El vaquero y la noche de insomnio… Ver más

La novia susurró: duele, y entonces el montañés hizo lo único que ella jamás habría imaginado

Lydia Fenwick había dedicado largos años a descubrir las consecuencias de negarse a los deseos de un varón.

Por eso, al exhalar un duele y notar cómo la mandíbula de su flamante esposo se tensaba en la penumbra, dio por sentado el desenlace que se avecinaba.

O al menos, eso creía.

Oculta bajo pesados abrigos de bisonte, Lydia se endureció por completo, apoyando ambas palmas contra el torso surcado de cicatrices de Gideon Rourke. Afuera, un temporal de febrero bramaba a través de los montes de Idaho, sacudiendo los pestillos y colmando de ventisca las hendiduras de la solitaria cabaña de troncos.

A su lado reposaba aquel colosal desconocido que le había costeado el billete de tren, se había unido a ella ante testigos, le había cedido su apellido y la había transportado trece millas adentro en una espesura donde nadie escucharía sus lamentos.

Por favor, musitó Lydia. Podemos reanudar esto más tarde.

Cerró los párpados y aguardó la manifestación del enojo.

Ya que Lydia albergaba una lejanísima y amarga certidumbre:

La benevolencia jamás se entregaba sin factura.

Cuatro semanas atrás, Lydia exhalaba polvo de seda sobre un pañuelo manchado dentro de un taller textil en Filadelfia. A sus veinticinco abriles, era capaz de componer correas de telares, cuadrar libros de contabilidad, zurcir mangas de forma invisible y soportar jornadas de catorce horas alimentándose de pan duro y caldo aguado.

El esfuerzo arduo no la aterraba. El señor Alton Briggs sí.

El capataz había comenzado a aproximarse demasiado cuando las demás obreras se retiraban. Su extremidad rozaba su cintura. Su tono variaba si nadie más escuchaba. Hasta que una tarde la arrinconó contra un muro.

Cualquier mujer que desee conservar su puesto, siseó Briggs, haría bien en mostrarse complaciente.

Lydia captó la advertencia. Dos operarias que lo habían rechazado se habían esfumado del establecimiento antes de cumplirse treinta días.

Tres noches después, descubrió un anuncio matrimonial junto al fogón de la pensión: un colono respetable en el territorio de Idaho precisaba una compañera laboriosa apta para la vida en la frontera. Pasaje incluido. Se estimaba la honradez por encima del atractivo.

El agente matrimonial Edmund Crowley le mostró la misiva. Gideon Rourke contaba treinta y siete años, poseía ganado, una cabaña maderera y ciento cuarenta acres en las inmediaciones del paso Black Elk. No consumía alcohol ni apostaba.

Una frase quedó grabada en su mente: No pediré retrato. Las fotografías halagan. Los inviernos serranos no.

Acto seguido contempló su efigie: un varón descomunal, tabique roto, barba áspera y carente de toda la seducción refinada que ella temía.

¿Qué exigirá de mi parte?, inquirió.

Las labores comunes de una esposa.

Su vientre se contrajo. Pero Briggs le infundía mayor pavor que Idaho.

De modo que Lydia firmó.

Doce días más tarde, Gideon la aguardaba bajo un firmamento plomizo en una diminuta estación fronteriza. Contrajeron nupcias esa misma tarde en un almacén general, flanqueados por costales de harina y barriles de salazón.

Al deslizar una sortija de plata algo holgada en su anular, Lydia se preparó para un beso.

En su lugar, él le extendió queso y una galleta fría.

¿Tienes apetito?

Devoró hasta la última migaja.

Al caer la noche, oscuros abetos sepultaron los últimos vestigios de civilización. Ya en el refugio, Gideon avivó la lumbre, atemperó agua, le señaló las provisiones y los mantos, y jamás la abordó sin un motivo justificado.

Esa actitud la atemorizaba aún más. Continuaba aguardando el cobro.

Esta noche creyó que por fin había llegado.

Duele.

Gideon se inmovilizó por completo. Su mandíbula se petrificó. Sus manazas se cerraron en puños sobre las sábanas.

Por favor, suplicó Lydia. Podemos intentar más tarde.

