“TAMALERA JUSTICIERA” DE ECATEPEC: PATRICIA HERNÁNDEZ ENV3N3NÓ A MÁS DE 14 SICARIOS DEL CJNG QUE ASESIN4R0N A SU HIJO EN EL PUESTO

  • En Ecatepec, donde las madrugadas huelen a masa de maíz y miedo, Patricia Hernández llevaba 23 años vendiendo tamales en la misma esquina. Nadie imaginaba que esas manos curtidas, las mismas que envolvían hojas con ternura, pronto sostendrían el arma más silenciosa que el crimen organizado jamás enfrentó.
  • Cuando los sicarios del CJN le arrebataron a su hijo frente a ese puesto humilde, la justicia le cerró la puerta. Pero Patricia tenía algo que el sistema no. La receta secreta de su abuela y una lista con 14 nombres que borrar. Patricia Hernández Morales nunca buscó ser leyenda. Durante 23 años su vida transcurrió en la misma rutina implacable.
  • Levantarse a las 3 de la madrugada, encender el anfre en su cocina de block sin terminar, amasar con manos que olían a manteca y chile verde y cargar su carrito oxidado hasta la esquina de AV, central y calle Las Américas, en pleno corazón de San Juanatepec, Ecatepec de Morelos, el municipio más poblado del Estado de México, es también uno de los más violentos.
  • Aquí vender tamales no es solo un oficio, es un acto de resistencia cotidiana. Patricia tenía 48 años cuando su mundo se desmoronó. Piuda, desde hacía 12 había criado sola a tres hijos con lo que sacaba del puesto. Rodrigo, de 22, era el mayor y su orgullo. Daniela, de 19 trabajaba medio tiempo en una tienda de ropa del centro.
    • Kevin de 15 aún iba a la secundaria, pero Rodrigo era distinto. Cursaba el último semestre de ingeniería en sistemas en el tecnológico de Catepec y todas las tardes después de clases llegaba al puesto para relevar a su madre. Era su motor, su única certeza de que el sacrificio valía la pena. El puesto de Patricia era modesto pero conocido.
    • Un carrito de metal con ruedas despintadas, una lona azul raída que apenas cubría del sol, tres ollas de barro humeantes y una hilera de tamales envueltos en hojas de maíz que se alineaban como soldados verdes. Vendía tamales de salsa verde, rojos, de rajas con queso y dulces de piña.
    • Los obreros del turno nocturno, los taxistas que hacían base en la esquina y hasta algunos policías de la estación cercana eran clientes asiduos. Doña Patti de los tamales verdes le decían. Un apodo ganado a punta de consistencia y sabor. Pero detrás de esa fachada humilde, Patricia guardaba un conocimiento que pocos sospechaban. Su abuela, originaria de un pueblo de Oaxaca, había sido curandera.
    • le enseñó desde niña a identificar plantas, a preparar infusiones para el empacho, tés para el susto y unüentos para el dolor. También le enseñó las hierbas prohibidas, el toloache para los amarres, la hierba del sapo para los enemigos, la sicuta de agua para los males que no tienen cura terrenal. Patricia nunca imaginó que ese conocimiento sería algo más que anécdota familiar.
    • Nunca hasta que la vida le cobró en sangre lo que la justicia le negó en papel. Ecatepec es un monstruo urbano. Más de millón y medio de habitantes apiñados en colonias populares, donde las casas de block se apilan unas sobre otras sin orden ni gracia. Las calles están llenas de cables de luz colgando en maraña, puestos de tacos en cada esquina, tiendas Oxo con rejas y microbuses que escupen humo negro.
    • Aquí el crimen organizado no es una noticia lejana. Es el vecino que cobra cuotas, el convoy de camionetas polarizadas que pasa a media tarde, el cuerpo que amanece tirado en el canal de aguas negras, el CJNG y otros grupos se disputan el territorio con una violencia que ya nadie registra. Las extorsiones, los secuestros, las ejecuciones son parte del paisaje y la policía cuando aparece lo hace tarde o nunca.
    • Patricia vivía con sus tres hijos en una casa de dos pisos a cinco cuadras del puesto. El primer piso era la cocina, un baño pequeño y una sala con muebles viejos. El segundo, tres cuartos sin acabar donde dormían. No había lujos, pero tampoco faltaba nada esencial. Rodrigo estudiaba con Beca. Daniela ayudaba con sus propinas.
    • Kevin soñaba con ser futbolista. Era una familia que sobrevivía con dignidad en un lugar donde la dignidad es un acto de rebeldía. Cada madrugada, Patricia preparaba entre 200 y 250 tamales. Calculaba con precisión militar. 500 a 800 pesos diarios era lo que necesitaba para sostener el hogar. Los ingredientes los compraba en el mercado municipal.
    • Maíz, manteca, chiles, pollo, carne de puerco, hojas frescas, todo al por mayor, todo regateado hasta el último peso. A las 5 de la mañana, cuando Ecatepec aún dormía bajo un cielo gris de smoke, ella ya estaba en su esquina montando el puesto. A las 5:30 servía el primer tamal. A las 11 de la mañana, si la venta era buena, cerraba.
    • Si no, se quedaba hasta la 1 de la tarde esperando al último obrero rezagado. Rodrigo llegaba al puesto alrededor de las 6 de la tarde. Patricia entonces regresaba a casa para descansar, preparar la cena y empezar de nuevo el ciclo al día siguiente. Pero esas dos o tres horas que Rodrigo atendía el negocio eran sagradas para ella.
    • significaban que su hijo estaba aprendiendo a trabajar, a valorar el esfuerzo, a sostener el legado que ella algún día dejaría. También significaban que Rodrigo no andaba en las calles, no se juntaba con malas compañías, no caía en las redes del narco que reclutaba muchachos a diario con promesas de dinero fácil.
    • El sueño de Patricia era simple, que Rodrigo terminara la carrera, consiguiera trabajo en alguna empresa de la Ciudad de México y pudiera sacarla de Ecatepec. Imaginaba un departamento pequeño en una colonia tranquila, lejos de las balaceras y las extorsiones. Imaginaba una vida donde no tuviera que levantarse a las 3 de la madrugada.
    • Imaginaba a Rodrigo con corbata, con coche propio, con un futuro que no oliera a manteca caliente. Ese sueño la sostenía durante las madrugadas heladas de invierno y las tardes sofocantes de verano. Ese sueño era su única fe. Pero Ecatepec no perdona los sueños. Aquí soñar es peligroso. Aquí destacar es un riesgo.
    • Aquí negarte a pagar es una sentencia de muerte. y Patricia estaba a punto de aprenderlo de la peor manera posible. La noche del 17 de agosto de 2023 comenzó como cualquier otra. Patricia cerró el puesto a las 11 de la mañana, regresó a casa y preparó arroz con frijoles para comer. Rodrigo había salido temprano al tecnológico para entregar un proyecto final de programación.
    • Daniela estaba en su turno en la tienda. Kevin jugaba en la calle con los vecinos. Patricia aprovechó para lavar ropa, barrer la casa y adelantar masa para los tamales del día siguiente. A las 5:30 de la tarde, Rodrigo llegó con la mochila al hombro y una sonrisa cansada. “Ya voy al puesto, amá”, le dijo mientras agarraba las llaves del carrito y un suéter.
    • Patricia lo abrazó como siempre, sin saber que sería la última vez que lo haría con vida. No te tardes, mijo. Mañana hay que hacer más tamales porque es viernes y venden bien. Rodrigo asintió, le dio un beso en la frente y salió rumbo a la esquina. Eran las 6 de la tarde. El cielo de Ecatepec comenzaba a teñirse de naranja sucio, ese color que el smoke le roba al atardecer.
    • Rodrigo montó el puesto en 15 minutos. Encendió el anafre para mantener los tamales calientes, acomodó los que quedaban de la mañana y se sentó en la banquita de plástico azul que Patricia usaba para descansar entre ventas. Sacó su celular y abrió un documento de la escuela. Tenía un examen final de bases de datos en dos días y quería repasar.
    • La esquina estaba tranquila. Algunos vecinos pasaban de regreso del trabajo. Un taxista compró tres tamales de chile verde y se fue. Todo normal, todo rutinario. Hasta las 7:45 de la noche. Tres hombres llegaron en una motocicleta sin placas. Los tres vestían sudaderas negras con capucha, pantalones de mezclilla y tenis.
    • Dos de ellos llevaban tatuajes visibles en el cuello y las manos. Calaveras, letras góticas. El número cuatro. El tercero, el que manejaba, tenía un tatuaje de Santa Muerte en el antebrazo. Rodrigo los vio acercarse y sintió el estómago apretarse. Conocía esas miradas, conocía ese lenguaje corporal. Eran sicarios. El de la Santa Muerte habló primero.
    • Tú eres el que vende aquí. Rodrigo asintió. Sí, señor. Cuustan unos tamales. El sicario ignoró la pregunta. Esto es territorio del señor Morro. Aquí todo el que vende paga cuota. 2000 a la semana. Rodrigo sintió que el aire se le atoraba en la garganta. 2000 pesos era más de lo que ganaban en tres días buenos.
    • Nosotros apenas sacamos 500, 600 pesos al día. No nos alcanza para eso. El sicario se ríó. Nos estás viendo la cara, [ __ ] O pagas o te cargamos. Rodrigo intentó negociar. Sacó de la bolsa demandado que usaban como caja los 500 pesos que habían vendido esa tarde. Mire, esto es lo que hay. Se lo puedo dar, pero 2000 a la semana no es posible.
    • El segundo sicario, un tipo flaco con cicatriz en la mejilla, se acercó. No estás entendiendo, morro. No es negociable. Si no pagas, nos quedamos con todo y te rompemos tu madre. Rodrigo alzó las manos. Está bien, está bien. Les traigo los 2000 el viernes que viene, se los juro. Pero el tercer sicario, el más joven, estaba impaciente. Este [ __ ] nos está grabando dijo señalando el celular de Rodrigo que estaba sobre la mesa del carrito con la pantalla encendida.
    • Rodrigo miró el teléfono y negó con la cabeza. No, no estoy grabando nada, solo estaba estudiando. El sicario de la Santa Muerte se acercó, agarró el celular y lo revisó. Efectivamente, no había grabación, pero ya era tarde. La tensión había escalado. No me gusta tu cara, morro. No me gusta que nos hagas perder el tiempo. Rodrigo dio un paso atrás.
    • Por favor, no quiero problemas. Les voy a pagar. Lo prometo. El sicario sacó una pistola 9 mm de la cintura de su pantalón. Ya te tardaste. Tres disparos rompieron el silencio de la esquina. El primero impactó en el pecho de Rodrigo, el segundo en el abdomen, el tercero en el hombro.
