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En las montañas de Chihuahua, donde los pinos centenarios son el sustento de familias enteras, un leñador honesto se convirtió en la peor pesadilla de quienes robaban esos bosques. Miguel Morales, padre [música] de tres hijos, operador de maquinaria pesada, conocía cada brecha y cada sendero de la sierra Taraumara.
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Pero cuando su hermano menor cayó asesinado por denunciar tala ilegal y las autoridades archivaron el caso sin investigar, Miguel transformó su herramienta de trabajo en algo que nadie esperaba. Ocho hombres del cártel de Juárez pagaron por ese crimen. Esta historia no empieza con venganza, empieza con un hermano que grabó su propia muerte.
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Miguel Ángel Morales Durán tenía 41 años cuando todo cambió. Había pasado la mitad de su [música] vida entre pinos, encinos y fresnos de la sierra Taraumara en el municipio [música] de Guadalupe y Calvo, al sur de Chihuahua. Era la tercera generación de leñadores en su familia. Su abuelo trabajó en los [música] grandes acerraderos de madera durante los años 60.
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Su padre le enseñó el oficio desde [música] los 10 años, cuando apenas podía cargar una motosierra sin ayuda. A los 23, Miguel obtuvo su certificación [música] de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Desde entonces, cada árbol que cortaba tenía [música] permiso federal. Cada carga que bajaba de la montaña llevaba sello oficial.
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En eljido todos lo conocían como [música] alguien serio. No bebía en exceso, no apostaba, no buscaba problemas. Se levantaba a las 5 de la mañana, desayunaba [música] con su esposa Rosa Elena y sus tres hijos en una casa de madera y lámina en las afueras del pueblo. A las 6:15 salía en su camioneta Nissan del 2008 rumbo a la zona autorizada.
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Llegaba al área llamada El Pinalito, [música] en el sector 4, donde trabajaba junto a su hermano menor, Raúl. Miguel operaba el Skider, una máquina forestal verde y amarilla marca John Deer, que habían comprado juntos en el 2015. [música] Raúl manejaba la motosierra entre los dos formaban un equipo eficiente. Conocían el ritmo del bosque, respetaban los tiempos de [música] reforestación, reportaban cualquier irregularidad.
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Ese skider era más que una herramienta. Era el resultado de [música] 8 años de crédito que todavía no terminaban de pagar. Miguel lo mantenía impecable. Limpiaba los filtros cada semana, revisaba el nivel de aceite hidráulico, engrasaba las pinzas articuladas que usaban para levantar troncos de hasta 3 toneladas.
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La matrícula decía [música] CHS 7 y 734. era su medio de vida, su manera de darle educación a Carlos, Diana y Sofía. También era el símbolo de algo más grande, la promesa de [música] que en dos años, cuando terminaran de pagar el equipo, abrirían un pequeño acerradero propio. Raúl soñaba con eso. Hablaba de contratar a otros leñadores de elegido, de procesar madera certificada, de venderla a muebleros de Parral y Chihuahua.
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Miguel lo escuchaba y asentía. En dos años, carnal, lo logramos juntos. Pero entre enero y marzo del 2023, Miguel empezó a notar algo extraño. Había huellas de camiones pesados en brechas donde [música] no debían estar. Árboles de 200, 300, hasta 400 años aparecían talados en zonas protegidas. Pinos gigantes que tardaron siglos en [música] crecer convertidos en tocones recientes con marcas frescas de motosierra.
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Miguel tomaba [música] fotografías con su celular, anotaba las coordenadas GPS, seguía las huellas [música] de llantas hasta donde se atrevía. Vio camiones Kenworth sin placas cargados hasta el tope. Escuchó motosierras en la madrugada, lejos de las áreas, con permiso. Sabía lo que significaba. El cártel de Juárez, a través de su brazo operativo, conocido como la línea, controlaba la tala ilegal en esa región.
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No era un secreto, era una realidad que todos conocían pero nadie enfrentaba. Miguel hizo lo que creía correcto. Presentó cuatro denuncias formales en las oficinas de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente en Chihuahua. Adjuntó [música] fotos, ubicaciones exactas, descripciones de vehículos. Incluso logró capturar placas [música] parciales de algunos camiones.
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Cada vez recibía la misma respuesta. [música] Su denuncia está en proceso de investigación. Le avisaremos cuando haya avances. Nunca hubo avances. Nunca lo llamaron de vuelta. Las fotos que envió se perdieron en algún archivo. Los árboles seguían cayendo. Los camiones seguían subiendo y bajando de la sierra como si [música] nada.
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Miguel regresaba a casa frustrado, pero no dejaba de intentarlo. Creía en las instituciones. [música] Creía que tarde o temprano alguien haría algo. En el respetaban por eso. Algunos lo veían como ingenuo, otros lo consideraban valiente. Don Chuy, un anciano de [música] 72 años que había sido leñador antes de retirarse, le decía, “Mijo, las denuncias no sirven de nada aquí.
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Los que cortan [música] sin permiso tienen más poder que los que deberían cuidar el bosque. Miguel no quería creerlo. Seguía llevando a sus hijos [música] los domingos a ver los árboles que cuidaba. Les explicaba cómo identificar [música] un pino sano, cómo medir el diámetro antes de cortarlo, cómo reforestar después [música] de cada tala.
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Raúl también participaba en esas lecciones. Le enseñaba a Carlos, el hijo mayor de Miguel, a afilar cadenas de motosierra. le decía, “La madera [música] nos da de comer, mi hijo, pero hay que respetarla. Sin el bosque no somos nada. Esas palabras se quedarían grabadas en la memoria de Miguel para siempre, porque el 14 de marzo de ese año, Raúl Morales dejó de [música] estar vivo y con él se fue la última razón que Miguel tenía para creer en la justicia oficial.
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Los domingos eran sagrados en casa de los morales. Miguel encendía la parrilla en el patio [música] trasero, donde guardaba troncos apilados que luego vendería como leña. Rosa Elena preparaba tortillas de harina desde temprano, amasando con [música] las manos mientras escuchaba música norteña en la radio. Los niños jugaban entre las pilas de madera construyendo fortalezas imaginarias.
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Carlos, [música] de 14 años, ya mostraba interés en el oficio familiar. Diana, de 10 prefería ayudar a su madre en la cocina. Sofía, la menor de siete, perseguía [música] mariposas entre los pinos que rodeaban la casa. Raúl llegaba cerca del mediodía con una bolsa de hielo y un six de cerveza. Era soltero, vivía solo en un cuarto rentado cerca del centro de [música] Guadalupe y calvo, pero pasaba casi todos sus días libres con la familia de Miguel.
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No tenía hijos [música] propios. Así que trataba a los sobrinos como si lo fueran. Les contaba [música] historias de cuando él y Miguel eran niños, de cómo su padre los llevaba al monte y les enseñaba a distinguir el sonido de un árbol a punto de caer. Hay que escuchar el crujido, mijos. El árbol te avisa, si no le haces caso, te aplasta.
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Los niños reían. Rosa Elena servía carne asada con [música] frijoles refritos y salsa verde. Miguel y Raúl bebían despacio, conversaban sobre el trabajo de la semana, hacían planes para el futuro. Ese futuro incluía el acerradero que tanto soñaban. Faltaban dos años para terminar de pagar el skider. Después de eso, pensaban solicitar un crédito más pequeño para comprar una sierra industrial usada y rentar un terreno cerca del ejido.
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Raúl ya había hablado con algunos [música] contactos en Parral, muebleros que compraban madera certificada. Miguel calculaba que con tres empleados más podían procesar suficiente volumen para vivir bien. No se trataba de hacerse ricos. Se trataba de trabajar honestamente, de darles estabilidad a sus familias, de seguir cuidando los bosques que les daban de comer.
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Pero entre enero y marzo del 2023, esas conversaciones empezaron a incluir otro tema. Miguel le contaba a Raúl sobre las denuncias que había presentado. Raúl sentía preocupado. También había visto las huellas de camiones pesados en zonas prohibidas. También escuchaba [música] las motosierras nocturnas. Hermano, ten cuidado con eso.
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Ya sabes cómo se ponen cuando alguien mete las narices donde no debe. Miguel respondía con calma. No estoy haciendo nada malo, solo estoy reportando lo que veo. Para eso existen las autoridades, ¿no? Raúl no insistía. Conocía a [música] su hermano. Sabía que Miguel era terco cuando creía en algo. El último domingo que pasaron juntos fue el 12 de marzo.
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Hacía calor [música] para ser principios de primavera. Los niños corrían descalzos por el patio. Rosa Elena había hecho agua de Jamaica. Raúl trajo chicharrón prensado [música] que compraron en la tienda de Don Chui. Comieron, rieron, tomaron fotos. En una de esas fotos, Raúl aparece con Carlos enseñándole cómo sostener correctamente una lima para afilar cadenas.
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Miguel tomó esa foto con su celular. Dos días después [música] la vería mil veces tratando de entender cómo todo había cambiado tan rápido. El martes [música] 14 de marzo, Raúl aceptó un turno nocturno excepcional. Un cliente de Parral necesitaba completar [música] una carga urgente de madera certificada.
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Era legal, todo en orden, pero requerían terminar el [música] corte esa misma noche para entregar al día siguiente. Miguel se ofreció a acompañarlo, pero Sofía amaneció [música] con fiebre alta. Rosa Elena le pidió que se quedara en casa. No pasa nada, carnal, son solo unas horas. Mañana nos vemos, dijo Raúl antes [música] de salir.
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A las 10:30 de la noche, Raúl terminó su parte del trabajo. Guardó la motosierra en la caja de su camioneta, se quitó [música] los guantes, bebió agua de un garrafón que llevaba siempre. Estaba a punto de subirse al vehículo cuando escuchó motosierras. No venían del área donde él trabajaba. Venían de más arriba, de una zona que [música] conocía bien, El Cañón del Álamo, un sector protegido donde no debía haber actividad forestal.
