ÚLTIMAS NOTICIAS Hace solo 5 minutos…Ver más

¡HARFUCH CAZA A 9 DEL CJNG QUE SEe DISFRAZABAN DE GUARDIA NACIONAL! USAN DRONES Y PATRULLAS CLONADAS!

Y vamos información de seguridad. Ya aquí en Chiapas fueron detenidos nueve presuntos narcomenudistas, nueve sombras en un camino de tierra, un zumbido eléctrico en el cielo y una mentira que costó demasiada sangre. Lo que ocurrió en el Valle Sokeque no fue una simple detención policial, fue el desmantelamiento de un teatro del terror, porque los hombres que patrullaban esas brechas no cuidaban a la gente, la cazaba.

Cintalapa, Chiapas, 10 de enero. El calor del mediodía hacía vibrar el aire sobre elegido Abelardo L. Rodríguez. A simple vista parecía una rutina de seguridad. Cuatro motocicletas, hombres con chalecos tácticos, insignias de la Guardia Nacional y radios de frecuencia corta. Cualquiera que los viera pensaría que el estado estaba presente, que estaban a salvo, pero era todo lo contrario.

Aquellos uniformes eran un disfraz. Aquellas insignias eran falsas y la única ley que esos nueve hombres obedecían era la del cártel Jalisco Nueva Generación. La región estaba herida. Días antes, el municipio vecino de Villaflores había ardido. Literalmente bares incendiados, tres mujeres heridas, ocho hombres secuestrados en la oscuridad y luego el silencio.

Un silencio roto solo cuando los cuerpos de siete de ellos aparecieron tirados, fríos y sin vida. Precisamente en esta zona la gente estaba aterrorizada, no sabían en quién confiar, cómo pedir ayuda si los criminales visten igual que la autoridad, cómo denunciar si el propio alcalde y su policía ya habían sido esposados por vender el pueblo al crimen.

El miedo había paralizado todo, pero hubo alguien que no dejó de mirar. Desde la Ciudad de México, la orden de Omar García Harfush fue tajante y absoluta. No bastaba con detener a los políticos corruptos. [música] Había que entrar al terreno, había que limpiar la maleza, no importa qué uniforme lleven. Si no son nuestros, son el objetivo.

Inteligencia Federal ya sabía que una célula delictiva se movía con impunidad por los caminos rurales, usando drones para vigilar a sus víctimas antes de atacar. Se sentían intocables, dueños del mapa. Pero esa tarde la suerte se les acabó. Una denuncia anónima, un grito desesperado de la ciudadanía activó el protocolo. El grupo de reacción inmediata Pacal junto al ejército y la Guardia Nacional Verdadera cerró el perímetro.

No hubo aviso, no hubo tiempo para esconder las armas ni los paquetes de cristal. Los nueve fueron rodeados. Sin embargo, cuando los agentes revisaron lo que aquellos hombres cargaban, el operativo tomó un tinte mucho más oscuro. No era solo droga, no eran solo rifles. Calibre 22.

Era la evidencia de que el enemigo ya no solo se esconde en la selva, ahora intenta suplantar al estado. Y lo que encontraron en la memoria de ese dron confiscado revelaría algo que nadie estaba preparado para ver. El camino de terracería que conecta la cabecera municipal con el ejido Abelardo L. Rodríguez suele ser silencioso bajo el sol de enero, pero ese viernes el silencio tenía una textura [música] distinta, pesada, metálica.

No era la paz del campo, era la quietud que precede a la emboscada. En ese tramo olvidado del mapa, el polvo seco se levantaba con el viento, ocultando las huellas de una operación que llevaba semanas gestándose a plena [música] vista. En el punto ciego de la carretera, una supuesta avanzada de seguridad montaba guardia.

Cuatro motocicletas estacionadas en formación táctica bloqueaban parcialmente el paso. Hombres jóvenes, casi niños, se mezclaban con veteranos de rostro curtido y mirada vacía. Ahí estaba Martín, de 24 años. A su lado Rubisel, de apenas 19, ajustándose un chaleco que le quedaba grande. Y dando órdenes cortas, Sebastián, alias el Chaparro parecían dueños absolutos del terreno.

Llevaban rodilleras, coderas y gorras oscuras. A lo lejos, cualquier conductor despistado los habría confundido con una brigada rural o un filtro de autodefensa, pero había un detalle que rompía la ilusión. Un zumbido constante, agudo y mecánico sobre sus cabezas. Un dron, un ojo electrónico de alta gama que no miraba el tráfico, sino que escaneaba las veredas y los techos de las casas cercanas, buscando víctimas, rivales o soplones.