    • Rodrigo cayó hacia atrás volcando una de las ollas de tamales que se desparramaron por el suelo. Los sicarios subieron a la moto y arrancaron a toda velocidad. Nadie en la calle se movió, nadie gritó, nadie hizo nada. Eccatepec había aprendido hacía mucho que meterse es morir. Rodrigo intentó respirar.
    • El líquido rojizo empapaba su playera blanca del tecnológico. Intentó sacar su celular del bolsillo, pero no tenía fuerza. Una vecina, doña Luisa, se asomó desde su ventana y vio la escena. Marcó al celular de Patricia. Doña Patti. Venga rápido, Rodrigo. No pudo terminar la frase. Patricia salió corriendo de su casa sin ponerse zapatos.
    • Corrió las tres cuadras que la separaban del puesto con el corazón desbocado y un grito atrapado en el pecho. Cuando llegó, encontró a su hijo tirado entre los tamales regados, con los ojos abiertos, mirando al cielo gris de Ecatepec. Rodrigo, Rodrigo, mírame. Patricia se arrodilló junto a él, levantó su cabeza y la puso sobre sus piernas. Ya viene la ambulancia, mijo.
    • Aguanta, aguanta. Pero Rodrigo apenas podía hablar. Amá, perdón, no quise. Patricia lloraba mientras intentaba detener el sangrado con su delantal. No hables, no hables, ya vienen. Doña Luisa había llamado a la Cruz Roja, pero en Ecatepec las ambulancias tardan y cuando hay balazos de por medio tardan más.
    • Rodrigo murió en brazos de Patricia 8 minutos después del último disparo. Murió mirándola a los ojos intentando decirle algo que nunca pudo terminar. Patricia gritó. Gritó como nunca en su vida. gritó hasta que la garganta se le cerró y solo quedó un gemido animal roto. Imposible. La ambulancia llegó 40 minutos después, cuando ya no había nada que hacer.
    • Los paramédicos confirmaron lo que Patricia ya sabía. Su hijo estaba muerto. Muerto por negarse a pagar 2000 pesos. Muerto por defender un puesto de tamales. Muerto porque en Ecatepec vivir honestamente también es un crimen. Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita.
    • Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o estado nos estás viendo. La madrugada del 18 de agosto, Patricia no durmió. Tampoco lloró más. se quedó sentada en la sala de su casa mirando la pared con los ojos hinchados y vacíos. Daniela y Kevin dormían abrazados en el cuarto de arriba, aterrados. Don Raúl, el taxista que compraba tamales todas las mañanas, había llevado a Patricia de regreso del Hospital General de Ecatepec, donde confirmaron la muerte de Rodrigo.
    • El cuerpo quedaría en el Smefo hasta que Patricia pudiera pagar los trámites y el traslado. Eso significaba más deuda, más dinero que no tenía. A las 7 de la mañana, Patricia caminó sola hasta la Fiscalía General de Justicia del Estado de México, delegación Ecatepec. Llevaba puesta la misma ropa de la noche anterior, manchada con sangre seca de su hijo.
    • Entró a la oficina del Ministerio Público y esperó 3 horas para ser atendida. Cuando finalmente la llamaron, una gente joven con cara de aburrimiento le pidió que narrara los hechos. Patricia habló con voz quebrada. describió a los tres sicarios, mencionó los tatuajes, las capuchas, la motocicleta sin placas.
    • El agente escribió en una computadora vieja sin mirarla. ¿Tiene testigos? Patricia negó. La gente tiene miedo. Nadie vio nada. El agente suspiró. Sin testigos ni evidencia. Es difícil proceder. Vamos a abrir carpeta de investigación. Pero le voy a ser honesto, estos casos casi nunca se resuelven. Patricia sintió que algo dentro de ella se rompía definitivamente.
    • Entonces, mi hijo murió y ya. Así nada más. El agente la miró con algo parecido a la compasión. Lo siento, señora, así funciona esto. Patricia salió de la fiscalía con un papel membretado que decía carpeta de investigación C FGE EK 2023782. Y nada más, ninguna promesa, ninguna acción concreta. ninguna esperanza.
    • Caminó de regreso a su casa bajo el sol brutal de mediodía. En el camino pasó frente a su puesto. Alguien había limpiado la sangre, pero los tamales seguían regados, las ollas volcadas, el carrito abandonado. Patricia se detuvo y miró la escena. Aquí murió su hijo. Aquí se acabó todo. Esa tarde, don Raúl fue a visitarla.
    • se sentó en la sala y habló en voz baja para que Daniela y Kevin no escucharan. Doña Patti, yo sé quiénes fueron. Todo el barrio lo sabe. Patricia lo miró con ojos muertos y entonces don Raúl bajó la mirada. Son del CJNG, una célula que opera aquí en Ecatepec. Cobran piso a todos los puestos, las tiendas, los talleres. Si no pagas, te matan o te desaparecen.
    • La policía no hace nada porque varios comandantes están comprados. Patricia sintió algo ardiendo en el pecho. No era tristeza, era furia. Y nadie puede hacer nada. Don Raúl negó. El que se mete muere. Así de simple. Lo mejor es que se vayan del barrio. Doña Patti. Váyanse a otro estado, empiecen de nuevo.
    • Pero Patricia sabía que no tenía dinero para irse, apenas tenía para el funeral. Y aunque lo tuviera, irse significaba que Rodrigo había muerto en vano. Significaba que esos sicarios seguirían cobrando, amenazando, matando. Dos días después del asesinato, Patricia fue al velorio de su hijo en una funeraria barata de laur central.
    • No había flores suficientes, no había dinero para un ataúd decente. Rodrigo yacía en una caja de madera corriente con un traje prestado. Patricia se quedó de pie junto al féretro todo el día sin sentarse, sin comer. Los vecinos llegaron a dar el pésame. Era un buen muchacho. Dios lo tenga en su gloria. Fuerza, doña Patti.
    • Palabras vacías que no devolvían nada. El padre Anselmo, párroco de la iglesia de San Cristóbal, ofició una misa breve. Habló del perdón, de la paz, de dejar la venganza en manos de Dios. Patricia escuchó cada palabra y sintió que algo dentro de ella las rechazaba. Perdón, ¿para quién? Para los que le arrancaron a su hijo de un balazo. Paz.
    • ¿Cómo podía haber paz cuando los asesinos seguían libres cobrando piso, amenazando a más familias? Al tercer día enterraron a Rodrigo en el panteón municipal de Ecatepec. La tumba era una fosa común porque Patricia no podía pagar por un espacio individual. Daniela y Kevin lloraron abrazados. Patricia no lloró.
    • Solo miraba la tierra caer sobre el ataúdo, sentía que algo en ella también estaba siendo enterrado. No era solo a Rodrigo, era la mujer que había sido, la que creía en la ley, en la justicia, en que hacer las cosas bien traía recompensa. Esa noche, de regreso en su casa, Patricia se sentó en la cocina. Abrió el cajón donde guardaba las bolsas de hierbas que su abuela le había dejado años atrás.
    • Toloache seco, semillas de risino, sicuta de agua en polvo. Su abuela le había enseñado que esas plantas curaban, pero también mataban. Todo depende de la dosis y la intención, mija. Patricia había olvidado esas lecciones. Las había guardado como recuerdos de infancia, pero ahora, con las bolsas abiertas frente a ella, recordó cada palabra.
    • se levantó y caminó hasta el cuarto de Rodrigo. La cama estaba tendida, los libros de la escuela apilados en el escritorio, su mochila colgada en la silla. Patricia se sentó en la cama y sostuvo la almohada contra su pecho. Olía a él, a su champú barato, a su sudor de estudiante. Y en ese momento Patricia tomó la decisión que cambiaría todo.
    • Si la justicia no vendría por los asesinos de su hijo, ella misma la traería. Si el sistema la había abandonado, ella crearía su propio sistema. No sería rápido, no sería limpio, pero sería absoluto. Cada sicario que hubiera participado, que hubiera amenazado, que hubiera cobrado piso en su esquina, pagaría y pagarían con lo único que Patricia sabía hacer, cocinar.
    • Solo que esta vez sus tamales no alimentarían, matarían. Patricia pasó las siguientes tres semanas encerrada en su casa. No abrió el puesto, no salió a la calle, apenas comía. Daniela y Kevin intentaban hablarle, pero ella respondía con monosílabos. La gente del barrio empezó a murmurar que doña Patti se había vuelto loca de tristeza.
    • Tal vez tenían razón, pero la locura de Patricia no era de las que se curan con rezos, era de las que se planean en silencio. Durante esos días, Patricia estudió, revisó las notas que su abuela le había dejado en un cuaderno viejo de pasta dura. Allí estaban las recetas prohibidas, escritas con letra temblorosa en tinta azul deslavada.
    • Para el toloache, 3 g molidos en líquido caliente causa delirio y paro respiratorio en 6 horas. Para el risino, cinco semillas trituradas en masa espesa provoca falla orgánica en 8 a 12 horas. Para la cicuta de agua, 2 g en polvo mezclados con grasa genera convulsiones y muerte en 4 a 6 horas. Patricia hizo pruebas.
    • Compró ratas en el mercado de mascotas con la excusa de que tenía plaga en su casa. Las llevó al lote baldío detrás de su vivienda y comenzó a experimentar. Preparó pequeñas porciones de masa mezclada con diferentes dosis de veneno. Observó cómo las ratas las comían. Cronometró los tiempos, ajustó las cantidades, aprendió que el sabor amargo del toloache se disimulaba bien con chile verde, que el risino molido no alteraba la textura de la masa si se mezclaba con manteca caliente, que la sicuta en polvo era invisible al ojo y al paladar si se incorporaba en pequeñas
    • dosis concentradas. En dos semanas, Patricia dominó la técnica. Sabía exactamente cuánto veneno usar para matar. Sin levantar sospechas inmediatas, la muerte parecería intoxicación alimentaria, sobredosis o enfermedad súbita, nada que vinculara directamente al puesto de tamales. Después de todo, en Ecatepec la gente moría todo el tiempo por comer en la calle.
    • Los puestos ambulantes no tenían control sanitario, las intoxicaciones eran comunes, nadie investigaría demasiado. Pero Patricia necesitaba más que veneno, necesitaba información, necesitaba saber quiénes eran los sicarios, dónde vivían, cuándo comían en su puesto. Y para eso necesitaba volver a abrir el negocio. Necesitaba que todo pareciera normal.
    • La cuarta semana después de la muerte de Rodrigo, Patricia limpió el carrito, compró ingredientes nuevos y regresó a su esquina en Avine Central. La mañana que reabrió, varios vecinos se acercaron sorprendidos. Doña Patti, pensamos que ya no iba a volver. Ella sonrió con una mueca que no llegaba a los ojos. Tengo que trabajar.
