Aseguró que solo intentó proteger a su hija y el jurado la dejó en libertad.

Aseguró que solo intentó proteger a su hija y el jurado la dejó en libertad.

Érica Pereira, de 43 años, conocía a Everton Amaro da Silva, de 47, desde que era niña. Mantenían una relación sentimental ocasional, por lo que él tenía confianza para frecuentar y quedarse en su casa.

Sin embargo, dos semanas antes de los hechos, Érica descubrió que Everton enviaba a su hija de 11 años mensajes de contenido s3xu4l que desaparecían después de ser vistos.

Hasta que la madrugada del 11 de marzo de 2025, en Belo Horizonte, Brasil. Según Érica, Everton llegó ebrio a su vivienda y todos se fueron a dormir. Horas después, los gritos de su hija la despertaron.

Al entrar a la habitación, aseguró encontrar a Everton encima de la niña, con los pantalones bajados y tratando de taparle la boca. Érica lo llevó hasta la sala y lo atacó con un cuchillo hasta quitarle la vida. Posteriormente, le cortó los g3nital3s, trasladó el cuerpo hasta una zona boscosa y le prendió fuego.

Érica fue detenida. La Fiscalía sostuvo que habría suministrado previamente una sustancia a Everton y la acusó de hom*cid*o calificado y destrucción de cadáver. Ella negó esta versión y aseguró que reaccionó al encontrar a su hija en peligro.

Tras pasar más de un año encarcelada, en marzo de 2026 llegó a juicio. Su defensa sostuvo que no había actuado por venganza, sino ante una agresión que estaba ocurriendo en ese momento. Finalmente, el jurado consideró que Érica había reaccionado en defensa de su hija y decidió absolverla y devolverle la libertad.

Para Érica, aquella madrugada solo había una prioridad: sacar a su niña de esa situación y ponerla a salvo.

 

 

El silencio de la madrugada en Belo Horizonte fue abruptamente roto por un grito que marcaría el inicio de un laberinto judicial y moral sin precedentes recientes en la región. Era el undécimo día de marzo de dos mil veinticinco cuando la vida de Érica Pereira cruzó una frontera irreversible. A sus cuarenta y tres años, esta mujer se vio envuelta en una pesadilla donde el instinto primario de supervivencia y protección maternal colisionó frontalmente con el rigor inflexible del código penal. Los hechos ocurridos en aquel domicilio no tardaron en trascender el ámbito estrictamente policial para instalarse en el centro de un intenso debate público sobre los límites de la legítima defensa, la violencia de género y la ineficacia percibida de los mecanismos estatales de protección a la infancia.

La génesis de esta tragedia se remonta a vínculos construidos mucho tiempo atrás. Érica conocía a Everton Amaro da Silva desde que este era prácticamente un niño, una cercanía temporal que con los años derivó en una relación sentimental de carácter ocasional. Esa familiaridad le otorgaba a Everton la confianza necesaria para frecuentar la vivienda de Érica y pernoctar en ella con regularidad. Nada hacía presagiar el giro monstruoso que adoptaría la convivencia hasta que, apenas dos semanas antes de la fatídica madrugada, el velo de la normalidad cayó de golpe. Érica descubrió que Everton mantenía una comunicación clandestina con su hija de once años, utilizando mensajes de contenido sexual explícito diseñados para desaparecer tras ser visualizados, una táctica evidente para eludir el control adulto y corromper la inocencia de la menor.

Aquel hallazgo debió sembrar el terror y la desesperación en el hogar, pero el desenlace fatal se precipitó en las primeras horas del once de marzo. Según el relato sostenido por Érica, Everton arribó al domicilio bajo los efectos del alcohol y, tras una aparente calma donde todos se retiraron a descansar, la pesadilla materializada la despertó mediante los alaridos desesperados de su hija. Al irrumpir en la habitación, la escena que