No estaban ahí por casualidad. La región del Valle Soque y la Frailesca ardía desde finales de año. El ataque en el municipio vecino de Villaflores todavía estaba fresco en la memoria colectiva y dolía como una herida abierta. Dos bares convertidos en antorchas humanas, tres mujeres heridas entre los escombros y ocho hombres arrancados de sus vidas en una sola noche.

Seis de esos desaparecidos habían aparecido muertos días después, tirados como basura precisamente en los límites de este municipio. Cinta se había convertido en el tiradero y la trinchera del llamado cártel de Chiapas y Guatemala, una célula sanguinaria del cártel Jalisco Nueva Generación que no solo peleaba por la plaza, sino que la administraba con terror, porque en estelugar la línea entre el criminal y la autoridad se había borrado hacía mucho tiempo.

Y mientras esos nueve hombres vigilaban el camino convencidos de su impunidad, no se dieron cuenta de que el escenario estaba a punto de cambiar drásticamente, pero hubo un sonido que rompió su confianza, un motor que no reconocieron y cuando quisieron reaccionar ya era demasiado tarde para correr. El estruendo no vino del cielo, sino de la tierra.

Un convoy pesado, gris y verde olivo, rompió la curva del camino levantando una cortina de polvo asfixiante que segó el mediodía. eran las fuerzas estatales y federales. El grupo de reacción inmediata pacal no llegó a preguntar, llegó a barrer. Para los nueve hombres del cártel Jalisco Nueva Generación, el tiempo se detuvo de golpe.

Esa seguridad arrogante con la que bloqueaban el paso se disolvió en fracciones de segundo. Juan, alias el Aguilillo, el veterano de 46 años que lideraba el grupo en el terreno, intentó dar una orden que nadie escuchó. El miedo tiene un sonido muy particular. Es el ruido seco de los rifles cayendo a la tierra cuando sabes que estás irremediablemente superado.

El caos se apoderó de la célula. Intentaron dispersarse hacia la maleza seca corriendo entre los espinos, arrastrando las botas tácticas y las rodilleras que usaban para intimidar a campesinos indefensos. Pero el cerco era perfecto, no había salida, elementos de la Guardia Nacional, la verdadera, y soldados del Ejército Mexicano bloquearon los flancos con precisión milimétrica.

Manos a la cabeza, al suelo ahora mismo. Los gritos de los comandos rebotaron en el valle como disparos. No fue un combate de horas, fue un colapso psicológico brutal. Ver a quienes fingían ser autoridad, sometidos, quebrados y arrodillados por la verdadera fuerza del Estado. El dron, que minutos antes vigilaba desde las alturas como un depredador tecnológico, quedó abandonado sobre el asiento de una motocicleta con su luz roja parpadeando como un ojo nervioso que ya no controlaba nada.

Ahí, boca abajo en la tierra caliente, con las muñecas esposadas a la espalda, alias el chaparro, el flaco y los demás entendieron que las reglas del juego habían cambiado. Ya no bastaba con tener comprada a la policía local. Porque esta operación no se filtró. Esta operación tenía el sello inconfundible de Omar García Harfuc.

Inteligencia centralizada, silencio absoluto y ejecución sorpresiva. Se acabó el aviso previo. Se acabó la protección política. Al asegurar el perímetro, los agentes confirmaron la farsa. Arrancaron las insignias apócrifas de los chalecos, decomizaron las gorras con siglas criminales, aseguraron las bolsas con dosis de cristal y marihuana listas para envenenar a la juventud de Cintalapa.

Pero entre el equipo táctico y los rifles calibre 22, uno de los oficiales federales encontró algo que heló la sangre de todos. No era un arma, era un objeto pequeño, personal oculto en una mochila que delataba una conexión mucho más profunda y podrida. Y lo que ese hallazgo confirmaría estaba a punto de incendiar la política local.

Para entender la brutalidad de esta captura, hay que mirar más allá de las armas de comizadas y los paquetes de droga. Hay que mirar a los ojos de quienes sufrieron el infierno días antes. No eran estadísticas en un informe policial, eran vidas interrumpidas. Tres mujeres que solo buscaban un momento de distracción en un bar de Villaflores terminaron envueltas en llamas y gritos cuando el comando atacó sin piedad.

Ocho hombres, padres y hermanos fueron arrastrados a la fuerza hacia la oscuridad de la noche, dejando atrás familias que contaron las horas con el corazón en la garganta hasta que siete de ellos aparecieron tirados, fríos y descartados en Cintalapa. Esa es la verdadera huella del cártel de Chiapas y Guatemala.