El camastro crujió.

Entonces Gideon se puso en marcha.

No hacia ella.

Sino alejándose.

Descendió del lecho, se calzó los pantalones, atravesó la estancia helada y se acurrucó junto a la moribunda chimenea. Alimentó la lumbre con leña y colocó un hervidor de hierro encima.

¿Gideon?

Vertió líquido tibio en un lebrillo, tomó un paño limpio del estante y apoyó su enorme anatomía de rodillas junto al catre.

Disculpa, pronunció con voz baja.

Lydia solo atinó a mirarlo fijo.

Acto seguido, Gideon emitió las palabras que jamás aguardó escuchar de sus labios.

Me juré que jamás volvería a asustar a otra mujer.

Otra mujer.

Antes de que Lydia pudiera inquirir el significado de tal frase, Gideon se giró hacia el arca de madera con cerrojo situada bajo el ventanal, el único objeto del recinto que nunca le había permitido tocar.

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Extrajo una pequeña llave de hierro oculta bajo su camisa. El pestillo cedió. Gideon alzó la tapa, introdujo las manos y lentamente extrajo algo hacia el resplandor de las brasas.

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El objeto sostenido por Gideon dejó a Lydia más helada que el viento de febrero exterior.

Lo reconoció.

No porque él lo hubiese aclarado. Tampoco por la presencia de algún membrete. Lo supo porque pertenecía a un capítulo de su existencia que debió quedar a cientos de millas de distancia, sepultado tras los muros fabriles, las alcobas de pensión y todo cuanto había huido de Filadelfia.

¿De dónde sacaste eso?, murmuró Lydia.

Gideon no replicó al instante. Permaneció junto al cofre abierto, con la llave oscilante en la cerradura, escrutando su semblante con el mismo celo con que la había mirado al confesar su dolor.

Su terror mudó de forma.

Minutos antes recelaba de las exigencias que su marido pudiera formularle. Ahora temía aquello que él ya conocía.

Desplazó la vista del artefacto a Gideon, y luego a la inversa. El importe del viaje. El anuncio publicitario. El intermediario matrimonial. La cabaña a trece millas de cualquier alma.

Por primera vez, aquellas piezas perdieron su aparente carácter fortuito.

Finalmente, Gideon tendió la palma y Lydia asió con lentitud la pieza.

Parte 3: Lo que guardaba el cofre ostentaba su nominación

Los dedos de Lydia titubearon al elevar el objeto hacia el hogar.

Era una lanzadera de telar de latón.

Pequeña. Pesada. Con muescas en uno de sus flancos.

Y grabadas sobre la madera oscurecida bajo la coraza metálica se hallaban dos letras.

L.F.

Sus iniciales.

Lydia detuvo la respiración.

Conocía perfectamente aquella lanzadera.

La había empleado durante casi tres ejercicios en los talleres Briggs.

Más relevante aún, recordaba la noche de su extravío.

La ocasión en que el señor Alton Briggs la acorraló entre los telares.

Ella había asido lo primero que halló al alcance —la lanzadera— y golpeó su mano cuando este intentó asirla.

Había rodado bajo los engranajes.

A la mañana siguiente, ya no estaba.

Lydia clavó los ojos en Gideon.

¿Cómo?

Gideon prosiguió arrodillado junto al arcón.

Hay más.

No.

Su tono brotó cortante.

Se irguió de golpe, arropando sus hombros con la piel de bisonte.

No más enigmas. Explícame cómo posees esto.

Gideon orientó su mirada hacia el ventanal.

La ventisca arrojaba nieve contra los cristales a modo de puñados de arena.

Por fin articuló: Porque conozco a Briggs.

El aposento pareció inclinarse.

El asidero de Lydia se aferró con más fuerza a la lanzadera.

¿Lo tratas?

Lo traté.

La voz de Gideon se tornó gélida.

Mucho antes de Filadelfia.

Introdujo de nuevo las extremidades en el arca y extrajo varios pliegos plegados sujetos por una cinta carmesí descolorida.

Lydia reconoció los papeles al instante.

Planillas de nóminas fabriles.

Briggs no siempre fue capataz textil, relató Gideon. Y su apelativo tampoco siempre fue Alton Briggs.

