MI HERMANO MOVIÓ LA CERCA MIENTRAS YO ESTABA FUERA Y TERMINÓ INTENTANDO VENDER PARTE DE MI TERRENO
Yo nunca pensé que iba a tener que pelearme con mi propia sangre por un pedazo de tierra.
Mi nombre es Esteban. Y esta es la historia de cómo casi pierdo todo por confiar en mi hermano.
I. LA PROMESA
Mi padre murió hace seis años. No fue una muerte bonita. Fue de esas muertes lentas, que te van avisando. Cáncer en el estómago. Los últimos tres meses no podía ni comer.
El rancho donde crecimos está a las afueras de Matehuala, San Luis Potosí. No es un rancho grande, no se imaginen haciendas. Son apenas ocho hectáreas entre mi hermano Rogelio y yo. Tierra seca, dura, que solo da si la trabajas con coraje.
Un día antes de morir, mi padre nos llamó a los dos a su cuarto. Estaba ya muy flaco, con la voz muy bajita.
Nos dijo: “Mijos, yo no les dejo dinero porque nunca tuve. Les dejo tierra. Y la tierra no se pelea, se cuida. Esteban, tú te quedas con la parte de arriba, la de tres hectáreas donde está el mezquite grande. Rogelio, tú con la de abajo, la de cinco, que tiene el pozo. No se me peleen. Júrenme que no van a vender”.
Se lo juramos. Los dos llorando. Yo le agarré la mano. Al día siguiente murió.
Yo en ese entonces tenía 28 años. Rogelio tenía 32, ya casado, con dos niños. Yo estaba soltero. Trabajaba de albañil, a veces de chofer. No alcanzaba.
La parte de mi padre que me tocó era buena, pero estaba sola. Sin dinero para sembrar, sin tractor, sin nada. Rogelio por lo menos tenía a su suegro que le prestaba.
Fue entonces cuando me salió la oportunidad de irme a trabajar a Monterrey, a una obra grande. Me pagaban 4,500 a la semana. Para mí era una fortuna. Hice cuentas. Si me iba tres, cuatro años, ahorraba, me compraba un tractorcito usado y regresaba a levantar mi tierra.
La noche antes de irme, hablé con Rogelio en la cocina de mi madre.
Le dije: “Carnal, te encargo mi pedazo. No te estoy pidiendo que lo siembres, solo que no dejes que nadie se meta. Que no se metan las vacas del vecino Don Chuy. Ahí están los linderos, las piedras blancas que puso mi papá. La cerca de alambre que pusimos juntos, ¿te acuerdas?”.
Rogelio me abrazó. Me dijo: “Vete tranquilo, Esteban. Yo soy tu hermano. Tu tierra es como si fuera mía. Yo te la cuido”.
Mi madre me hizo un taco de huevo y me persigné. Me fui con una mochila y con la escritura de mi terreno doblada en cuatro partes en la bolsa del pantalón. No la dejé. Me la llevé. Fue mi error y a la vez mi salvación.
II. CUATRO AÑOS FUERA
Monterrey es muy duro cuando no eres de ahí. Trabajé de sol a sol. Colando lozas, pegando block, bajo un sol que te quema la nuca. Viví en un cuarto de renta con otros cinco paisanos. No gastaba en nada. No tomaba, no salía.
Cada mes le mandaba dinero a mi madre. 3,000 pesos. Y le decía: “Mamá, dale 500 a Rogelio para que me chapee el terreno”.
Mi madre me decía que sí, que Rogelio iba y que todo estaba bien. Me mandaba fotos. Al principio eran fotos de mi terreno limpio. Después ya no me mandó fotos. Cuando le preguntaba, me decía: “Ay mijo, es que Rogelio dice que no hace falta, que ahí está todo igual”.
Yo le creía. Era mi hermano.
En el tercer año, junté 180,000 pesos. Ya me alcanzaba para un tractor usado y para semilla. Empecé a hacer planes para regresar. Le hablé a Rogelio por teléfono. Se puso bien contento, o eso aparentó.
Me dijo: “Qué bueno que ya vienes, carnal, porque aquí la cosa está dura y necesitamos manos”.
Yo no noté nada raro en su voz. Ahora que lo pienso, sí había algo. Como prisa.
Regresé un martes de octubre. Llegué sin avisar. Quería darles la sorpresa.
El camión me dejó en la carretera. Caminé como un kilómetro con mi mochila. El corazón me latía bien fuerte. Ya me imaginaba mi mezquite, mi tierra.
Y cuando llegué al lindero… me quedé parado.
La cerca no estaba donde debía estar.
III. TRES METROS
Yo conozco esa tierra como conozco mis manos. Mi padre y yo pusimos esa cerca. Pusimos cada poste de mezquite cada diez pasos. Pusimos cuatro hilos de alambre de púas. Yo mismo conté los pasos cuando era niño.
