Caleb se tensó hasta marcarse con dureza. Eleanor susurró con la desesperación reflejada en el rostro: ¿Por qué quiere verme muerta? Por primera vez desde que la había rescatado de los restos del carruaje, Caleb la miró directamente a los ojos, y en su expresión se dibujó algo que a ella le infundió mucho más pavor que el estruendo de los disparos: culpa. Porque, sentenció él, el accidente del carruaje jamás fue tal. Las palabras cayeron sobre ella con un peso infinitamente mayor que el de las balas. Eleanor lo contempló sin atreverse a parpadear, pero Caleb continuó antes de que pudiera articular pregunta alguna. El camino por el que ascendiste lleva cerrado desde noviembre. Ningún cochero con licencia se habría arriesgado a cruzar ese puerto durante una tormenta semejante. Mi conductor aseguró que Mercer le había pagado un extra. No me cabe la menor duda. Un caballo se desplazó con sigilo cerca de la fachada este de la cabaña. Al percibirlo, Caleb reorientó el cañón de su rifle con extrema cautela. Mantente baja. ¿Qué le ocurrió al carruaje? Alguien cortó la línea del freno trasero antes de que alcanzara la cresta. El rostro de Eleanor palideció de golpe, perdiendo todo vestigio de color. Caleb dirigió una rápida mirada hacia los restos deshechos de su equipaje de viaje junto a la pared. Y alguien retiró la cadena de arrastre de emergencia. Ella negó con la cabeza lentamente, incapaz de aceptar la magnitud de la traición. No. Revisé los restos. ¿Volviste al lugar? Antes de que despertaras. ¿Me dejaste sola? Estabas inconsciente. Esa no es una respuesta. Durante un segundo absurdo, con hombres armados acechando afuera para acabar con sus vidas, Caleb estuvo a punto de esbozar una sonrisa amarga, pero la aparición fugaz de una sombra cruzando el cristal interrumpió cualquier atisbo de ironía; disparó de inmediato. Un grito ahogado brotó más allá de las paredes y Mercer maldijo con furia. ¡Acabas de matar a un ayudante contratado! Caleb accionó la palanca del rifle con soltura. Ningún ayudante que yo conozca se esconde tras un árbol mientras dispara contra una mujer. Eleanor presionó ambas manos contra la superficie de la mesa volcada, sintiendo que sus pensamientos se dispersaban de la misma manera que los restos del carruaje destrozado en el abismo. Silas Mercer. La línea de frenos. Una placa olvidada. Un ermitaño de la montaña que había reconocido los signos de un sabotaje de manera instantánea. Caleb. Ahora no. Me dijiste que habías vivido aquí solo durante ocho años. Así ha sido. Pero fuiste un hombre de la ley. Sus hombros se pusieron rígidos como el acero. Sí. ¿Qué fue lo que ocurrió? Él guardó silencio. Afuera, la voz de Mercer volvió a rasgar el viento. Ward, ya sabes que esto no es asunto tuyo. El semblante de Caleb experimentó una transformación sutil pero absoluta. Su mirada se aquietó por completo, su respiración se ralentizó hasta volverse imperceptible y el tosco ermitaño de la montaña se desvaneció por completo. En su lugar emergió algo infinitamente más frío, algo profundamente disciplinado y letal. Esto pasó a ser asunto mío, bramó Caleb en respuesta, cuando asesinaste a cuatro personas en mi montaña. Mercer dejó escapar una carcajada seca. Siempre te ha gustado coleccionar causas perdidas. Eleanor giró bruscamente el rostro hacia él, procesando las implicaciones de aquel trato. ¿Siempre? Se conocían de antes. La expresión de Caleb confirmó sus peores sospechas. Tú y Mercer… Luego. Puede que no haya un después. Otro disparo hizo añicos la madera de la puerta y Caleb devolvió el fuego a través del umbral. Un hombre