Lydia percibió frialdad bajo los cobertores.

¿Cuál era?

Gideon la contempló.

Arthur Bell.

Aquel nombre carecía de significado para ella.

No obstante, la manera en que Gideon lo enunció le infundió pavor.

Laboró en yacimientos mineros de Montana, continuó Gideon. Y posteriormente en estaciones de carga en Wyoming. Donde se establecía, el caudal se volatilizaba. En ocasiones, las mujeres también se desvanecían.

Lydia deglutió saliva.

¿Y tú?

Contaba veintitrés al conocerlo.

Gideon fijó la mirada en el fuego.

Sus facciones se tornaron remotas.

Mi hermana Eleanor tenía diecinueve.

Un matiz en su tono indujo a Lydia a descender la lanzadera.

Gideon prosiguió pausadamente.

Eleanor confiaba con excesiva facilidad. Creía que la nobleza propia atraía la ajena.

Lydia estuvo a punto de reír, aunque carecía de gracia.

Se equivocaba.

Sí.

La sílaba apenas brotó de sus labios.

Briggs la persuadió de contraer matrimonio. En su lugar, sustrajo sus ahorros y se marchó.

Lydia supuso que ahí concluía el relato.

No fue así.

Gideon cerró los párpados.

Al percatarse de que gestaba un hijo suyo, Eleanor lo persiguió hasta otra localidad.

Las manos de Lydia cubrieron su boca.

¿Lo localizó?

Sí.

¿Y?

Negó conocerla.

La mandíbula de Gideon se endureció.

Retornó en pleno invierno. Semicongelada.

Las brasas chisporrotearon.

Pereció en el alumbramiento.

Lydia lo contempló fijo.

¿Y la criatura?

Falleció asimismo.

El silencio posterior invadió cada rincón de la estancia.

Finalmente, Gideon rozó los documentos.

Busqué a Bell durante catorce años.

¿Catorce?

Mudaba de apelativo constantemente.

¿Y lo hallaste en Filadelfia?

No exactamente.

Gideon desató el lazo.

Tres meses atrás, un comisionista de transportes conocido me envió una esquela. Bell había reaparecido bajo la identidad de Alton Briggs.

Lydia comprendió de súbito.

Le seguías la pista.

Afirmativo.

Entonces, ¿por qué publicar un anuncio matrimonial?

Las pupilas de Gideon se elevaron hacia las suyas.

Yo no lo hice.

Lydia quedó absolutamente petrificada.

Gideon extendió un pliego amarillento.

Edmund Crowley redactó el aviso.

El agente de nupcias.

El estómago de Lydia se desplomó.

Afirmó que tú…

Jamás contacté a agencia nupcial alguna.

La cabaña se vislumbró súbitamente más exigua.

Las ideas de Lydia competían entre sí.

Crowley le había exhibido la carta de Gideon.

La granja.

Los terrenos.

La mención sobre las fotografías.

Lo recordaba nítidamente.

¿Entonces la misiva?

Es mía.

Gideon asintió.

Mas no iba destinada a Crowley. Se dirigía a un viudo en Boise que deseaba presentarme a su prima.

Lydia experimentó náuseas.

¿Crowley la hurtó?

O la adquirió.

¿Con qué fin?

Gideon dirigió su atención a la puerta.

Porque alguien anhelaba apartarte de Filadelfia.

El vendaval golpeó el refugio con la fuerza suficiente para hacer temblar los postigos.

Lydia musitó: Briggs.

Pienso lo mismo.

Mas, ¿por qué confinado aquí?

Gideon titubeó.

Dicha vacilación la aterrorizó más que cualquier otra cosa.

Porque, pronunció, si te desvanecías en las cumbres de Idaho, nadie en Filadelfia formularía preguntas.

Lydia sintió cómo la lanzadera de latón resbalaba de sus falanges.

Gideon la atrapó antes de colisionar contra el suelo.

Pensó que eras peligrosa para sus intereses, continuó Gideon. Tal vez advertiste algo sin percatarte.

Nada presencié.

Quizás observaste algo.

Lydia negó con la cabeza.

Laboraba. Dormía. Retornaba a la labor.