La cerca estaba recorrida. No mucho, a simple vista no se notaba. Como tres metros hacia adentro de mi terreno. En un tramo de casi cien metros de largo.
Tres metros por cien metros son trescientos metros cuadrados. Para alguien de ciudad no es nada. Para nosotros, que vivimos de la tierra, son tres surcos de maíz. Es comida de un mes.
En esa franja que me había robado, ya había maíz sembrado. Maíz alto, bonito. Y más allá, había metido a sus vacas. Había puesto un bebedero de llanta y un comedero.
Me quedé ahí parado como media hora, sin entender. Sentí primero confusión, luego un coraje que me subía desde el estómago hasta la garganta.
Fui a la casa de mi madre. Mi madre me abrazó llorando. Rogelio no estaba. Su esposa, Maribel, me vio y se puso nerviosa.
Le dije: “¿Dónde está Rogelio?”.
Me dijo que andaba en el pueblo.
No le dije nada de la cerca. Me fui directo a mi terreno y me senté abajo de mi mezquite. Estuve ahí toda la tarde.
Cuando por fin llegó Rogelio, venía en su troquita. Se bajó como si nada.
Me dijo: “¡Carnal! ¡Ya llegaste!”.
Yo no me levanté. Le dije: “¿Moviste la cerca, Rogelio?”.
Se le cambió la cara. Se hizo el ofendido.
“¿De qué hablas? ¿Cuál cerca? Esa cerca siempre ha estado ahí. Estás loco, vienes de fuera y ya vienes a acusar”.
Le dije que yo había medido con mis pasos. Que mi padre me había enseñado dónde estaban las piedras blancas que marcaban el lindero. Fuimos a buscarlas. Las piedras ya no estaban. Las había quitado.
Entonces me dijo la frase que nunca se me va a olvidar:
“¿Qué tanto es tantito, Esteban? ¿Por tres metritos vas a hacer un argüende? Yo cuidé tu tierra cuatro años, la limpié, la trabajé. ¿Y así me pagas? Además tú ni estabas aquí. Yo pensé que ya no ibas a volver. Todos en el rancho pensaron que ya te habías quedado allá en Monterrey con una vieja”.
Esa noche no dormí. Me dolía el pecho. No era por los tres metros. Era por darme cuenta de que mi hermano me veía como un estorbo.
IV. LA VENTA
Si la historia se hubiera quedado ahí, tal vez lo hubiera perdonado. Tal vez le hubiera dicho: “Quédate con esos tres metros, pero no me vuelvas a mentir”.
Pero dos días después, pasó lo que me hizo entender que esto era mucho más grande.
Estaba yo chapeando mi terreno, tratando de volver a poner la cerca en su lugar, cuando llegó una camioneta blanca, de esas nuevas. Se bajó un señor con sombrero y botas muy limpias, que no era de por aquí.
Me preguntó: “¿Usted es Rogelio?”.
Le dije que no, que yo era Esteban, el hermano.
El señor sacó una carpeta y me dijo: “Ah, qué bueno que lo encuentro. Mire, yo ya le di a su hermano 70,000 pesos de anticipo por la franja esa de la orilla. Quedamos que en quince días me firmaba la cesión de derechos y le daba los otros 80,000. Yo quiero empezar a construir una bodega ahí”.
Sentí que el suelo se me abría.
Mi hermano no solo me había robado tres metros. Ya los había vendido. Había vendido algo que no era suyo. Había cobrado 70,000 pesos por mi tierra.
Le dije al señor que esa tierra era mía, que yo tenía las escrituras. Que no había ninguna venta.
El señor se enojó. Me dijo que Rogelio le había enseñado un papel donde decía que él era el encargado y que yo le había dado poder. Un poder falso.
Esa tarde fui a buscar a Rogelio a su casa. Lo encontré contando dinero en la mesa de la cocina. Cuando me vio, lo guardó rápido.
Le grité todo. Que era un ratero, que era un traidor. Él me gritó de vuelta que yo era un muerto de hambre que había abandonado a mi madre, que él sí había estado ahí.
Mi madre se metió en medio, llorando, pidiéndonos que no nos peleáramos.
Y fue entonces cuando Maribel, su esposa, sin querer, dijo algo: “Rogelio, dile la verdad de la cuenta del banco”.
V. LA CAJA DE MADERA
¿Qué cuenta?, le pregunté.
Rogelio se puso blanco.
Resulta que mi madre, durante los cuatro años que estuve fuera, le estuvo dando a Rogelio el dinero que yo le mandaba para el mantenimiento de mi terreno. 500 pesos al mes, por 48 meses. Son 24,000 pesos. Rogelio nunca chapeó nada. Se lo gastó. Y además, mi madre, con mucho esfuerzo, también le había dado a Rogelio dinero de la pensión de mi padre para que pagara el predial de las dos propiedades. Rogelio solo pagó el de él. El mío no lo pagó. Tenía tres años de adeudo.