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Raúl dudó. Podía irse [música] directo a casa, podía ignorar lo que escuchaba, pero no lo hizo. Caminó [música] 2 km monte arriba, guiándose por el sonido de las máquinas y el resplandor de linternas potentes. Lo que encontró fue exactamente lo que Miguel [música] había denunciado cuatro veces sin resultado. Una cuadrilla de cinco hombres talaba pinos centenarios en plena madrugada.
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Un camión Kenworth, rojo sin placas oficiales, esperaba [música] con el motor encendido. Raúl reconoció ese camión. Era el mismo que Miguel había fotografiado dos semanas [música] antes. Sacó su celular, un Samsung viejo con cámara regular y empezó a grabar. Capturó los rostros de tres hombres. Grabó las [música] placas traseras falsas del camión.
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Registró una conversación que uno de ellos gritaba, “¡Apúrate! [ __ ] que el patrón quiere la [música] carga en Juárez antes del amanecer. Grabó durante 4 minutos. Fue entonces cuando lo vieron. Si estás siguiendo esta historia [música] y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en [música] los comentarios desde qué ciudad o estado nos estás viendo.
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Uno de los taladores lo vio primero. Un hombre joven, tal vez de unos [música] 28 años con gorra negra y chaleco reflectante sucio. Gritó, “Oye, cabrón, ¿qué haces?” Raúl bajó el celular instintivamente, pero ya era tarde. Los otros cuatro voltearon. Las linternas de sus cascos lo iluminaron como si fuera un animal atrapado en medio de la carretera.
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Raúl dio dos pasos hacia atrás. Tranquilos, yo no vi nada. Solo pasaba por aquí. Su voz sonaba calmada, pero sus manos temblaban. Uno de los hombres, [música] más grande que los demás, se acercó con una motosierra todavía encendida. [música] Nos estabas grabando, ¿verdad? Dame el teléfono. Raúl corrió. No había otra opción.
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Conocía esas [música] brechas mejor que nadie. Había trabajado en esa sierra desde los 18 años. Si lograba llegar a su camioneta, podía arrancar y bajar hasta el reténitar que estaba a 12 km. Corrió entre los árboles, saltando raíces, esquivando rocas. Escuchó gritos [música] detrás de él. Escuchó pasos pesados. Escuchó el click [música] metálico de un arma al cargar.
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Estaba a 15 m de su camioneta cuando sonaron los disparos. Dos ráfagas cortas de cuerno de chivo. La primera le dio en la espalda, entre los omóplatos, la segunda en el costado izquierdo. Raúl [música] cayó de bruces sobre la tierra húmeda. Su celular salió volando de su [música] mano y aterrizó 3 m más adelante.
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Los taladores se acercaron. Raúl todavía respiraba, pero no podía moverse. Uno de ellos lo volteó con la bota. ¿Ves lo que pasa cuando te metes donde no debes? Arrastraron su cuerpo hasta un tocón recién [música] cortado. Con una navaja grabaron algo en la madera. Así mueren los soplones. Dejaron a Raúl ahí, desangrándose, mirando las estrellas que apenas se veían [música] entre las copas de los pinos.
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Se llevaron la carga de madera ilegal. No se llevaron el celular, no revisaron si Raúl seguía [música] vivo, solo subieron al camión y desaparecieron por la brecha oscura. 10 minutos después, un compañero de elegido que trabajaba en una zona cercana escuchó [música] los disparos. Se acercó con cautela. Encontró a Raúl inconsciente, pero con pulso débil. Llamó a emergencias.
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[música] Llamó a Miguel. Hermano, ¿pas algo malo? Raúl está herido. Ven rápido. Miguel salió de [música] su casa a las 11:15 de la noche. Rosa Elena se quedó con los niños. Sofía seguía con fiebre, dormida en su cama. Miguel manejó por esas [música] brechas forestales a una velocidad peligrosa. Conocía cada curva, cada piedra.
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Pero esa noche todo se sentía diferente. Llegó al lugar 25 minutos después. La ambulancia todavía no aparecía. Raúl estaba tirado en el suelo, cubierto con una chamarra que [música] su compañero le había puesto encima. Miguel se arrodilló junto a él, le tomó la mano, le habló. Aguanta, [música] carnal, ya viene la ayuda. Aguanta.
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Raúl abrió los ojos un momento, miró a Miguel, movió los labios como si quisiera decir algo, pero no salió ningún sonido. Luego [música] cerró los ojos otra vez. La ambulancia llegó 40 minutos después. Para entonces, Raúl ya no respiraba. Los paramédicos intentaron reanimarlo en el camino hacia el hospital de Guadalupe y Calvo, pero fue inútil.
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Miguel lo siguió en su camioneta. Entró [música] a urgencias cubierto de tierra y lágrimas. Un médico salió a las 2 de la mañana y negó con la cabeza. Lo siento. Hicimos todo lo posible. Miguel no recuerda bien lo que pasó después. Recuerda haber llamado a Rosa Elena. Recuerda haber llorado en el estacionamiento [música] del hospital.
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Recuerda haber regresado al lugar del crimen al amanecer. La policía de investigación del [música] estado ya estaba ahí. Acordonaron el área con cinta amarilla, tomaron fotos, levantaron evidencias, encontraron el celular de Raúl entre las hojas secas. Miguel les preguntó si podía ver el video.
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Un agente ministerial le dijo que no, que era evidencia. Otro agente le preguntó si Raúl tenía enemigos. Miguel respondió que no, que su hermano solo trabajaba y cuidaba a su familia. ¿Sabe de alguien que quisiera hacerle daño? Miguel señaló el tocón con la [música] inscripción. Lean eso. Ahí tienen su respuesta. Presentó la denuncia formal esa misma mañana en la Fiscalía [música] General del Estado de Chihuahua.
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les mostró las cuatro denuncias previas que había hecho ante Profepa. Les explicó que Raúl seguramente vio algo que no debía ver. Les dijo que los responsables eran taladores ilegales del cártel de Juárez. El agente que lo atendió tomó notas, llenó formatos, le dio un número de expediente. Vamos a investigar. Le avisaremos cuando tengamos avances.
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Miguel salió de ahí con un papel en la mano y un vacío en el pecho. Ya había escuchado esas palabras antes. Ya sabía lo que significaban. El funeral se realizó [música] tr días después. El 17 de marzo. La Iglesia de Guadalupe y calvo se llenó. Casi todo elegido [música] fue a despedirse de Raúl. El ataúd era de Pino, fabricado [música] por un carpintero local que no quiso cobrar.
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Miguel tocó esa madera con las manos. Era suave, bien lijada, con un olor fresco que le recordó todas las veces que él y Raúl habían trabajado juntos en el bosque. Rosa Elena abrazaba [música] a sus hijos. Carlos lloraba en silencio. Tiana y Sofía [música] no entendían del todo lo que pasaba. Miguel se quedó parado frente al ataúdrado [música] durante mucho tiempo.
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La gente pasaba, le daba el pésame, le decía que Raúl estaba en un lugar mejor. Él asentía sin escuchar realmente. Solo pensaba en una cosa, en la promesa que le había hecho a su hermano mientras moría en esa brecha oscura. Tres semanas después del entierro, un agente de la fiscalía le devolvió el celular de Raúl. No sirve como evidencia.
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El video está muy oscuro, no se distinguen bien los rostros. Miguel lo tomó sin decir [música] nada. Llegó a su casa, se encerró en su cuarto, conectó el teléfono a un cargador y reprodujo el video. Duró 4 [música] minutos y 12 segundos. Se veían perfectamente las caras de tres hombres. Se escuchaban perfectamente sus voces.
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Se leían [música] perfectamente las placas traseras del camión Kenworth Rojo. Miguel vio ese video 10 veces seguidas, luego lo guardó en una memoria USB. Regresó a la fiscalía al día siguiente le mostró el video a otro agente. Aquí están los responsables. Identifíquenlos [música] y deténganlos. El agente vio el video, tomó notas, [música] prometió enviar la información al área de análisis forense.
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No es suficiente para girar una orden de aprensión. Necesitamos más pruebas, [música] testigos, antecedentes. Miguel salió de esa oficina con las manos apretadas [música] en puños. Subió a su camioneta, manejó sin rumbo durante una hora. Terminó en el Cañón del Álamo donde habían matado a Raúl. El tocón con la inscripción seguía ahí.
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Miguel se arrodilló frente a él, pasó los dedos sobre las letras talladas con navaja, lloró por última vez. Cuando se levantó, ya había tomado [música] una decisión. Si el sistema no iba a hacer justicia, él la haría uno por uno, hasta que todos pagaran. Miguel no era un hombre violento, nunca había golpeado a nadie, nunca había disparado un arma.
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En 41 años de vida, su único conflicto [música] había sido con la burocracia que ignoraba sus denuncias. Pero algo [música] cambió en él después de ver ese video por décima vez. No fue un cambio repentino, fue gradual, como el óxido [música] que carcome el metal lentamente hasta debilitarlo por completo.
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Durante abril del 2023, Miguel siguió trabajando. Se levantaba temprano, desayunaba con su familia, manejaba hasta el pinalito, operaba el skid solo. Ahora levantaba troncos, los arrastraba hasta el área de carga, los apilaba. Todo en silencio. Sus compañeros de elegido notaban [música] que ya no hablaba como antes. Don Chui le preguntó un día si estaba bien.
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Miguel solo asintió. Estoy procesando todo, don Chuy. Necesito tiempo. Pero no estaba procesando, estaba planeando. Cada noche, después de que Rosa Elena y los niños se dormían, Miguel se quedaba despierto en la mesa de la cocina con un cuaderno y un mapa de la sierra Taraumara. Marcaba con círculos rojos las brechas forestales donde había visto actividad ilegal.
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Anotaba horarios, patrones, nombres que escuchaba en las cantinas del pueblo. Hablaba con gente, no directamente sobre el asesinato de Raúl, sino sobre otras cosas. Preguntaba quién manejaba los camiones [música] madereros, quién compraba madera sin papeles, quién trabajaba de noche en zonas prohibidas. La gente [música] hablaba, algunos por confianza, otros por dinero.
