NIETO DEL CHAPO CONFIESA TODO: “Mi abuelo me enseñó a torturar a los 10 años”
Tenía 10 años cuando mi abuelo me puso un cuchill0 en la mano y me dijo, “Aprende bien, mijo, porque esto un día te va a salvar la vida.” No estábamos jugando, no era ningún simulacro. Había un hombre amarrado a una silla frente a mí sangrando por la nariz y mi abuelo me estaba enseñando cómo hacerlo hablar.
Mi abuelo es Joaquín Guzmán Lo era, el Chapo. Y yo soy uno de sus nietos. Esta es mi confesión. Lo que voy a contar aquí no lo he dicho nunca, ni siquiera a mi familia cercana. Durante años guardé silencio porque no sabía cómo procesar lo que viví y después callé porque tenía miedo. Ahora que mi abuelo lleva años encerrado en una prisión de máxima seguridad en Colorado, siento que ya es momento de que la gente sepa cómo era realmente la vida dentro de la familia Guzmán.
No la versión romantizada que ven en las series o las películas, la versión real, la versión que viví en carne propia. Voy a usar un nombre falso para proteger a algunos familiares que todavía están vivos y que no tienen nada que ver con esto. Pero todo lo que voy a contar es real. Los lugares, las fechas, los eventos, todo pasó.

Nací a principios de los 90 en Culiacán, Sinaloa. Mi madre era hija de una de las relaciones que mi abuelo tuvo fuera de sus matrimonios principales. O sea, técnicamente era hija no reconocida, pero mi abuelo siempre supo de su existencia y la mantuvo económicamente. A mí me conoció cuando tenía como 3 años y desde ese momento me tomó cariño.
Decía que yo tenía sus ojos, que era igualito a él de chico. Los primeros recuerdos que tengo son normales, creo. Navidades en ranchos grandes donde había mucha familia, primos corriendo por todos lados, mesas enormes llenas de comida. Los adultos siempre andaban en sus cosas hablando en voz baja, entrando y saliendo de cuartos cerrados.
Pero para mí eso era lo normal. Así había sido siempre. Mi mamá no vivía con mi abuelo directamente. Nosotros teníamos una casa en una colonia normal de Culiacán. Nada ostentoso porque mi abuelo siempre decía que llamar la atención era el peor error que podías cometer. Pero cada dos o tres semanas llegaba una camioneta a recogernos y nos llevaban a uno de los ranchos donde él estaba.
A veces era la tuna, a veces era otro lugar en la sierra, a veces era una casa de seguridad en otra ciudad. Nunca sabíamos a dónde íbamos hasta que llegábamos. Las cosas empezaron a cambiar cuando cumplí como 7 años. Mi abuelo empezó a pasar más tiempo conmigo. Ya no solo me saludaba y me daba dinero para dulces.
Ahora me sentaba con él, me hacía preguntas, me observaba. Me acuerdo que una vez, tendría yo como 7 años y medio, estábamos en un rancho cerca de Durango y mi abuelo me llevó a ver unos caballos que tenía. Mientras caminábamos, me preguntó, “¿Tú qué quieres ser cuando seas grande, mi hijo?” Yo le dije que quería ser futbolista porque me gustaba el América.
Él se rió y me dijo, “Está bien, pero tienes que tener un plan B. El fútbol no dura para siempre.” En ese momento no entendí a qué se refería con el plan B. Lo entendí unos años después. Cuando cumplí 8 años, mi abuelo empezó a incluirme en ciertas actividades que él llamaba clases. Al principio eran cosas simples.
Me enseñaba a disparar, pero con rifles pequeños, calibre 22. Decía que era como aprender a manejar, que todo hombre debía saber usar un arma. Me llevaba a un terreno valdío en medio de la sierra, ponía latas a cierta distancia y me hacía practicar durante horas. Si fallaba mucho, se enojaba, no me pegaba ni nada, pero se ponía serio.
Me miraba con decepción y me decía, “Concéntrate, mi hijo. Esto no es un juego.” También me enseñaba a observar. Me sentaba en reuniones donde él hablaba con sus hombres y me pedía que después le dijera qué había anotado, quién estaba nervioso, quién había mentido, quién no había hablado en toda la reunión.