    • Todavía tengo dos hijos que mantener. Don Raúl compró tres tamales de rajas y le dio un billete de 100 pesos. Quédese con el cambio, doña Patti. Ella asintió en silencio. Doña Luisa, la vecina que había llamado la noche del asesinato, le llevó un termo de café. Ánimo, mujer. Dios aprieta, pero no ahorca.
    • Patricia agradeció sin decir nada más. A las 8 de la mañana llegaron ellos, los tres sicarios. Patricia los reconoció al instante. El de la Santa Muerte en el antebrazo, el flaco de la cicatriz en la mejilla, el joven impaciente que había dicho que Rodrigo los estaba grabando. Llegaron en la misma motocicleta sin placas. Se bajaron con la misma actitud arrogante.
    • El de la Santa Muerte se acercó al puesto y miró a Patricia con burla. Ya superaste a tu hijo, doñita. Patricia sintió que las manos le temblaban, pero las mantuvo firmes. Buenos días. ¿Van a querer tamales? El sicario se rió. Aquí traemos la cuota atrasada. Son 4 semanas, 8000 pesos. Patricia sacó de su delantal un fajo de billetes arrugados.
    • Eran 1500 pesos todo lo que tenía ahorrado. Esto es lo que tengo. Me van a tener que dar chance para el resto. El sicario agarró el dinero y lo contó. La próxima semana quiero los otros 6500 y cada viernes 2000. ¿Entendido? Patricia asintió. Entendido. El sicario guardó el dinero y señaló los tamales. Dame cuatro de verde.
    • Patricia los envolvió con manos que ya no temblaban. Los sirvió en un plato desechable. El sicario pagó con un billete de 50 pesos. Están buenos tus tamales, doñita. No vayas a bajarles la calidad. Patricia sonrió. Nunca, joven. Siempre los hago con la misma receta. Esa noche en su cocina Patricia abrió un cuaderno nuevo.
    • En la primera página escribió: “El greñas, tatuaje Santa Muerte, come tamales verdes. Viene los jueves 8 am.” En la segunda página, El Flaco, Cicatriz Mejilla, come tamales rojos, viene con el greñas. En la tercera, el morro, joven, impaciente, come tamales dulces, viene con los otros dos. Patricia comenzó a observar.
    • Cada vez que los sicarios llegaban, anotaba detalles, placas de las motos, aunque eran falsas, horarios, acompañantes, conversaciones. Descubrió que los tres formaban parte de una célula de 12 a 15 miembros que operaban en colonias cercanas. descubrió que desayunaban en su puesto dos o tres veces por semana antes de salir a cobrar piso.
    • Descubrió que el greñas siempre pedía tamales verdes. Siempre. Don Raúl también empezó a pasar la información sin que Patricia se lo pidiera. Doña Patti, esos tipos viven en una casa de seguridad en la colonia Guadalupe Victoria. Llegan en la madrugada y salen como a las 7. Patricia anotaba todo. Padre Anselmo, el párroco, la visitó una tarde.
    • ¿Cómo está, doña Patricia? Ella respondió con calma, bien, padre. Trabajando. El sacerdote la miró con preocupación. Si necesita hablar, aquí estoy. Patricia asintió, pero no dijo nada más. Sabía que lo que planeaba no cabía en un confesionario. Dos meses después de la muerte de Rodrigo, Patricia ya tenía un plan completo.
    • Sabía quiénes eran los sicarios, sabía cuándo comían, sabía qué pedían y sabía cómo matarlos sin que nadie sospechara. Compró hierbas frescas en el mercado de Sonora, en la Ciudad de México, usando un nombre falso. Preparó una olla de barro negra exclusiva para los tamales especiales. Los guardaba en una bolsa térmica con una cinta roja apenas visible. Su código moral era simple.
    • Solo sicarios confirmados. Solo los que cobraban piso o amenazaban. Nada de familias. Nada de inocentes. Cada muerte sería una ofrenda silenciosa a Rodrigo. 14 sicarios, uno por cada año que le robaron con su hijo desde que cumplió los ocho y empezó a ayudarla en el puesto. Patricia sabía que esto la condenaría.
    • Sabía que si la descubrían pasaría el resto de su vida en prisión, pero también sabía que ya no le importaba. Rodrigo estaba muerto y los culpables seguían vivos. Eso para Patricia era la única injusticia que no podía tolerar. El primer golpe llegó un jueves de octubre de 2023. Patricia se levantó a las 2 de la madrugada, una hora antes de lo habitual.
    • En su cocina, con las luces apagadas y solo la luz de una vela prendida, preparó cuatro tamales especiales: masa de maíz mezclada con manteca, chile verde molido, pollo desmenuzado y 3 g de toloache en polvo diluidos en el caldo caliente antes de incorporarlo a la mezcla. Envolvió los tamales en hojas frescas y los marcó con un nudo doble en la punta.
    • Nadie lo notaría. Solo ella sabía qué significaba. Los colocó en la bolsa térmica con cinta roja y salió rumbo a su puesto. Eran las 5 de la mañana. Ecatepec aún dormía bajo un cielo negro con estrellas invisibles por el smoke. Patricia montó el carrito, encendió el anfre y colocó las dos ollas, una con los tamales normales, otra con los cuatro envenenados.
    • A las 6:30 llegó el greñas solo. Eso era inusual. Generalmente venía con los otros dos. Pero ese día, por alguna razón, llegó en su moto, se bajó y se acercó al puesto con la misma cara de prepotencia. Dame cuatro tamales verdes, doñita. Los quiero bien calientes. Patricia sintió que el corazón se le aceleraba, pero mantuvo la voz firme.
    • Tengo unos recién hechos, joven. Pruébelos. abrió la bolsa térmica y sacó los cuatro tamales envenenados. Los sirvió en un plato desechable, les puso salsa verde encima y se los entregó. El greñas pagó con un billete de 50 pesos y se sentó en la banquita de plástico azul, la misma donde Rodrigo se sentaba. Patricia lo observó desde el carrito mientras fingía arreglar las ollas.
    • El greñas devoró el primer tamal en tres mordidas. Están buenos, doñita. Bien. y cositos. Devoró el segundo, el tercero, el cuarto. En menos de 8 minutos, los cuatro tamales habían desaparecido. El greña se limpió las manos con una servilleta, eructó y se levantó. Ya sabes, doñita, el viernes traes los 2000. Patricia asintió.
    • Sí, joven, aquí los tendré. El Greñas subió a su moto y arrancó. Patricia se quedó de pie junto al puesto con las manos temblando. Había empezado, no había vuelta atrás. Durante el resto de la mañana vendió tamales normales a obreros, taxistas, señoras del mercado. Todo seguía igual, nadie sospechaba nada.
    • A las 11 cerró el puesto y regresó a casa. Se sentó en la cocina y esperó. Sabía que el Toloache tardaba entre 6 y 8 horas en hacer efecto completo. A las 3 de la tarde, don Raúl llegó a su casa con noticias. Doña Patti dicen que encontraron a Elgreñas tirado en una casa de seguridad en la Guadalupe Victoria. Estaba vomitando sangre, convulsionando.
    • Lo llevaron a un hospital privado, pero llegó muerto. Patricia sintió que algo frío le recorría la espalda. ¿Y qué dicen que fue? Don Raúl se encogió de hombros. Los otros sicarios creen que alguien lo envenenó, pero también dicen que andaba metiendo cristal. Capaz y fue sobredosis. Patricia asintió despacio. Qué tristeza.
    • W. Don Raúl la miró extrañado por el tono plano, pero no dijo nada más. Esa noche, Patricia prendió una veladora en el cuarto de Rodrigo. Se arrodilló frente a la foto de su hijo en su graduación del tecnológico, una ceremonia póstuma donde le habían otorgado el título de manera honorífica. Uno menos, mi hijo susurró.
    • Todavía faltan 13. Al día siguiente, la radio local reportó la noticia. Un hombre de aproximadamente 30 años fue encontrado muerto en una vivienda de la colonia Guadalupe Victoria. Autoridades presumen intoxicación por consumo de sustancias tóxicas. El cuerpo fue trasladado al semefo para autopsia. Patricia escuchó la noticia mientras preparaba masa para los tamales del día.
    • No sintió remordimiento, no sintió culpa, solo sintió que había dado el primer paso de un camino del que no pensaba desviarse. El lunes siguiente, el flaco y el morro llegaron al puesto. Venían serios. Patricia los vio acercarse y sintió que el estómago se le apretaba. “Buenos días”, dijo con voz controlada.
    • El flaco no respondió el saludo. “¿Tú viste a El Greñas el jueves?” Patricia asintió. Sí, vino por tamales como siempre. El flaco entrecerró los ojos y comió aquí. Patricia volvió a sentir. Sí, se comió cuatro tamales verdes y se fue. El morro intervino. ¿Noaste nada raro? ¿No se quejó de nada? Patricia negó. No, joven.
    • Comió normal y se fue en su moto. El flaco la miró fijamente durante varios segundos. Patricia sostuvo la mirada sin parpadear. Finalmente, el sicario escupió al suelo. Ese [ __ ] andaba metiéndose de todo. Ya sabíamos que iba a acabar mal. Se dio la vuelta y se fue con el morro sin comprar nada. Patricia respiró hondo cuando los vio alejarse.
    • Habían sospechado, pero no lo suficiente. La muerte de Elgreñas había sido atribuida a las drogas. Era la cobertura perfecta. En Ecatepec, los sicarios morían todo el tiempo por sobredosis. Traiciones internas, tiroteos. Una muerte más no llamaba la atención y eso era exactamente lo que Patricia necesitaba, pasar desapercibida mientras ejecutaba su venganza.
    • Una muerte a la vez. Esa semana Patricia abrió su cuaderno y tachó el nombre de Elgreñas. Al lado escribió: “Jueves 12 de octubre 2023, Tolo H3G, muerte confirmada 6 horas después. Debajo la lista continuaba 13 nombres más, 13 sicarios que aún respiraban, 13 deudas pendientes. Patricia cerró el cuaderno y lo guardó bajo el colchón de su cama.
    • Luego fue a la cocina y comenzó a preparar la masa para los tamales del día siguiente. Manos curtidas, movimientos precisos, mente fría. La tamalera justiciera acababa de nacer, aunque nadie lo supiera todavía. Dos semanas después de la muerte de Elgreñas, Patricia identificó a sus siguientes objetivos: los gemelos. Así les decían en el barrio, eran hermanos idénticos, ambos de unos 25 años, ambos con el mismo tatuaje de un cuatro en el cuello. Trabajaban juntos siempre.