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Miguel gastó 3000 pesos de sus ahorros [música] en esas conversaciones. A finales de abril tenía 18 ubicaciones marcadas en su mapa, tres campamentos base donde los taladores ilegales guardaban equipo, cinco rutas [música] principales que usaban para bajar la madera robada, 10 brechas activas donde operaban con mayor frecuencia.
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También tenían hombres. No nombres completos, sino apodos. El grillo, el tuercas, los gemelos, el chueco, el chino, el flaco, [música] el chato, el ingeniero, ocho hombres. Miguel revisaba el video de Raúl y trataba de coincidir esos apodos con [música] las caras que aparecían en la grabación.
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Logró identificar a tres con certeza. El grillo era [música] el joven de gorra negra que había gritado primero. El tuercas era el mecánico que mantenía los camiones [música] Kenworth en un taller clandestino cerca de Parral. Los gemelos eran dos hermanos que manejaban las rutas hacia Kriel. En mayo, Miguel empezó a modificar su herramienta de trabajo.
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El skider John Deere 648L no estaba diseñado para lo que tenía en mente, pero podía adaptarse. Trabajaba en las noches dentro de un galpón de lámina [música] que tenía en su propiedad. Primero reforzó las pinzas hidráulicas. Esas pinzas normalmente se usaban para sujetar [música] troncos de hasta 3 toneladas. Miguel soldó placas de acero extra [música] en los bordes.
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Ahora podían ejercer suficiente presión como para aplastar metal. Probó con [música] tambores viejos de 200 L. Las pinzas los comprimieron como si fueran latas de refresco. Luego instaló iluminación nocturna. Compró [música] focos LED de 3000 lúmenes cada uno en una ferretería de Chihuahua. [música] Los montó en la estructura superior del skidar, orientados hacia adelante y los costados.
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Con esas luces podía ver claramente en la oscuridad [música] total del bosque. También modificó el escape. Envolvió el tubo con material aislante térmico usado en construcción. Redujo el ruido del motor diésel en un 40%. [música] No era silencioso, pero ya no se escuchaba a kilómetros de distancia. Finalmente [música] ajustó el sistema hidráulico.
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Aumentó la presión en las líneas para que las pinzas [música] pudieran levantar hasta 5 toneladas en lugar de tres. Eso significaba que podía mover [música] troncos mucho más grandes o usarlos como armas mucho más pesadas. Le tomó tres [música] semanas completar las modificaciones. Trabajaba despacio, con cuidado, asegurándose de que cada soldadura estuviera perfecta.
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Cada conexión bien hecha. Rosa Elena le preguntó una noche qué estaba haciendo en el galpón. Estoy mejorando el equipo, mi amor. Necesito que rinda más si voy a trabajar solo. Ella aceptó la respuesta. No tenía razones para dudar. Miguel nunca le había mentido antes, pero ahora lo hacía. y lo hacía porque sabía que si ella supiera la verdad intentaría detenerlo y nadie iba a detenerlo.
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Mientras modificaba el skider, Miguel también estudiaba a sus objetivos. El grillo trabajaba regularmente en la zona norte de Guadalupe y Calvo, en una brecha llamada El Tecuan. Llegaba cerca de las 3 de la mañana con otros dos taladores. Cortaban eninos viejos en un sector protegido por decreto federal. Miguel lo observó durante cuatro noches seguidas desde lejos, usando binoculares [música] que había comprado en una tienda de deportes.
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Aprendió sus rutinas, a qué hora llegaban, dónde estacionaban el camión, quién hacía guardia mientras los otros trabajaban. El grillo [música] era descuidado, se confiaba. Creía que nadie se atrevería a enfrentarlos [música] porque eran del cártel de Juárez. El 19 de mayo, Miguel decidió que era momento de empezar.
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Esa tarde revisó el skider por última vez, llenó el tanque [música] de diésel, verificó la presión hidráulica, probó las luces LED. Todo funcionaba perfectamente. Antes de salir de su casa, tomó [música] el casco naranja de Raúl. Lo había guardado después del funeral. Estaba manchado con [música] líquido rojizo seco que nunca pudo lavar del todo.
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Lo sostuvo en las manos durante [música] varios minutos, luego lo colgó en su cinturón. No sabía exactamente por qué lo llevaba. Tal vez como recordatorio, tal vez como amuleto, [música] tal vez solo porque necesitaba sentir que Raúl estaba con él en lo que venía. A las 2 de la mañana del 20 de mayo, [música] Miguel encendió el skider y manejó hacia el Tecuan.
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Conocía un camino alterno que no pasaba por ningún retén. Llegó a las 2:50, apagó el motor y esperó oculto entre los pinos. A las 3:10 [música] escuchó el ruido inconfundible de motosierras. Encendió el Skider. El motor modificado ronroneaba bajo, casi imperceptible bajo el sonido de las sierras. Avanzó lento, sin luces todavía, [música] guiándose por la claridad de la luna llena.
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A las 3:24 m de distancia [música] vio el camión Kenworth rojo. El mismo del video. El grillo estaba de pie junto a un encensino recién cortado, fumando un cigarro, riéndose de algo que uno de sus compañeros había dicho. Miguel encendió los focos LED. La luz iluminó la escena como si fuera de día.
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El grillo volteó, entrecerró [música] los ojos, levantó una mano para cubrirse del resplandor. ¿Qué haces aquí, viejo? Su voz sonaba más [música] curiosa que asustada. Miguel no respondió. Aceleró [música] el skider, activó las pinzas hidráulicas, levantó el tronco de encino que [música] el grillo acababa de cortar.
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2 toneladas y media de madera suspendidas en el aire. El grillo dejó de reír. Empezó a correr hacia el camión. Miguel bloqueó el paso, acorraló a el grillo contra la lateral del Kenworth. Espera, espera, fue orden del patrón. Yo solo sigo instrucciones. [música] Miguel bajó el tronco sobre el capó del camión.
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El metal se [música] retorció con un sonido agudo y horrible. El impacto hizo que el camión se moviera [música] 15 cm hacia un lado. El grillo cayó al suelo. El tronco rodó aplastándole ambas piernas por debajo de las rodillas. El grillo gritó. Los otros dos taladores [música] huyeron corriendo hacia el monte sin mirar atrás. Miguel bajó del esquider, se acercó a el grillo, que seguía gritando, intentando liberarse.
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Esto es por Raúl Morales, por mi hermano. Su voz era tranquila. casi inexpresiva, colocó el casco naranja en el suelo junto al cuerpo del grillo. Tomó una foto rápida con su celular, luego subió de nuevo al skider y se fue. El grillo tardó 15 minutos en morir de sangrado. La noticia apareció en el periódico local dos días después. Talador muere en accidente con maquinaria pesada en Guadalupe [música] y calvo. El artículo era breve.
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Mencionaba que un hombre identificado como Jesús Alfredo [música] Guzmán, apodado el grillo, había sido encontrado muerto en la brecha, el tecán. Las autoridades investigaban las causas. No había testigos, no había detenidos. La fiscalía clasificó el caso como accidente laboral. Miguel leyó la nota mientras desayunaba con su familia.
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Rosa Elena comentó algo sobre lo peligroso que era trabajar de noche en el bosque. Carlos preguntó [música] si Miguel conocía al hombre. No, hijo, nunca lo vi. Mintió sin pestañear, dobló el periódico y terminó su café. En el empezó a murmurar. Algunos decían que el grillo trabajaba para el cártel. Otros decían que era un accidente, que esas cosas pasaban cuando se trabajaba con maquinaria pesada.
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Don Chui se acercó [música] a Miguel una tarde mientras cargaba madera en su camioneta. Mi hijo, escuché que [música] encontraron un casco naranja cerca del cuerpo. Dicen que tenía las iniciales RM grabadas por dentro. Miguel no respondió, siguió apilando troncos. Don Chui bajó la voz. Ten cuidado, la gente habla y hay quienes no van a tomarse esto como [música] accidente.
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Miguel finalmente lo miró. No sé de qué me hablas, don Chui. El anciano asintió lentamente. Está bien, mi hijo, solo ten cuidado. Pero Miguel no pensaba [música] en cuidarse. Pensaba en el siguiente nombre de su lista, el tuercas. Roberto Medina, 35 años, mecánico especializado en camiones de carga pesada. Operaba un taller clandestino en la zona industrial de Parral, a 2 horas de Guadalupe y calvo.
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Era el responsable de mantener los camiones Kengworth [música] que usaban para transportar madera ilegal. Miguel lo había localizado [música] siguiendo las placas parciales que había capturado en sus observaciones nocturnas. Uno de esos camiones, [música] el kengworth rojo del video de Raúl, estaba registrado bajo un nombre falso, [música] pero siempre lo llevaban a reparar al mismo lugar.
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Miguel [música] condujo a Parral el primero de junio. Llegó al taller cerca de las 11 de la noche. Era un edificio de lámina [música] oxidada en una calle sin alumbrado público. Había tres camiones estacionados afuera. Uno de ellos era el Kenworth Rojo. Miguel estacionó su camioneta a dos cuadras [música] de distancia. Esperó.
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A la medianoche, las luces del taller se apagaron. Un hombre salió, [música] cerró con candado, subió a una motocicleta y se fue. Miguel esperó 30 minutos más, luego regresó a Guadalupe y Calvo durmió 4 horas y a las 5 de la mañana del 2 de junio volvió con el Skider. Llegó a [música] Parral cerca de la 1 de la madrugada del 3 de junio.
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Parral es una ciudad más grande que Guadalupe y calvo. Tiene calles pavimentadas, semáforos, más vigilancia. Miguel tomó rutas alternas, evitó las avenidas principales. [música] El skider llamaba la atención, pero a esa hora había poco tráfico. Llegó al taller. El kengworth rojo seguía ahí. Miguel usó [música] las pinzas reforzadas para arrancar el candado de la puerta principal.
