Adolfo López Mateos: Le Quitó la Electricidad a los Gringos — y Kennedy lo Vigiló como Enemigo

27 de septiembre de 1960, 9 de la noche. Oficinas centrales de Mexican Light and Power Company, Avenida Juárez, Ciudad de México. El teléfono suena. Un ejecutivo estadounidense llamado Robert Mitchell levanta la bocina, escucha 10 segundos. Cuelga, su cara está pálida. Grita a los empleados en inglés:
—Evacuación inmediata. El gobierno acaba de anunciar la expropiación. Tenemos 2 horas.
Los empleados se quedan paralizados. 30 años de operación, miles de clientes, 130 millones de dólares en activos. Y alguien acaba de decir que ya no son suyos. Mitchell no espera preguntas. Abre el archivo de contratos confidenciales. Empieza a arrancar páginas, las arroja a la papelera, prende un fósforo, el fuego crece. Otro ejecutivo vacía la caja fuerte. Documentos financieros, cuentas secretas, reportes que nunca enviaron al gobierno mexicano; todo al fuego. Afuera, en las calles, la gente empieza a reunirse. Alguien escuchó la noticia en la radio. La luz es nuestra. México acaba de recuperar la electricidad. Dentro de las oficinas, Mitchell observa cómo 30 años de historia corporativa se convierten en cenizas. Agarra el teléfono, llama a la embajada estadounidense, exige que Washington intervenga ahora, mientras esto ocurre, a 3 km de distancia.
Palacio Nacional, 11 de la noche. Adolfo López Mateos firma el decreto de nacionalización, 32 páginas de términos legales que tardarán años en resolverse en tribunales internacionales. Con esa firma, Mexican Light and Power Company pierde todo. American and Foreign Power Company también. 70 millones de dólares más. Instalaciones, contratos, plantas generadoras en Necaxa, Puebla, torres de alta tensión que cruzan el Valle de México. 200 millones de dólares en total arrebatados a compañías estadounidenses, sin negociación previa, sin consulta a Washington, en plena Guerra Fría. López Mateos cierra la pluma fuente, la coloca sobre el escritorio, mira a sus ministros. Nadie habla, todos saben lo que acaba de pasar. México acaba de hacer algo que ningún presidente se atrevió a hacer desde Lázaro Cárdenas en 1938. Quitarle algo a los gringos.
Afuera el Zócalo explota. 50,000 personas llenan la plaza. Banderas mexicanas, antorchas, consignas coreadas al unísono. La luz es nuestra. La luz es de México, padres cargando a sus hijos en los hombros, ancianos llorando, jóvenes gritando hasta quedar afónicos, porque para ellos esto no es solo electricidad, es dignidad, es soberanía. Es demostrarle al mundo que México no está en venta. López Mateos sale al balcón presidencial. La multitud ruge cuando lo ve. Él levanta la mano. El silencio tarda 30 segundos en llegar.
—Mexicanos, esta noche hemos dado un paso definitivo. La industria eléctrica ya no pertenece a compañías extranjeras, pertenece a la nación, a ustedes, a sus hijos, a las generaciones que vienen.
La plaza explota otra vez. Gritos, sombreros lanzados al aire, abrazos entre desconocidos. Pero a 6,000 km de distancia en Washington, alguien no está celebrando.
Embajada de Estados Unidos en Ciudad de México, 11:30 de la noche. El embajador Thomas Clifton Mann redacta un cable urgente, prioridad máxima. Destinatario: Departamento de Estado, Casa Blanca. Agencia Central de Inteligencia. México ha expropiado todas las propiedades eléctricas estadounidenses sin compensación inmediata. 200 millones de dólares. López Mateos actuó unilateralmente. Situación crítica. El cable viaja por líneas diplomáticas cifradas. Cruza la frontera, llega a Washington mientras la costa este duerme. Pero hay gente que no duerme, gente que lleva 2 años vigilando cada movimiento de Adolfo López Mateos. Allen Welsh Dulles, director de la Agencia Central de Inteligencia. El hombre que derrocó gobiernos en Guatemala e Irán, el hermano del secretario de Estado, el arquitecto de operaciones secretas en todo el mundo.
Dulles tiene un archivo sobre López Mateos, grueso, detallado. Porque México no es un país cualquiera. México comparte 3,000 km de frontera con Estados Unidos. Y si México cae al comunismo, la Guerra Fría se pierde en el continente americano. Dulles lee el cable, abre el archivo, repasa lo que la CIA sabe. López Mateos declaró públicamente que su gobierno es de extrema izquierda dentro de la Constitución. Se reunió con Fidel Castro en septiembre pasado. Votó contra sanciones a Cuba en la Organización de Estados Americanos, mantiene relaciones con la Unión Soviética, reparte tierras a campesinos, apoya sindicatos y ahora expropia propiedades estadounidenses. Exactamente el patrón que siguió Fidel Castro en Cuba antes de declararse comunista abiertamente.