Al principio yo no sabía qué responder, pero con el tiempo fui aprendiendo a leer a la gente, a ver los detalles pequeños, el sudor en las manos, la manera de evitar la mirada, los movimientos nerviosos de los pies. Mi abuelo decía que saber leer a las personas era la habilidad más importante que podías tener. Para cuando cumplí 9 años, ya sabía desarmar y armar una pistola con los ojos vendados.
Sabía distinguir el sonido de diferentes calibres. Sabía identificar cuando alguien estaba mintiendo con un 80% de precisión, o al menos eso decía mi abuelo. Me sentía especial, la verdad. Sentía que mi abuelo me le estaba preparando para algo grande, que confiaba en mí de una manera que no confiaba en otros. Pero todo eso fue el entrenamiento suave, la preparación.
Lo fuerte empezó cuando cumplí 10 años. Fue en febrero, creo que como a mediados del mes. Estábamos en un rancho que quedaba a unas 3 horas de Culiacán, metido en la sierra. Era un lugar grande con varias construcciones, la casa principal, unas cabañas para lostrabajadores, un establo y una bodega que estaba un poco apartada de todo lo demás.
A esa bodega yo nunca había entrado. Siempre que preguntaba me decían que ahí guardaban herramientas y cosas del rancho. Ese día mi abuelo me despertó temprano como a las 6 de la mañana. Me dijo que me vistiera y que lo acompañara porque tenía algo importante que enseñarme. Caminamos hacia la bodega.
Había dos tipos afuera haciendo guardia, armados con cuernos de chivo. Cuando llegamos, uno de ellos abrió la puerta y entramos. Nunca voy a olvidar lo que vi cuando entramos. Había un hombre amarrado a una silla en medio del cuarto. Tendría como 40 años, pelo oscuro, bigote. Estaba sin camisa, con marcas en el torso golpeado.
Tenía la cara hinchada, un ojo cerrado por la hinchazón, sangre seca en la nariz y la boca. A su alrededor había tres hombres que yo no conocía y en una mesa al lado había varias herramientas: pinzas, un soplete pequeño, cuchillos de diferentes tamaños, alambre. Me quedé parado en la puerta sin saber qué hacer. Mi abuelo me empujó suavemente hacia adentro y cerró la puerta detrás de nosotros.
“Este es un soplón”, me dijo mi abuelo señalando al hombre de la silla. Le pasaba información al gobierno sobre nuestros cargamentos. Por su culpa perdimos millones de dólares y tres de nuestros hombres están muertos. ¿Entiendes lo que hizo? Yo asentí con la cabeza, aunque en ese momento no estaba procesando bien lo que estaba pasando.
Mi mente estaba tratando de encontrar una explicación, de convencerme de que esto era una prueba, una actuación, algo falso. Pero la sangre era real. El miedo en los ojos de ese hombre era real. Mi abuelo se acercó a la mesa y tomó uno de los cuchillos. Era mediano con mango de madera. Me lo ofreció. “Tómalo”, me dijo. Yo no me moví. “Tómalo”, repitió.
Pero esta vez su voz era más dura. Tomé el cuchillo. Me temblaba la mano. Mi abuelo se puso detrás de mí y me guió hacia el hombre amarrado. El tipo empezó a hablar, a pedir perdón, a decir que tenía hijos, que haría lo que fuera. Uno de los otros hombres le dio un golpe en la cara para callarlo. Cuando alguien te traiciona me explicó mi abuelo con voz tranquila, como si estuviera dándome una lección de matemáticas.
Tienes que hacerle pagar, no por venganza, sino para que otros aprendan. Si dejas que te traicionen sin consecuencias, todos van a pensar que eres débil. Y cuando piensan que eres débil, te destruyen. Me agarró la mano que sostenía el cuchillo y la guió hacia el pecho del hombre. No tienes que matarlo ahorita. Primero vas a aprender cómo hacerlo hablar, cómo sacar la información.
Hay puntos en el cuerpo donde el dolor es más intenso, pero no mata. Esos son los que vamos a usar. Lo que pasó después de eso, mira, hay cosas que todavía me cuesta recordar con claridad. Mi mente ha bloqueado algunos momentos, pero sí recuerdo ciertas cosas. Recuerdo el sonido que hizo el hombre cuando el cuchillo entró en su carne.