El dolor mudo de una madre que recibe un cuerpo en lugar de un abrazo. El miedo de una comunidad que dejó de salir de noche. Pero hay otro lado en esta tragedia humana, uno igual de perturbador que se reveló al quitarles los pasamontañas a los detenidos en el camino de terracería. Lo que encontraron los agentes no fue un ejército de mercenarios extranjeros experimentados.

Encontraron niños jugando a la a la guerra. Lei H, y Raúl N apenas tienen 18 años. Ruby Selene tiene 19. Rostros que deberían estar en una preparatoria preocupados por un examen o un primer amor. Estaban ahí cargando rifles, vendiendo cristal y sirviendo como carne de cañón para una estructura criminal que los usa y los desecha.

Es la perversión máxima del sistema criminal convertir a la juventud local en los verdugos de su propio pueblo. Mientras Martín, de 24 años y Job, de 26 seguían órdenes de líderes más viejos como Edén o Jaer, la inocencia de una generación entera se pudría bajo el sol del valle Soke. Omar García Harfush lo ha repetido en sus informes de inteligencia.

El enemigo no solo mata cuerpos, mata el futuro,reclutando a los más jóvenes. Ver a esos muchachos [música] esposados con la mirada perdida entre la arrogancia y el pánico fue un golpe de realidad. No son monstruos nacidos de la nada, son el producto de un vacío que el estado dejó crecer por años. Un vacío donde la lealtad se compra con una moto y un arma.

Pero la tragedia no termina en la juventud perdida, porque al revisar los antecedentes de la región y cruzar los nombres con la base de datos de inteligencia, surgió una conexión que explicaba por qué se sentían tan seguros en esa carretera. No estaban solos, tenían padrinos y esos padrinos no estaban en la selva, sino sentados en despachos con aire acondicionado.

Para comprender por qué estos nueve sujetos se sentían intocables en ese camino rural, hay que mirar el mapa con los ojos de la inteligencia criminal. Cintalapa, el valle soque y la región frailesca no son simples puntos geográficos para el cártel Jalisco Nueva Generación. Son arterias vitales, son corredores de sombra por donde fluye la droga, las armas y el miedo hacia el centro del estado.

Pero una ruta así no se controla solo con balas, se necesita algo más poderoso, una firma oficial. La investigación reveló la podredumbre que sostenía esta estructura. No operaban en el vacío, [música] tenían permiso. Fuentes de seguridad confirman que la protección venía desde lo más alto de la jerarquía local.

El propio edil Ernesto Cruz Díaz, junto con miembros de su cabildo y mandos de la policía municipal, ya habían sido detenidos, acusados de abrirle las puertas de la alcaldía al crimen organizado. Era una simbiosis perfecta y aterradora. Mientras los funcionarios cobraban su nómina pública, por debajo de la mesa servían al llamado cártel de Chiapas y Guatemala, la célula local del CJ.

Los policías municipales, quienes juraron proteger a la ciudadanía, se convirtieron en los ojos y oídos de los sicarios. Las patrullas oficiales no perseguían a los delincuentes, les abrían paso. Esta red de complicidad explica la violencia desmedida en Villaflores. Explica por qué pudieron incendiar bares y secuestrar a ocho personas con total libertad.

Porque cuando la autoridad se corrompe, el ciudadano queda huérfano. Los nueve detenidos en el ejido Abelardo L. Rodríguez eran solo la mano de obra visible de un sistema podrido donde las patrullas falsas del narco se cruzaban con las patrullas reales cooptadas y se saludaban como colegas. El mapa del delito estaba trazado sobre los escritorios del poder municipal y romper ese pacto de sangre requería una intervención externa ajena a los compromisos locales.

La captura de los operadores políticos fue pues el primer golpe. La caída de esta célula operativa fue que el segundo. Omar García Harfug y su equipo de estrategia federal entendieron que para sanar Chiapas no bastaba con cortar las ramas. Había que arrancar la raíz que se alimentaba del presupuesto público.

Pero justo cuando las autoridades creían tener el control total de la evidencia física y digital decomizada, un detalle en la configuración del dron asegurado encendió una nueva alerta roja. No solo grababa hacia abajo, lo que ese aparato había estado transmitiendo en tiempo real minutos antes de la captura, cambiaría el sentido de urgencia de todo el operativo.

Al principio, el informe preliminar sugería una captura rutinaria de vendedores de droga locales. 67 dosis de cristal, cuatro bolsas de marihuana y 1,200 pesos en efectivo parecían confirmar esa teoría. Pero cuando los agentes federales extendieron el material incautado sobre el cofre de las patrullas, la verdad emergió con una crudeza que silenció a todos los presentes.