Dulles toma una decisión, va a ir personalmente a México, va a sentarse frente a López Mateos y le va a dejar algo muy claro. Hay consecuencias para presidentes que tocan propiedades americanas. Lo que ninguno de ellos sabe todavía es que en 4 meses 100 hombres entrenados por la CIA invadirán Cuba en Bahía de Cochinos. Una operación que fracasará, que humillará a John Kennedy, pero que enviará un mensaje brutal a toda América Latina. Esto es lo que les pasa a los gobiernos que desafían a Washington.
Esta es la historia del presidente mexicano que le arrebató la electricidad a los gringos en plena Guerra Fría, de cómo Adolfo López Mateos nacionalizó 200 millones de dólares en activos mientras Estados Unidos decidía si debía tratarlo como aliado o como enemigo, de cómo el jefe de espías de Kennedy llegó a Los Pinos con una pistola de regalo y una advertencia, y de cómo México caminó en la cuerda floja entre la soberanía y la supervivencia durante los años más peligrosos del siglo XX. Pero para entender por qué López Mateos está dispuesto a arriesgarlo todo, hay que volver atrás. No mucho, solo lo suficiente.
26 de mayo de 1910, Atizapán de Zaragoza, Estado de México. Nace Adolfo López Mateos, familia de clase media. No son ricos, no son pobres. Su padre, Mariano Gerardo López, es dentista. Su madre Elena Mateos, maestra rural, tienen suficiente para comer, pero no mucho más. Adolfo crece viendo dos Méxicos diferentes, el México de los hacendados, hombres con trajes europeos, automóviles importados, casas con electricidad privada generada por plantas propias, porque las compañías eléctricas solo dan servicio a quien puede pagar y cobran caro. Y el México de los campesinos, sin luz, sin agua corriente, trabajando de sol a sol por centavos.
Adolfo tiene 13 años cuando ve algo que lo marca. 1923, un trabajador eléctrico muere electrocutado en Atizapán. Estaba reparando cables de alta tensión para Mexican Light and Power Company. Sin equipo de seguridad, sin entrenamiento adecuado. La compañía le pagaba 3 pesos al día. Cuando su viuda va a pedir compensación, le dicen que no hay nada. El trabajador firmó un contrato asumiendo todos los riesgos. La compañía no debe nada. Adolfo ve a la viuda salir llorando. Lleva dos niños de la mano. No tiene con qué alimentarlos. Su esposo murió haciendo rico a un gringo y ella no recibe ni un centavo. Ese día López Mateos entiende algo que nunca olvidará. Las compañías extranjeras no ven a los mexicanos como personas, los ven como recursos, igual que el carbón que queman o el agua que usan para generar electricidad.
- López Mateos tiene 19 años. Estudia derecho en el Instituto Científico y Literario de Toluca, lee a Marx, a Engels, a los pensadores socialistas que hablan de justicia para trabajadores, pero también lee la Constitución mexicana de 1917 y descubre algo fascinante. México ya tiene las leyes más avanzadas del mundo para proteger trabajadores. Jornadas de 8 horas, salario mínimo, derecho a huelga, reparto de utilidades. Todo está en el artículo 123. El problema no son las leyes, el problema es que nadie las aplica. Las compañías extranjeras ignoran la Constitución y los gobiernos mexicanos miran hacia otro lado porque necesitan la inversión extranjera, porque tienen miedo de enfrentar a Estados Unidos. López Mateos decide algo. Cuando tenga poder va a hacer que esas leyes se cumplan, cueste lo que cueste.
- López Mateos tiene 31 años, es senador, joven, ambicioso, pero todavía sin poder real. 1946, lo nombran secretario de trabajo. Ahí es donde todo cambia. Como secretario de trabajo, López Mateos ve contratos laborales de todas las industrias, minería, petróleo, textiles, electricidad y descubre algo escandaloso. Las compañías eléctricas extranjeras pagan a trabajadores mexicanos cinco veces menos que a trabajadores estadounidenses haciendo el mismo trabajo. Un técnico mexicano gana 20 pesos al día. Un técnico gringo gana $100 por el mismo trabajo, en el mismo lugar.
López Mateos intenta obligar a las compañías a pagar igual. Las compañías se niegan. Dicen que los trabajadores mexicanos no tienen la misma capacitación. López Mateos demuestra que sí la tienen. Las compañías entonces dicen que no pueden pagar más porque las tarifas eléctricas son reguladas por el gobierno. Es una mentira. López Mateos revisa sus libros contables. Mexican Light and Power Company genera ganancias del 40% anual. Envían esas ganancias a Nueva York y Londres. Casi nada se reinvierte en México. Mientras tanto, millones de mexicanos no tienen electricidad porque las compañías solo instalan líneas donde hay gente que puede pagar. Las zonas rurales, las colonias pobres, los pueblos indígenas quedan en la oscuridad. López Mateos hace un cálculo. Si el gobierno mexicano controlara la electricidad o podría electrificar todo el país en 10 años, podría dar servicio a precio justo. Podría usar las ganancias para construir escuelas y hospitales, pero primero necesita ser presidente.