    • Vigilaban las esquinas de la colonia San Agustín y cobraban piso a los negocios de la avenida principal. Y todos los viernes sin falta desayunaban en el puesto de Patricia. Don Raúl le había confirmado que los gemelos formaban parte de la misma célula que el greñas. Esos cabrones son los que amenazan a los del mercado.
    • Si no pagas, te rompen el puesto. Patricia anotó en su cuaderno. Los gemelos. Viernes 7 am. Tamales verdes y rojos. Siempre juntos. También anotó algo más. Dosis doble. No pueden quedar testigos entre ellos. El viernes llegó con un cielo gris que amenazaba lluvia. Patricia se levantó a las 2 de la madrugada y preparó seis tamales especiales.
    • Esta vez usó risino molido mezclado con manteca caliente, cinco semillas trituradas por tamal, suficiente para provocar falla orgánica múltiple en menos de 12 horas. Los envolvió con nudo doble y los guardó en la bolsa térmica. A las 5 estaba en su puesto. A las 7 en punto, los gemelos llegaron en una camioneta Tsuru gris sin placas.
    • Se bajaron riéndose de algo, empujándose como niños. Uno traía una gorra de los Yankees, el otro una cadena de oro falso. Se acercaron al puesto y el de la gorra habló. Doñita, danos la promoción de viernes. Patricia sonrió. Sabía a qué se refería. Los viernes ella ofrecía seis tamales por 40 pesos en lugar de 50.
    • Era una estrategia para atraer clientes, pero ese día sería una trampa mortal. Claro que sí, jóvenes. Tengo unos recién hechos. Verde, rojo o mixto. El de la cadena respondió. Mixto tres y tres. Patricia abrió la bolsa térmica y sacó los seis tamales envenenados. Los sirvió en dos platos desechables. Aquí están calientitos. Los gemelos pagaron y se sentaron en el borde de la banqueta con los platos sobre las piernas.
    • Comenzaron a comer mientras revisaban sus celulares. Patricia los observó desde el carrito. Comían rápido, casi sin masticar. En 10 minutos, los seis tamales habían desaparecido. Uno de ellos eructó. Están chidos, doñita. Patricia asintió. Gracias, joven. Que les vaya bien. Los gemelos subieron a la camioneta y se fueron. Patricia cerró los ojos un momento.
    • Dos más. Ya iban tres. Esa tarde Patricia estaba en su casa preparando comida cuando doña Luisa tocó a su puerta. Doña Patti ya se enteró. Patricia salió al patio. ¿De qué, doña Luisa? La vecina bajó la voz. Dicen que los gemelos amanecieron muertos. Los encontraron en la camioneta, tirados uno sobre el otro. Vomitaron sangre. Se [ __ ] encima.
    • Fue horrible. Patricia sintió un escalofrío, pero mantuvo la cara seria. Dios mío. ¿Y qué dicen que pasó? Doña Luisa se persignó. Dicen que comieron algo en mal estado o que alguien los envenenó, pero también dicen que andaban vendiendo fentanilo y capaz se intoxicaron con eso. Patricia negó con la cabeza. Qué barbaridad.
    • Pobre gente. Doña Luisa la miró con lástima. Ya ve, doña Patti, esta colonia está [ __ ] Primero su Rodrigo, luego el Greñas, ahora los gemelos. Algo malo está pasando. Esa noche la fiscalía emitió un comunicado escueto. Dos hombres fueron encontrados sin vida en el interior de un vehículo en la colonia San Agustín. Se presume intoxicación.
    • Los cuerpos fueron trasladados al CMEFO para análisis forense. No hubo investigación profunda, no hubo autopsia completa. Los cuerpos fueron entregados a sus familias tr días después y enterrados en fosas comunes. Caso cerrado. Pero dentro del CHNG las muertes empezaron a generar rumores. Tres sicarios muertos en menos de un mes. Todos de la misma célula.
    • Todos con síntomas de envenenamiento. El comandante de la célula, un hombre al que llamaban el Tiger, convocó una junta. Don Raúl, que tenía contactos entre taxistas que trabajaban para el narco, le pasó la información a Patricia. Doña Paty, están diciendo que hay un traidor. Creen que alguien de adentro está eliminando gente.
    • Ya ejecutaron a un dealer que vendía en la zona, creyendo que era él. Patricia escuchó en silencio. Eso era bueno. Si pensaban que era traición interna, no la buscarían a ella. ¿Y quién es el Tiger? Preguntó don Raúl. Bajó la voz aún más. Es un comandante de la policía estatal. Él maneja toda la operación del CJBG en Ecatepec.
    • Es el mero mero. Patricia sintió que algo se encendía en su pecho. Un comandante corrupto, un policía que debería proteger, pero que en realidad asesinaba. Y lo más importante, él había autorizado el cobro de piso en su esquina. Él era el responsable último de la muerte de Rodrigo. Patricia abrió su cuaderno esa noche y en la última página escribió, el Tiger, comandante.
    • Objetivo final. Pero antes de llegar a él, Patricia tenía que seguir eliminando a los eslabones menores. Cuatro sicarios más cayeron en las siguientes semanas. El chino, un cobrador de piso, murió durante un tiroteo, no por las balas, sino porque el veneno que Patricia le había dado esa mañana le provocó vómitos tan violentos que no pudo defenderse.
    • Laena, una mujer sicario que extorsionaba a comerciantes, murió en el hospital general de Ecatepec. Los médicos diagnosticaron insuficiencia hepática aguda. Nunca supieron que fue risino. El Pecas y el Gordo, dos vigilantes que operaban juntos, compartieron un desayuno en el puesto de Patricia. Un martes lluvioso.
    • Pidieron a tole de masa y tamales dulces. Patricia les sirvió de la bolsa térmica. Ambos murieron esa misma noche en sus casas. Las familias creyeron que fue cólera. En Ecatepec, las enfermedades gastrointestinales matan a decenas cada año. Nadie investiga. Patricia llevaba la cuenta en su cuaderno. Siete muertos, siete sicarios menos, siete pasos hacia la justicia que el sistema le había negado.
    • Pero también llevaba otra cuenta. días que no dormía, las pesadillas donde Rodrigo le preguntaba por qué había tardado tanto, las miradas de Daniela y Kevin, que cada vez la veían más distante, más fría, más perdida en algo que no podían entender. El padre Anselmo la visitó una tarde, se sentó en la sala y la miró con preocupación. Patricia, la veo muy cambiada.
    • ¿Está bien? Patricia preparó café y respondió con calma. Estoy bien, padre. solo trabajando, sacando adelante a mis hijos. El sacerdote no se veía convencido. El perdón es el único camino para sanar, hija. Guardar rencor solo envenena el alma. Patricia sonrió sin alegría. Tiene razón, padre. El veneno es terrible.
    • El padre Anselmo no entendió el doble sentido. Se despidió con una bendición y se fue. Patricia cerró la puerta y regresó a la cocina. Todavía quedaban siete nombres en su lista, siete vidas que cobrar y después el pez gordo, el Tiger, el hombre que lo había ordenado todo. Patricia sabía que matarlo sería más difícil, pero también sabía que si lo lograba, la célula completa se desmoronaría y eso para ella sería la verdadera justicia.
    • A finales de noviembre de 2023, Patricia había perfeccionado su método. Ya no temblaba al preparar los tamales envenenados. Ya no sentía culpa al ver a los sicarios comerlos. Se había convertido en algo que nunca imaginó ser. Una ejecutora fría, metódica, invisible. Los siguientes tres sicarios cayeron en cuestión de dos semanas, uno tras otro, como fichas de dominó.
    • El primero fue el rata, un sicario flaco de unos 30 años que se encargaba de vigilar los talleres mecánicos de la Avier Insurgentes. Llegaba al puesto de Patricia todos los lunes a las 6 de la mañana después de su turno nocturno. Siempre pedía tres tamales de rajas con queso y un café de olla. Patricia lo envenenó. Un lunes gris de noviembre.
    • Usó cicuta en polvo mezclada con la grasa del queso. El rata comió, pagó y se fue. 4 horas después lo encontraron convulsionando en una calle de la colonia Revolución. Murió camino al hospital. El diagnóstico paro cardíaco fulminante. El segundo fue el Chale, un sicario joven que apenas tendría 21 años. Todavía vivía con su madre.
    • Trabajaba como halcón, avisando a la célula cuando veía patrullas o operativos. Patricia lo identificó porque solía pararse frente a su puesto durante horas vigilando la esquina. Un día le ofreció tamales gratis. Ándale, joven. Prueba uno. Invita a la casa. El chale aceptó desconfiado, pero terminó comiéndose tres.
    • Esa noche su madre lo encontró muerto en su cama. La autopsia reveló intoxicación de origen indeterminado. Nunca investigaron más. El tercero fue el Tuercas, un sicario de unos 40 años que había sido mecánico antes de unirse al CJNG. Era uno de los pocos que hablaba con Patricia como si fuera persona. ¿Cómo está doña Patti? ¿Cómo van sus hijos? Ella respondía con amabilidad fingida mientras preparaba su muerte.
    • El tuercas murió una semana después de comer tamales envenenados. Su cuerpo fue abandonado en un loteo. El seco TNG pensó que había sido ejecutado por una célula rival. Nunca supieron la verdad. Con 10 sicarios muertos, la célula del seio GNG Ncatepec entró en crisis. Las reuniones se volvieron más frecuentes. Las ejecuciones internas también.
    • El Tiger, el comandante corrupto que dirigía la operación, comenzó a sospechar que algo no cuadraba. Don Raúl le contó a Patricia lo que escuchaba en las calles. Dicen que el Tiger está furioso. Cree que alguien los está traicionando. Ya mató a tres de sus propios hombres buscando al culpable. Patricia escuchó con atención.
    • Sabía que no podía seguir eliminando sicarios al mismo ritmo. Tenía que ser más cuidadosa. Decidió espaciar las muertes. Un sicario cada dos semanas en lugar de uno por semana. Eso le daría tiempo para planear mejor y evitar levantar sospechas, pero también significaba que su venganza tardaría más.
    • Y Patricia no estaba segura de cuánto tiempo más podría sostener la fachada de normalidad. Daniela, su hija de 19 años, comenzó a notar cambios. Mamá, ¿estás bien? Te veo muy distraída. Patricia respondía con evasivas. Estoy bien, mija, solo cansada. Pero Daniela no se tragaba la mentira. Veía como su madre se levantaba en las madrugadas, cómo pasaba horas en la cocina con la puerta cerrada, cómo guardaba un cuaderno debajo del colchón que nunca dejaba ver.
    • Kevin, el menor, era más directo. Mamá, ya no te importamos, casi no nos hablas. Patricia sintió una punzada de dolor. Sabía que estaba perdiendo a sus hijos mientras perseguía fantasmas, pero también sabía que no podía detenerse. Rodrigo merecía justicia. Y si eso significaba sacrificar su relación con Daniela y Kevin, así tendría que ser.