Lo que tenían enfrente no eran herramientas de comercio, eran herramientas de guerra psicológica. El giro dramático no estaba en la droga, sino en la ropa. Entre el equipo táctico asegurado aparecieron insignias apócrifas de la Guardia Nacional, parches bordados con precisión diseñados para engañar al ojo inexperto, para confundir a la víctima en el último segundo, para que abriera la puerta pensando que llegaba la ley cuando en realidad llegaba la muerte.

Esta célula no operaba sola, era parte de una maquinaria de su plantación masiva. Días antes, en operativos vinculados a esta misma investigación, las autoridades ya habían incautado tres vehículos pintados y rotulados como patrullas falsas del ejército mexicano, junto con un vehículo blindado artesanalmente.

La estrategia del cártel de Chiapas y Guatemala era macabra pero brillante, convertirse en un espejo distorsionado del estado. Si la gente ve uniformes, se confía. Si ve patrulla, se calma y esa confianza era su arma más letal. El dron confiscado a los nueve detenidos en Cintalapa cerró el círculo del terror. No era un juguete, era un explorador avanzado utilizado para marcar objetivos antes de que llegaran las patrullas falsas.

Estábamos ante una operación paramilitardiseñada para cazar rivales y secuestrar civiles bajo la máscara de la autoridad federal. El descubrimiento cambió la clasificación de los detenidos al instante. Ya no eran simples narcomenudistas, eran usurpadores de funciones, espías tácticos y ejecutores potenciales de una violencia sistémica.

La captura evitó una masacre. Sí, pero al revisar los archivos de inteligencia cruzada, Omar García Harfush notó un patrón en los movimientos de esta célula que indicaba algo inminente. Porque ese dron no solo guardaba imágenes de caminos rurales, su memoria digital contenía coordenadas de un punto específico que no aparecía en ningún mapa turístico y la orden para ir hacia allá ya había sido dada.

La evidencia digital extraída del dron no tardó en llegar a la mesa de seguridad nacional. En la Ciudad de México, las imágenes de vehículos militares clonados y retenes falsos proyectadas en las pantallas del centro de mando confirmaron la magnitud del reto. Omar García Harfuch no necesitó ver más. Su diagnóstico fue inmediato y cortante, como suele ser cuando la traición al uniforme está de por medio.

No estamos enfrentando a delincuentes comunes, estamos enfrentando a un grupo que intenta suplantar al Estado para esclavizar a una comunidad. Y eso se acaba hoy. La declaración de Harfush retumbó en la cadena de mando con la fuerza de una sentencia. Para el estratega de seguridad, el uso de insignias falsas de la Guardia Nacional y la operación de patrullas clonadas no era una simple táctica de camuflaje, era una frenta directa mot a la soberanía de las instituciones.

Bajo su supervisión directa, la estrategia cambió de una operación de contención a una de asfixia total. Se ordenó al grupo de reacción inmediata Pacal y a los mandos de la Sedena y la FGR que no se limitaran a la carretera. La instrucción fue barrer hacia atrás hacia los nexos políticos que permitieron este teatro del absurdo.

Porque Harfuch sabía que esos nueve hombres en la terracería no actuaban solos. Se sentían protegidos por la sombra de un poder local que ya había empezado a caer con la detención del alcalde Ernesto Cruz Díaz. El uniforme se respeta. Quien lo use para dañar al pueblo conocerá el verdadero peso de la ley.

Con esa premisa, el operativo se blindó contra filtraciones. Se cortaron las comunicaciones locales sospechosas. Se aisló a la policía municipal corrupta. Fue una demostración de fuerza institucional diseñada para enviar un mensaje claro no solo al cártel de Chiapas y Guatemala, sino a cualquier funcionario tentado a vender su placa. La captura de los nueve sujetos en el Abelardo L.

Rodríguez fue limpia, sin bajas, tal como lo exige el protocolo de uso de la fuerza que Harfuch ha implementado. Pero mientras las patrullas reales trasladaban a los falsos guardias hacia el Ministerio Público, la atmósfera en Cintalapa [música] cambió drásticamente. El escudo de impunidad se había roto. Sin embargo, al caer la noche, el vacío de poder que dejaron las detenciones comenzó a generar un efecto secundario que nadie en el pueblo se atrevía a nombrar en voz alta.

Las rejas de la Fiscalía de Investigaciones Estratégicas se cerraron esa noche detrás de nueve hombres que horas antes se sentían los dueños del valle. Martín, Rubicel, Sebastián, alias el Chaparro y el resto de la célula ya no patrullan caminos ni extorsionan campesinos. Ahora enfrentan la realidad fría del sistema judicial.