Primero de diciembre de 1958. López Mateos toma posesión como presidente de México. Tiene 48 años. Cabello completamente blanco, aunque es joven. Sonrisa carismática, elegante. Políglota. Habla inglés perfecto. Francés aceptable. Washington piensa que será fácil de manejar. Un presidente moderno, educado, pro occidental. Error fatal. Porque López Mateos lleva 30 años esperando este momento. 30 años desde que vio a esa viuda salir llorando de las oficinas de Mexican Light and Power y ahora tiene el poder para hacer algo al respecto. Va a nacionalizar la electricidad, va a quitársela a los gringos. Y si Washington se enoja, que se enoje. Porque hay algo más importante que la amistad con Estados Unidos, la dignidad de México.
1959, un año después de asumir la presidencia, López Mateos convoca reunión secreta en Los Pinos. Asisten tres hombres: Antonio Ortiz Mena, secretario de Hacienda. Eduardo Bustamante, director de la Comisión Federal de Electricidad y Donato Miranda Fonseca, especialista en derecho internacional. López Mateos cierra la puerta, les dice algo que los deja helados.
—Vamos a nacionalizar la industria eléctrica. Necesito que me digan cómo hacerlo sin que Estados Unidos nos invada.
Silencio incómodo. Los tres hombres se miran. Ortiz Mena habla primero.
—Señor presidente, con todo respeto, es un suicidio político. Mexican Light and Power tiene el respaldo del gobierno estadounidense o American and Foreign Power también. Si los expropiamos, Washington puede bloquear préstamos internacionales, congelar cuentas mexicanas, imponer sanciones comerciales.
López Mateos escucha sin interrumpir. Bustamante agrega:
—Además, no tenemos el dinero para compensarlos. Sus activos valen más de 200 millones de dólares. El presupuesto federal completo es de 4,000 millones de pesos. No alcanza.
López Mateos sonríe. Eso lo hace parecer más peligroso.
—Por eso vamos a hacerlo inteligente. No vamos a expropiar como Cárdenas. Vamos a comprar a precio justo, según nuestros cálculos. Si ellos dicen que vale más, que lo demuestren en tribunales. Pero mientras tanto, la electricidad pasa a control mexicano.
Miranda Fonseca, el abogado, saca papeles.
—Artículo 27 constitucional. La nación tiene derecho a regular el uso de recursos naturales. Electricidad es considerada servicio público estratégico. Legalmente podemos hacerlo. Pero, señor presidente, necesitamos apoyo popular masivo porque las compañías van a gritar al cielo, van a decir que somos comunistas, que violamos tratados internacionales, que estamos robando.
López Mateos asiente.
—Por eso voy a anunciarlo el 27 de septiembre. aniversario de la consumación de la independencia. Voy a enmarcarlo como segunda independencia. Recuperación de la soberanía nacional. El pueblo va a entenderlo y Washington va a tener que tragarse su coraje.
Los siguientes 12 meses son de preparación meticulosa. La Comisión Federal de Electricidad, creada en 1937 por Cárdenas, empieza a comprar plantas generadoras pequeñas. le contrata ingenieros, entrena técnicos mexicanos, porque cuando llegue la expropiación, México tiene que demostrar que puede operar el sistema sin ayuda extranjera. Mientras tanto, López Mateos hace algo más. Visita zonas rurales sin electricidad, pueblos indígenas, colonias pobres. Les promete que pronto tendrán luz, que la electricidad no será solo para ricos.
Junio de 1960, 3 meses antes de la nacionalización, las compañías eléctricas empiezan a sospechar. Mexican Light and Power envía representantes a Los Pinos. Piden reunión con el presidente López Mateos los recibe. Escucha sus quejas sobre regulaciones, sobre impuestos, sobre exigencias laborales. Los representantes sugieren que el gobierno debería ser más flexible, más amigable con la inversión extranjera, como en los viejos tiempos del porfiriato. López Mateos los mira fijamente.
—Caballeros, los viejos tiempos terminaron en 1910 y no van a regresar.
Los representantes salen molestos. Reportan a sus oficinas centrales en Nueva York. México está volviéndose hostil. Recomiendan reducir inversiones. Tal vez vender activos antes de que sea tarde, pero ya es tarde. Septiembre de 1960. López Mateos tiene todo listo. El decreto redactado. Los abogados preparados. La Comisión Federal de Electricidad lista para tomar control. Las finanzas organizadas para ofrecer compensación. Solo falta una cosa, el momento correcto.