    • El 11 de diciembre de 2023, Patricia eliminó al sicario número 11. Se llamaba El Cochi, un tipo gordo de unos 35 años que cobraba piso en el mercado municipal. Comió seis tamales envenenados un miércoles por la mañana. Murió esa misma tarde mientras amenazaba a un comerciante de pollos. Cayó fulminado frente a decenas de testigos.
    • Todos pensaron que fue un infarto. Nadie sospechó de los tamales que había comido 5 horas antes. Con 11 sicarios muertos, Patricia se dio cuenta de que estaba cerca del final. Solo quedaban tres nombres en su lista. Pero el más importante, el Tiger, seguía intocable. Patricia sabía que matarlo no sería tan simple como envenenar tamales.
    • El Tiger no comía en puestos callejeros, no andaba solo, siempre estaba rodeado de guardaespaldas. Era un blanco difícil, pero no imposible. Don Raúl le dio la información clave una tarde de mediados de diciembre. Doña Patti, el Tiger, va a estar en la feria del pueblo el domingo. Va a ir con su familia haciéndose el ciudadano ejemplar.
    • Dicen que va a dar un discurso sobre seguridad. Patricia sintió que el corazón se le aceleraba. Una feria pública, cientos de personas, una oportunidad perfecta para acercarse sin levantar sospechas. Esa noche, Patricia comenzó a planear su movimiento más audaz. prepararía una canasta de tamales especiales, los más venenosos que hubiera hecho.
    • Los etiquetaría como regalo del pueblo y encontraría la manera de que llegaran a manos del Tiger. Era un plan arriesgado. Si algo salía mal, la descubrirían. Pero Patricia ya había llegado demasiado lejos para echarse atrás. El viernes antes de la feria, Patricia preparó 30 tamales envenenados. usó una mezcla de toloach, risino y sicuta.
    • Cada tamal contenía una dosis letal. Los envolvió con cuidado, los acomodó en una canasta de mimbre decorada con flores de papel y los cubrió con una manta bordada. Parecían un regalo inocente. Nadie sospecharía que dentro había muerte concentrada. El sábado, Patricia visitó al Edil Local, un funcionario menor del Ayuntamiento que conocía del barrio.
    • Le ofreció 500 pesos. Don Armando, necesito que me haga un favor. Mañana en la feria quiero que le entregue esta canasta al comandante el Tiger como regalo del pueblo. Es una muestra de agradecimiento por su trabajo. Eledil, un hombre de 60 años con panza prominente, aceptó sin hacer preguntas. 500 pesos eran 500 pesos.
    • El domingo 17 de diciembre de 2023 amaneció soleado. Ecatepec celebraba la feria patronal de San Cristóbal Ecatepec. La plaza principal estaba llena de puestos de comida, juegos mecánicos, vendedores ambulantes. Patricia montó su puesto temporal en una esquina de la plaza. Desde allí podía ver la tarima principal donde El Tiger daría su discurso.
    • Vendió tamales normales durante toda la mañana, pero sus ojos nunca dejaron de vigilar la tarima. A las 11 de la mañana, el tiger llegó. Vestía uniforme de gala de la policía estatal. Lo acompañaban su esposa, dos hijos pequeños y cuatro guardaespaldas. subió a la tarima, saludó a las autoridades locales y comenzó su discurso.
    • Ecatepec es un municipio de gente trabajadora, de familias honestas y es nuestra responsabilidad protegerlas del crimen. Patricia apretó los puños. Ese hombre, que hablaba de protección había ordenado la muerte de su hijo. Don Armando, el ediler frente a todos. Comandante, el pueblo de San Cristóbal le agradece su servicio con este humilde presente.
    • El Tiger aceptó la canasta con una sonrisa política. Gracias, gracias. El pueblo siempre tan generoso. Abrió la canasta, tomó uno de los tamales y estaba a punto de morderlo cuando Patricia sintió que el mundo se detenía. El Tiger sostenía el tamal frente a su boca. Patricia lo observaba desde su puesto a 30 m de distancia. El corazón le latía tan fuerte que sentía que iba a estallar.
    • Este era el momento. 11 sicarios muertos, 14 si contaba a el Tiger y a quien estuviera con él. La célula completa del CG desmantelada. Justicia para Rodrigo. Pero entonces algo cambió. El Tiger bajó el tamal sin morderlo, le dijo algo a su esposa, cerró la canasta y se la entregó a uno de sus guardaespaldas. Llévatela al coche, me las como en la casa.
    • Patricia sintió que el aire se le atoraba en la garganta. No, no podía llevarse esos tamales. Si se los comía en su casa, sus hijos podrían probarlos. Niños inocentes. Patricia había establecido un código. Solo sicarios, nunca inocentes, nunca niños. Sin pensarlo, Patricia salió corriendo de su puesto. Atravesó la plaza empujando gente, esquivando vendedores con el delantal ondeando detrás de ella.
    • Espere, comandante, espere. La multitud se volteó a verla. Los guardaespaldas del tiger pusieron mano en sus armas. Patricia llegó hasta la tarima jadeando. Esos tamales están en mal estado. No se los coma, se van a enfermar. El Tiger la miró confundido. ¿Qué dice, señora? Patricia intentó arrebatar la canasta de las manos del guardaespaldas.
    • Que están malos. Deme esa canasta. El guardaespaldas la empujó violentamente. Patricia cayó al suelo. La canasta también cayó. Los 30 tamales envueltos rodaron por la tarima y algunos terminaron en el suelo de la plaza. La multitud murmuró. Varios perros callejeros se acercaron oliendo la comida.
    • Patricia intentó levantarse, pero dos guardaespaldas la sujetaron de los brazos. El tiger bajó de la tarima con cara de furia. ¿Quién es esta vieja loca? Don Armando, el ediló. Es es la señora que me dio la canasta, comandante. Doña Patricia, la de los tamales. El tiger miró a Patricia con desprecio. Llévenla a la patrulla.
    • Esta mujer está perturbada. Los guardaespaldas la arrastraron hacia una patrulla estacionada junto a la plaza. Pero antes de que pudieran subirla, algo sucedió. Uno de los perros callejeros que había comido un tamal del suelo comenzó a convulsionar. Cayó de lado echando espuma por la boca. 30 segundos después, otro perro hizo lo mismo y luego un tercero.
    • La multitud retrocedió asustada. Alguien gritó, “¡Los tamales están envenenados!” El tiger se quedó paralizado viendo a los tres perros muertos en el suelo. Luego miró a Patricia. “¿Qué chingados hiciste?” Patricia, con los brazos aún sujetados por los guardaespaldas, lo miró directo a los ojos. Ya no tenía miedo. Ya no tenía nada que perder.
    • “Lo mismo que tú me hiciste a mí.” El tiger frunció el ceño. “¿De qué hablas, Patricia? alzó la voz para que toda la plaza la escuchara. Tú mandaste matar a mi hijo Rodrigo el 17 de agosto, frente a mi puesto de tamales. Tres de tus sicarios lo mataron porque no podía pagar tu [ __ ] cuota de extorsión. El silencio cayó sobre la plaza.
    • Cientos de personas escuchaban, decenas de celulares grabando. Patricia continuó con la voz quebrada pero firme. Fui a la fiscalía. Nadie investigó. Nadie hizo nada. Porque tú eres policía, porque tienes comprado al sistema, porque aquí en Ecatepec la gente como yo no importa. Sacó de su delantal cuaderno donde llevaba su registro.
    • 14 sicarios, 14 asesinos que trabajaban para ti. Todos muertos. Todos envenenados por mí. Todos desayunaban en mi puesto. El Tiger intentó arrebatarle el cuaderno, pero Patricia lo lanzó a la multitud. Una mujer lo atrapó y comenzó a leer en voz alta. El greñas, octubre 12, Los Gemelos, Octubre 20, El Chino, El Pecas, El Gordo. La lista continuaba.
    • Nombres, fechas, métodos, todo documentado con letra temblorosa pero precisa. La multitud comenzó a murmurar, algunos con horror, otros con algo parecido a la admiración. El Tiger perdió la compostura. Cállate, vieja de [ __ ] Pero Patricia no se cayó. Todos esos sicarios extorsionaban, secuestraban, mataban y tú los protegías.
    • Tú les dabas las órdenes. Tú eres el responsable de cientos de muertes en Ecatepec. Y nadie hace nada porque usas ese uniforme, señaló el uniforme de gala del comandante. Pero yo sí hice algo. Yo les di lo que merecían. Un agente de la Fiscalía Estatal que estaba presente en la feria se acercó corriendo. Había escuchado todo.
    • También había grabado todo. “Comandante, necesito que venga conmigo para aclarar esta situación.” El Tiger intentó intimidarlo. “¿Sabes con quién estás hablando? El agente no se dejó amedrentar. Sí. Y también sé que esta señora acaba de acusarlo de homicidio y asociación delictuosa frente a cientos de testigos. Tiene que venir.
    • La multitud comenzó a presionar. Arréstenlo, que pague. Justicia para Rodrigo. El Tiger miró alrededor y se dio cuenta de que había perdido el control. No podía simplemente ejecutar a Patricia frente a todos. No podía huir. Su tapadera de policía honesto acababa de derrumbarse en cuestión de minutos. Los guardaespaldas, viendo que la situación se ponía fea, comenzaron a alejarse discretamente.
    • Peritos forenses de la policía municipal llegaron al lugar. Recogieron los tamales que quedaban en la canasta. Recogieron los cuerpos de los perros. Un perito, un hombre mayor con lentes, examinó uno de los tamales y luego miró a Patricia. Señora, ¿qué tiene esto? Patricia respondió con calma. Toloche, Risino y Cicuta, suficiente para matar a un hombre adulto en menos de 6 horas.
    • El perito palideció, miró a la gente de la fiscalía. Necesitamos exhumar los cuerpos de los sicarios muertos en los últimos meses. Si todos tienen trazas de estas toxinas, confirma lo que ella está diciendo. El agente asintió. Háganlo. Se volvió hacia Patricia. Señora, queda arrestada por 14 homicidios calificados con premeditación. Patricia asintió. Lo sé.
    • Luego el agente miró a el Tiger. Comandante también queda arrestado por sospecha de homicidio, extorsión y asociación delictuosa. Todo lo que esta señora declaró será investigado. El Tiger explotó. Esto es una [ __ ] trampa. Esta vieja está loca. No tienen pruebas de nada. Pero el agente señaló los celulares.