gimió en la oscuridad exterior y el silencio recuperó el dominio de la escena. Fue entonces cuando Mercer volvió a hablar. Tienes diez minutos, Ward. ¿Para qué? Entréganos a la mujer. El estómago de Eleanor se contrajo en un nudo doloroso. ¿Y si lo hace?, gritó ella antes de que Caleb pudiera detenerla. El viento engulló la primera mitad de sus palabras, pero Mercer respondió de todos modos con una dulzura nauseabunda. Eleanor, querida mía. Qué gran alivio me da saber que has sobrevivido. La falsa ternura en su tono le provocó escalofríos en todo el cuerpo. Intentaste matarme. No, no. Ha habido un malentendido terrible. Entre dientes, Caleb masculló una observación: Miente mejor de lo que la mayoría reza. La voz de Mercer prosiguió implacable. El conductor entró en pánico. La tormenta se adelantó. Ward te ha llenado la cabeza de disparates asustados. Eleanor se inclinó hacia los restos de la ventana. Entonces, ¿por qué nos estás disparando? Tras una breve pausa, llegó la réplica. Porque Caleb Ward asesinó a mi hermano. Caleb quedó completamente inmóvil. Eleanor se volvió hacia él con incredulidad. Mercer había encontrado el punto exacto de la herida, y ella lo vio reflejado en sus facciones; cualquier cosa que habitara en el interior de Caleb pareció desgarrarse con esas cinco palabras. ¿Es eso verdad?, susurró ella con temor. Caleb bajó ligeramente el cañón del rifle. Sí. El aliento quedó suspendido en los pulmones de Eleanor. Desde el exterior, Mercer elevó el tono para hacerse oír por encima de la tormenta. ¡Ahí lo tienes! Pregúntale por qué se esconde en estas montañas. ¡Pregúntale por qué un mariscal federal desapareció tras alojar una bala en el cuerpo de un hombre desarmado! Mariscal federal. Eleanor miró fijamente a Caleb, cuya placa de plata parecía de repente mucho más pesada que el metal común. ¿Fuiste mariscal? Mariscal adjunto de los Estados Unidos. ¿Y su hermano? Caleb fijó la vista en las llamas parpadeantes del hogar. Thomas Mercer. ¿Qué sucedió? No estaba desarmado. ¡MENTIROSO!, aulló Mercer a través de la tormenta. Los nudillos de Caleb se blanquearon por la presión ejercida sobre el arma. Llevaba una pistola derringer oculta en el interior del abrigo. ¡Mi hermano se había rendido! Tenía a tres niñas secuestradas y encadenadas en el interior de un cobertizo de carga. El viento pareció disiparse por completo, dejando un frío insoportable a pesar de la cercanía del fuego. Caleb la miró fijamente. Una de ellas tenía doce años. Afuera, Silas Mercer dejó de gritar de inmediato. Caleb continuó con voz pausada y monocorde. Thomas Mercer traficaba con mujeres a través de los campamentos mineros. Compraba a algunas, robaba a otras y las revendía cuando el primer postor se cansaba de ellas. La náusea invadió por completo a Eleanor. ¿Silas lo sabía? Silas lo financiaba. Esa revelación devolvió a Mercer la agresividad a la voz. ¡No tienes pruebas! Los ojos de Caleb se endurecieron como el pedernal. Tenía pruebas. Tenía. El matiz temporal no pasó desapercibido para Eleanor. ¿Qué fue de ellas? Caleb dirigió su atención hacia un rincón oscuro de la cabaña. Durante varios segundos no emitió sonido alguno, hasta que introdujo la mano bajo su camisa y extrajo una pequeña llave de hierro sujeta a un cordón de cuero. Confié en el hombre equivocado. Antes de que Eleanor pudiera inquirir más detalles, un objeto contundente impactó contra la pared trasera. El vidrio estalló en mil pedazos, una botella rodó por las tablas del suelo y las llamas estallaron de inmediato. ¡Fuego! Con reflejos veloces, Caleb se precipitó hacia adelante, apartó