Recuerdo la sensación de la sangre caliente en mis dedos. Recuerdo a mi abuelo diciéndome, “Muy bien, mi hijo. Así mismo, con la misma voz que usaba cuando le atinaba las latas con el rifle. Ese día no maté al hombre. Eso lo hicieron después, cuando ya no tenía más información que dar. Pero sí participé en la tortura durante como una hora.
Mi abuelo me fue enseñando diferentes técnicas. ¿Dónde cortar para que doliera no desangrara? Cómo usar las pinzas en las uñas, cómo el fuego del soplete podía hacer que alguien hablara más rápido que cualquier otra cosa. Cuando salimos de esa bodega, yo estaba en shock. No hablé durante el resto del día.
Mi abuelo me llevó a la casa principal, me dio de comer y me dijo que estaba orgulloso de mí, que había pasado la primera prueba, que ahora era parte real. Esa noche no dormí. Me quedé viendo el techo tratando de entender qué había pasado, tratando de procesar que mi abuelo, el mismo hombre que me daba dinero para dulces y me contaba historias de cuando era joven, me había enseñado a torturar a otro ser humano.
Los meses que siguieron fueron una especie de entrenamiento intensivo. Mi abuelo ya no me veía como un niño, me veía como un aprendiz. Cada pocas semanas había una nueva clase. A veces era solo observar. Otras veces era participar. Fui aprendiendo cosas que ningún niño de esa edad debería saber. Aprendí a identificar cuando alguien estaba a punto de perder la conciencia y había que parar para que no muriera antes de tiempo.
Aprendí qué preguntas hacer y cómo hacerlas para obtener información real y no solo lo que el torturado creía que querías escuchar. Aprendí que algunas personas hablan con solo ver las herramientas, mientras que otras necesitan sentir el dolor directamente. Mi abuelo me explicaba todo con una paciencia impresionante.
Para él era un oficio, una habilidad que se transmitía de generación en generación. Me contóque a él también le habían enseñado de joven que así funcionaban las cosas en su mundo. Decía que la crueldad sin propósito era de tontos, pero la violencia calculada era una herramienta necesaria. Lo que no sabía en ese momento era que mi madre estaba enterada de todo.
Descubrí esto años después. cuando ya era adolescente. Ella sabía exactamente lo que mi abuelo me estaba enseñando y no hizo nada para detenerlo. Cuando le reclamé, me dijo que no tenía opción, que si ella se hubiera opuesto, mi abuelo simplemente la habría apartado y seguido adelante de todas formas, o algo peor.
Entre mis 10 y mis 13 años estuve presente en la tortura de al menos 15 personas. Participé directamente en unas 10. De esas vi morir a varias, no siempre por mi mano, pero sí estuve presente cuando pasó. Cada una de esas experiencias me fue cambiando por dentro, aunque en ese momento no me daba cuenta.
Recuerdo un caso en particular que fue diferente a los demás. Fue como un año después de mi primera vez, cuando tenía 11 años. Llevaron a un tipo que supuestamente había robado dinero de un cargamento. Era joven, tendría como 25 años. Cuando lo trajeron estaba llorando, diciendo que él no había sido, que lo estaban confundiendo con alguien más.
Mi abuelo me pidió que lo interrogara yo solo, que aplicara lo que había aprendido. Me dijo que íbala a estar observando desde afuera, pero que yo tenía que tomar las decisiones. Estuve con ese tipo como dos horas, le hice de todo, pero algo no cuadraba. Normalmente cuando alguien es culpable, en algún momento deja de negar y empieza a justificarse.
Este tipo nunca dejó de decir que era inocente. Hasta el final, cuando ya casi no podía hablar, seguía diciendo que él no había sido. Cuando terminé, le dije a mi abuelo que creía que el tipo estaba diciendo la verdad, que algo en su manera de responder me hacía pensar que no era el culpable.
Mi abuelo me miró con seriedad, se quedó callado un momento y luego me dijo, “Tienes buen ojo, mi hijo. Ya lo sabíamos. Este era una prueba para ti. Queríamos ver si podías identificar a un inocente. El tipo era un trabajador de uno de los ranchos que habían escogido al azar para esta lección. Lo soltaron después, le dieron dinero y le dijeron que si abría la boca lo mataban a él y a su familia.