    • Tenemos cientos de testigos y tenemos su confesión grabada. Eso es suficiente para iniciar investigación. La policía municipal esposó a Patricia, luego esposó a el Tiger. Lo subieron a patrullas separadas. La multitud vitoreaba. Algunos gritaban justicia, otros gritaban tamalera justiciera. Patricia miraba por la ventana de la patrulla mientras se alejaban de la plaza.
    • Había terminado. Su venganza estaba completa. 11 sicarios muertos. El Tiger arrestado, la célula del Sejoti Energy expuesta públicamente. Pero Patricia también sabía lo que venía. Prisión, juicio, condena. Nunca volvería a ver a Daniela y Kevin en libertad. Nunca volvería a vender tamales en su esquina.
    • Nunca volvería a ser la mujer que fue. Pero tampoco le importaba. Rodrigo estaba vengado y eso para Patricia era lo único que importaba. La detención de Patricia Hernández y el comandante Esteban Mora, alias el Tiger, detonó el caso más mediático en la historia reciente de Ecatepec. Las redes sociales explotaron con videos de la confesión pública en la feria.
    • Los noticieros nacionales enviaron reporteros. Los titulares gritaban, “¡Tamalera justiciera envenena a Sicarios en venganza por su hijo asesinado”. La opinión pública se dividió inmediatamente. Patricia fue trasladada a las instalaciones de la Fiscalía General del Estado de México en Toluca. La interrogaron durante 8 horas continuas.
    • Dos agentes del Ministerio Público, una mujer de unos 40 años y un hombre mayor, le hicieron las mismas preguntas una y otra vez. ¿Cuántos sicarios mató? Patricia respondió sin titubiar. 14. Bueno, 11. Los otros tres se salvaron porque no comieron los tamales envenenados a tiempo. ¿Cómo los mató? Patricia explicó su método con una frialdad que desconcertó a los interrogadores.
    • Describió cómo preparaba los venenos, cómo los mezclaba con la masa, cómo identificaba a sus víctimas. les mostró su cuaderno con las anotaciones, nombres, fechas, dosis, resultados, todo documentado con precisión enfermiza. “Nunca quise matar a inocentes”, aclaró. “Solo a los sicarios que mataron a mi hijo o que trabajaban para el Tiger.
    • ” Los agentes intercambiaron miradas. La mujer preguntó, “¿Y no sintió remordimiento?” Patricia la miró directo a los ojos. No. ¿Usted sentiría remordimiento si matara a los asesinos de su hijo después de que el sistema la abandonara? La agente no respondió. El hombre carraspeó. Señora Hernández, usted cometió 14 homicidios calificados.
    • Esos son décadas de prisión. ¿Entiende eso, Patricia? Asintió. Lo entiendo y lo acepto. Mientras tanto, en otra sala de interrogatorios, el Tiger enfrentaba su propio infierno. La fiscalía había empezado a investigar sus vínculos con el CG. Encontraron transferencias bancarias sospechosas, mensajes en celulares decomisados, testimonios de comerciantes extorsionados.
    • Don Raúl, el taxista dio testimonio voluntario. El comandante Mora coordinaba todos los cobros de piso en Ecatepec. Él mandaba a los sicarios. Él se quedaba con el 60%. El Tiger negó todo. Es una conspiración. Esa vieja loca está inventando todo para justificar sus crímenes. Pero las evidencias comenzaron a acumularse.
    • Exumaron los cuerpos de siete de los 11 sicarios muertos. Los análisis toxicológicos confirmaron presencia de Toloache, Risino y Sicuta en todos. Las muertes no habían sido por drogas ni enfermedades, habían sido asesinatos y Patricia Hernández era la autora. Pero la investigación también reveló algo más.
    • Los 11 sicarios muertos tenían órdenes de aprensión pendientes por homicidio, extorsión, secuestro. Todos habían operado bajo la protección del comandante Mora. Todos habían evitado ser arrestados porque el Tiger alertaba de los operativos con anticipación. La fiscalía encontró un chat grupal en un celular de comisado donde el Tiger daba órdenes directas.
    • Hoy hay operativo en la central. Muévanse a la San Agustín. El caso explotó en los medios. Programas de televisión invitaron a criminólogos, abogados, psicólogos. Todos debatían el mismo dilema. Patricia Hernández era una asesina o una justiciera. El fin justificaba los medios.
    • ¿Qué hacía una madre cuando el sistema fallaba? Las opiniones se polarizaron. Algunos la llamaban heroína. Limpió Ecatepec de basura humana. Otros la llamaban monstruo. Nadie tiene derecho a hacer justicia por propia mano. Daniela y Kevin fueron puestos bajo custodia temporal de su tía materna en Puebla. Daniela, de 19 años, dio una entrevista breve a un noticiero local.
    • Con los ojos rojos y la voz quebrada dijo, “Mi mamá no es mala persona, solo estaba rota. El sistema la abandonó y ella hizo lo único que pudo. Kevin, de 15 no quiso hablar, solo lloraba mientras abrazaba una foto de Rodrigo en el cerezo femenil de Ecatepec, donde Patricia fue recluida en prisión preventiva. Las otras internas la recibieron con una mezcla de respeto y miedo.
    • “Eres la tamalera justiciera”, le dijo una mujer tatuada durante el primer desayuno. Patricia no respondió. Solo comía su comida en silencio, mirando al vacío. Sabía que su vida, tal como la conoció, había terminado, pero también sabía que no se arrepentía. El juicio comenzó en marzo de 2024. La fiscalía presentó 11 cargos de homicidio calificado con premeditación, alevosía y ventaja.
    • La defensa pública asignada a Patricia intentó argumentar legítima defensa emocional y estado de necesidad. Mi clienta actuó bajo extrema coacción psicológica tras el asesinato de su hijo y la negligencia criminal del Estado. El juez escuchó los argumentos sin expresión. El juicio duró 3 meses. Desfilaron testigos, peritos, víctimas indirectas.
    • Doña Luisa testificó sobre la noche en que mataron a Rodrigo. Don Raúl testificó sobre la operación del CJNG en Ecatepec. El perito forense explicó cómo los venenos actuaban en el organismo. La agente del Ministerio Público, que interrogó a Patricia declaró: “La señora Hernández mostró conocimiento técnico, planificación y ejecución premeditada.
    • No hay atenuantes.” Pero también testificaron las madres de otros jóvenes asesinados por el Sejarateg en Ecatepec. Si yo hubiera sabido hacer lo que hizo doña Patricia, también lo habría hecho”, dijo una mujer de 60 años que perdió a su hijo en un secuestro. El juez le llamó la atención. “Señora, no estamos aquí para justificar la venganza.” La mujer se levantó.
    • Entonces, ¿para qué estamos aquí? Para castigar a la única persona que tuvo el valor de hacer lo que ustedes no hicieron. El caso contra el Tiger avanzaba en paralelo. La fiscalía lo acusó de homicidio calificado, asociación delictuosa, extorsión y abuso de autoridad. Encontraron evidencia de su participación en 12 homicidios, incluido el de Rodrigo Hernández.
    • También encontraron que había recibido más de 2 millones de pesos en sobornos del CGTNG en 2 años. El comandante intentó negociar reducción de pena a cambio de información. La fiscalía rechazó la oferta. Durante el juicio de Patricia. El momento más impactante llegó cuando proyectaron el video del asesinato de Rodrigo.
    • Una cámara de seguridad de una tienda cercana había grabado todo. Las imágenes mostraban a los tres sicarios llegando en moto, amenazando a Rodrigo, disparándole tres veces y huyendo. La sala quedó en silencio. Algunas personas lloraban. Patricia miraba la pantalla sin parpadear. viendo morir a su hijo una vez más.
    • El abogado defensor aprovechó el momento. Señorías, esto es lo que el sistema permitió. Esto es lo que nunca investigaron. Esto es por lo que Patricia Hernández perdió la fe en la justicia. Pero el fiscal rebatió. La pérdida de fe no justifica 11 asesinatos. El dolor no es licencia para matar. Patricia Hernández cruzó una línea que ninguna sociedad civilizada puede tolerar.
    • En junio de 2024 llegó el veredicto. Patricia fue declarada culpable de 11 homicidios calificados con premeditación. La sentencia 40 años de prisión sin posibilidad de reducción de pena. Patricia escuchó el veredicto sin cambiar de expresión. Cuando el juez le preguntó si tenía algo que decir, se puso de pie. lo volvería a hacer.
    • Cada uno de esos hombres merecía morir y si tuviera otra oportunidad, mataría a 100 más si fuera necesario para proteger a una sola familia. El juez golpeó el mazo. Señora Hernández, el Estado lamenta su pérdida, pero el Estado no puede permitir que los ciudadanos tomen la justicia en sus manos. Su sentencia queda firme. Patricia fue escoltada de regreso al cerezo femenil.
    • Esa noche en su celda escribió una carta a Daniela y Kevin. Perdónenme por abandonarlos, pero Rodrigo merecía justicia y yo era la única que podía dársela. El caso contra el comandante Esteban Mora, el Tiger, culminó en agosto de 2024. La Fiscalía General del Estado de México presentó pruebas contundentes, transferencias bancarias que sumaban más de 2 millones de pesos provenientes de cuentas fantasma vinculadas al CJNG, mensajes de texto donde coordinaba extorsiones y cobros de piso, testimonios de 12 comerciantes que habían pagado cuotas bajo su supervisión
    • directa. El momento decisivo llegó cuando uno de los guardaespaldas del Tiger, arrestado durante la operación posterior a la feria, aceptó cooperar con la fiscalía. El comandante Mora nos daba las rutas, nos decía quién pagaba y quién no. Si alguien se negaba, él autorizaba la acción. El guardaespaldas describió en detalle cómo el Tiger había ordenado el asesinato de Rodrigo Hernández.
    • El puesto de la señora estaba en territorio sin pagar. El comandante dijo, “Háganlo ejemplo.” La defensa del Tiger intentó argumentar que su cliente era víctima de una campaña de desprestigio orquestada por Patricia Hernández para justificar sus crímenes. Pero las evidencias eran abrumadoras. La Fiscalía presentó grabaciones de cámaras de seguridad donde El Tiger se reunía con sicarios conocidos.
    • presentó registros de llamadas entre su celular personal y números vinculados a células del sexto ANG. Presentó testimonios de policías honestos que habían denunciado internamente sus actividades y fueron ignorados o amenazados. El juicio de El Tiger fue menos mediático que el de Patricia, pero igual de revelador sobre la descomposición institucional en Ecatepec.
    • Durante el proceso salieron a la luz nombres de otros cinco comandantes y siete agentes municipales que también colaboraban con el crimen organizado. La fiscalía abrió investigaciones paralelas. Tres comandantes huyeron del país. Dos fueron arrestados. Los siete agentes fueron despedidos y procesados. En septiembre de 2024, el Tiger fue declarado culpable de homicidio calificado en grado de coautoría por la muerte de Rodrigo Hernández y otras 11 personas, además de extorsión, asociación delictuosa y abuso de autoridad. La sentencia fue contundente.