27 de septiembre, día de la independencia consumada. 139 años desde que México dejó de ser colonia española. López Mateos va a demostrarles que México tampoco es colonia económica de Estados Unidos. A a las 9 de la noche, empleados del gobierno llegan a las oficinas de Mexican Light and Power. Entregan notificaciones oficiales, evacuación inmediata. Los activos ahora pertenecen a la nación mexicana. Los ejecutivos estadounidenses no pueden creerlo. Llaman a la embajada, exigen protección, exigen Washington intervenga. Pero López Mateos ya firmó el decreto, ya está hecho. Ya no hay vuelta atrás. Y en el Zócalo, 50,000 mexicanos celebran como si hubieran ganado una guerra, porque en cierta forma la acaban de ganar.
Pero lo que López Mateos no sabe es que en Washington alguien ya está planeando la respuesta y esa respuesta tiene nombre. Allen Welsh Dulles, el hombre más peligroso de Estados Unidos. 28 de septiembre de 1960, 8 de la mañana. Langley, Virginia. Cuartel general de la Agencia Central de Inteligencia. Allen Welsh Dulles convoca reunión de emergencia, sala de situación, mapas de América Latina cubren las paredes, fotos de líderes izquierdistas, Fidel Castro, Che Guevara y ahora una foto nueva. Adolfo López Mateos. Entran seis analistas especialistas en México. Traen carpetas gruesas. Informes de 2 años de vigilancia porque la CIA lleva desde 1958 estudiando cada movimiento del presidente mexicano. Dulles abre la reunión sin saludos.
—Caballeros, México acaba de expropiar 200 millones de dólares en activos estadounidenses. Necesito saber si López Mateos es comunista y necesito saberlo ahora.
Un analista llamado Philip Warren abre su carpeta, empieza a leer.
—Señor director, López Mateos declaró en 1960 que su gobierno es de extrema izquierda dentro de la Constitución. Se reunió con Fidel Castro en septiembre pasado. Votó contra la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos. Mantiene relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. Distribuye tierras a campesinos. Apoya sindicatos radicales.
Dulles interrumpe:
—Eso ya lo sé. Dime algo que no sepa.
Warren pasa páginas, encuentra algo.
—En marzo de 1959, López Mateos reprimió brutalmente una huelga ferroviaria. Arrestó al líder sindical Demetrio Vallejo. Encarceló a miles de trabajadores. Usó al ejército para romper la huelga. Eso no es comportamiento comunista típico. Los comunistas apoyan a los sindicatos.
Otro analista, Sara Mitchell, agrega información.
—También tenemos esto. López Mateos rechazó asistencia económica soviética tres veces. Cuando Moscow ofreció préstamos dijo que no. Cuando ofrecieron entrenamiento militar, dijo que no. Si fuera comunista real habría aceptado.
Dulles golpea la mesa con el dedo.
—Entonces, ¿qué es? Nacionalista, socialista, oportunista. Necesito una respuesta clara.
Warren responde con cuidado.
—Es un nacionalista de izquierda, señor director. Cree en soberanía mexicana, en control estatal de recursos estratégicos, pero no es marxista. No quiere abolir la propiedad privada. Solo quiere que México controle su propio destino.
Dulles se recuesta en la silla, enciende un cigarrillo, eso lo hace más peligroso. Un comunista declarado es fácil de identificar, fácil de aislar, pero un nacionalista carismático que habla de dignidad y soberanía, ese puede convencer a toda América Latina de que robar propiedades estadounidenses es acto heroico. Mitchell añade algo preocupante.
—Ya está pasando, señor director. Guatemala está observando, Brasil está observando, Perú, Chile, Argentina. Todos tienen recursos naturales controlados por compañías estadounidenses, petróleo, cobre, bananas. Si México sale ileso de esto, otros países van a seguir el ejemplo.
Dulles apaga el cigarrillo, se pone de pie, camina hacia el mapa de América Latina.
—Cuba ya cayó. Tenemos a Fidel Castro a 90 millas de Florida con misiles soviéticos. No podemos permitir que México caiga también. La frontera completa quedaría comunizada. 3,000 km de frontera roja.
Warren pregunta:
—¿Qué recomienda, señor director?
Dulles señala el mapa.
—Vamos a presionar a López Mateos desde todos los ángulos, económico, diplomático, psicológico. Voy a ir personalmente a México en enero. Voy a sentarme frente a él y le voy a explicar muy claramente qué les pasa a los presidentes que tocan propiedades americanas.
Mitchell pregunta:
—¿Va a mencionarle bahía de cochinos?
Dulles sonríe. Una sonrisa fría.