No sé qué habrá pasado con él después. Ese día me di cuenta de algo importante. A mi abuelo no le importaba la justicia, le importaba el control, le importaba que yo aprendiera a hacer lo que fuera necesario, culpable o inocente. La verdad era secundaria. Conforme fui creciendo, las cosas se fueron complicando más.
A los 13 años ya no solo participaba en interrogatorios, ya me estaban involucrando en otros aspectos del negocio. Me llevaban a reuniones importantes, me presentaban con personas clave. Mi abuelo les decía que yo era su sucesor, que estaba siendo entrenado para eventualmente tomar las riendas de una parte del cartel.
Pero también empecé a ver las grietas en todo, las peleas internas entre los hijos de mi abuelo, los problemas con los otros carteles, las traiciones constantes. Cada semana había alguien nuevo que había fallado, que había robado, que había hablado. La paranoia era constante. Nadie confiaba en nadie completamente.
Hubo un momento cuando tenía como 14 años que fue un punto de inflexión para mí. fue cuando mi abuelo escapó de Puente Grande, la primera vez que se fugó de una prisión de máxima seguridad. Eso fue en 2001. Yo me enteré unas horas después de que pasó. Recuerdo que mi madre me despertó en la madrugada. Me dijo que empacara una maleta pequeña y que no hiciera preguntas.
Nos movieron de casa esa misma noche. Fuimos a dar a un lugar en Durango que yo no conocía. Estuvimos ahí como dos semanas sin saber nada, sin poder hablar con nadie, sin poder salir. Mi madre estaba nerviosa todo el tiempo fumando cigarro tras cigarro. Cuando finalmente vi a mi abuelo después de su escape, estaba diferente, más delgado, más serio.
Me abrazó fuerte y me dijo que las cosas iban a cambiar, que había que reorganizar todo desde cero, que iba a necesitar que yo asumiera más responsabilidades. Los años que siguieron fueron intensos. El cartel de Sinaloa creció muchísimo después de esa fuga. Mi abuelo retomó el control total y expandió las operaciones. Yo fui siendo incluido cada vez más en las decisiones importantes.
Para cuando cumplí 16 años, ya supervisaba ciertos cargamentos, ya tenía hombres bajo mi mando, ya había tomado decisiones que resultaron en la muerte de personas. No voy a dar muchos detalles de esa época porque involucraría a gente que todavía está viva y activa. Pero sí puedo decir que todo lo que me enseñó mi abuelo lo puse en práctica muchas veces.
Los interrogatorios, la violencia calculada, la lectura de personas, todo servía en ese mundo, pero algo dentro de mí empezó a quebrarse. Supongo que es loque pasa cuando vives rodeado de muerte y traición desde niño. Empecé a tener pesadillas constantes. Me despertaba sudando, viendo las caras de las personas que había torturado o matado.

Empecé a beber demasiado, a usar coca para mantenerme despierto, para no tener que dormir y soñar. Mi abuelo se dio cuenta de que algo me pasaba. Un día, cuando yo tenía como 18 años, me llevó aparte y me preguntó directamente qué me pasaba. Le dije la verdad. Le dije que ya no podía seguir haciendo esto, que algo estaba mal conmigo. Esperaba que se enojara, que me llamara débil, cobarde, pero su reacción me sorprendió.
Se quedó callado un momento largo mirando hacia la sierra y luego me dijo, “Mi hijo, este negocio no es para todos. Hay gente que lo aguanta y hay gente que no. No hay vergüenza en admitirlo. Me dijo que me iba a dar una oportunidad de salir, que podía irme, establecerme en otro país con una identidad nueva y no tener que participar más en nada, pero que si me iba, ya no podía volver, que tenía que ser una decisión definitiva.
Lo pensé semanas. Al final decidí quedarme, no porque quisiera seguir en ese mundo, sino porque no conocía otra cosa. Toda mi vida había sido eso. No sabía cómo ser una persona normal, cómo tener un trabajo normal, cómo relacionarme con gente que no estuviera en el negocio. Pero mi participación cambió.
