“ABUELO JUSTICIERO” DE CULIACÁN: ROBERTO MENDOZA ATRAPÓ Y M4TÓ A MÁS DE 14 SICARIOS DEL CÁRTEL….

  • Juliacán, Sinaloa. Septiembre de 2019. Un abuelo de 68 años convirtió su taller mecánico en una prisión clandestina y durante 6 meses ejecutó a 14 sicarios del cártel de Sinaloa. Roberto Mendoza no usaba armas de fuego ni violencia espectacular. Usaba gatos hidráulicos, cables de acero y el conocimiento de 40 años reparando motores.
  • Su motivación era simple y devastadora. Danielito, su nieto de 17 años, había sido asesinado por error en una balacera y la fiscalía archivó el caso en 45 días. Cada sicario capturado revelaba el nombre del siguiente. La policía ministerial solo descubrió la verdad cuando encontraron el cuerpo número 14 con una foto del adolescente en el bolsillo.
  • Para entonces, Roberto ya había desmantelado toda una célula criminal desde su taller en la colonia Guadalupe. Roberto Mendoza Silva tenía 68 años cuando decidió que la justicia no llegaría por los canales oficiales. en Culiacán, Sinaloa. Eso no era una opinión, era un hecho documentado en el expediente FGE CAS Cool Cash09, que la Fiscalía General del Estado archivó exactamente 45 días después de la muerte de su nieto.
    • El taller que Roberto operaba desde hacía 35 años en la avenida Insurgentes a 800 m del mercado Garmendia era conocido en toda la colonia Guadalupe. Taller Mendoza se especializaba en pickups y camionetas de trabajo. El tipo de vehículos que los comerciantes, taxistas y trabajadores de la construcción llevaban cuando necesitaban reparaciones confiables y precios justos.
    • Roberto era viudo desde hacía 12 años. Su esposa había fallecido de cáncer y sus tres hijos adultos vivían lejos. Dos en Tijuana, uno en Hermosillo. Habían emigrado buscando mejores oportunidades y visitaban poco. Cuando los padres de Danielito decidieron cruzar la frontera hacia Estados Unidos en busca de trabajo, el niño tenía 14 años.
    • Roberto asumió la tutela sin dudarlo. El muchacho se convirtió en su razón de vida. Cada mañana Danielito asistía al turno matutino del Cobae 04. la preparatoria pública donde cursaba el último año. A las 2 de la tarde llegaba al taller, se ponía overall y ayudaba hasta las 7 de la noche cambiaba aceite, rotaba llantas, limpiaba herramientas y escuchaba con atención cuando Roberto explicaba cómo funcionaba un sistema de frenos o una transmisión.
    • El sueño de Danielito era estudiar ingeniería automotriz en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Roberto guardaba dinero en una lata de maseca escondida en el depósito del taller. Cada semana agregaba billetes. No era mucho, pero en 3 años había acumulado lo suficiente para pagar la inscripción y los primeros semestres.
    • El ritual diario de ambos incluía comer tacos de carne asada en el puesto de la esquina. Danielito hablaba de las clases, de sus compañeros, de los proyectos de física. Roberto escuchaba y sonreía. Después de enviudar, había aprendido a valorar esas conversaciones sencillas. El taller no solo era su fuente de ingresos, era el espacio donde construía futuro con su nieto.
    • Los clientes conocían bien a Roberto. Don Chui, un taxista de la ruta Centro Guadalupe, llevaba su unidad cada mes para revisión. Rogelio, dueño de un yonke en las afueras de la ciudad, le vendía refacciones usadas en buen estado. Marta, la dueña de una lonchera cercana, les guardaba los tacos cuando llegaban tarde.
    • Roberto no hablaba mucho, pero su trabajo era impecable. 42 años reparando motores le habían enseñado que cada pieza tiene su lugar exacto y que los problemas mecánicos siempre dejan rastros y sabes dónde buscar. Esa misma lógica, la de identificar fallas, rastrear causas, aplicar soluciones, sería la que usaría meses después cuando el sistema judicial le fallara.