—No necesito mencionarlo. Cuando llegue enero la invasión ya habrá ocurrido. López Mateos va a ver en vivo qué le hacemos a Fidel Castro y va a entender el mensaje.
La reunión termina, los analistas salen. Dulles se queda solo mirando el mapa. Cuba, México, toda América Latina como fichas de dominó. Si una cae, todas caen. No puede permitirlo. No va a permitirlo. Porque esto no es solo electricidad, es sobre quién controla el continente americano, si Estados Unidos o la Unión Soviética. Y Allen Welsh Dulles, el hombre que derrocó gobiernos en Guatemala e Irán, no está dispuesto a perder México sin pelear. Mientras tanto, en Ciudad de México, López Mateos no sabe lo que viene. No sabe que en 6 meses el jefe de espías más poderoso del mundo va a sentarse frente a él con una pistola de regalo y una advertencia que no podrá ignorar.
14 de enero de 1961, 3 meses y medio después de la nacionalización, residencia oficial de Los Pinos, Ciudad de México. Adolfo López Mateos espera en su despacho. Le informaron que tiene visita especial. Allen Welsh Dulles, director de la Agencia Central de Inteligencia. El hombre más poderoso del aparato de espionaje estadounidense, López Mateos sabe quién es Dulles. Todo el mundo lo sabe. El arquitecto del golpe de estado en Guatemala en 1954. El hombre que derrocó a Jacobo Arvens porque nacionalizó tierras de United Fruit Company. 10 años después, Guatemala sigue en dictadura militar. Si Dulles viene personalmente, no es visita de cortesía. Dulles entra al despacho, traje oscuro, lentes gruesos, bigote gris, 67 años pero con energía de hombre más joven. Saluda con cortesía diplomática. Se sienta sin esperar invitación.
—Señor presidente, le traigo un regalo.
Dulles saca una caja alargada, la coloca sobre el escritorio. López Mateos la abre. Adentro una pistola. Calibre 45 plateada. Mango de madera tallada para su colección.
—Sé que es aficionado a las armas. —Dice Dulles.
López Mateos toma la pistola, la examina, reconoce el gesto. No es regalo, es símbolo, un recordatorio de que Estados Unidos tiene poder para dar vida o quitarla.
—Es hermosa —responde López Mateos—, pero supongo que no vino desde Washington solo para traerme una pistola.
Dulles se recuesta en la silla. Enciende cigarrillo sin pedir permiso.
—Vine a hablar de Cuba.
López Mateos no muestra sorpresa. Sabe que la conversación real está comenzando. Dulles continúa.
—Cuba es definitivamente comunista. Fidel Castro tiene vínculos directos con Moscow. Está importando armas soviéticas, instalando misiles. Es una amenaza para toda América Latina y para Estados Unidos.
López Mateos escucha sin interrumpir.
—México votó contra la expulsión de Cuba de la Organización de Estados Americanos —dice Dulles—. México mantiene relaciones diplomáticas con Castro. Eso envía un mensaje muy peligroso. ¿Qué es aceptable aliarse con comunistas?
López Mateos responde con calma.
—México no se alía con Cuba. México respeta el principio de no intervención. Cada país tiene derecho a elegir su sistema político.
Dulles sonríe, pero no es sonrisa amigable.
—Señor presidente, seamos honestos. Usted nacionalizó la electricidad. Castro nacionalizó el petróleo y el azúcar. Usted reparte tierras. Castro reparte tierras. Usted se declara de extrema izquierda. Castro también. La diferencia es que Castro ya declaró ser comunista. Usted todavía no.
López Mateos mantiene la compostura, pero siente la amenaza implícita.
—Yo no soy Fidel Castro. México no es Cuba.
Dulles apaga el cigarrillo en el cenicero.
—Espero que tenga razón, señor presidente, porque lo que está a punto de pasarle a Cuba puede pasarle a cualquier país que confunda soberanía con comunismo.
Silencio tenso. Los dos hombres se miran. López Mateo entiende perfectamente. Dulles acaba de amenazarlo, sin decirlo explícitamente, pero el mensaje es cristalino. Si México sigue el camino de Cuba, Estados Unidos actuará. Dulles se pone de pie, estrecha la mano de López Mateos, sale del despacho. López Mateos se queda solo, mira la pistola sobre el escritorio. Regalo envenenado, advertencia elegante, pero también es recordatorio de algo más. Estados Unidos cree que puede intimidar a México igual que intimidó a Guatemala, igual que está a punto de intentar con Cuba. López Mateos toma la pistola, la guarda en su colección. No sabe todavía que en exactamente 83 días 1500 hombres armados y entrenados por la CIA invadirán Cuba en bahía de cochinos y que él estará observando muy de cerca, porque lo que le pase a Castro puede pasarle a él también.