de una patada la botella encendida de los mantones y comenzó a apagar con furia el queroseno que se extendía sin control. Un segundo proyectil incendiario atravesó la ventana de la cocina, estallando en mil pedazos contra el muro de troncos y propagando el fuego con rapidez vertiginosa. Mercer había decidido poner fin a las negociaciones. ¡A la bodega!, gritó Caleb. ¡No voy a dejarte aquí! No te vas a quedar a asar con vida. De un fuerte tirón, arrancó una alfombra desgastada cerca de la cama para dejar al descubierto una trampilla cuadrada de madera. Eleanor lo miró atónita. ¿Tienes una bodega? Tengo algo más que eso. Caleb levantó la trampilla, revelando una negrura impenetrable en las profundidades. Vete. Arrastrándose con las mantas envueltas alrededor del cuerpo, Eleanor se aproximó a la abertura, pero se detuvo en seco. Mis ropas. Caleb la miró con incredulidad. La casa se está quemando. No pienso escapar de una cabaña en llamas hacia una ventisca en Montana vistiendo únicamente dos mantas. A pesar de la gravedad de la situación, él dejó escapar una breve risa de incredulidad, arrebató el vestido húmedo que reposaba junto al hogar y lo arrojó al fondo del hueco. ¡Muévete! Ella descendió por una escala de madera mientras el humo comenzaba a espesar el ambiente en la superficie. Caleb disparó dos veces hacia la puerta principal antes de seguirlas y cerrar la trampilla con un golpe seco. La oscuridad absoluta los envolvió. Eleanor oyó el roce de una cerilla y, al instante, la luz de un farol iluminó el espacio. Aquel refugio subterráneo distaba mucho de ser una simple bodega; un túnel estrecho se extendía bajo la cabaña, con sus paredes reforzadas con maderas procedentes de antiguas minas. En los estantes se alineaban provisiones enlatadas, munición, suministros médicos y varias lámparas de aceite. Eleanor contempló el panorama sin dar crédito. Este no es el hogar de un hombre que desea que lo dejen en paz. Caleb tomó un abrigo pesado de un gancho y se lo tendió. Es el hogar de alguien que aprendió que la gente rara vez respeta lo que desea. Ella se lo puso por encima de la manta; le quedaba holgado y de manera extraña, pero irradiaba un calor reconfortante. Avanzando por el túnel, escucharon cómo las botas de los atacantes irrumpían en la cabaña superior. Los hombres habían entrado y la voz de Mercer ordenaba registrar el lugar en busca de la trampilla. Apagando el farol, la oscuridad volvió a ser total mientras la mano de Caleb buscaba la suya en la penumbra. En silencio. Avanzaron guiándose únicamente por el tacto. Durante toda su vida, a Eleanor le habían repetido que ocupaba demasiado espacio: demasiado grande para las sillas estrechas, para los vestidos de moda, para las estancias delicadas concebidas para mujeres frágiles. Ahora, las paredes del túnel oprimían sus hombros con una presión asfixiante. Por un segundo terrible, el pánico la paralizó y se detuvo en seco. Caleb se volvió hacia ella. ¿Qué ocurre? No puedo. Sí que puedes. Es demasiado estrecho. No. Su voz sonaba firme, desprovista de crueldad pero también de compasión innecesaria. Estás asustada. No es lo mismo. A sus espaldas, la madera crujió con violencia cuando los hombres de Mercer lograron forzar la trampilla. Caleb volvió a asir su mano con firmeza. Eleanor. Ella intentó distinguir el perfil difuso de su rostro en la oscuridad. Has sobrevivido a un carruaje cayendo por una montaña. Tragó saliva con dificultad. Has sobrevivido a doce pies de nieve. Él apretó los dedos con fuerza. Puedes sobrevivir a veinte yardas de tierra. Algo en su interior se estabilizó