El Ministerio Público los procesa oficialmente por delitos contra la salud y portación de armas, pero la acusación moral que pesa sobre ellos es mucho más grave. Su captura no solo desarticula una operación de venta de metanfetaminas, desmantela el brazo operativo que sembró el terror tras los ataques de fin de año en Villaflores.

Cada gramo de cristal asegurado, cada rifle calibre 22 confiscado es una pequeña victoria frente a la barbarie que costó la vida de siete hombres, cuyos cuerpos fueron desechados en este mismo municipio. Esa sangre derramada exigía respuestas y esta detención es el primer pago de esa deuda pendiente. El golpe al llamado cártel de Chiapas y Guatemala es devastador en su logística.

Al perder a sus halcones, sus drones y sus vehículos clonados, la estructura queda ciega. Sin sus disfraces de Guardia Nacional y sin sus patrullas falsas, ya no pueden moverse como fantasmas entre los operativos federales. Se les acabó el camuflaje. La región Valle Soque respira una tensa calma, sabiendo que los hombres que incendiaron bares y secuestraron a inocentes ya no están en las calles.

Pero la consecuencia más profunda es social. La gente de Cintalapa vio caer a sus verdugos, pero también vio caer a sus propios gobernantes. Saber que el alcalde, Ernesto Cruz Díaz y su policía protegían a estos mismos criminales, ha dejado una cicatriz de desconfianza que tardará años en sanar. La captura prueba [música] que el crimen no es invencible,pero también confirma que el enemigo muchas veces duerme dentro del palacio municipal.

El operativo fue un éxito táctico, una cirugía mayor para extirpar un cáncer localizado. Sin embargo, mientras la noticia comenzaba a correr por los noticieros nacionales y las redes sociales, una pregunta incómoda empezó a formarse en la opinión pública. Una pregunta que iba más allá de Chiapas y tocaba las fibras más sensibles de la seguridad nacional, porque si pudieron clonar patrullas del ejército y uniformes de la Guardia Nacional en la frontera sur, ¿dónde más lo están haciendo ahora mismo? Cuando las imágenes de los chalecos apócrifos y las

insignias falsas inundaron las redes sociales, el país entero contuvo el aliento. En cuestión de horas, el hashtag o falsos militares se convirtió en tendencia nacional, pero no por curiosidad, sino por indignación. Los titulares no hablaban solo de una detención en Chiapas, hablaban de la quiebra absoluta de la confianza.

¿A quién le abres la puerta si el crimen viste igual que la ley? Esa fue la pregunta que incendió X anes Twitter mientras videos de patrullas clonadas circulaban como prueba de que la realidad en el sur ha superado cualquier ficción. La crítica fue feroz y necesaria. Analistas y periodistas señalaron lo evidente.

Para que nueve hombres patrullen un camino federal disfrazados de Guardia Nacional durante semanas, se necesita mucho más que audacia. Se necesita complicidad. Se necesita un alcalde que mire hacia otro lado y un sistema local que prefiera el dinero sucio a la paz. Pero en medio de ese huracán mediático y político, la figura de Omar García Harfou emergió como el único dique de contención real.

Mientras otros buscaban excusas burocráticas, Harfuch entregó resultados tangibles. Su mensaje fue una sentencia política. El uniforme no es un disfraz, es un pacto sagrado y quien lo manche pagará con su libertad. No hubo negociación, hubo autoridad y esa firmeza es lo que hoy distingue a esta operación del caos del pasado.

Chiapas vio por primera vez en mucho tiempo que el estado puede llegar antes que la tragedia se consuma por completo. Hoy el camino hacia eljido Abelardo L. Rodríguez está en silencio. Ya no se escucha el zumbido del dron espía ni el motor de las motos de los halcones. El aire huele a tierra seca y a una paz frágil recién recuperada.

Los nueve detenidos duermen en una celda. Despojados de sus disfraces, reducidos a lo que siempre fueron, criminales comunes sin poder real. Pero la tranquilidad de Cintalapa tiene un sabor amargo, porque aunque la célula cayó, la duda persiste en cada hogar que cerró sus ventanas por miedo. La gente sabe que el monstruo tiene muchas cabezas y que los disfraces se pueden volver a coser.

Omar García Harfush ganó esta batalla, pero la guerra por el alma del sur apenas comienza. El estado demostró que tiene la fuerza para golpear. Ahora debe demostrar que tiene la voluntad para quedarse. Esta historia no termina con nueve posados, termina con una advertencia para todos nosotros. Porque si el crimen es capaz de copiar al ejército, nuestra única defensa es no permitir que el silencio nos vuelva cómplices.