    • El 12 de septiembre de 2019, un jueves cualquiera, Danielito salió del taller a las 6:30 de la tarde. Iba a comprar Coca-Cola al Oxo, de la calle Federalismo, tres cuadras hacia el norte. Roberto lo vio alejarse con su mochila al hombro. El cabello revuelto por el viento caliente de Culiacán no imaginó que esa sería la última vez. A las 6:35 de la tarde, dos camionetas Ram, una plateada, otra negra, llegaron a toda velocidad frente al Oxo.
    • Lo que siguió fue un tiroteo entre células rivales del cártel de Sinaloa que disputaban el control de esa plaza. Danielito intentó refugiarse detrás de un poste de luz. Tres balas impactaron su pecho. Murió en el pavimento antes de que llegara la ambulancia. La policía municipal acordonó la zona.
    • Los sicarios huyeron en las camionetas. No hubo detenidos esa noche. Roberto llegó corriendo al lugar cuando un vecino le avisó. Encontró el cuerpo de su nieto cubierto con una manta térmica, rodeado de casquillos y manchas oscuras en el concreto. Un agente le impidió acercarse más. Roberto se quedó ahí de pie con el boné azul de Pemex en las manos, incapaz de procesar lo que veía.
    • El velorio se realizó en la funeraria San Martín. Danielito fue enterrado en el cementerio Jardines de Lumaya. Durante el sepelio, Roberto no lloró. Sostuvo la mano fría de su nieto dentro del ataú y le hizo una promesa en silencio. Nadie más la escuchó. La Fiscalía General del Estado abrió la carpeta de investigación FGOL 0929.
    • Un agente del Ministerio Público tomó declaraciones. Revisaron las cámaras del Oxo. Las imágenes mostraban claramente a los sicarios. Playeras del Cruz Azul, uno con tatuaje de escorpión en el brazo izquierdo. Pero en Culiacán, ver no es lo mismo que declarar. Ningún testigo quiso hablar oficialmente.
    • Los dueños de negocios cercanos dijeron no haber visto nada. El expediente avanzó despacio y luego se detuvo. 45 días después del asesinato, el caso fue archivado por falta de pruebas suficientes para procesar. El agente del Ministerio Público le dijo a Roberto con tono cansado, “Don Roberto, aquí todos saben quiénes fueron, pero nadie va a declarar. Lo siento.
    • ” Roberto regresó al taller esa tarde. Cerró el portón con seguro. Se sentó en el banco de trabajo donde Danielito solía hacer la tarea mientras esperaba clientes. La lata de Maseca seguía en el estante del depósito, llena de billetes que ya no servirían para pagar universidad. Roberto sacó un cuaderno negro que usaba para anotar reparaciones pendientes.
    • Lo ojeó hasta encontrar páginas en blanco. Comenzó a escribir placas de las camionetas RAM que había visto en las imágenes del Oxo, descripción física del sicario del tatuaje. Lugares donde los clientes mencionaban que se reunían esa gente, nombres de bares, colonias. El cuaderno se convirtió en su nuevo proyecto.
    • Ya no repararía motores para ganarse la vida. Ahora usaría esos mismos conocimientos para reparar algo que el sistema había dejado roto. Antes de que todo cambiara, la vida de Roberto Mendoza tenía un ritmo predecible y satisfactorio. Cada mañana se levantaba a las 6, preparaba café en la estufa de su casa en la colonia Guadalupe y caminaba 15 minutos hasta el taller.
    • Abría el portón a las 7. Danielito llegaba después de clases cerca de las 2 de la tarde y trabajaban juntos hasta el anochecer. Los fines de semana eran sagrados. El sábado limpiaban el taller a fondo y el domingo iban a comer barbacoa a un local en el mercado Garmendia. Roberto no necesitaba mucho.