de golpe; no porque él intentara minimizar la situación con falsas promesas, sino porque, por primera vez en su existencia, alguien contemplaba el cuerpo que le habían enseñado a detener y lo trataba simplemente como el vehículo que la había traído hasta allí. Eleanor reanudó la marcha. Diez yardas. Quince. El túnel se estrechaba cada vez más y tuvo que avanzar de lado, sintiendo cómo la madera rascaba sus hombros. Los perseguidores se acercaban por detrás mientras un resplandor lejano delataba la presencia de una linterna al otro extremo. ¡Ward! Era la voz de Mercer. Empujándola con urgencia, Caleb gritó: ¡Vete! ¿Y tú? ¡Vete! Arrastrándose con desesperación, alcanzó un panel de madera que bloqueaba la salida del conducto. No había manijas ni pestillos visibles, así que empujó con todas sus fuerzas, pero nada se movió. ¡Caleb! ¡El lado izquierdo! Buscando con frenesí a tientas por los bordes, sus dedos rozaron una palanca de hierro. Tiró de ella con decisión y el panel cedió hacia el exterior, permitiendo que un alud de nieve colapsara el acceso mientras el aire gélido golpeaba su rostro. Tras emerger entre un grupo de pinos a casi cien yardas de la parte trasera de la cabaña, Caleb apareció segundos después. Corre. Descendieron la pendiente a toda velocidad mientras los hombres de Mercer salían en tromba del túnel y abrían fuego sin piedad. Un proyectil arrancó la corteza de un árbol junto a la cabeza de Eleanor, obligándola a agacharse instintivamente. Girándose con presteza, Caleb devolvió los disparos; uno de los atacantes cayó fulminado mientras los otros dos se dispersaban en busca de cobertura. ¡El arroyo!, gritó Caleb. ¿Qué arroyo? El que corre bajo la nieve. La aclaración no resultó especialmente alentadora, pero se adentraron en los ventisqueros profundos sin dudar. Eleanor tropezó una vez, luego otra, y a la tercera cayó pesadamente sobre el terreno, sintiendo un dolor agudo que le atravesó el tobillo. Caleb se detuvo de inmediato. ¿Puedes ponerte en pie? Lo intentó con desesperación, pero su pierna se dobló bajo su peso. No. Los disparos resonaban cada vez más cerca y el terror de Eleanor se transformó de inmediato en una fría furia. Déjame aquí. Caleb la miró con incredulidad. Ya me has oído. No. Puedes moverte mucho más rápido sin mí. No. Esto es exactamente a lo que se referían cuando me llamaban una carga. Un destello de feroz determinación cruzó el rostro de Caleb, quien se inclinó y la alzó sobre su espalda. ¿Quieres saber qué es lo que no puedo controlar? Eleanor parpadeó, desconcertada. Él se enderezó con ella a cuestas, sosteniendo todo su peso sin vacilar. No puedo controlar lo que siento cuando alguien decide que su vida vale menos porque la crueldad de otros le enseñó a creerlo así. Dicho esto, reanudó la marcha pendiente abajo. A sus espaldas, la voz de Mercer bramaba con desesperación. ¡No hay a dónde huir! Ignorándolo por completo, Caleb condujo a Eleanor directamente hacia el cauce congelado del arroyo. Ella solo vislumbraba mantos blancos de nieve. Caleb… Confía en mí. Una petición insólita por parte de un hombre al que apenas conocía desde hacía veinticuatro horas, pero aun así, decidió obedecer. Al llegar junto a un cúmulo de rocas, Caleb se detuvo y apartó con el pie la capa superficial de nieve, dejando al descubierto una trampilla oculta. Otro escondite subterráneo. Depositó a Eleanor en su interior, encontrando una cámara pequeña, oscura y revestida de piedra que, sin embargo, contenía algo capaz de eclipsar cualquier sensación de frío: cajas y más cajas apiladas por doquier. Decenas de ellas.