17 de abril de 1961. 3 meses después de la visita de Dulles, Bahía de Cochinos, Cuba. 100 hombres desembarcan en la costa sur de Cuba, exiliados cubanos entrenados por la CIA en Guatemala, armados por Estados Unidos, enviados para derrocar a Fidel Castro. La operación tiene nombre en clave, operación Pluto. John Kennedy autorizó la invasión. Pero con una condición, sin apoyo aéreo estadounidense directo, sin tropas estadounidenses en tierra, tiene que parecer revuelta interna, no invasión extranjera. Los 100 hombres creen que tendrán apoyo, que cuando lleguen a la playa o aviones estadounidenses cubrirán su avance, que barcos de guerra protegerán su retirada si algo sale mal. Pero Kennedy cambia de opinión en el último momento. No habrá aviones, no habrá barcos, están solos.
En Ciudad de México, López Mateos recibe reportes cada hora. Espías mexicanos en Cuba, informantes en Miami, cables de la embajada en Washington. La invasión está ocurriendo. Estados Unidos está intentando derrocar a Castro. López Mateos convoca reunión de emergencia, canciller, secretario de defensa, jefe de inteligencia militar.
—Caballeros, observen lo que está pasando en Cuba, porque eso puede pasarnos a nosotros.
Los siguientes 3 días son de tensión brutal. 18 de abril. Los invasores están atrapados en la playa. El ejército cubano los rodea. Sin apoyo aéreo estadounidense no pueden avanzar. Sin barcos no pueden escapar. 19 de abril, 114 invasores muertos, 1189 capturados. La operación es Desastre Total, humillación internacional para Estados Unidos. 20 de abril. Fidel Castro aparece en televisión, muestra a los prisioneros, declara victoria contra el imperialismo estadounidense. John Kennedy da conferencia de prensa, admite responsabilidad, dice que Estados Unidos no tolerará regímenes comunistas en el hemisferio occidental.
López Mateos observa la conferencia en Los Pinos. Escucha cada palabra de Kennedy y entiende el mensaje real. Kennedy acaba de decir públicamente que Estados Unidos invadirá cualquier país latinoamericano que considere amenaza comunista. Que la soberanía nacional no importa si hay intereses estadounidenses en juego. Guatemala en 1954, ahora Cuba en 1961. México puede ser el siguiente. López Mateos llama a su secretario de Relaciones Exteriores.
—Manuel, necesito que convoquemos reunión urgente de la Organización de Estados Americanos. México va a proponer resolución, principio de no intervención, respeto a la soberanía. Cada país tiene derecho a elegir su sistema político sin interferencia extranjera.
—Pero, señor presidente —responde el canciller—, eso va a molestar a Washington.
López Mateos lo mira fijamente.
—Ya nos tienen molestos. La pregunta es si vamos a arrodillarnos o vamos a defender nuestra dignidad.
México presenta la resolución, Brasil la apoya, Argentina también, Chile, varios países más. La resolución pasa. Estados Unidos vota en contra, pero pierde. Es victoria simbólica, pero importante, porque López Mateos acaba de demostrar algo. México no va a obedecer ciegamente a Washington. Aunque eso signifique riesgo.
Pero López Mateo sabe que las victorias simbólicas no detienen invasiones. Kennedy fracasó en Cuba, está humillado, furioso y México, el país que nacionalizó electricidad y vota contra Estados Unidos en foros internacionales puede convertirse en su próximo objetivo de venganza. necesita protección y va a buscarla en el lugar más inesperado. Mayo de 1961, un mes después de Bahía de Cochinos, López Mateos toma una decisión que nadie espera. Va a colaborar con la CIA, pero no públicamente, nunca públicamente. En público, México seguirá defendiendo a Cuba, seguirá votando contra sanciones, seguirá hablando de no intervención. En privado, México va a ayudar a Estados Unidos a vigilar movimientos comunistas en América Latina.
López Mateos convoca reunión secreta. General Luis Gutiérrez, jefe de inteligencia militar, le da instrucciones directas.
—General, proponga a la CIA un programa de cooperación. Intercepción telefónica de embajadas extranjeras en México. Vigilancia de exiliados guatemaltecos. Monitoreo de contactos cubanos, todo bajo control del ejército mexicano. Pero compartiendo información con Washington.
El general parece confundido.
—Señor presidente, hace 3 meses nacionalizamos la electricidad, hace un mes defendimos a Cuba. Ahora vamos a colaborar con la CIA.
López Mateos responde con frialdad calculada.
—Ah, general, así se sobrevive en la Guerra Fría. Das con una mano, quitas con la otra. Estados Unidos necesita creer que México es aliado confiable, pero México necesita mantener su soberanía. La única forma de lograr ambas cosas es jugar en dos tableros simultáneamente.