    • Tenía salud, tenía trabajo y sobre todo tenía a Danielito. El muchacho no era solo su nieto, era su compañero. Cuando los padres del chico emigraron a Estados Unidos, Roberto asumió la responsabilidad sin quejas. Le gustaba tener a alguien en casa. Le gustaba enseñarle el oficio. Danielito tenía aptitud natural para la mecánica. entendía rápido cómo funcionaban los sistemas hidráulicos, cómo diagnosticar fallas en la suspensión, cómo leer el desgaste de una banda de distribución.
    • Roberto veía en él una versión mejorada de sí mismo, más educado, con oportunidades que él nunca tuvo, con un futuro que no dependería solo de las manos, sino también del conocimiento técnico formal. Las tardes en el taller eran el momento favorito de Roberto. Mientras ajustaba tornillos o soldaba piezas, Danielito le contaba sobre la escuela.
    • hablaba de sus amigos, de las chavas que le gustaban, de los maestros exigentes. A veces mencionaba la violencia que todos en Culiacán conocían, pero evitaban nombrar directamente. “Hoy cerraron la prepa dos horas antes porque hubo un operativo cerca”, decía Danielito con naturalidad, como quien comenta el clima. Roberto respondía con frases cortas.
    • “Ten cuidado, mijo, llega directo a casa. No profundizaban. En Sinaloa, la supervivencia a veces consiste en no hacer demasiadas preguntas. Roberto había construido su reputación en base a trabajo honesto y discreción. Nunca preguntaba a los clientes de qué vivían ni por qué sus camionetas tenían abolladuras sospechosas. Reparaba vehículos, cobraba lo justo y se despedía con un apretón de manos.
    • Esa neutralidad le había permitido operar durante décadas sin problemas. Los taxistas lo respetaban, los comerciantes lo recomendaban. Incluso algunos hombres con camionetas de lujo y placas recientes llegaban ocasionalmente, dejaban sus unidades para revisión y pagaban en efectivo sin pedir factura. Roberto no era ingenuo, sabía quiénes eran.
    • Pero en Culiacán hay cosas que se ven y no se dicen. El dinero que guardaba en la lata de Maseca representaba años de ahorro. Roberto no gastaba en lujos. Su casa era modesta, dos habitaciones, cocina pequeña, patio trasero con un árbol de mango. No tenía televisión de pantalla plana ni muebles nuevos. La camioneta Nissan Zuru, que usaba para desplazarse, tenía 18 años de antigüedad, pero el motor estaba impecable porque él mismo le daba mantenimiento.
    • Cada peso extra iba a la lata. Danielito lo sabía y a veces protestaba. Abuelo, cómprate unos tenis nuevos. Los tuyos ya están bien feos. Roberto sonreía. Estos todavía sirven, mijo. Ya habrá tiempo para tenis cuando tú estés en la universidad. La relación entre ambos no era perfecta.
    • Danielito a veces llegaba tarde o se distraía con el celular en lugar de trabajar. Roberto lo regañaba con voz firme, pero sin gritar. Aquí se viene a chambear, no a estar en el Facebook. El muchacho bufaba, guardaba el teléfono y volvía a concentrarse. Pero esas fricciones eran menores. En el fondo, Danielito admiraba a su abuelo. Lo veía como un hombre que había levantado un negocio con las manos, que nunca había faltado a su palabra, que pagaba sus deudas y ayudaba a los vecinos cuando podía.
    • Roberto, por su parte, veía en Danielito la posibilidad de trascender. No tendría hijos propios que continuaran el taller, pero su nieto podría convertirse en ingeniero, tener un despacho, diseñar sistemas automotrices. Eso era suficiente legado. Los jueves por la tarde, después de cerrar el taller, Roberto y Danielito compraban tacos de carne asada en el puesto de Don Beto en la esquina de Insurgentes con Morelos.
    • Tres tacos cada uno con cebolla asada y salsa verde. Se sentaban en las banquetas de plástico y comían en silencio o comentando el día. A veces Danielito pedía una Coca-Cola del refrigerador. Roberto tomaba agua de horchata. Esos 30 minutos eran sagrados. No importaba si había mucho trabajo pendiente o si estaban cansados. Los jueves se comían esos tacos juntos.