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El metal [música] se dio con un chasquido. Entró. El tuercas dormía en la cabina del camión. Hacía [música] guardia porque el vehículo llevaba herramientas caras en la caja trasera. Miguel posicionó el Skider frente al camión. Encendió [música] los focos LED. La luz despertó a el tuercas. Se incorporó confundido, [música] talló sus ojos, miró hacia afuera.
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Vio el skid verde y amarillo. Vio las pinzas hidráulicas acercándose a la cabina. Intentó abrir la puerta, no pudo. Miguel ya había bloqueado ambas puertas usando las pinzas para presionar la estructura del camión. El tuercas golpeó la ventana, gritó. Miguel aumentó la presión. Las pinzas empezaron a apretar lentamente la cabina.
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El metal crujía, se doblaba, se comprimía. El tuercas dejó de gritar, empezó a jadear. El espacio dentro de la cabina se [música] reducía centímetro a centímetro. Miguel bajó del skider, caminó hasta la ventana del conductor. Esto es por Raúl Morales, cabrón. El tuercas no [música] respondió. Ya no podía.
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La presión sobre su pecho era demasiada. Murió por asfixia 2 minutos después. Miguel dejó el casco naranja sobre el volante deformado. Tomó una foto. Salió del taller. En el camino de regreso a Guadalupe [música] y calvo cruzó dos retenes militares. Nadie detuvo el Skider. Era una máquina de trabajo. No había razón [música] para sospechar.
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La policía de investigación encontró el cuerpo del tuercas. Cerca de las 7 de la mañana. Un empleado [música] del negocio de al lado llamó al ver la puerta del taller abierta. La escena era extraña. La cabina del camión estaba completamente deformada, como si algo con [música] fuerza extrema la hubiera aplastado.
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Los peritos forenses no encontraron huellas útiles, solo manchas de aceite hidráulico, marcas de llantas industriales y un casco naranja con [música] las iniciales R M pintadas por dentro. abrieron una carpeta de investigación, la vincularon con [música] el caso de El Grillo, dos muertes en dos semanas, ambas relacionadas con Tala ilegal, ambas con el mismo [música] objeto dejado en la escena.
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Alguien estaba enviando un mensaje en Guadalupe [música] y calvo. Don Chui visitó a Miguel una tarde. Llevaba una bolsa con pan dulce [música] y un termo de café. Se sentaron en el patio trasero de la casa. Los niños jugaban cerca. Don Chui habló en voz baja. Mi hijo, ya sé lo que estás haciendo. No soy [música] tonto. Vi cómo modificaste el skider.
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Escuché los rumores. La gente de elegido sabe. Algunos te apoyan, otros tienen miedo. Miguel bebió su café. No sé de qué hablas. Don Chui suspiró. Está bien, pero si necesitas información, [música] dime. Conozco a mucha gente. Sé cosas. Miguel lo miró. ¿Por qué me ayudarías? Don Chui sonríó con tristeza. Porque Raúl era buen muchacho, porque el gobierno no hace nada y porque alguien tiene que cuidar estos bosques.
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Durante las siguientes [música] dos semanas, Don Chuy le pasó información a Miguel. Nombres, ubicaciones, horarios. Miguel apuntaba todo en su cuaderno. Su lista crecía. Los gemelos operaban en la carretera [música] estatal 16, tramo huacho creel. Transportaban madera robada cada [música] fin de semana. El chueco dirigía un acerradero ilegal en Huachochi.
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El chino vivía en una casa de seguridad en la junta. El flaco coordinaba las rutas de transporte. El chato supervisaba las cargas y arriba de todos ellos [música] estaba el ingeniero, el hombre que manejaba la operación completa en cuatro municipios. Miguel sabía que no podía [música] detener toda la operación del cártel. Eso era imposible, pero podía hacer que pagaran los responsables directos del asesinato de Raúlno por uno, metódicamente, sin prisa.
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Cada muerte parecería un accidente. Cada muerte enviaría el mismo [música] mensaje. Así mueren los que matan a leñadores honestos. Miguel no dejaba notas [música] escritas, no dejaba mensajes explícitos, solo dejaba el casco naranja. Y eso era suficiente porque en el Ejido, en Parral, en toda la sierra Taraumara, la gente empezaba a hablar de algo nuevo, un justiciero, un leñador que usaba su propia máquina para aplastar criminales.
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Algunos lo llamaban loco, otros lo llamaban héroe. Miguel no se llamaba a sí mismo de ninguna manera, solo seguía trabajando. El 18 de junio era domingo. Los domingos eran difíciles para Miguel. Eran los días que solía pasar con Raúl. Ahora los pasaba con el fantasma de esos recuerdos. Rosa Elena intentaba mantener la rutina familiar, preparaba comida, ponía música, trataba de que los niños no notaran el cambio, pero Carlos sí lo notaba.
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A sus años entendía [música] más de lo que su madre creía. Una tarde le preguntó a Miguel si estaba bien. Sí, hijo, solo extraño [música] a tu tío. Carlos asintió. Yo también. Miguel lo abrazó. Sintió el peso de lo que estaba haciendo. Sintió el peso de las mentiras, pero no se detuvo. Esa noche salió de su casa cerca de las 11. Rosa Elena ya dormía, los niños también.
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Miguel tomó las llaves [música] del Skider y manejó hacia el norte. Los gemelos operaban en la carretera estatal 16, un tramo de 70 km entre [música] Huachochi y Creel. Era una ruta peligrosa, curvas cerradas, barrancos profundos, poca iluminación, perfecta para transportar carga ilegal sin ser [música] visto.
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Según la información de Don Chui, los gemelos hacían su recorrido todos los domingos [música] entre las 4 y las 5 de la mañana. Llevaban un camión Kenworth blanco con 40 toneladas de pino robado. Su destino era un acerradero clandestino en [música] las afueras de Crell. Miguel conocía esa carretera. La había recorrido [música] cientos de veces.
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Sabía dónde estaban las curvas más peligrosas. Elegió una en particular, cerca del kilómetro 42. Era una curva en herradura con una barranca [música] de 15 m hacia el lado izquierdo. Si un camión pesado perdía el control ahí, [música] no había manera de recuperarse. Miguel llegó al lugar a las 3:30 de la mañana.
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Estacionó el skid en medio de la carretera, bloqueando completamente el paso. Apagó las [música] luces. Esperó. A las 4:40 escuchó el rugido de un motor diésel acercándose. Luces altas iluminaron la curva. El camión Kenworth [música] blanco apareció. Iba rápido, demasiado rápido para esa carretera. El conductor frenó al ver el skider.
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[música] Las llantas rechinaron. El camión se detuvo a 20 m de distancia. Dos hombres bajaron de la cabina. Eran idénticos. 32 años, complexión media, gorras negras, chalecos reflectantes. Los gemelos. Uno de ellos sacó una pistola. El otro gritó, [música] “Quita esa chingadera o te matamos.” Miguel encendió los focos LED del skider.
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Los gemelos levantaron las manos para cubrirse los [música] ojos. Miguel aceleró. El Skider avanzó directo hacia el camión. Los gemelos dispararon. Tres, cuatro, cinco disparos. Las balas rebotaron en el metal del skider sin causar daño. Miguel envistió el lateral derecho del camión con las pinzas extendidas. El impacto fue brutal.
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El [música] Kengworth se inclinó hacia la izquierda. Las llantas delanteras se levantaron [música] del pavimento. Los gemelos gritaron. Uno corrió hacia la barranca tratando de alejarse. El otro intentó subir de nuevo a la cabina. Miguel activó las pinzas, las cerró alrededor del eje trasero del camión, jaló con toda la [música] fuerza hidráulica del sistema.
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El camión se deslizó hacia la izquierda. Las ruedas traseras cruzaron el borde de la carretera. Luego todo el vehículo empezó [música] a volcarse. Cayó por la barranca en cámara lenta, primero el techo, luego el costado. Finalmente rodó dos veces antes de estrellarse contra las rocas del fondo. La carga de troncos se esparció por todo el barranco.
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Los gemelos habían saltado antes de que el camión cayera. Estaban vivos, heridos, pero vivos. Miguel no bajó a buscarlos. No era su objetivo matarlos, era su objetivo destruir la carga, enviar el mensaje de que la madera robada no llegaría a su destino. Bajó del skider, caminó hasta el borde de la carretera, miró hacia abajo, vio el camión destrozado, vio los troncos esparcidos, dejó el casco naranja sobre uno de los troncos que había quedado en el pavimento, tomó una foto, se fue.
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La policía de investigación llegó dos horas después. Encontró a los gemelos caminando por la carretera tratando de pedir ayuda. Ambos tenían [música] fracturas. Uno tenía una costilla rota, el otro tenía el tobillo dislocado. Los llevaron al hospital de Krill. Mientras los atendían, los interrogaron. ¿Qué pasó? Los gemelos dijeron que un skid los había atacado, [música] que alguien los envistió deliberadamente.
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Los agentes tomaron nota, pero no les creyeron del todo. Pensaron que era una excusa para encubrir un accidente por exceso de [música] velocidad. Uno de ellos encontró el casco naranja. Lo guardó en una bolsa de evidencia. Otra vez este casco. Alguien está jugando con nosotros. En Guadalupe y Calvo, [música] la noticia se extendió rápido.
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Tres ataques en un mes. El grillo muerto, el tuercas muerto, los gemelos hospitalizados, todos relacionados con tala ilegal, todos con el mismo [música] casco naranja dejado en la escena. La gente de el ejido empezó a llamarlo el skider vengador. Algunos hacían bromas. No corten [música] árboles donde no deben o el skider los va a encontrar.
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Otros lo decían en serio. El cártel de Juárez también empezó a reaccionar. El ciego, jefe local de la línea en el sur de Chihuahua, convocó una reunión con sus operadores. Les dijo que alguien estaba atacando su red. les ordenó aumentar la seguridad, poner guardias armados en los acerraderos, escoltar los camiones con vehículos de apoyo.
