MI MARIDO EMPEZÓ A LLEGAR CON COSAS CARAS Y DESCUBRÍ QUE UNA MUJER CASADA LE ESTABA PAGANDO TODO
Yo nunca fui una mujer que revisara el celular de su marido. Lo juro por mis hijos.
Mi nombre es Leticia y llevo 11 años casada con Martín.
Nos casamos muy jóvenes. Yo tenía 19, él 22. Nos conocimos en la fiesta del pueblo, en Villa de Reyes. Él trabajaba en un taller mecánico. No era guapo como de telenovela, pero tenía algo. Tenía labia. Te hacía sentir que eras la única mujer del mundo.
Tuvimos dos hijos. Daniel, que ahora tiene 10, y Sofi, que tiene 7. Vivimos en la misma casa donde crecí, que me dejó mi mamá. Una casa humilde, de block sin repellar, pero limpia. Siempre limpia.
Martín ganaba 2,500 a la semana en el taller. No era mucho, pero nos alcanzaba. Yo vendía ropa por catálogo, hacía uñas los fines de semana. Entre los dos la llevábamos. A veces no había para carne, pero nunca nos faltaron los frijoles.
Por eso, cuando empezó a llegar con cosas caras, mi corazón no se alegró. Se me hizo un nudo.
I. LAS PRIMERAS SEÑALES
Fue un martes. Llegó con unos tenis. Unos tenis Nike, de esos que ves en la plaza y cuestan 3,000 pesos. Nuevecitos, en caja.
Le dije: “¿Y esos, Martín?”.
Me dijo, sin verme a los ojos: “Me los dio mi patrón. Me los dio de bono porque le arreglé una troca muy cara a un cliente importante”.
Le creí. Quise creerle.
A la semana siguiente llegó con una chamarra de piel. Una chamarra negra, de esas que usan los que andan en moto. Olía a nueva.
“¿Y esa?”.
“Me la prestó mi primo. Me la va a vender en pagos, bien barata”.
A los quince días, un teléfono. Un iPhone. No de los viejitos, no. Uno de los nuevos, que prende con la cara. Mi teléfono es un Samsung viejito que ya ni carga bien.
“Martín, ¿de dónde sacaste para eso?”
Se enojó. Me dijo: “¿Qué? ¿Ahora ya no puedo ni comprarme nada? ¿Todo te tengo que explicar? Lo saqué a crédito en Elektra, ya déjame en paz. Tú siempre con tus celos”.
Y lo dejé en paz. Pero ya no dormía bien.
Porque no era solo la ropa. De repente tenía dinero para caguamas todos los días. Llegaba con perfumes caros. Se empezó a rasurar todos los días, a ponerse gel. A irse al taller bien bañado, con camisa planchada, cuando antes se iba con la playera manchada de grasa.
Y en la casa… en la casa seguía diciendo que no había dinero.
“Sofi necesita zapatos nuevos, Martín”.
“No hay, Leti. No me ha pagado el patrón”.
“Hay que pagar la luz, ya llegó el recibo”.
“A ver cómo le hacemos, ando bien corto”.
Corto. Pero con tenis de 3,000 pesos.
Una noche, lavando su pantalón, encontré en la bolsa un ticket. Un ticket de una tienda de ropa de mujer. No era de ropa para mí. Era de una blusa cara, de 1,200 pesos. Y un perfume de mujer.
Cuando se lo enseñé, me dijo que era un regalo para su mamá. Pero su mamá nunca se pone blusas así. Su mamá usa batas floreadas.
Ahí fue cuando algo dentro de mí se quebró.
II. LA SEGUIDA
Yo no soy de esas mujeres que siguen a sus maridos. Me daba vergüenza. Sentía que me estaba rebajando.
Pero una comadre del mercado me dijo: “Leti, a tu marido lo vieron en la tarde tomando café con la señora Lorena, la de la tienda de materiales”.
Lorena. La conocía. Una mujer de unos 38 años, casada, con dos hijos. Su marido es trailero, se va por meses a Estados Unidos. Ella se queda a cargo de la tienda, que es muy grande, muy próspera. Siempre anda muy arreglada, muy perfumada, con uñas largas. No era mi amiga, pero nos saludábamos.
