Le quitó la vida a todas las mujeres de su familia pero alegó que fue “defensa propia”

La crónica roja de la Argentina contemporánea guarda en sus anales un episodio cuya atrocidad no solo reside en la magnitud de la violencia ejercida, sino en la perturbadora capacidad de una sociedad para distorsionar la realidad y convertir a un ejecutor en un estandarte de una supuesta liberación. El caso de Ricardo Barreda, ocurrido en noviembre de 1992 en la ciudad de La Plata, se erige como un punto de inflexión en la comprensión de la violencia de género y la psicología del victimario. Aquella casona de la calle 48, escenario de una masacre que segó la vida de cuatro mujeres, no fue solo el teatro de un crimen, sino el epicentro de un debate ético, jurídico y sociológico que ha resonado durante más de tres décadas.

La mañana del 15 de noviembre de 1992, la estructura familiar de los Barreda se desmoronó bajo el estruendo de una escopeta de caza. El odontólogo, entonces un hombre de cincuenta y seis años, terminó con la vida de su esposa, Gladys McDonald, de sus dos hijas, Cecilia y Adriana, y de su suegra, Elena Arreche. La frialdad con la que se llevó a cabo el acto no fue fruto de un arrebato pasional momentáneo, sino el resultado de una ejecución metódica. Tras disparar a quemarropa contra quienes compartían su techo, el agresor procedió a desplegar una puesta en escena diseñada para desviar la atención de las autoridades. El desorden deliberado en la vivienda, la simulación de un robo y la posterior jornada de normalidad fingida —que incluyó visitas sociales y gestiones cotidianas— revelaron una desconexión emocional profunda y una planificación calculada.

Al regresar al domicilio y denunciar el supuesto hallazgo de los cuerpos, Barreda intentó sostener una coartada que se desmoronó ante el escrutinio policial en cuestión de horas. La inconsistencia de sus relatos y la evidencia forense fueron determinantes. Sin embargo, en el momento de la confesión, el victimario desplegó una estrategia defensiva que marcaría el tono de la discusión pública durante años: alegó una supuesta defensa propia, sustentada en un historial de presuntas humillaciones y maltratos psicológicos por parte de las víctimas. Esta narrativa, que buscaba invertir los roles de poder y convertir al agresor en una víctima de las circunstancias, fue el núcleo de una justificación que, incomprensiblemente, encontró eco en una parte de la población.

Las pericias psicológicas y psiquiátricas realizadas en el marco del proceso judicial fueron contundentes al desestimar cualquier patología que limitara su capacidad de comprensión o voluntad. Los informes periciales describieron a un hombre con una estructura de personalidad narcisista, con una marcada necesidad de control y una incapacidad absoluta para la empatía. Lejos de ser un hombre acorralado por el abuso, las investigaciones demostraron que Barreda actuó con plena conciencia y premeditación. En 1995, la justicia argentina dictó la sentencia de prisión perpetua, una decisión que, si bien cerraba el capítulo legal, abría una herida abierta en la memoria colectiva del país.

Lo que siguió a la condena constituye uno de los capítulos más oscuros y reveladores de la cultura popular argentina de finales del siglo veinte. En un fenómeno sociológico difícil de comprender desde la perspectiva contemporánea, un sector de la sociedad comenzó a construir una mitología alrededor de la figura de Barreda. Aparecieron grafitis en las paredes urbanas celebrando su nombre, se comercializaron prendas con su rostro y se le otorgó, en ciertos círculos, el estatus de un hombre que se había rebelado contra un sistema familiar opresivo. Esta construcción del victimario como un héroe trágico o un justiciero es, en retrospectiva, un testimonio del profundo machismo imperante en la época, que permitía romantizar el femicidio múltiple si el agresor lograba revestirse de un discurso de supuesta victimización.

La transición del paradigma social fue lenta y dolorosa. Durante años, la figura de Barreda fue objeto de una fascinación morbosa que, en ocasiones, rozaba la apología del delito. No fue hasta la consolidación de los movimientos feministas y una mayor concienciación sobre la violencia de género que la imagen del odontólogo platense fue finalmente despojada de cualquier halo de heroicidad. La sociedad comenzó a reconocer en Barreda no al hombre maltratado que buscaba su libertad, sino a un femicida calculador que, ante la amenaza de perder el control sobre su entorno familiar, decidió eliminar la fuente de su frustración. Este cambio de perspectiva fue fundamental para entender que el crimen no fue una reacción defensiva, sino la manifestación última de un ejercicio de poder absoluto sobre la vida de cuatro mujeres.

La trayectoria final de Ricardo Barreda, quien falleció en 2020 en condiciones de indigencia y absoluto rechazo social, marca el cierre de un ciclo de infamia. Su muerte, ocurrida en un geriátrico y lejos de la notoriedad que alguna vez buscó, simboliza el ocaso de un tipo de personaje que la sociedad ya no está dispuesta a tolerar ni a mitificar. La revisión del caso, impulsada hoy por producciones audiovisuales y plataformas de streaming, no busca otorgar una nueva tribuna al victimario, sino analizar con rigor el impacto de sus actos y la forma en que la cultura procesa la violencia.

La historia de los Barreda permanece como un recordatorio sombrío de las consecuencias de la violencia doméstica y la necesidad de una vigilancia constante sobre las narrativas que intentan justificar lo injustificable. La masacre de La Plata no es solo un caso criminal de relevancia histórica; es un espejo en el que se reflejaron las contradicciones de una sociedad que, durante demasiado tiempo, fue cómplice de la invisibilización del femicidio. Al analizar el caso hoy, desprovisto de las distorsiones del pasado, queda claro que la única verdad posible es la del dolor irreparable de las víctimas y la responsabilidad ineludible de quien, con frialdad y premeditación, decidió terminar con sus vidas.

La evolución en el tratamiento periodístico y social de este caso demuestra un avance significativo en la madurez democrática y en la ética pública. La condena social definitiva hacia Barreda, consolidada décadas después de los hechos, refleja un consenso sobre la gravedad del femicidio y el rechazo a cualquier intento de atenuar la responsabilidad del agresor mediante excusas de orden psicológico o doméstico. Aquella casona de La Plata, hoy vacía y marcada por el paso del tiempo, sigue siendo un símbolo de la fragilidad de la vida ante la violencia ciega y, sobre todo, un monumento a la necesidad de no olvidar nunca la identidad de las verdaderas víctimas, cuya existencia fue borrada en un acto de crueldad extrema que el tiempo no ha logrado borrar, pero que la verdad histórica ha logrado poner en su debido lugar.

En última instancia, el caso Barreda funciona como una lección sobre la importancia del pensamiento crítico frente a los discursos que intentan manipular la realidad para justificar la violencia. La transformación de la percepción pública sobre el odontólogo es un indicador de que, a pesar de las sombras que aún persisten en la sociedad respecto a la violencia de género, existe una capacidad colectiva para revisar errores del pasado y establecer una jerarquía de valores más clara y humana. La figura de Barreda ha sido reducida a lo que siempre fue: un asesino que, tras arruinar a su familia, intentó manipular la opinión pública para salvarse de la condena moral, una maniobra que finalmente fracasó ante el peso de la realidad y la justicia.