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Pero Miguel no estaba intimidado, estaba concentrado. Su siguiente objetivo era el chueco, el encargado del acerradero clandestino [música] en Huachochi. Según don Chui, el chueco operaba en una bodega metálica al sur de la ciudad. Procesaba hasta 50 m³ de madera ilegal por semana. vendía a muebleros de Durango y Torreón.
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Dormía en una [música] oficina improvisada dentro del acerradero. Casi nunca salía. Estaba paranoico [música] después de lo que le había pasado a los gemelos. Miguel sabía que no podría entrar con el Skider sin ser visto. Guachochi era más grande que Guadalupe y calvo. Había retenes militares en las entradas principales. Necesitaba otro plan.
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Pasó una semana observando el lugar. Cada noche, desde las 11 hasta las 3 de la mañana, Miguel se estacionaba en una loma cercana con sus [música] binoculares. Estudiaba los movimientos. El chueco tenía dos ayudantes que trabajaban hasta la medianoche. Después de eso, [música] él se quedaba solo.
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Cerraba la bodega con cadenas. Encendía un generador diésel que alimentaba las sierras eléctricas y las luces. se metía [música] a su oficina y veía televisión hasta quedarse dormido. El generador quedaba fuera, [música] expuesto, sin vigilancia. El 4 de julio, Miguel decidió actuar. Llegó al acerradero a las 2 de la mañana.
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Esta vez no llevaba el Skider, llevaba su camioneta Nissan. Bajó con guantes [música] de trabajo y una llave inglesa. Se acercó al generador. Era un modelo grande, industrial [música] de 700 kg. Estaba atornillado a una base de concreto. Miguel aflojó los tornillos. Luego enganchó una cadena del generador a las pinzas del skider, que había dejado estacionado a 50 m de distancia oculto entre unos árboles. Jaló.
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El generador se arrancó de su base. Las luces del acerradero se apagaron. La sierra eléctrica se detuvo. El chueco salió de su oficina con una linterna. ¿Qué pasó? ¿Se fue la luz? Caminó hacia donde estaba el generador. No estaba. Miró alrededor confundido. Miguel aceleró el skider. Salió de entre los árboles con los focos [música] LED encendidos.
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El chueco lo vio. Corrió de regreso hacia la bodega. Miguel bloqueó la entrada con un tronco de tonelada y media que había traído en las pinzas. El chueco [música] quedó atrapado adentro. Golpeaba la puerta metálica, gritaba. Miguel no lo escuchaba. Rocío diésel en la base de la puerta. Prendió fuego.
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El fuego no era grande, solo lo suficiente para generar humo denso. El chueco dejó de gritar. empezó a toser. Miguel esperó 15 minutos, luego se fue. Los bomberos llegaron 40 minutos [música] después. Cuando abrieron la bodega, encontraron a el chueco [música] inconsciente. Lo llevaron al hospital. murió 2 horas después por inhalación de humo.
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La investigación oficial lo clasificó [música] como accidente por falla eléctrica en el generador, pero en la escena encontraron [música] el casco naranja y todos supieron que no había sido un accidente. El ciego no era un hombre paciente. Cuando se enteró de [música] la muerte del chueco, rompió una botella de whisky contra la pared de su oficina en la junta.
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Llamó a sus lugarenientes. Les gritó durante 20 minutos. ¿Cómo es posible que un [ __ ] leñador esté acabando [música] con mi gente? ¿Para qué les pago? ¿Para que se dejen matar como [ __ ] Nadie respondió. Sabían que cuando el ciego estaba así, lo mejor era quedarse [música] callado. Finalmente, el ciego ofreció una recompensa.
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500,000 pesos por información que llevara a la captura del responsable. Vivo o muerto, me da igual. La noticia se esparció por Guadalupe, [música] Icalvo, Parral, Guachochi. 500,000 pesos era mucho dinero en esa región, suficiente para que algunos consideraran traicionar a Miguel. Pero nadie habló.
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No porque la gente tuviera miedo de él ciego, tenían miedo, pero tenían más respeto por lo que Miguel estaba [música] haciendo. En las cantinas de eljido, algunos hombres brindaban en silencio cada vez que escuchaban de otra muerte. por el leñador. No decían su nombre, no hablaban directamente del tema, pero todos sabían.
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Miguel se había convertido en algo más grande que él mismo. Era un símbolo, la prueba de que el sistema podía ser ignorado cuando ya no servía. Don Chuy visitó a Miguel el 12 de julio. Llevaba información nueva. Mi hijo, el ciego tiene un sobrino. Se llama Omar, pero le dicen el chino. Trabaja en las talas nocturnas.
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Vive en una casa de seguridad aquí en la junta. Tiene dos guardias, pero sale solo algunas noches. Va a una tienda 24 horas a comprar cerveza. Cerca de las 3 de la mañana. Miguel escuchó atentamente. ¿Dónde queda esa tienda? Don Chuy le dio la dirección. Ten cuidado. Si matas al sobrino del ciego, esto se va a poner feo.
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Miguel no respondió. Ya había tomado [música] la decisión. El chino era parte de los hombres que habían estado en el cañón del álamo la noche que mataron a Raúl. Miguel revisó el video mil veces. Estaba seguro. El chino era el más joven [música] del grupo. 26 años. arrogante, confiado. Creía que su apellido lo protegía.
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Miguel iba a demostrarle que estaba equivocado. [música] La noche del 14 de julio, Miguel no usó el Skider. Era demasiado visible para una zona urbana como la junta. Usó su camioneta Nissan. Llegó a la tienda 24 horas cerca de las 2:30 de la mañana. Estacionó en una calle oscura a 50 m de distancia. Esperó a las 3:10. Una camioneta Toyota negra se estacionó frente a la tienda. El chino bajó.
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Jeans, playera roja, tenis blancos. Entró solo. Compró un Six de cerveza y una bolsa de chicharrones. Pagó. Salió. Subió a su camioneta. Miguel arrancó su Nissan. Siguió a El Chino a distancia prudente. Conocía las calles de la junta. sabía que había un tramo de 2 km sin alumbrado público [música] antes de llegar a la casa de seguridad.
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Aceleró, alcanzó a el chino en [música] ese tramo, se puso a su lado. El chino lo miró. Miguel aceleró más. Envistió la lateral de la Toyota con su Nissan. Una vez, dos veces. La Toyota se desvió. El chino perdió el [música] control. La camioneta se salió del camino y chocó contra un poste de luz a 60 km porh. El impacto fue brutal.
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La parte frontal de la Toyota se comprimió como acordeón. El airbag se activó. El chino murió instantáneamente. Fractura de cráneo, hemorragia interna, paro cardíaco. Miguel se detuvo 30 [música] m adelante. Bajó de su camioneta, caminó de regreso hacia la Toyota, verificó que [música] el chino estuviera muerto. Lo estaba.
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abrió la puerta del conductor, colocó el casco naranja en el asiento del copiloto, tomó una foto, regresó a su camioneta, manejó tranquilo de regreso a Guadalupe y calvo. Llegó a su casa a las 4:30. Rosa Elena seguía dormida. Se metió a la cama. Durmió 3 horas. La noticia del accidente apareció en los medios locales [música] al mediodía.
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sobrino de líder criminal, muere en accidente de tránsito. El artículo mencionaba que Omar Márquez, conocido como El Chino, había perdido el control de su vehículo y chocado contra un poste. La Fiscalía investigaba si había señales [música] de otro vehículo involucrado. Testigos reportaron haber escuchado dos impactos, no uno.
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Pero no había cámaras de seguridad [música] en esa zona, no había evidencia forense clara, solo el casco naranja. Otra vez el ciego explotó. Convocó otra reunión. Esta vez fue más específica. Quiero que encuentren al dueño de ese casco. Quiero que lo traigan aquí. Voy a matarlo yo mismo. Sus hombres empezaron a preguntar. En Guadalupe [música] y Calvo, en Parral, en Huachochi, nadie hablaba.
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Algunos porque no sabían realmente quién era, otros porque no querían saber. Miguel seguía trabajando en el día. Operaba el skider, cortaba árboles legales, cargaba madera certificada, cenaba con su familia, ayudaba a Carlos con la tarea, leía cuentos a Diana y [música] Sofía antes de dormir. Y por las noches, cuando todos dormían, revisaba su lista.
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Cinco objetivos eliminados, tres más por cubrir, el flaco, [música] el chato, el ingeniero. Pero algo estaba cambiando. Miguel [música] lo sentía. La policía de investigación había abierto un expediente especial. Vincularon todas las muertes, establecieron un patrón. solicitaron refuerzos de la Guardia Nacional para patrullar las brechas forestales.
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Instalaron retenes temporales en puntos estratégicos. Miguel sabía que su [música] ventana de oportunidad se estaba cerrando. Tenía que acelerar. tenía que terminar antes [música] de que lo atraparan, porque si lo atrapaban antes de completar su misión, todo habría sido en vano. El 7 de agosto recibió otra visita de don Chui.
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Esta vez el anciano traía información crítica. Mi hijo, el ingeniero va a estar en Ciudad Juárez el 8 de agosto, cumpleaños. Va a celebrar en un acerradero ilegal que tienen la colonia azteca. Van a estar el Flaco, el Chato y otros 20. Es tu oportunidad de terminar con los tres de un solo golpe. Miguel procesó la información.
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Ciudad Juárez estaba a 6 horas de Guadalupe y calvo. No podía llevar el skider. Era demasiado visible. Necesitaba otro método, algo definitivo, algo que no dejara lugar a dudas. Pasó las siguientes 24 horas planeando. Investigó en internet, leyó sobre explosivos caseros. No era difícil encontrar información. Fertilizante más diésel [música] más un temporizador digital, simple, efectivo, ilegal.
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Pero Miguel ya había cruzado esa línea [música] hacía mucho tiempo. Ya no le importaba lo legal, solo le importaba terminar lo que había empezado. Miguel rentó un camión [música] Freight Lineriejo en Durango. Usó documentos falsos que Don Chuy le consiguió a través de un contacto. Placas de Durango que no levantarían sospechas [música] en los retenes de Chihuahua.