    • El 12 de septiembre de 2019 fue jueves. Esa tarde Danielito le dijo, “Ahorita vengo, abuelo. Voy por un refresco al oxo.” Roberto asintió sin levantar la vista del motor que estaba revisando. “Va, mi hijo, no te tardes.” Danielito salió caminando con las manos en los bolsillos. Llevaba una playera blanca y jeans.
    • La mochila con sus cuadernos colgaba de un hombro. Roberto escuchó sus pasos. alejándose por la calle, escuchó el ruido del tráfico, el ladrido de un perro, una cumbia sonando en una casa cercana. Todo era normal, todo era rutina. 15 minutos después, un vecino entró corriendo al taller. Don Roberto, don Roberto, balacera en el Oxo.
    • Hay heridos. Roberto dejó caer la llave inglesa que tenía en la mano. Salió a la calle sin cerrar el portón. Corrió las tres cuadras, llegó jadeando, vio las patrullas, las luces rojas, la cinta amarilla, vio el cuerpo en el suelo cubierto con una manta, reconoció los tenis, reconoció la mochila. Un policía lo detuvo. No puede pasar, señor.
    • Roberto intentó avanzar. Es mi nieto. Es mi nieto. El policía lo sujetó con firmeza. No puede pasar. Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o estado nos estás viendo. El velorio de Danielito Mendoza se realizó en la funeraria San Martín, un establecimiento modesto en la colonia Centro que ofrecía servicios accesibles para familias de clase trabajadora.
    • Roberto pagó el paquete básico. Ataú de madera barnizada, sala de velación por 24 horas, carroza fúnebre hasta el cementerio. Los hijos de Roberto llegaron desde Tijuana y Hermosillo. Hacía casi dos años que no se veían. Se abrazaron en silencio. No hubo reproches, pero la distancia emocional era evidente.
    • Ellos habían construido vidas nuevas lejos de Culiacán. Danielito había sido el puente que los mantenía conectados con su padre y ahora ese puente estaba roto. Durante el velorio, Roberto permaneció sentado junto al ataúd. Usaba camisa blanca de vestir y pantalón negro que guardaba para ocasiones formales. El boné azul de Pemex, que siempre llevaba quedó en casa.
    • Vecinos, clientes del taller y compañeros de escuela de Danielito llegaron a dar el pésame. Marta, la dueña de la lonchera, lloró abiertamente. Don Chui, el taxista dejó un ramo de flores blancas. Los maestros del Cobaes 04 firmaron una tarjeta de condolencias. Roberto agradecía con movimientos mecánicos de cabeza, pero su mirada estaba fija en el rostro ceroso de su nieto.
    • El maquillaje funerario no lograba ocultar del todo la palidez de la muerte. La policía municipal había acordonado la escena del crimen durante horas. Recogieron casquillos, tomaron fotografías, entrevistaron brevemente a los empleados del Oxo. Las cámaras de seguridad del establecimiento capturaron la balacera completa.
    • En las grabaciones se veían claramente las dos camionetas RAM, una plateada, otra negra. Los sicarios vestían ropa casual, playeras deportivas, gorras, tenis. Uno de ellos, el que disparó desde la ventanilla de la RAM plateada, tenía un tatuaje de escorpión en el brazo izquierdo. Usaba una playera del Cruz Azul.
    • Las imágenes eran nítidas, no había ambigüedad, pero las cámaras no capturaban placas completas y los rostros estaban parcialmente cubiertos por gorras y paliacates. La Fiscalía General del Estado de Sinaloa abrió carpeta de investigación con el folio FG Cool0929. Un agente del Ministerio Público llamó a Roberto 3 días después del sepelio para que acudiera a rendir declaración.