El programa se implementa, nombre en clave, Liy. La CIA recibe información de México, pero López Mateos mantiene control total sobre qué información se comparte y cuál se oculta. Es equilibrio perfecto, ¿o eso cree López Mateos?
Junio de 1962, un año después, la Casa Blanca anuncia visita oficial. John Kennedy viajará a México. Primera visita de un presidente estadounidense en décadas. Oficialmente, el objetivo es negociar la devolución de El Chamisal, territorio en disputa entre México y Estados Unidos desde el siglo XIX. Pero López Mateos sabe que Kennedy no viaja miles de kilómetros solo por 177 ha hectáreas de tierra. viene a evaluarlo personalmente, a decidir si México es aliado o amenaza. Si López Mateos pasa la prueba, México estará seguro. Si falla, Guatemala puede repetirse. López Mateos se prepara meticulosamente, estudia cada discurso de Kennedy, cada entrevista, cada conferencia de prensa, busca debilidades, busca formas de convencer al presidente estadounidense de que México no es enemigo, pero también se prepara para defender su posición. La nacionalización eléctrica no es negociable. La soberanía mexicana no está en venta. Va a ser la reunión más importante de su presidencia, tal vez la más importante en la historia moderna de las relaciones México Estados Unidos, porque en esa reunión se decidirá algo fundamental. Si México puede ser soberano y aliado de Estados Unidos al mismo tiempo o si tiene que elegir entre dignidad y supervivencia.
29 de junio de 1962. Aeropuerto internacional de la Ciudad de México. El Air Force One aterriza. John Kennedy desciende. 45 años. Bronceado. Sonrisa fotogénica. Lo acompaña su esposa Jacquelne. El presidente más joven de Estados Unidos visita al presidente más carismático de México. López Mateos espera en la pista. Los dos hombres se estrechan la mano frente a 50 cámaras. Sonrisas diplomáticas, palabras cordiales, pero ambos saben que esto no es visita amistosa, es negociación de alto riesgo. La caravana presidencial cruza Ciudad de México. Un millón de personas en las calles. Aplausos. Banderas mexicanas y estadounidenses consignas de bienvenida. Kennedy saluda por la ventana. Parece relajado. López Mateos observa. Kennedy está jugando el juego diplomático perfecto, mostrándose amigable con México, pero las negociaciones reales ocurrirán a puerta cerrada.
Esa noche, Los Pinos, cena privada, solo Kennedy, López Mateos y sus cancilleres, sin prensa, sin cámaras, solo conversación directa. Kennedy empieza con cortesía.
—Presidente López Mateos, mi gobierno aprecia profundamente la colaboración mexicana en asuntos de seguridad hemisférica. El programa de intercambio de inteligencia ha sido invaluable.
López Mateo Haciente sabe que Kennedy está reconociendo el programa Le Boy, la colaboración secreta con la CIA. Pero Kennedy continúa.
—Sin embargo, hay preocupación en Washington sobre la nacionalización eléctrica. Mexican Light and Power y American and Foreign Power perdieron activos importantes. Necesitamos garantías de que México compensará justamente.
López Mateos responde con firmeza a medida.
—Presidente Kennedy, México ya ofreció 130 millones de dólares en compensación. Valoración justa. Según auditorías independientes. Las compañías exigen más porque inflaron artificialmente el valor de sus activos durante décadas.
Kennedy no cede.
—Mis asesores económicos dicen que el valor real es superior. Necesitamos negociación seria.
López Mateos coloca las manos sobre la mesa, mira directamente a Kennedy.
—Presidente Kennedy, seré completamente honesto. La electricidad no es negociable, ya es propiedad de la nación mexicana, pero estoy dispuesto a discutir el monto de compensación dentro de límites razonables.
Kennedy estudia a López Mateos, intenta leer si está haciendo farol o hablando en serio. Decide que López Mateos habla en serio.
—Entonces, hagamos esto —responde Kennedy—. México paga compensación en plazos 20 años con intereses bajos. Las compañías aceptan y Estados Unidos reconoce oficialmente el derecho de México a controlar sus recursos estratégicos.
López Mateos considera la oferta es mejor de lo que esperaba. Kennedy está cediendo terreno.
—¿Por qué es tan flexible? —Pregunta López Mateos.
Kennedy sonríe con cansancio.
—Porque aprendí la lección en Cuba. No se puede obligar a países latinoamericanos a obedecer. Solo se les puede empujar hacia los brazos de los soviéticos. Prefiero un México soberano y amistoso que un México hostil buscando aliados en Moscow.
López Mateos extiende la mano.
—Trato hecho.