Pero lo más grave estaba por venir.
Mi madre, al ver que nos estábamos matando, se fue a su cuarto y regresó con una caja de madera vieja, de esas de galletas, que mi padre guardaba abajo de su cama.
Me dijo: “Su padre me dijo que les diera esto solo si se peleaban por la tierra. Yo no quería dárselos”.
Adentro había dos cosas.
Primero, un recibo de compra-venta original, de 1988, donde constaba que mi padre no había comprado ocho hectáreas. Había comprado doce hectáreas. Cuatro hectáreas más que nunca reclamó porque el vendedor era su compadre y le dijo que las usara nomás, que después arreglaban papeles. Esas cuatro hectáreas son las que están justo detrás de mi terreno, hacia el cerro. Tierra con mucho mezquite, con valor.
Y segundo, una carta escrita con la letra temblorosa de mi padre, fechada dos semanas antes de morir. La carta decía:
“Rogelio y Esteban: Si están leyendo esto es porque ya se pelearon. No lo hagan. Esta tierra me costó la vida entera. La compré con lo que me mandaba mi padre de Texas en los años 70, trabajando en el ferrocarril. No se vende. El que venda su parte, pierde el derecho a la otra parte que está a mi nombre y que no he repartido. La tierra que no reclamé, la del cerro, es para el hijo que se quede a cuidar a su madre. El que se vaya y abandone, que no reclame nada”.
Yo no sabía que existían esas otras cuatro hectáreas. Nadie lo sabía. Solo mi padre y mi madre.
Rogelio, al leer eso, entendió que si vendía mi pedazo, automáticamente perdía el derecho a reclamar esas cuatro hectáreas que valen mucho más, porque tienen acceso a la carretera nueva que van a hacer.
El comprador de la franja, al que Rogelio le había prometido mi tierra, era un prestamista muy conocido en Matehuala, un hombre peligroso, de esos que no perdonan deudas.
El prestamista regresó al día siguiente, pero ya no solo. Venía con dos hombres. Dijo: “Rogelio, quiero mi dinero de vuelta, con intereses. Son 90,000 por los 70,000. Tienes hasta mañana a las seis de la tarde. Si no, me cobro con tu troquita y con lo que haya en tu casa”.
Rogelio llegó a mi casa esa noche, a las once, borracho, llorando.
Me dijo: “Carnal, perdóname. Me equivoqué. Préstame 90,000. Si no me prestas, ese señor me va a matar. Y si no me prestas, voy al ejido y voy a decir que mi papá nunca dividió bien y que todo el rancho debe ser solo mío, y te voy a meter en un juicio de diez años y no vas a poder sembrar nada”.
VI. EL FINAL
Ahí estoy. Sentado abajo de mi mezquite, escribiendo esto a las cinco de la mañana. Son las cinco de la mañana del día en que se vence el plazo del prestamista.
Tengo en mi bolsa los 180,000 pesos que junté en cuatro años en Monterrey, con los que iba a comprar mi tractor. Con ese dinero puedo salvar a mi hermano de que lo golpeen o le quiten su troca.
Pero si se lo doy, estoy premiando al que me robó, al que vendió lo que no era suyo, al que no pagó el predial y me dejó una deuda.
Si no se lo doy, mi hermano va a cumplir su amenaza. Va a ir al ejido y va a decir que la división de mi padre no fue legal, porque no hay un papel del ejido, solo un papel de compra-venta entre particulares. Va a meternos en un juicio agrario que puede durar años. Y mientras tanto, ninguno de los dos va a poder sembrar. Y mi madre, que tiene 71 años, va a ver a sus dos hijos destruyéndose.
Y además están las cuatro hectáreas secretas del cerro. Si peleo, ¿quién se queda con ellas? Según la carta de mi padre, le tocan al que cuide a mi madre. Yo me fui, es verdad. Pero me fui para poder volver. Rogelio se quedó, pero le robó a mi madre su pensión.
Mi madre me dijo anoche, con lágrimas: “Esteban, haz lo que te diga tu corazón, pero no dejes que esa tierra nos separe. Tu padre murió para que estuviéramos juntos”.
No he dormido en toda la noche. El sol ya va a salir. En una hora va a llegar Rogelio a pedirme el dinero. Y a las seis de la tarde va a llegar el prestamista.
No sé qué hacer.
¿Ustedes qué harían? ¿Le prestarían el dinero a un hermano que los traicionó para salvarlo? ¿O lo dejarían enfrentar las consecuencias de sus actos, aunque eso signifique perder a su familia y tal vez perder la tierra de su padre para siempre?
La cerca sigue movida. Y yo sigo aquí, abajo del mezquite, esperando a que amanezca.