    • Roberto llegó puntual a las oficinas de la fiscalía en el Boulevard Universitarios. Esperó 2 horas en una sala con sillas de plástico y aire acondicionado ruidoso. Cuando finalmente lo atendieron, el agente del MP era un hombre de unos 40 años, cansado, con corbata floja y carpetas apiladas en el escritorio.
    • Tomó la declaración de Roberto con preguntas rutinarias. ¿A qué hora salió su nieto del taller? ¿Tenía enemigos? Estaba involucrado en actividades ilícitas. Roberto respondió con paciencia. No, Danielito era estudiante. No, no tenía problemas con nadie. Sí, iba al Oxo a comprar un refresco. El agente del MP le mostró capturas de pantalla de las cámaras de seguridad.
    • Roberto las estudió con atención. Reconoció los vehículos, grabó mentalmente cada detalle. El modelo de las RAM, el año aproximado, los rines cromados de la camioneta plateada, El tatuaje del escorpión. El agente le dijo que las investigaciones seguían su curso, que estaban buscando a los responsables, que en cuanto hubiera avances le informarían.
    • Roberto asintió, firmó su declaración, salió de las oficinas con una copia del acta y la sensación de que no pasaría nada. Pasaron las semanas. Roberto intentó regresar a la rutina del taller, pero todo había cambiado. Los clientes llegaban, dejaban sus vehículos, regresaban por ellos. Roberto hacía el trabajo con la misma precisión de siempre, pero ya no encontraba satisfacción en ello.
    • Las herramientas le pesaban. El olor a aceite y gasolina, que antes le resultaba familiar y reconfortante, ahora le parecía vacío. El espacio donde Danielito solía sentarse a hacer tarea permanecía intacto. Roberto no movió la silla ni los cuadernos que el muchacho había dejado ahí. Cada vez que pasaba junto a ese rincón, sentía una presión en el pecho que no lograba identificar.
    • Era tristeza, culpa, rabia. Un mes después del asesinato, Roberto llamó a la fiscalía para preguntar por avances en la investigación. Lo comunicaron con el mismo agente del MP. Don Roberto, le seré honesto. No tenemos testigos que quieran declarar. Las cámaras no muestran placas claras. Sabemos que fue un enfrentamiento entre células del cártel, pero sin testimonios no podemos proceder.
    • Roberto sintió algo romperse dentro de él. Y el tatuaje y las camionetas. Usted vio las imágenes. El agente suspiró. Don Roberto, aquí todos saben quiénes fueron, pero nadie va a declarar. La gente tiene miedo y sin pruebas contundentes no puedo girar órdenes de aprensión. Lo siento. 45 días después de la muerte de Danielito, la carpeta FGE K. Cool.
    • 09219 fue archivada por falta de elementos para continuar la investigación. Roberto recibió la notificación por escrito. Una hoja membretada de la fiscalía, con sellos oficiales y lenguaje burocrático. Se determina el archivo temporal de la presente carpeta de investigación, reservándose el derecho de reabrirla en caso de surgir nuevos elementos probatorios.
    • Roberto leyó el documento dos veces, lo dobló con cuidado, lo guardó en el cajón donde tenía los papeles del taller, facturas, comprobantes, garantías. Esa noche cerró el portón del taller Mendoza, caminó de regreso a su casa y se sentó en el patio trasero bajo el árbol de mango. No lloró, no gritó, solo se quedó ahí en silencio mientras el cielo de Culiacán se oscurecía y las luces de las casas vecinas se encendían una por una.
    • Al día siguiente, Roberto sacó el cuaderno negro que usaba para anotar reparaciones pendientes. Lo ojeó hasta encontrar páginas en blanco. Comenzó a escribir placas parciales de las RAM, descripción del sicario con el tatuaje de Escorpión, nombres de bares y colonias que los clientes mencionaban cuando hablaban en voz baja sobre la gente del narco.
    • Roberto conocía Culiacán. Conocía las rutas, los barrios, los lugares donde ciertos vehículos estacionaban. 42 años trabajando como mecánico le habían enseñado algo fundamental. Cada máquina deja rastro y los hombres que manejan esas máquinas también. Roberto Mendoza no durmió bien durante las semanas posteriores al archivo de la carpeta de investigación.