Mi abuelo me asignó a cosas menos violentas, manejo de dinero, logística, relaciones con ciertos contactos. seguía siendo parte del cartel, pero ya no tenía que ensuciarse las manos directamente. Era como un retiro parcial. Las cosas siguieron más o menos estables hasta 2014, cuando mi abuelo fue capturado de nuevo. Eso fue un golpe duro para todos.
Yo estaba en Mazatlán cuando pasó, a unas horas de donde lo agarraron. Me avisaron por teléfono como a las 2 horas de que pasó. Tuve que moverme inmediatamente, cambiar de ubicación, porque sabíamos que las autoridades iban a empezar a buscar a toda la familia. Los meses que mi abuelo estuvo en el altiplano fueron caóticos.
Los hijos peleándose por el control, los aliados aprovechándose de la situación, los rivales atacando. Yo traté de mantenerme al margen, pero era imposible. Todos querían mi apoyo, todos querían saber de qué lado estaba y luego vino la fuga del túnel en 2015. Eso fue algo increíble, la verdad.
Cuando me enteré de que mi abuelo había escapado por un túnel de más de 1 km que construyeron literalmente debajo de la prisión, no lo podía creer. Ese nivel de planeación, de recursos, de corrupción, solo alguien como mi abuelo podía lograr algo así. Lo vi unas semanas después de su escape. Estaba eufórico, lleno de energía.
Decía que esto probaba que era invencible, que ni el gobierno más poderoso podía mantenerlo encerrado, pero también estaba más paranoico que nunca. Cambió todas sus rutinas, todos sus hombres de confianza. Ya no sabías quién era leal y quién era informante. La recaptura en 2016 fue diferente. Todo el mundo ya sabía qué iba a pasar eventualmente.
Desde el momento en que Kate del Castillo y Sean Pen lo visitaron, supimos que era cuestión de tiempo. Esa visita fue un error enorme. Mi abuelo se confió. Pensó que podía manejar la exposición mediática, pero lo único que logró fue dar pistas a las autoridades. Cuando lo capturaron de nuevo, yo ya estaba mentalmente preparado.
Sabía que esta vez no iba a haber otra fuga. Lo iban a extraditar a Estados Unidos y se acabó. Y así fue. Desde que mi abuelo fue extraditado en 2017, mi vida cambió radicalmente. Me alejé completamente del negocio. Usé el dinero que había acumulado durante años para establecerme en otro país bajo otra identidad.
No voy a decir dónde estoy, pero puedo decir que estoy lejos de México. Los primeros años fueron los más difíciles. Tuve que aprender a vivir como una persona normal, a pagar cuentas, a trabajar. a relacionarme con gente que no tenía idea de quién era yo ni de dónde venía. Las pesadillas nunca se fueron completamente, pero se hicieron menos frecuentes.
Fui a terapia durante un tiempo. No le conté todo al terapeuta, obviamente, pero le conté suficiente para que me ayudara a procesar algunas cosas. Me diagnosticó con trastorno de estrés postraumático, lo cual tenía sentido. También depresión crónica y ansiedad. me recetó medicamentos que ayudaron un poco.
¿Por qué estoy contando todo esto ahora? Hay varias razones. La primera es que necesito sacarlo. Después de tantos años de guardar silencio, de vivir con estos secretos, siento que me están consumiendo por dentro. Hablar de esto, aunque sea de manera anónima, es una forma de liberación. La segunda razón es que quiero que la gente entienda la realidad del narcotráfico.
No es glamoroso, no es como lo pintan en las series, es sangre, muerte, traición y destrucción. Destruye familias, destruye comunidades, destruye países y también destruye a laspersonas que están dentro, incluyendo a los niños que nacen en ese mundo sin haber pedido estar ahí. Yo no elegí ser nieto del Chapo.
No elegí ser entrenado como torturador desde los 10 años. No elegí ver morir a personas frente a mis ojos. Todo eso me fue impuesto por las circunstancias de mi nacimiento y ahora, a mis treint y tantos años sigo cargando con las consecuencias. Mi abuelo está encerrado en Adex Florence, la prisión más segura de Estados Unidos.
pasa 23 horas al día en una celda de concreto sin contacto humano. Va a morir ahí. Parte de mí siente tristeza por eso, porque a pesar de todo era mi abuelo. Tenía momentos de cariño genuino, momentos donde parecía un abuelo normal. Pero otra parte de mí sabe que ese es el destino que él eligió, que las decisiones que tomó durante décadas lo llevaron a esa celda.