No quise creerlo. ¿Qué iba a querer una mujer como Lorena con Martín? Martín es mecánico, no tiene nada.
Pero al día siguiente, Martín me dijo que iba a ir a ver un trabajo fuera, a una ranchería.
Me puse una gorra, agarré a mi prima y le dije: “Acompáñame”.
Lo seguimos en la combi. No fue a ninguna ranchería. Se fue directo a la tienda de materiales de Lorena. Pero no entró por la puerta principal. Se metió por la parte de atrás, por donde está la bodega.
Mi prima y yo nos quedamos escondidas detrás de un puesto de tacos, como por cuarenta minutos. Sentía que el corazón se me salía.
Cuando salió, salió cambiado. Traía una bolsa negra. Y Lorena salió detrás de él, le acomodó el cuello de la camisa, le dio un beso en la mejilla. No fue un beso de amigas. Fue un beso de dueña.
Se me nubló la vista. Quise gritar, quise correr y jalarle el pelo a esa mujer. Pero mi prima me agarró fuerte.
“Vámonos, Leti, vámonos de aquí. No hagas un escándalo”.
Llegué a mi casa temblando. Cuando Martín llegó en la noche, con la misma bolsa negra, que adentro tenía una camisa nueva de 900 pesos, no le dije nada. Solo lo miré. Esperaba que él me contara.
Me dijo: “Me pagó un cliente con ropa, mira qué bonita”.
Esa noche, mientras él se bañaba, revisé su teléfono por primera vez en 11 años. Tenía contraseña. Siempre la había tenido, pero yo nunca la había pedido. Probé con la fecha de nacimiento de Daniel. No era. Probé con la mía. No era. Probé con 1234. Era 1234.
Adentro no había nada. Ningún chat con Lorena. Todo borrado. Solo había un chat con un contacto guardado como “Refacciones García”. Abrí el chat. No eran refacciones.
Eran fotos. Fotos de Martín sin camisa, fotos que yo nunca le había tomado. Y mensajes de una mujer: “Te dejé 5 mil en tu cajón del taller, mi rey. Cómprate lo que quieras, pero no te olvides de mí el viernes”. “Te compré los tenis que querías, pásate por ellos mañana”. “Mi marido se va el lunes, vente a la casa”.
El contacto “Refacciones García” era Lorena.
Me fui al baño y vomité. Vomité del coraje, de la humillación.
III. EL TALLER QUE NO ERA DE ÉL
Al día siguiente, con toda la calma que pude, le pregunté a Don Toño, el dueño del taller donde trabaja Martín.
Don Toño es un señor grande, muy derecho. Me conoce desde niña.
Le dije: “Don Toño, ¿es verdad que le dio un bono a Martín?”.
Don Toño se me quedó viendo y me dijo: “¿Cuál bono, mija? Si apenas y le alcanza para pagarle su sueldo. De hecho me debe, me pidió prestado 10 mil hace un mes”.
¿10 mil? ¿Para qué?
Fui al taller de Martín cuando él no estaba. El chalán, un muchachito de 17 años que me quiere mucho, me dijo la verdad.
“Mire, doña Leti, la verdad el maestro Martín casi no viene. Dice que anda consiguiendo clientes, pero la mera verdad viene una señora en una camioneta roja, la de los materiales, y se lo lleva. Y luego regresa con cosas nuevas. Y nos dijo que no le dijéramos nada a usted. Y también… también hay otra señora que viene a veces. Una más joven, de la estética”.
¿Otra?
Sí. Otra.
Esa misma tarde, me fui a la presidencia a pedir un estado de cuenta de Coppel, porque Martín me había dicho que sacó el teléfono a crédito a mi nombre. Porque yo no trabajo con nómina, pero él usó mi INE.
Debía 38,000 pesos en Coppel. 38,000 pesos en ropa de hombre, un teléfono, una bocina grande, y dos préstamos en efectivo que yo nunca pedí.
Mi firma estaba falsificada.