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Pagó 5,000es en efectivo. El dueño del camión no hizo preguntas. No quería saber. Miguel cargó cuatro tambores de 200 L en la caja del camión. Los llenó con una [música] mezcla de fertilizante agrícola y diésel. Compró el fertilizante en tres ferreterías diferentes para no levantar [música] sospechas.
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El diésel lo sacó de su propio tanque en el fabricó un [música] temporizador usando un reloj digital barato y cables que compró en una tienda de electrónicos. No era [música] complicado, solo requería paciencia y precisión. El 7 de agosto por la noche, Miguel le dijo a Rosa Elena [música] que tenía que hacer un viaje a Chihuahua.
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Un cliente quiere ver muestras de madera. Voy y vengo mañana. Rosa Elena no sospechó. Miguel había hecho viajes así antes. Lo besó. le pidió que manejara con cuidado. Miguel abrazó a sus hijos antes de salir. Carlos [música] le preguntó si podía acompañarlo. No, hijo, es trabajo aburrido. Quédate aquí cuidando a tus hermanas.
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Salió de su casa a las 9 de la noche, recogió el camión Freight Liner [música] en un terreno valdío donde lo había estacionado. Manejó hacia Ciudad Juárez. Llegó a las 3 de la mañana del 8 de agosto. La colonia Azteca está en el sureste [música] de Juárez. Es una zona industrial con bodegas, talleres mecánicos, lotes de chatarra.
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Miguel encontró el acerradero ilegal sin problema. Era una bodega grande de lámina galvanizada. Había música norteña a todo volumen. Camionetas de lujo estacionadas afuera, hombres armados en la entrada. Miguel pasó de largo, dio la vuelta a la manzana, encontró un callejón lateral que daba a la parte trasera de la bodega. Estacionó el camión, ahí bajó.
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Activó el temporizador. 15 minutos suficiente para alejarse a pie. Caminó tranquilo por las calles oscuras. A las 3:30 se mezcló con un grupo de curiosos que siempre aparecen [música] en las colonias populares cuando algo raro sucede. Esperó. A las 3:45 [música] escuchó la explosión. No fue masiva. Miguel había calculado la cantidad de explosivo [música] para destruir la estructura de la bodega, no para matar a todos adentro.
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Necesitaba justicia, no una masacre. La explosión [música] derrumbó una pared lateral. El techo colapsó parcialmente. Hubo gritos, gente corriendo, algunos heridos, tres muertos. Entre los muertos [música] estaba el flaco, entre los heridos graves estaba el chato. El ingeniero había salido a fumar 2 minutos antes. Se salvó. En el caos. Miguel se acercó a la bodega.
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Entró mezclado con los que intentaban ayudar. vio el escritorio del ingeniero volado por la explosión, papeles esparcidos, una laptop rota y un USB [música] tirado en el suelo. Miguel lo recogió, nadie lo vio, salió caminando, subió al camión Freight Liner, manejó de regreso a Guadalupe y calvo.
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Llegó a su casa a las 9 de la mañana. Rosa Elena preparaba desayuno. ¿Cómo te fue? Miguel sonríó cansado. Bien. El cliente compró la madera. Esa noche Miguel conectó el USB a su laptop. Contenía información increíble. 5 años de contabilidad detallada de la operación de tala ilegal, rutas, volúmenes, precios, compradores y lo más importante, nombres de funcionarios [música] corruptos que recibían sobornos.
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Dos de Semarnat, tres comandantes de policía municipal, un delegado de Profepa. Miguel copió toda [música] la información, la grabó en otro USB. Al día siguiente, cerca de las 11 de la noche, manejó a Chihuahua. [música] Dejó el USB en una bolsa de plástico en la puerta principal de la Fiscalía General del Estado.
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Dentro de la bolsa puso una nota escrita [música] a mano. Aquí está su investigación lista. Yo ya hice la mía. Firmado, un leñador. El 12 de agosto, [música] la fiscalía anunció el operativo Bosque Limpio. Allanamientos simultáneos en ocho ubicaciones, 48 detenidos, entre ellos dos funcionarios de SEMARNAT, un comandante de la policía municipal de Huachochi y 15 taladores [música] ilegales.
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La noticia fue nacional. Periódicos, televisión, redes sociales. Todos hablaban del golpe contra la tala [música] ilegal en Chihuahua. Nadie mencionaba al leñador que había entregado la evidencia. Miguel veía las noticias desde su casa. Rosa Elena comentaba lo bueno que era ver al gobierno [música] actuar finalmente.
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Carlos preguntaba si ahora sí iban a dejar de cortar árboles ilegales. Miguel asentía, “Tal vez, hijo, tal vez. El 18 de agosto, el ingeniero fue capturado en un operativo de [música] la Guardia Nacional en Ciudad Juárez. Lo encontraron escondido en una casa de seguridad con 2 millones de pesos en efectivo.
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La prensa [música] lo presentó como resultado del trabajo de inteligencia de la fiscalía. Nadie relacionó su captura con el USB anónimo. Miguel vio la noticia. sintió algo parecido a alivio. El ingeniero estaba [música] preso, el flaco estaba muerto, el chato estaba hospitalizado con lesiones graves. Cinco más ya habían pagado.
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Faltaba uno, el Chato, el último nombre de su lista. Pero algo estaba cambiando en Miguel. Después de la explosión en Juárez, empezó a dormir mal. Soñaba con Raúl. No sueños felices, sueños donde Raúl le preguntaba [música] por qué había esperado tanto para actuar. Sueños donde Raúl le decía que nada de eso lo traería de vuelta. Miguel despertaba sudando.
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Rosa Elena le preguntaba si estaba bien. Sí, mi amor, solo pesadillas. Pero no eran solo [música] pesadillas, era culpa. No culpa por lo que había hecho. Culpa por lo [música] que estaba a punto de hacer. Don Chuy vino a visitarlo el 15 de agosto. Mi hijo, [música] ya cumpliste, ya pagaron. Siete de o eso es suficiente.
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El chato está en el hospital. No va a caminar bien nunca más. Déjalo así. Miguel negó con la cabeza. No puedo. Tengo que terminar. Si dejo uno vivo, todo esto no sirve de nada. Don Chui suspiró. Entonces, [música] ten mucho cuidado. La policía de investigación ya tiene tu descripción. Alguien habló, no sé quién, pero alguien dio información.
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Están buscando un skider [música] John Deere verde con modificaciones. Saben que eres de elegido, solo es cuestión de tiempo. Miguel agradeció la advertencia. Sabía que Don Chui tenía razón, pero también sabía que no podía detenerse. No cuando estaba tan cerca. El chato había salido del hospital, estaba recuperado parcialmente, cojeaba, usaba bastón, pero había vuelto a trabajar.
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Según la información que Miguel recopiló, el chato supervisaba una última carga el 18 de agosto, una carga grande, 50 m³ de pino. Pasaría por la brecha, el divisadero, al norte de Guadalupe y Calvo, cerca de [música] las 5:30 de la mañana. Miguel decidió que sería ahí su última misión, su último objetivo.
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Después de eso, pasara lo que pasara, habría terminado. La noche del 17 de agosto, Miguel no durmió. Se quedó sentado en la mesa de la cocina con una taza de café que nunca bebió. Rosa Elena bajó [música] cerca de las 3 de la mañana. Lo encontró ahí mirando la ventana. ¿Qué pasa? ¿Por qué no duermes? Miguel volteó a verla.
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Quiso decirle la verdad, quiso explicarle [música] todo, pero no pudo. Solo estoy pensando en Raúl. Rosa Elena se sentó junto a él, le tomó la mano. Ya van 5 [música] meses. Sé que no es fácil, pero tienes que seguir adelante por los niños, por nosotros. Miguel asintió. Lo sé. Se quedaron en silencio durante varios minutos.
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Luego, Rosa Elena subió de nuevo a dormir. Miguel esperó hasta que escuchó la puerta del cuarto [música] cerrarse. Se levantó, tomó las llaves del skider, salió, llegó a la brecha, el divisadero a las 4:30 [música] de la mañana. Era una brecha angosta con curvas cerradas, pinos densos a ambos lados. El lugar perfecto para una emboscada.
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Miguel posicionó el skid en una curva ciega, apagó el motor, esperó. El amanecer empezaba a iluminar las montañas. La niebla se levantaba lentamente. Miguel escuchó pájaros. Escuchó el viento. Escuchó el latido de su propio [música] corazón. A las 5:25 escuchó el motor de un camión pesado [música] acercándose. El camión Kenworth Gris apareció despacio.
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30 toneladas de pino [música] ilegal. El chato iba en el asiento del copiloto. Miguel lo vio [música] a través del parabrisas. Cojeaba incluso sentado. Todavía tenía vendajes en el brazo izquierdo. Seuelas [música] de la explosión en Juárez. El conductor del camión frenó al ver el Skider bloqueando el camino. ¿Qué chingados? El chato miró, reconoció el [música] skider verde y amarillo, palideció.
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Es él. Es el cabrón que nos atacó. Bajó del camión con dificultad, sacó una pistola [música] de su cinturón, gritó, “Eres tú, hijo de [ __ ] Te vamos a matar.” Miguel encendió [música] el motor del skider, activó las pinzas hidráulicas. levantó un tronco de tres toneladas que había traído preparado.
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El chato disparó una, dos, tres veces. Las balas impactaron el metal del Skider sin causar [música] daño real. Miguel aceleró, envistió el lateral del camión. El impacto hizo que el Kenworth se moviera 2 met hacia un lado. El chato perdió el equilibrio, cayó al suelo. Miguel usó las pinzas para acorralarlo contra el costado [música] del camión.
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El chato intentó arrastrarse. Miguel bajó el tronco, no directamente sobre él. Lo dejó caer a centímetros, bloqueando su [música] escape. “Espera, espera, puedo pagarte. Tengo dinero. Miguel bajó del skider, caminó hasta donde estaba el chato, se arrodilló, lo miró a los ojos. Esto es por Raúl, cabrón, por mi hermano que ustedes mataron como perro.