Hay algo más que quiero aclarar. Yo no soy inocente en todo esto. Participé en cosas horribles. Cometí actos que no tienen justificación posible. No estoy contando esta historia para hacerme la víctima o para pedir perdón. Sé que lo que hice estuvo mal y sé que voy a tener que vivir con eso el resto de mi vida. Pero también creo que mi historia muestra cómo funciona el ciclo de violencia en el narcotráfico, cómo los niños son convertidos en sicarios, como la normalización de la brutalidad desde temprana edad crea
monstruos. Yo fui moldeado por mi abuelo para ser un instrumento de violencia y aunque eventualmente logré salir, muchos otros no tienen esa oportunidad. Mis primos, mis tíos, la mayoría de mi familia sigue involucrada de una u otra forma. Algunos están muertos. Otros están en prisión, otros siguen operando.
El cartel de Sinaloa no desapareció cuando capturaron a mi abuelo. Sigue ahí, más fragmentado, pero igual de peligroso. Hace unos meses me enteré de que uno de mis primos menores, un niño de 12 años, ya está siendo entrenado de la misma manera que me entrenaron a mí. La historia se repite, el ciclo continúa y no hay nada que yo pueda hacer al respecto desde donde estoy.
Hay noches en las que todavía me despierto viendo la cara del primer hombre que torturé. Esa imagen está grabada en mi memoria para siempre. El miedo en sus ojos, la súplica en su voz, el olor de la sangre mezclado con el sudor. Tenía 10 años y mi abuelo estaba a mi lado guiándome, diciéndome que lo estaba haciendo bien.
A veces me pregunto cómo hubiera sido mi vida si hubiera nacido en otra familia, si hubiera tenido una infancia normal, una adolescencia normal, si hubiera ido a la escuela como cualquier niño, jugado fútbol en el parque, tenido amigos de mi edad. Pero esas preguntas no tienen respuesta. Esta es la vida que me tocó.
Lo único que puedo hacer ahora es tratar de vivir con algo de paz, trabajar en mí mismo, en procesar el trauma. en construir algo parecido a una vida normal. No sé si algún día lo voy a lograr completamente. Probablemente no. Las cicatrices que tengo por dentro son demasiado profundas, pero al menos estoy fuera. Estoy vivo y estoy hablando.
Cuando era niño, mi abuelo me dijo que el peor error que podías cometer era mostrar debilidad, que la debilidad te mataba, que había que ser fuerte siempre, sin importar el costo. Hoy entiendo que estaba equivocado. La verdadera debilidad es no poder reconocer el daño que causas. Es vivir en la negación, convenciéndote de que la violencia es necesaria, de que no hay otra opción.
Mi abuelo era un hombre brillante en muchos sentidos. logró construir un imperio criminal que movió miles de millones de dólares, que controló rutas de tráfico en todo el continente, que corrompió gobiernos enteros. Pero también era un monstruo, un hombre capaz de torturar a otro ser humano sin pestañar y de enseñarle a su nieto de 10 años a hacer lo mismo.
Yo soy producto de ese monstruo. Llevó su sangre y su entrenamiento, pero también soy mi propia persona y elegí salir. Si alguien que está metido en ese mundo está viendo esto, quiero que sepa que sí se puede salir. Es difícil, es doloroso y probablemente vas a cargar con las consecuencias toda tu vida, pero es posible.
Hay una vida afuera del cartel. Hay una forma de existir sin violencia constante, sin paranoia, sin muerte. Yo lo encontré tarde, pero lo encontré. Esta es mi confesión. Esta es mi verdad. Soy nieto de Joaquín Guzmán Lo era, el Chapo. Y a los 10 años mi abuelo me enseñó a torturar. Eso es algo con lo que voy a vivir hasta el día que me muera, pero al menos ahora, por primera vez en mi vida, lo estoy diciendo en voz alta.
Gracias por escuchar.