Cuando regresé a mi casa, encontré sobre la mesa un papel. Un contrato de renta de un local en el centro. Un local grande, que cuesta 8,000 al mes de renta. Y el contrato estaba a nombre de Martín, pero el depósito lo había pagado Lorena. Decía con letra de Lorena: “Para que mi rey ponga su propio taller y ya no sea empleado de nadie”.
Entendí todo. Mi marido no quería poner un taller para nosotros. Quería poner un taller para irse con Lorena. Para que Lorena fuera su socia, su mujer, su todo.
Yo era la esposa que se quedaba en la casa sin repellar, cuidando niños con zapatos rotos, mientras él se paseaba con ropa de marca pagada por otra mujer casada.
IV. LAS OTRAS
Yo pensé que era solo Lorena. Pensé que si hablaba con ella, si le rogaba que me dejara a mi familia en paz, tal vez me haría caso.
Fui a buscarla a su tienda. No fui a pelear. Fui a pedirle, como mujer a mujer.
Le dije: “Lorena, yo sé lo de mi marido. Te pido por favor que lo dejes. Tengo dos hijos”.
Lorena no se enojó. Se rió. Se rió en mi cara.
Me dijo: “Ay, Leti, no te hagas la víctima. ¿Tú crees que eres la única? Martín es un hombre que necesita atención. Tú no se la das. Tú andas siempre con tu cara de sufrida, con tu ropa de paca. Yo le doy lo que tú no le puedes dar. Y no soy la única que se lo da. Pregúntale a la de la estética, a la de la farmacia. Todas le damos. Porque él nos hace sentir jóvenes otra vez”.
Me fui de ahí caminando, sin sentir los pies.
Esa noche, Martín llegó bien borracho, con la camisa manchada de lápiz labial rojo. Rojo, no del color que usa Lorena. Lorena usa color bajito.
Le pregunté, ya sin llorar: “¿Quién es la de la estética?”.
Se quedó callado. Luego me empujó. Me empujó contra la pared y me dijo: “Ya me tienes harto con tus celos. Sí, ando con quien quiero. ¿Y qué? ¿Qué me vas a hacer? ¿Me vas a dejar? Si me dejas te quedas sin nada, porque esta casa es de mi suegra, no tuya. Y los niños se van conmigo porque tú ni trabajas”.
Me quedé helada. No era el Martín que yo conocí. Era otro.
Al día siguiente, hice algo que nunca había hecho. Me fui al banco, al Coppel, a la caja popular. Pedí en todos lados si había préstamos a mi nombre.
Había tres préstamos más. Uno en la caja popular por 50,000 pesos, que Martín sacó con una copia de mi INE y con una firma falsa, poniendo como aval la casa de mi madre. La casa donde vivimos.
Debíamos en total casi 120,000 pesos. Todo gastado en ropa para él, en regalos para sus amantes, en depósitos para un taller que nunca iba a ser para sus hijos.
Esa noche, mientras mis hijos dormían, me senté a verlos. A ver sus caritas. Y entendí que si no hacía algo, nos íbamos a quedar en la calle.
V. LA TRAMPA
Decidí no pelear. Decidí hacer lo que hacen las mujeres de mi pueblo cuando ya no tienen lágrimas: actuar con la cabeza fría.
Fui a ver a la Licenciada del DIF. Le conté todo. Ella me dijo que tenía que demandar por violencia económica, por falsificación de firma. Que podía meterlo a la cárcel.
Pero yo no quería cárcel. Yo quería que me dejara en paz.
Le marqué a Lorena. Le dije que estaba embarazada. Que era de Martín. Era mentira, pero necesitaba ver su reacción.
Lorena, al otro día, fue a buscar a Martín al taller y le hizo un escándalo enfrente de todos. Le gritó que la había engañado, que le había dicho que yo ya no lo quería, que ya nos íbamos a separar.
Martín, para calmarla, le dijo algo que el chalán escuchó y me contó: “Tranquila, mi amor, ya le dije a Leti que me voy a ir de la casa. Ya solo estoy esperando a que me dé el dinero de la venta de la casa de su mamá”.
¿La venta de la casa de mi mamá? ¿Cuál venta? Mi mamá murió hace dos años y me dejó esa casa a mí, con escrituras a mi nombre. Él quería que yo vendiera mi casa para irse con Lorena a poner su taller.