Los dos presidentes estrechan manos. México mantiene su nacionalización. Estados Unidos obtiene compensación y colaboración en inteligencia. Ambos declaran victoria. Al día siguiente, Kennedy y López Mateos anuncian acuerdos sobre el Chamizal. México recuperará el territorio en disputa. Es victoria adicional para López Mateos. Prueba de que defender soberanía no significa romper con Estados Unidos. Kennedy regresa a Washington. declara que la visita fue exitosa, que México es socio confiable en la lucha contra el comunismo. López Mateos observa el avión despegar. Sabe que acaba de caminar por la cuerda floja más peligrosa de su vida y sobrevivió. nacionalizó la electricidad, resistió presión de la CIA, mantuvo relaciones con Cuba y aún así Estados Unidos lo reconoce como aliado. Es equilibrio perfecto, imposible de mantener para siempre, pero suficiente para su presidencia.
30 de noviembre de 1964. López Mateos termina su mandato. Entrega el poder a Gustavo Díaz Orda. sale de Los Pinos sabiendo que logró algo extraordinario. México tiene electricidad nacional, millones de hogares rurales electrificados por primera vez, Comisión Federal de Electricidad operando exitosamente y relaciones intactas con Estados Unidos. Pero hay algo más, algo que nadie esperaba. López Mateos vivió 8 años más después de dejar la presidencia, pero no fueron años tranquilos. El derrame cerebral que sufrió en octubre de 1963 durante una gira en Chihuahua, lo dejó con secuelas permanentes. Parálisis parcial, dificultad para hablar, dolores de cabeza constantes. Pasó sus últimos años en su casa de las Lomas leyendo, recibiendo visitas ocasionales, viendo cómo el país que transformó seguía su camino.
22 de septiembre de 1969. López Mateos muere en Ciudad de México, 59 años, demasiado joven, demasiado pronto. Su funeral es masivo. Cientos de miles de personas despiden al presidente que les dio luz, porque eso es lo que recuerdan, no las complicaciones diplomáticas, no los juegos de equilibrio con la CIA, solo que por primera vez en la historia la electricidad era mexicana.
Hoy, más de 60 años después de aquella noche de septiembre de 1960, México sigue siendo dueño de su electricidad. La Comisión Federal de Electricidad es una de las empresas más grandes de América Latina. Da servicio a más de 46 millones de hogares. 130 millones de mexicanos tienen luz gracias a la decisión que López Mateos tomó en 1960. Pero hay algo que López Mateos no pudo prever. La Comisión Federal de Electricidad hoy está quebrada, debe más de 50,000 millones de dólares. Tiene plantas obsoletas, infraestructura deteriorada, problemas de corrupción, ineficiencia sistemática. Y hay voces que piden privatizarla de nuevo, venderla a compañías extranjeras, porque dicen que el gobierno mexicano no puede administrar empresas, que la electricidad estaría mejor en manos privadas.
Es irónico. López Mateos arriesgó su presidencia para recuperar la electricidad. Resistió amenazas de la CIA. Caminó en la cuerda floja entre Washington y la soberanía nacional. Todo para demostrar que México podía controlar sus propios recursos. y 60 años después hay quienes quieren devolverla voluntariamente. Tal vez López Mateos diría que el problema no es la Comisión Federal de Electricidad, el problema es que México olvidó por qué se creó. olvidó que la nacionalización no fue solo electricidad, fue sobre dignidad, sobre demostrarle al mundo que México no estaba en venta. Porque cuando López Mateos firmó ese decreto en septiembre de 1960, no lo hizo porque odiaba a Estados Unidos, lo hizo porque las compañías extranjeras cobraban fortunas y daban servicio a pocos, porque millones de mexicanos vivían en la oscuridad mientras las ganancias iban a Nueva York y Londres. Y cuando el pueblo celebró en el Zócalo esa noche, no celebraban por ideología, celebraban porque entendieron algo simple, que su país les pertenecía, que su riqueza era suya, que no tenían que pedir permiso a nadie para controlar su propio destino.
Hoy vivimos en un mundo diferente. La Guerra Fría terminó. La Unión Soviética colapsó. Cuba ya no es amenaza existencial para Estados Unidos. Las compañías eléctricas operan diferente. Pero la pregunta que López Mateos enfrentó sigue siendo la misma. ¿Puede un país pequeño mantener su soberanía frente a potencias mundiales? Puede controlar sus recursos estratégicos sin ser castigado. Puede caminar la línea entre dignidad nacional y supervivencia económica. López Mateos demostró que sí se puede, que un presidente inteligente puede defender su país sin destruirlo, que la soberanía no significa aislamiento, que puedes decirle no a Washington y aún así negociar. Pero también nos dejó una advertencia. La soberanía se defiende todos los días. No es decreto que se firma una vez y dura para siempre. es decisión constante, elección diaria entre lo fácil y lo correcto.
64 años después de aquella noche, la luz sigue siendo mexicana. La pregunta es, ¿por cuánto tiempo más seguirá siéndolo? Y si esta generación está dispuesta a defenderla como López Mateos lo hizo.
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