    • 60 años de prisión sin posibilidad de reducción. El Tiger escuchó el veredicto con la mandíbula apretada. No dijo nada. No mostró remordimiento, solo fue escoltado hacia el cerezo varonil de Catepec. Paralelamente, la célula del CNG NG, que había operado en Ecatepec durante años se desmoronó. Con el Tiger en prisión y 11 de sus sicarios muertos, la estructura de poder colapsó.
    • La Fiscalía y la Policía Estatal realizaron operativos coordinados durante octubre y noviembre de 2024. arrestaron a 12 miembros más de la organización, decomizaron armas, droga y vehículos. El territorio que antes controlaba el Sehot NG en Ecatepec quedó fragmentado, pero la historia de Patricia Hernández no terminó con la sentencia.
    • Dentro del cerezo femenil de Ecatepec se convirtió en una figura peculiar. Las otras reclusas la trataban con respeto, mezclado con cautela. Algunas madres que también habían perdido hijos por la violencia la veían como heroína. “Tú hiciste lo que nosotras no pudimos”, le dijo una mujer que purgaba condena por tráfico de drogas.
    • Patricia no buscaba admiración ni amistad. Pasaba sus días en silencio. Le asignaron trabajo en la cocina del penal, donde preparaba comida para las más de 300 reclusas. La ironía no se le escapaba, seguía cocinando, pero ahora para alimentar en lugar de matar. El director del penal, un hombre mayor que había visto de todo en 30 años de carrera, la observaba con curiosidad.
    • “Usted no es como las demás”, le dijo un día. Patricia respondió sin levantar la vista de las ollas. Ninguna de nosotras es como las demás. Todas estamos aquí por alguna razón. Daniela visitó a su madre en noviembre de 2024. Fue la primera visita desde el arresto. Entraron a la sala de visitas separadas por un cristal grueso comunicándose por teléfono. Daniela tenía 20 años ahora.
    • Su rostro había endurecido. “Mamá”, dijo con voz temblorosa. Patricia sintió que algo se rompía dentro de ella. “Mi hija!” Daniela lloró. Te extraño, Kevin. Te extraña, pero también estamos enojados. Patricia tragó saliva. Lo sé. Daniela se limpió las lágrimas. ¿Valió la pena? ¿Valió la pena matarlo si ahora estás aquí y nosotros estamos solos? Patricia no supo que responder. La verdad era complicada.
    • Rodrigo merecía justicia. Daniela golpeó el cristal con la palma de la mano. Rodrigo está muerto y tú también podrías estarlo. Nos dejaste solos igual que ellos. Patricia sintió cada palabra como puñalada. Lo siento, mija, lo siento mucho. Daniela respiró hondo intentando calmarse. Kevin no quiso venir.
    • Dice que ya no tiene mamá. Dice que su mamá murió el mismo día que Rodrigo. Patricia cerró los ojos. sabía que Daniela tenía razón. La mujer que había sido, la madre que preparaba tamales a las 3 de la mañana para sacar adelante a sus hijos, había muerto. En su lugar quedaba solo esta cáscara vacía que respiraba por inercia.
    • La visita terminó en silencio. Daniela se levantó. No sé si voy a volver, mamá. Patricia asintió. Entiendo. Daniela colgó el teléfono y se fue. Patricia se quedó sentada viendo el espacio vacío al otro lado del cristal. Esa noche en su celda lloró por primera vez desde el arresto. No lloró por los sicarios que mató.
    • Lloró por sus hijos vivos, a los que también había perdido. Los meses pasaron. Diciembre de 2024 llegó con un operativo de la Guardia Nacional en Ecatepec que arrestó a 43 presuntos miembros del CJNG en diferentes colonias. Las autoridades declararon que la célula estaba desarticulada, pero en las calles de Ecatepec la gente sabía que eso no significaba paz.
    • Otras organizaciones ya peleaban por llenar el vacío. El ciclo de violencia no se rompía tan fácilmente. En el penal, Patricia recibió una carta del padre Anselmo. El sacerdote escribió sobre perdón, sobre redención, sobre encontrar paz, incluso en prisión. Dios no nos abandona, hija, aunque nosotros lo abandonemos a él.
    • Patricia leyó la carta dos veces, luego la guardó en el cajón donde tenía la foto de Rodrigo en su graduación póstuma, la única posesión personal que le permitían tener. Una tarde de diciembre, una reclusa nueva llegó al penal. Era joven, no más de 25 años. Durante la comida se sentó frente a Patricia. Tú eres la tamalera justiciera, ¿verdad? Patricia asintió sin ganas de hablar. La joven continuó.
    • Mi hermano era el pecas, uno de los que mataste. Patricia la miró con atención. La joven tenía los ojos llenos de lágrimas. Quiero que sepas que mi hermano era una [ __ ] Golpeaba a mi mamá. Vendía droga a niños. Te odio por matarlo, pero también te entiendo. Patricia no supo qué decir. La joven se levantó y se fue.
    • Esa noche Patricia pensó en todas las vidas que había destruido. No solo las de los 11 sicarios, sino las de sus familias. Madres que perdieron hijos, hermanas que perdieron hermanos. Patricia había creído que estaba haciendo justicia, pero ahora, encerrada en una celda de 2 por 3 met, se preguntaba si solo había multiplicado el dolor. El año 2024 terminó.
    • Patricia pasó la nochebuena en el comedor del penal, comiendo pozole aguado y pan dulce duro. Las reclusas cantaron villancicos desafinados. Algunas lloraban por sus hijos afuera. Patricia pensó en Daniela y Kevin, pensó en Rodrigo, pensó en los 11 hombres que mató y por primera vez se preguntó si realmente había valido la pena.
    • El año 2025 trajo consecuencias que ni Patricia ni las autoridades habían anticipado completamente. En enero, la Comisión Nacional de Derechos Humanos publicó un informe devastador sobre Ecatepec. El caso de Patricia Hernández había destapado décadas de complicidad institucional, negligencia sistemática y abandono de las víctimas del crimen organizado.
    • El informe documentaba más de 200 casos archivados sin investigación real entre 2020 y 2023. El escándalo alcanzó niveles estatales y federales. El gobernador del Estado de México fue citado a comparecer ante el Congreso local. Organizaciones civiles exigieron la remoción del fiscal general. Marchas en Ecatepec y Toluca llenaron las calles con pancartas que decían: “Justicia para las madres de Ecatepec y no más patricias.
    • Queremos un estado que funcione. El caso se convirtió en símbolo de todo lo que estaba roto en el sistema de justicia mexicano. Dentro del cerezo femenil, Patricia observaba todo esto con desapego. Los noticieros que se transmitían en el comedor mostraban su rostro constantemente. Criminólogos debatían si era heroína o villana.
    • Abogados penalistas usaban su caso en conferencias universitarias. Activistas la citaban en discursos, pero para Patricia todo eso era ruido lejano. Ella solo quería que el tiempo pasara. En febrero de 2025, Kevin cumplió 16 años. Daniela le envió a Patricia una foto por correo postal. Kevin había crecido. Ya era casi un hombre. Estaba en un parque en Puebla junto a su tía sonriendo forzadamente para la cámara.
    • Patricia pegó la foto junto a la de Rodrigo, dos de sus tres hijos, uno muerto, otro perdido para ella y Daniela luchando sola para mantener a su hermano menor. Patricia intentó escribirle una carta a Kevin. Comenzó cinco veces. Hijo, sé que estás enojado. No, Kevin, algún día entenderás. Tampoco. Perdóname. Las palabras no alcanzaban.
    • Finalmente escribió algo simple. Te quiero. Siempre te he querido. Aunque no lo parezca. Envió la carta sin esperar respuesta. No la hubo. En marzo, el juicio contra los otros 12 miembros arrestados de la célula del CJ concluyó. Nueve fueron sentenciados apenas entre 20 y 40 años. Tres fueron absueltos por falta de pruebas. La fiscalía apeló.
    • Las familias de las víctimas protestaron afuera de los juzgados. Don Raúl, el taxista que había ayudado a Patricia con información, dio entrevistas denunciando que la corrupción seguía intacta. Arrestaron a unos cuantos, pero hay cientos más operando con protección oficial. Patricia se enteró de esto por las noticias.
    • También se enteró de que su puesto en la esquina de Av Central y calle Las Américas había sido desmantelado por el ayuntamiento. El carrito oxidado fue llevado al corralón. Alguien pintó en la pared de la esquina. Aquí mataron a Rodrigo Hernández. Aquí nació la venganza de una madre. El graffiti duró tres semanas antes de que lo borraran.
    • Dentro del penal, Patricia desarrolló una rutina. Se levantaba a las 6 de la mañana. Desayunaba en silencio. Trabajaba en la cocina hasta las 2 de la tarde, comía. Descansaba una hora, luego pasaba el resto del día en el patio o en su celda leyendo novelas prestadas de la biblioteca del penal. No hablaba mucho con nadie, no causaba problemas, era una reclusa modelo, pero también estaba muerta por dentro.
    • En abril, el comandante Esteban Mora, el Tiger, fue atacado en el cerezo varonil de Catepec. Tres reclusos vinculados a una facción rival del Seort lo acuchillaron en el comedor. Sobrevivió, pero quedó con secuelas permanentes. Perdió un riñón. Caminaba con cojera. Las autoridades lo trasladaron a un penal federal en Guanajuato por seguridad.
    • Patricia se enteró de esto y no sintió nada. Ni satisfacción ni pena, solo vacío. Mayo trajo una sorpresa inesperada. Un colectivo de abogadas feministas y especialistas en justicia restaurativa solicitó una audiencia con Patricia. Querían representarla en una apelación. Su caso expone la violencia institucional contra las mujeres y las fallas sistémicas del Estado.
    • Queremos argumentar que actuó bajo coersión psicológica extrema y que el Estado es corresponsable por abandono de sus obligaciones de protección. Patricia las escuchó en la sala de visitas. Eran cinco mujeres entre 30 y 50 años. Profesionales, apasionadas, convencidas de que podían reducir su sentencia. Patricia las dejó hablar.
    • Cuando terminaron, preguntó, “¿Y si gano la apelación? ¿Y si me reducen la sentencia a 20 años en lugar de 40? ¿Eso devolverá a mi hijo? ¿Eo arreglará lo que rompí con Daniela y Kevin?” Las abogadas guardaron silencio. Patricia continuó. No quiero apelación. Acepto mi condena. Hice lo que hice sabiendo las consecuencias.