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El chato escupió sangre. Tu hermano era un soplón. Se lo buscó. Miguel sintió rabia. Pura rabia. Levantó el tronco con las pinzas. Lo posicionó directamente sobre el chato. Iba a bajarlo. Iba a terminar. Pero se detuvo. El chato estaba herido, estaba atrapado, estaba agonizando. Miguel podía dejarlo morir ahí, podía terminar su venganza, pero algo en su interior le dijo que no, que había una diferencia entre justicia y crueldad, que Raúl no hubiera querido esto.
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Miguel subió de nuevo al Skider, movió el tronco lo suficiente para que el chato quedara atrapado, pero no aplastado. El chato tenía costillas [música] quebradas, pulmón perforado, hemorragia interna, pero estaba [música] vivo. Miguel manejó 2 km hasta un teléfono público. Llamó a emergencias. Hay un hombre herido en la brecha, [música] el divisadero.
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Manden ambulancia. Colgó. Regresó al lugar. El chóer del camión había huído corriendo hacia el monte. No importaba. Miguel no iba tras él. Se sentó en el suelo [música] junto al Skider. sostuvo el casco naranja de Raúl. Miró las montañas iluminadas por el sol naciente. Esperó. Escuchó las sirenas 20 minutos después.
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Tres patrullas de la policía [música] de investigación, una ambulancia de protección civil, un camión de bomberos. Miguel no corrió, no intentó escapar, se quedó sentado. Cuando los oficiales llegaron, encontraron una escena extraña. Un hombre [música] tranquilo junto a un skider modificado. Un herido grave atrapado bajo un tronco.
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Evidencias por todos lados. Uno de los oficiales se [música] acercó a Miguel con el arma desenfundada. Manos arriba. Lentamente. Miguel obedeció. se puso de pie, levantó las manos, lo esposaron, lo metieron en una patrulla. Antes de subir, Miguel volteó hacia el skider, lo miró una última vez, susurró, “Ya terminé, Raúl, ya puedes descansar.
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” En la patrulla, [música] un oficial le preguntó por qué no había escapado. “Tuviste tiempo. Pudiste irte antes de que llegáramos.” Miguel miró por la ventana. Ya no tenía a dónde ir. Ya hice lo que tenía que hacer. El oficial no respondió, solo arrancó la patrulla. Lo llevaron al Centro de Justicia [música] Penal de Chihuahua.
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Lo procesaron, le tomaron fotos, huellas digitales. Le asignaron un número de expediente, lo encerraron en una celda de retención. Miguel se sentó en el catre de metal, cerró los ojos. Por primera vez en [música] 5 meses sintió algo parecido a paz. Miguel fue trasladado al cerezo Aquilán [música] en Chihuahua, capital, tres días después de su detención.
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El traslado duró 2 horas. Durante el camino, un oficial le preguntó si valía la pena. ¿Valió la pena todo esto? Miguel miró por la ventana enrejada de la camioneta. Vio los campos, las montañas, los bosques. Mi hermano puede descansar ahora. Eso es lo único que importa. El oficial no volvió a [música] preguntar. El cerezo Aquiles Cerdán es una prisión de mediana seguridad al [música] norte de la ciudad.
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Miguel fue procesado en el área de ingresos. Le quitaron su ropa, le dieron uniforme [música] naranja, le raparon el cabello, le asignaron celda compartida con tres [música] reos más. Durante las primeras semanas, Miguel no habló con nadie. se levantaba temprano, desayunaba, trabajaba en el taller de carpintería de la prisión, comía, dormía. Los otros reos dejaban en paz.
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Sabían quién [música] era. La noticia de su captura había salido en todos los medios. Leñador justiciero detenido tras matar a cinco [música] miembros del cártel de Juárez. Amber, Rosa Elena, lo visitó por primera vez en septiembre. llevó a los tres niños. Sofía lloró al ver a su padre en uniforme naranja detrás de un vidrio.
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Carlos intentó mantenerse fuerte. Diana le preguntó cuándo iba a regresar a casa. Miguel no supo que responder. Rosa Elena le habló con calma. Los niños te extrañan. Yo te extraño, pero entiendo por qué lo hiciste. Todos entendemos. Miguel sintió un nudo en la garganta. Lo siento, siento haberles fallado.
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Rosa Elena negó con la cabeza. No nos fallaste, solo hiciste lo [música] que creíste correcto. El juicio comenzó en enero del 2024. La fiscalía presentó cargos [música] formales, cinco homicidios calificados, dos homicidios en grado de tentativa, lesiones graves, daños a propiedad privada, fabricación [música] de explosivos caseros, justicia por propia mano.
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el defensor público de Miguel, un abogado joven llamado Lick Martínez argumentó que su [música] cliente había actuado después de que el sistema judicial fallara repetidamente. Miguel Morales presentó [música] cuatro denuncias ante Profepa. Ninguna fue investigada. Su hermano fue asesinado por denunciar tala ilegal. La fiscalía [música] archivó el caso sin resultados.
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Mi cliente hizo lo que el Estado mexicano se negó a hacer. proteger los bosques y [música] buscar justicia por el asesinato de Raúl Morales. La fiscalía respondió con dureza. El acusado [música] tomó la ley en sus manos, mató a cinco personas, hirió gravemente a otras dos, fabricó explosivos, destruyó propiedad.
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Esto no es justicia, es venganza. Y la venganza no puede [música] quedar impune. Solicitamos la pena máxima. El juicio duró 3 semanas. Testigos declararon peritos forenses presentaron evidencia. Mostraron fotos del skider modificado, [música] del casco naranja encontrado en cada escena, del USB con información del cártel, del video que Raúl grabó antes de morir.
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Miguel declaró en su defensa el último día del juicio. Habló durante 15 minutos. Su voz era tranquila, pero firme. No me arrepiento de defender a mi hermano. Raúl era un hombre bueno que murió por denunciar criminales. Yo acudí a todas las autoridades, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente, la Fiscalía General del Estado, la Policía Municipal.
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Nadie hizo nada. Me quitaron 35 [música] años de libertad por matar a cinco criminales, pero ellos me quitaron a mi hermano para siempre. ¿Quién paga por eso? ¿Quién va a la cárcel por ignorar [música] las denuncias? ¿Quién responde por dejar que los bosques sean destruidos mientras los funcionarios reciben sobornos? Hubo silencio en [música] la sala.
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El juez tomó notas. La fiscalía no objetó. El defensor no agregó nada. Miguel regresó a su lugar. El 23 de enero del 2024, el juez emitió su sentencia. 35 años de prisión. Máxima [música] pena por homicidios múltiples con agravantes. Miguel escuchó sin cambiar de expresión. Cuando el juez preguntó [música] si tenía algo que decir, Miguel solo asintió. Gracias.
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Lo escoltaron de vuelta al cerezo. La reacción pública fue [música] dividida. En las redes sociales, el hashtag justicia para Raúl fue tendencia [música] durante 3 días. Miles de personas opinaban, algunos lo llamaban héroe. El Estado abandona a los ciudadanos y luego los castiga por defenderse. Otros lo llamaban criminal.
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No se puede tolerar la justicia por propia mano. Miguel Morales es un asesino. Ambientalistas organizaron protestas frente a las oficinas de ProfEPA en Chihuahua. Exigían que se investigara a los funcionarios corruptos mencionados en el USB. Dos de ellos renunciaron antes de que terminara enero. Otro fue formalmente acusado de cohecho en Guadalupe y Calvo.
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Eljido estaba dividido. Algunos vecinos pintaron en una barda Miguel, héroe del bosque. Otros lo borraron días después. Familias [música] de los taladores muertos organizaron una conferencia de prensa. Miguel Morales mató a nuestros seres queridos. era nuestro sustento. No todos los que trabajan en la madera son criminales.
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Algunos solo intentaban sobrevivir. La madre del grillo lloró frente a las cámaras. Mi hijo tenía 28 años. Tenía una hija de tres. Ahora esa niña no tiene papá. Rosa Elena dejó de leer las noticias, dejó de ver televisión, se concentró en sus hijos. Carlos empezó [música] a tener problemas en la escuela.
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Se metía en peleas, defendía a su padre [música] cuando otros niños lo insultaban. Mi papá no es un asesino, es un héroe que el gobierno abandonó. Un maestro [música] lo suspendió tres días. Rosa Elena habló con él. Entiendo que estés enojado, pero pelearte no ayuda. Tu papá no querría eso. Carlos lloró. Entonces, ¿qué se supone que haga? ¿Dejar que digan mentiras? Rosa Elena lo abrazó.
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Dejas que el tiempo hable por sí solo. Miguel escribía cartas desde la prisión, una cada semana, para Rosa Elena, para Carlos, para Diana, para Sofía. Les contaba cómo [música] era su día, que trabajaba en el taller de carpintería, que había aprendido a hacer muebles pequeños, que los otros reos respetaban, que se mantenía [música] fuerte, que los amaba, que lo sentía.
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Siempre terminaba las cartas con la misma frase, “Cuídense [música] mucho, los amo, papá.” El operativo bosque limpio que había desencadenado el USB entregado por Miguel [música] continuó durante todo el 2024. La fiscalía procesó a dos etaladores ilegales. Dos funcionarios de SEMARNAT [música] fueron sentenciados a 8 años de prisión, cada uno por cohecho.
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Un comandante de la policía municipal de Huachochi [música] fue destituido y encarcelado. La Procuraduría Federal de Protección al Ambiente anunció un incremento del 30% [música] en operativos de inspección forestal. Instalaron cámaras de vigilancia en zonas protegidas. contrataron más personal, pero todos sabían que no [música] era suficiente.
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El cártel de Juárez simplemente movió su operación a Durango. En julio del 2024, 11 meses después de la captura de Miguel, un periodista de nombre Gabriel Reyes solicitó entrevistarlo [música] para un reportaje sobre justicia ambiental y fallas institucionales. Miguel aceptó. La entrevista se realizó [música] en la sala de visitas del cerezo Aquiles Cerdán.