    • Se despertaba a las 3 o 4 de la madrugada con la imagen de Danielito cubierto por la manta térmica grabada en la mente. Se levantaba, preparaba café, se sentaba en la mesa de la cocina y abría el cuaderno negro. Las primeras páginas ya estaban llenas de anotaciones, descripciones físicas, modelos de camionetas, apodos que había escuchado en conversaciones ajenas.
    • Roberto no era detective ni policía, pero tenía algo que muchos investigadores no tienen. Paciencia, meticulosidad y conocimiento profundo del entorno donde operaba. Decidió que no buscaría justicia a través del sistema. El sistema había tenido su oportunidad y la había desperdiciado. Ahora Roberto establecería sus propias reglas, pero antes necesitaba información.
    • Durante dos semanas completas cambió su rutina. Cerraba el taller a las 6 de la tarde en lugar de a las 7. Caminaba hacia la colonia Morelos, una zona donde sabía que algunos sicarios frecuentaban bares y loncheras. Se sentaba en establecimientos como el farayón, un bar de mala muerte con mesas de plástico y música de banda a todo volumen.
    • Pedía una cerveza, la bebía despacio y escuchaba. Roberto descubrió que muchos sicarios jóvenes hablaban con imprudencia. Se jactaban de operativos, mencionaban nombres de compañeros, presumían camionetas nuevas. Roberto fingía ser un viejo alcohólico inofensivo. Nadie le prestaba atención. Usaba ropa gastada, el boné de pemex sucio y adoptaba postura encorbada.
    • se quedaba en las mesas del fondo, mirando la pared, moviendo los labios como si hablara solo, pero su oído estaba completamente alerta. Escuchó mencionar apodos, el chino, el flaco, el greñas. Escuchó hablar de una casa de seguridad en la colonia Egidal. escuchó que los del grupo de las Ram se reunían frecuentemente en el Farayón después de las 11 de la noche.
    • Una noche de octubre, Roberto vio llegar la camioneta Ram plateada. Reconoció los rines cromados. El corazón le dio un vuelco, pero mantuvo la compostura. Tres hombres bajaron del vehículo. Uno de ellos vestía playeras sin mangas. Roberto vio el tatuaje de escorpión en su brazo izquierdo. Era él. El que había disparado desde la ventanilla, el que había matado a Danielito.
    • Roberto apretó el vaso de cerveza con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Quiso levantarse, cruzar el bar, tomar una botella rota y clavársela en el cuello, pero se contuvo. No era el momento. Todavía no tenía plan, todavía no estaba listo. Esa noche, Roberto regresó al taller con nueva claridad. Ya no se trataba solo de dolor o rabia, se trataba de método.
    • Pasó la siguiente semana preparando el espacio. El depósito trasero del taller, donde guardaba piezas viejas y herramientas en desuso, medía aproximadamente 4 m por tr. Roberto lo vació por completo. Reforzó la puerta con una plancha de acero que compró en el Yonke de Rogelio. Instaló un cerrojo industrial por dentro.
    • cubrió las paredes con paneles de madera y espuma acústica que consiguió de un cliente que desmantelaba un estudio de grabación. No era aislamiento perfecto, pero amortiguaría gritos. El elemento central de su plan era un guincho hidráulico que usaba para levantar motores pesados. Roberto lo modificó. Soldó cadenas a los ganchos y ajustó el sistema para que pudiera elevar y sostener el peso de una persona adulta con los brazos extendidos.
    • Probó el mecanismo varias veces, funcionaba. También instaló una cámara de seguridad vieja que grababa en formato VHS. la apuntó hacia una silla metálica que colocó en el centro del cuarto. Si iba a hacer esto, quería registro, no por morbo, sino por control. Necesitaba ver las grabaciones después, analizar errores, mejorar el proceso.