    • Una de las abogadas, la mayor del grupo, insistió. Patricia, tu caso puede sentar precedentes, puede ayudar a otras mujeres en situaciones similares. Patricia negó con la cabeza. No quiero ser precedente, no quiero ser símbolo, solo quiero cumplir mi condena en paz. Las abogadas se fueron frustradas, pero respetando su decisión.
    • En junio de 2025 se cumplió un año del veredicto. Patricia llevaba un año encerrada, 40 men1, 39 por delante. Calculó que saldría libre a los 88 años. Probablemente moriría en prisión. Daniela tendría 60 cuando eso sucediera. Kevin, 55. Serían adultos completos con vidas propias, probablemente con familias. probablemente sin lugar para una madre que los abandonó para perseguir fantasmas.
    • Esa noche Patricia soñó con Rodrigo. Estaban en la cocina de su casa. Rodrigo preparaba tamales mientras estudiaba para un examen. Patricia lo observaba desde la mesa. “Aá, ¿valió la pena?”, preguntó Rodrigo sin levantar la vista de la masa. Patricia no supo qué responder. No lo sé, mijo. Rodrigo sonrió tristemente. Yo tampoco.
    • Luego se desvaneció. Patricia despertó con lágrimas en la almohada. Julio trajo otra muerte vinculada al caso. Uno de los tres sicarios que habían matado a Rodrigo, el joven impaciente que Patricia llamaba el morro, fue ejecutado en Puebla. Aparentemente había intentado reorganizar una célula del CJNG y una organización rival eliminó.
    • Patricia leyó la noticia en el periódico del penal. 14 sicarios, 11 por su mano, tres por otras causas, todos muertos. Eventualmente había servido de algo. ¿El mundo era mejor sin ellos o solo había más violencia, más ciclos interminables? En agosto, Patricia cumplió 49 años. Nadie lo celebró. Daniela no escribió. Kevin tampoco.
    • El día pasó como cualquier otro. Cocina, comida, patio, celda. Por la noche, una reclusa joven le regaló un pan dulce robado del almacén. Feliz cumpleaños, doña Patti. Patricia lo aceptó y lo compartió con ella. Era un gesto pequeño de humanidad en un lugar donde la humanidad se perdía fácilmente. Septiembre marcó el segundo aniversario del asesinato de Rodrigo.
    • Dos años desde que todo comenzó. Patricia pidió permiso para llamar a Daniela. Le concedieron 5 minutos. Daniela contestó al tercer timbrazo. Mamá. Su voz sonaba distante. Mi hija, solo quería decirte que estoy pensando en Rodrigo hoy. Hubo silencio del otro lado. Luego Daniela habló con voz quebrada. Yo también, mamá.
    • Todos los días pienso en él. Patricia sintió el nudo en la garganta. ¿Cómo está Kevin? Daniela suspiró. Está bien. Ya casi termina la secundaria. Quiere estudiar mecánica automotriz. Los 5 minutos se agotaron. La llamada se cortó. Patricia colgó el teléfono y regresó a su celda. Esa noche Patricia escribió en un cuaderno nuevo que le habían dado.
    • Han pasado dos años desde que todo cambió. 11 hombres muertos por mi mano. Rodrigo sigue muerto. Daniela y Kevin siguen sin madre. El CJNG sigue operando en Ecatepec, solo que con otros rostros. ¿Valió la pena? No lo sé. ¿Lo haría de nuevo? Tampoco lo sé. Lo único que sé es que ahora entiendo algo que no entendía antes.
    • La venganza no cierra heridas, solo abre nuevas. Diciembre de 2025 llegó con un frío inusual en Ecatepec. Dentro del cerezo femenil, Patricia Hernández cumplía su segundo año de condena. La rutina se había vuelto automática. levantarse, trabajar en la cocina, comer, descansar, dormir. Los días se fundían unos con otros sin diferencia.
    • Navidad, Año Nuevo, cumpleaños. Todo pasaba con la misma indiferencia gris. Enero de 2025, Patricia recibió la última visita que esperaba. Daniela llegó con Kevin. Era la primera vez que su hijo menor la visitaba desde el arresto. Kevin había crecido, media casi 1,70. Tenía la mandíbula de Rodrigo, los ojos de su padre muerto.
    • Se sentó frente al cristal con cara de piedra. Daniela sostenía su mano. “Kevin”, dijo Patricia con voz quebrada. El muchacho no respondió, solo la miraba con una mezcla de dolor y rabia que Patricia conocía bien. Finalmente habló. Daniela dice que tengo que verte, que tengo que perdonarte. Patricia sintió que se le rompía algo dentro.
    • No tienes que perdonarme, mijo. Solo necesito que sepas que lo siento. Kevin apretó el teléfono. ¿Qué sientes? ¿Matar a 11 personas? ¿Abandonarnos? destruir lo que quedaba de esta familia. Patricia cerró los ojos. Cada palabra era un golpe. Siento todo, Kevin. Siento no haber sido más fuerte. Siento haberte dejado solo.
    • Siento que Rodrigo murió y yo no pude salvarlo. Kevin se levantó. Rodrigo murió porque unos hijos de [ __ ] lo mataron. Tú moriste porque decidiste matarlos de vuelta y nosotros quedamos huérfanos dos veces. Daniela intentó calmarlo. Kevin, por favor. Pero Kevin ya estaba caminando hacia la salida. Se detuvo en la puerta y se volteó.
    • No voy a volver, mamá. Esta es la última vez que me ves. Patricia sintió que el aire le faltaba. Kevin, espera. Pero él ya se había ido. Daniela se quedó un momento más. Lo siento, mamá. Está muy lastimado. Patricia asintió. Lo sé. Cuídalo, mija. Cuídense los dos. Daniela colgó el teléfono y se fue. Patricia regresó a su celda.
    • Esa noche lloró hasta quedarse dormida. Sabía que Kevin tenía razón. Ella había elegido la venganza sobre sus hijos vivos. Había elegido matar sicarios en lugar de sostener a Daniela y Kevin a través del duelo. Y ahora pagaba el precio. No solo con 40 años de prisión, sino con la pérdida definitiva de su familia. Los meses pasaron.
    • En junio de 2025, la fiscalía cerró oficialmente el caso de Patricia Hernández y la célula del CJNG Catepec. El saldo. 11 sicarios muertos por envenenamiento, 14 arrestos relacionados con la red criminal, un comandante corrupto sentenciado a 60 años, una madre sentenciada a 40. Las autoridades declararon que la seguridad en Ecatepec había mejorado.
    • Las estadísticas oficiales mostraban reducción en extorsiones y homicidios. Pero quienes vivían en Ecatepec sabían la verdad. Otras organizaciones habían llenado el vacío dejado por la célula desmantelada. Los cobros de piso continuaban, solo que ahora los cobraban rostros distintos. Las balaceras seguían, los secuestros también.
    • El puesto donde Patricia vendía tamales seguía vacío, pero en la esquina de enfrente había otro puesto de garnachas donde también cobraban cuota semanal. El ciclo no se rompía. Don Raúl, el taxista intentó mantener vivo el recuerdo de Rodrigo. Cada 17 de agosto llevaba flores a la esquina donde lo mataron. Doña Luisa, la vecina, se mudó a Querétaro con su familia.
    • No soportaba seguir viviendo en un lugar con tanta violencia. El padre Anselmo seguía oficiando misas en la iglesia de San Cristóbal, rezando por los muertos y por los vivos, sabiendo que las oraciones rara vez cambiaban realidades. Dentro del penal, Patricia se había convertido en una presencia fantasmal. Las reclusas nuevas preguntaban quién era esa mujer callada que trabajaba en la cocina.
    • Es la tamalera justiciera, respondían las veteranas. Mató a 11 sicarios para vengar a su hijo. Algunas la admiraban, otras la temían, todas la dejaban en paz. En septiembre de 2025, Patricia cumplió 50 años, 2 años en prisión, 38 por delante. Hacía las cuentas mentalmente. Si sobrevivía, saldría a los 88. Daniela tendría 61. Kevin 56.
    • Probablemente no la reconocerían. Probablemente ni siquiera la visitarían. Ella sería solo una anciana desconocida saliendo de prisión para morir sola. Octubre trajo una noticia inesperada. El comandante Esteban Mora, el Tiger, había muerto en el penal federal de Guanajuato. Oficialmente, paro cardíaco. Extraoficialmente todos sabían que había sido asesinado.
    • El CJNG no perdonaba traiciones ni debilidades y el Tiger, arrestado y humillado públicamente representaba ambas cosas. Patricia leyó la noticia y no sintió nada, ni alegría ni tristeza, solo el vacío que la acompañaba desde hacía dos años. En noviembre, Patricia recibió una carta de Daniela. Era breve. Mamá, Kevin se graduó de la secundaria.
    • Va a estudiar mecánica automotriz en una escuela técnica. Yo conseguí trabajo de medio tiempo en una cafetería mientras termino la prepa abierta. Estamos bien. No sé cuándo volveré a visitarte. Necesito tiempo. Te quiero, aunque a veces no lo sienta. Daniela. Patricia leyó la carta 10 veces. Luego la guardó junto a las fotos de sus hijos.
    • Esa noche escribió en su cuaderno, Daniela dice que me quiere, aunque a veces no lo sienta. Entiendo eso perfectamente. Yo también me quiero, aunque a veces no lo sienta. Maté a 11 hombres. Destruí mi vida y la de mis hijos. Fue justicia. Fue venganza. ¿Cuál es la diferencia cuando el resultado es el mismo? más dolor, más pérdida, más vacío.
    • Diciembre de 2025 cerró con Patricia en el comedor del penal, celebrando otra nochebuena lejos de sus hijos. Las reclusas cantaban villancicos, algunas lloraban, otras reían forzadamente. Patricia solo comía su pozole aguado en silencio, pensando en Rodrigo, en Daniela, en Kevin, en los 11 hombres que mató, en todo lo que había perdido, persiguiendo algo que llamó justicia, pero que tal vez solo fue venganza disfrazada.
    • La historia de Patricia Hernández Morales, la tamalera justiciera de Ecatepec, terminó así. No con gloria ni redención, sino con 40 años de soledad en una celda de 2 por 3 m. 11 sicarios muertos, un comandante corrupto muerto, una familia destruida, un sistema que no cambió y una madre que cambió venganza por todo lo que le quedaba, descubriendo demasiado tarde que la venganza nunca devuelve lo que se perdió, solo multiplica el dolor.
    • Rodrigo Hernández. seguía muerto. Patricia Hernández seguía viva, pero encerrada. Daniela y Kevin seguían adelante, solos, cargando el peso de una tragedia que no pidieron y una madre que eligió venganza sobre amor. Ecatepec seguía siendo Ecatepec, un lugar donde la violencia se reprodujo independientemente de quién cayera.
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