Gideon la analizó.

Haz memoria.

Lo hizo.

Muy a su pesar.

Las interminables noches en la fábrica.

Briggs confabulando con varones junto al acceso de cargas.

Registros contables transportados a planta baja.

Arcones arribando pasada la medianoche.

A las empleadas se les indicaba que contenían tintes.

Entonces Lydia rememoró una velada.

Tres meses atrás.

Se le había encomendado rectificar un libro de producción.

Una factura de transporte se había deslizado por error en su interior.

Veintiséis cajones de componentes mecánicos.

Empero, el establecimiento solo había recibido media docena.

Había supuesto un error administrativo.

Miró a Gideon.

Los cargamentos.

Su mirada se agudizó.

¿Qué cargamentos?

Briggs falseaba los asientos de transporte.

Gideon se irguió lentamente.

¿Qué presenciaste?

Cifras. Arcones. Diversos códigos de destino.

¿Los conservas en la memoria?

Lydia siempre había retenido los números.

Esa era la razón por la cual cuadraba los libros de rendimiento con mayor celeridad que operarios remunerados al doble.

Cerró los párpados.

Filadelfia a Pittsburgh. Pittsburgh a Omaha. Omaha…

Los abrió.

A Boise.

El semblante de Gideon mutó.

No era temor.

Era reconocimiento.

Se encaminó de inmediato hacia un croquis rudimentario fijado sobre la mesa.

Repítelos.

Obedeció.

Gideon rastreó las trayectorias.

Hasta que su dedo se inmovilizó.

Paso Black Elk.

Su propia montaña.

El pulso de Lydia comenzó a redoblarse.

¿Gideon?

La contempló.

Briggs no te apartó de su entramado.

Las vocablos impactaron cual agua gélida.

Te condujo directamente al epicentro del mismo.

Parte 4: Alguien aguardaba en el exterior del refugio

Gideon extinguió el quinqué.

Lydia apenas dispuso de instante para exhalar cuando la negrura inundó la estancia.

No te muevas, susurró.

Oyó sus pasos cruzando el maderamen.

Y de inmediato el leve chirrido metálico de un rifle siendo descolgado de sus soportes.

¿Qué ocurre?

Un corcel.

Lydia prestó atención.

Al principio únicamente se percibía el vendaval.

Y después…

Un eco opaco.

Amortiguado por la tormenta.

Cascos.

Un animal.

Quizá dos.

Gideon se desplazó hacia el ventanal sin exponerse de frente.

Nadie transita por Black Elk con estas inclemencias.

Lydia oprimió el abrigo con mayor fuerza.

¿Podría tratarse de un extraviado?

Los extraviados dan voces.

El animal se inmovilizó.

Instantes más tarde, alguien golpeó la madera.

Tres llamadas pausadas.

Gideon no replicó.

Otro golpe.

Y una voz masculina atravesó el madero.

Rourke?

La sangre de Lydia se heló.

Identificaba el tono.

No era Briggs.

Edmund Crowley.

El agente matrimonial.

Gideon, exhaló un suspiro.

Su mano se alzó pidiendo silencio.

Crowley repitió la llamada.

Rourke, abre antes de que congele hasta morir.

Finalmente, Gideon intervino.

Aclara tu propósito.

Crowley rió.

¿Propósito? Te procuré una esposa.

Sin mi consentimiento.

Silencio en el exterior.

Vaya, replicó Crowley tras una pausa.

Una segunda voz emergió desde más lejos.

Lydia no logró identificarla.

Gideon se inclinó hacia ella.

La trampilla de la bodega. Detrás del hogar.

No me ocultaré.

Lo harás si los proyectiles cruzan los paramentos.

Sé disparar.

Sus pupilas la tantearon.

¿Es cierto?

No.

A pesar de las circunstancias, Gideon esbozó un amago de sonrisa.

Entonces, a la bodega.

Le lanzó una mirada fulminante.

Y reptó hacia el acceso.

Antes de descender, asió su manga.

No perezcas.

Gideon bajó los ojos hasta su mano.

Una extraña ternura surcó sus magulladas facciones.

Lo intentaré.

Lydia se desvaneció en el inferior.

Desde