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Gabriel llegó con grabadora y [música] cuaderno. Miguel llegó con uniforme naranja y expresión calmada. Se sentaron frente a frente, separados por una mesa de metal. ¿Se arrepiente de lo que hizo? Gabriel fue directo. Miguel lo miró durante varios [música] segundos antes de responder. No me arrepiento de defender a Raúl. Mi hermano murió por hacer lo correcto.
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Denunciar criminales, pero perdí ver crecer a mis hijos. Sofía tiene 8 años ahora. Cuando salga, si salgo, tendrá 43. Esa es mi verdadera condena. Gabriel anotó. ¿Qué les diría a otros que piensan hacer justicia por su cuenta? Miguel respiró [música] profundo. Que el sistema está roto, pero la venganza también te rompe.
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Yo tengo paz porque cumplí mi promesa a Raúl, pero pagué un precio muy alto. Mis hijos crecerán sin su padre. Mi esposa envejece sola. ¿Valió la pena? No lo sé. Solo sé que no tuve otra opción. La entrevista duró 2 horas. Gabriel publicó el reportaje en un periódico nacional. Tituló El leñador que aplastó al cártel.
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Justicia o venganza. El artículo generó debate. Académicos de derecho escribieron columnas analizando el caso. Algunos argumentaban que Miguel era producto de un estado fallido que no protege a sus ciudadanos. Otros sostenían que [música] normalizar la venganza privada llevaría al colapso del orden social. Ambos tenían razón.
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En Guadalupe y calvo la vida continuaba. Don Chuy seguía visitando a Rosa Elena cada [música] semana. Le llevaba despensa, ayudaba con reparaciones en la casa, le contaba historias de Miguel y Raúl [música] cuando eran niños. Eran buenos muchachos, trabajadores, honestos. El mundo los rompió. Rosa Elena asentía, agradecía la compañía.
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Los domingos llevaba a los niños a visitar la tumba de Raúl. Carlos limpiaba la lápida. Diana ponía flores. Sofía preguntaba [música] cuándo iban a visitar a papá. Pronto, mi amor, pronto. El skider John Deere 648L [música] fue confiscado como evidencia. Lo almacenaron en una bodega de la policía de investigación en Chihuahua.
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[música] Técnicos lo revisaron. documentaron las modificaciones placas de acero soldadas en las pinzas, luces LED industriales, escape modificado, [música] sistema hidráulico reforzado, todo diseñado para convertir una herramienta de trabajo en algo más peligroso. En el [música] 2025, la fiscalía anunció que el Skider sería subastado.
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Nadie de elegido quiso comprarlo. Decían que tiene el alma de dos hermanos dentro. Finalmente lo compró un [música] contratista de Monterrey que no conocía la historia. Los gemelos, que habían sobrevivido al ataque [música] en la carretera estatal 16 testificaron en el juicio de Miguel. Describieron [música] como el Skider los envistió deliberadamente, cómo volcó su camión hacia la barranca, como Miguel no intentó matarlos, solo destruir la carga.
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Uno de ellos dijo, “Pudo habernos matado, pero no lo hizo. Solo quería que pagáramos por lo que [música] le hicimos a su hermano. Después del juicio, los gemelos salieron de Chihuahua, se mudaron a Sinaloa, dejaron el negocio de la madera, uno abrió una taquería, el otro trabaja en construcción. El chato sobrevivió [música] con lesiones permanentes. Cogea, usa bastón.
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Respira con dificultad porque su [música] pulmón izquierdo nunca se recuperó completamente. Cumple condena en el mismo [música] cerezo que Miguel, pero en diferente módulo. Se cruzaron una vez en el patio, se miraron, no hablaron. El chato bajó la vista primero. El ingeniero está preso en el cerezo de [música] Ciudad Juárez.
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enfrenta cargos por delincuencia organizada, tala a ilegal, lavado de dinero. Su juicio continúa. Probablemente pasará el resto de su vida en prisión. Cuando le preguntaron si sabía quién lo delató, respondió, “Un leñador con casco naranja. Eso es todo lo que sé. En el ejido [música] plantaron 100 pinos nuevos.
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No fue un memorial oficial. No hubo placas, no hubo ceremonias, solo Don Chuy y algunos vecinos [música] que decidieron reforestar la zona donde habían talado ilegalmente durante años. Don Chui cuida [música] esos árboles, los riega en temporada seca, los protege de [música] plagas. Dice a quien pregunta, “¿Son Raúl?” Para que su espíritu [música] siga vivo en el bosque que amaba.
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Rosa Elena visita ese lugar. veces. Se sienta bajo los pinos [música] jóvenes, llora en silencio, luego regresa a casa con sus hijos. Carlos cumplió 15 años en marzo del 2024. No hubo fiesta grande, solo una comida familiar. Rosa Elena hizo posole, invitó a algunos parientes. Carlos sopló las velas, pidió un deseo.
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Cuando le preguntaron qué pidió, respondió que mi papá salga pronto. Pero todos sabían que eso no iba a pasar. Miguel se adaptó a la vida en prisión. Se levanta a las 6, desayuna, trabaja en el taller de carpintería hasta las 3. Come, lee, escribe cartas. Duerme los domingos recibe visitas. Rosa Elena va cada mes.
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Los niños la acompañan cada dos meses. Miguel les pregunta por la escuela, [música] por sus amigos, por sus sueños. Carlos quiere estudiar derecho. Diana quiere ser maestra. Sofía todavía no sabe. [música] Miguel los escucha, los aconseja, les dice que estudien, que sean mejores que él, que no cometan sus errores.
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Un día, un reo nuevo le preguntó por qué estaba ahí. Miguel respondió [música] con calma, maté a cinco hombres que asesinaron a mi hermano. El reo [música] asintió. ¿Valió la pena? Miguel miró por la ventana enrejada de la celda. vio el cielo. Pregúntame en 30 años. Ha pasado más de un año desde que Miguel fue sentenciado. El cerezo [música] Aquile Serdán es su casa ahora.
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Comparte Zelda con tres hombres. Ninguno lo molesta. [música] En la prisión el respeto se gana de maneras extrañas. Miguel lo ganó [música] siendo callado, trabajador, sin meterse en problemas. Los custodios lo consideran preso modelo. Nunca ha tenido reportes disciplinarios. Trabaja en el taller de carpintería. Enseña a otros reos el oficio.
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Les dice lo mismo que su padre le decía. La madera tiene memoria. Si la tratas mal se nota. Rosa Elena sigue visitándolo el primer domingo de cada mes. Maneja [música] 4 horas desde Guadalupe y calvo. A veces trae a los niños, a veces viene sola. Depende del dinero para gasolina. Trabaja en una tienda de abarrotes.
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El sueldo alcanza para lo básico. Don Chui la ayuda cuando puede. Le lleva leña para el invierno. Le arregla goteras. Le dice, “Raúl y Miguel [música] eran como mis hijos. Es lo menos que puedo hacer.” En la última visita, Rosa Elena llegó sola. Se sentó frente a [música] Miguel, separada por el vidrio.
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“¿Cómo estás?”, Miguel sonrió cansado. Bien. ¿Y los niños? Rosa Elena le contó. Carlos aprobó [música] el examen de preparatoria. Diana ganó un concurso de dibujo. Sofía aprendió a que andara en bicicleta. Miguel guardaba cada detalle en su memoria. Sabía que [música] esos momentos eran todo lo que le quedaba de su familia. ¿Te arrepientes? Rosa Elena le había hecho esa pregunta [música] antes.
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Miguel respondía siempre lo mismo. No me arrepiento de defender a Raúl, [música] pero sí me arrepiento de no haber pensado en ustedes, en lo que esto les costaría. Rosa Elena negó con la cabeza. Nosotros estamos bien. Los niños entienden. Solo queremos que estés bien tú. Miguel asintió. Lo estoy dentro de lo posible.
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La conversación duró una hora. Cuando terminó el tiempo, Rosa Elena se despidió. Te amo. Los niños [música] te mandan abrazos. Miguel respondió, “Yo también los amo. Cuídense mucho.” La vio alejarse. Luego regresó a su celda. En Guadalupe y calvo. La tala ilegal disminuyó después del [música] operativo bosque limpio.
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No desapareció, solo se movió a otras zonas. El cártel de Juárez sigue operando. Profepa sigue recibiendo [música] denuncias. Algunas se investigan, muchas se archivan. El sistema no cambió realmente. Dentro de unos años todo volverá a ser como antes. Los 100 pinos plantados en el ejido crecen lentamente. Don Chui los visita cada semana, les quita la hierba, los protege de animales.
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Algunos vecinos le preguntan, ¿por qué se esfuerza tanto? Son solo árboles. Don Chuy responde, son lo que nos queda de algo que se perdió. Miguel cumplirá 53 años en prisión si sale con libertad condicional. 76 si cumple la sentencia completa. Carlos tendrá 49. Diana 45. Sofía 42. Habrán vivido casi toda su vida sin él. Cada noche antes de dormir, Miguel cierra los ojos y recuerda.
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Recuerda a Raúl enseñándole a Carlos cómo afilar cadenas. Recuerda los domingos de carne asada. Recuerda la risa de su hermano. Miguel abre los ojos. Mira el techo de concreto de su celda. Susurra. Ya descansa, carnal. Ya pagaron. Afuera, en la sierra Taraumara, los bosques siguen de pie.
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Los pinos centenarios mecen sus ramas con el viento. La madera sigue siendo sustento para familias enteras, legal e ilegal. El bosque no distingue, solo crece, solo resiste. Miguel Morales aplastó a ocho hombres del cártel de Juárez. Cinco murieron, tres sobrevivieron heridos, todos pagaron. Pero Miguel también paga. 35 años de su vida, la infancia de sus hijos.
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El envejecimiento de su esposa, la libertad de caminar por el bosque que amaba. Cumplió su promesa. Raúl descansa. Los responsables enfrentaron consecuencias, pero el precio fue alto, demasiado alto. Y la pregunta sigue sin respuesta. ¿Fue justicia o fue venganza? Cada quien debe responderla por sí mismo.
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