Esa fue la gota que derramó el vaso.
Esa misma tarde, Lorena fue a mi casa. Venía muy enojada, con su esposo. Sí, con su esposo, el trailero que había regresado de sorpresa de Estados Unidos.
El trailero no sabía nada de Martín. Lorena le había dicho que el dinero que le daba a Martín era porque Martín le hacía trabajos de herrería para la tienda.
Pero el trailero encontró los mensajes. Los encontró todos.
Y vino a mi casa a reclamarme a mí, como si yo fuera la culpable.
Me dijo: “¿Usted es la esposa del ratero que se metió con mi mujer?”.
Yo le dije: “Sí, soy la esposa del ratero. Y usted es el esposo de la ratera que me robó a mi marido y que le pagó todo con el dinero de su trabajo”.
Nos quedamos los cuatro en la sala de mi casa sin repellar. Yo, Martín, Lorena y su marido. Mis hijos estaban encerrados en el cuarto, escuchando todo.
El marido de Lorena le dijo a Martín: “Me debes 70 mil pesos que le sacaste a mi mujer, cabrón. Y me los pagas mañana, o te quemo el tallercito ese que te puso”.
Martín se puso blanco. Me volteó a ver, pidiéndome ayuda con la mirada.
Y Lorena, llorando, me dijo algo que me heló la sangre: “Leti, perdóname, pero tu marido no solo me pidió dinero a mí. Le pidió dinero a mi prima también. Y a mi prima le dijo que si no le daba 20 mil, iba a decirle a mi esposo que ella también andaba con él. La estaba chantajeando”.
VI. EL FINAL – LAS SEIS DE LA TARDE
Ahora son las cinco de la tarde. Estoy escribiendo esto porque no sé qué va a pasar.
En una hora va a llegar el marido de Lorena a cobrarle a Martín los 70 mil. Martín no los tiene. Me pidió que le preste las escrituras de mi casa para empeñarla. Me dijo: “Si no me ayudas, nos van a golpear a todos, a ti y a los niños también, porque ese señor es muy peligroso”.
Lorena está encerrada en su casa, su marido no la deja salir. Me mandó un mensaje hace una hora: “Leti, por favor, no digas nada de lo de mi prima, mi marido me mata”.
Y la de la estética, la otra amante, vino hace media hora a mi casa a decirme que está embarazada. Que dice que es de Martín. Que si no le doy dinero para irse a la ciudad, va a decir en todo el pueblo que Martín es un vividor y que yo soy una tonta que lo mantiene.
Tengo sobre la mesa tres cosas: las escrituras de mi casa, la demanda por falsificación de firma que me hizo la licenciada y que solo tengo que firmar para que metan a Martín a la cárcel, y el teléfono de Martín, que no deja de sonar con mensajes de mujeres pidiéndole dinero.
Mis hijos me preguntan por qué hay tanta gente enojada afuera.
No sé qué hacer.
Si firmo la demanda, Martín se va a la cárcel y mis hijos se quedan sin padre. Pero si no la firmo, nos quita la casa y nos deja en la calle por pagar las deudas que él hizo con sus amantes.
Si le doy las escrituras a Martín para que pague, salvo su vida hoy, pero mañana va a volver a hacerlo, porque ya vi que no es un error, es su forma de vivir. Vive de mujeres. Vive de mentiras.
Mi madre me decía: “Mija, el hombre que te hace llorar por otra mujer, no es hombre, es un niño que no quiere crecer”.
Son las cinco y media. Escucho la camioneta roja de Lorena afuera. Y escucho también la moto de Martín que viene a toda velocidad.
No sé quién va a entrar primero por esa puerta.
¿Ustedes qué harían? ¿Le darían las escrituras para salvarlo una vez más? ¿O lo dejarían enfrentar a todos los hombres y mujeres a los que engañó, aunque eso signifique que sus hijos vean cómo se cae a pedazos el padre que tanto querían?
Yo solo sé que hoy, a las seis de la tarde, se va a decidir si mi familia sigue existiendo o si todo se acaba aquí, en esta casa sin repellar, por culpa de unos tenis caros.