    • Roberto estableció un código moral. No actuaría al azar, solo buscaría a los directamente responsables de la muerte de Danielito o a quienes formaban parte de esa célula específica. no torturaría por placer. La finalidad era obtener información, nombres, ubicaciones, estructuras y después eliminar. El método de ejecución sería rápido.
    • Estrangulamiento con cinturón de cuero o asfixia con bolsa de plástico. Sin disparos. Los disparos hacían ruido, atraían atención, dejaban evidencia balística. Roberto había reparado suficientes vehículos de sicarios como para saber que muchos de ellos eran descuidados, confiados, acostumbrados a operar con impunidad.
    • Esa confianza sería su debilidad. La camioneta Nissan Suru blanca de Roberto era perfecta para lo que necesitaba. En Culiacán, las Tsuru eran tan comunes que nadie las recordaba. Roberto modificó el portaequipaje trasero instalando un cerrojo interno que solo se podía abrir desde afuera con llave. Si lograba dormir o incapacitar a un objetivo, podría transportarlo sin riesgo de que escapara.
    • Compró un taser improvisado en el mercado negro. Básicamente dos cables conectados a una batería de automóvil de alto voltaje. No era sofisticado, pero aplicado correctamente en el torso provocaba parálisis temporal. Roberto también se preparó emocionalmente. Sabía que lo que estaba a punto de hacer lo cambiaría para siempre. No habría retorno.
    • Cruzaría una línea que la mayoría de las personas nunca cruza, pero cada vez que la duda lo asaltaba, recordaba a Danielito cubierto por la manta. Recordaba la respuesta de la gente del MP. Recordaba la carpeta archivada. El sistema había decidido que la vida de su nieto no valía lo suficiente como para arriesgar investigaciones complicadas.
    • Roberto había decidido que sí valía y si nadie más iba a actuar, él lo haría. El primer objetivo sería el chino, el joven que manejaba la ran plateada. Roberto había anotado su rutina. Llegaba a El Farayón los viernes por la noche. Se quedaba hasta las 2 de la madrugada. Siempre estacionaba en la misma cuadra. Roberto diseñó un plan simple.
    • Imprimiría volantes falsos ofreciendo servicios de mecánica a domicilio con precios bajos. Los colocaría en parabrisas de camionetas sospechosas. Si el chino mordía el anzuelo y llegaba al taller, Roberto estaría listo. Si no, buscaría otra forma. Tenía tiempo, tenía paciencia. Y ahora, por primera vez desde la muerte de Danielito, tenía propósito.
    • El 17 de octubre de 2019, un jueves por la mañana, Roberto colocó un volante impreso en el parabrisas de la ram plateada. El vehículo estaba estacionado frente a él, Farayón, sin nadie alrededor. El volante ofrecía servicio de mecánica profesional, diagnóstico gratis, taller Mendoza, avenida Insurgentes, 340. Colonia Guadalupe incluía un número de teléfono que Roberto había comprado como línea prepagada.
    • El diseño era simple, hecho en computadora de un cibercafé. Se veía legítimo. Roberto dejó volantes en otros vehículos de la zona para no levantar sospechas. Luego regresó al taller y esperó. Dos días después, el sábado por la mañana, sonó el teléfono prepagado. Roberto contestó. Una voz joven preguntó, “¿Ahí hacen diagnóstico gratis?” Roberto respondió con tono profesional. “Sí, señor.
    • Traiga su unidad y la revisamos sin costo. Si necesita reparación, le damos presupuesto.” La voz dijo, “Va, ahorita llego.” Colgó. Roberto sintió un nudo en el estómago. No había certeza de que fuera él chino, pero las probabilidades eran altas. Respiró hondo. Revisó que la puerta del depósito estuviera asegurada desde afuera.
    • Verificó que el taser improvisado funcionara. Se puso el overall de trabajo y esperó. A las 10:30 de la mañana, la ram plateada se estacionó frente al taller Mendoza. Bajó un hombre de unos 24 años, complexión delgada, playera deportiva, tenis caros. Roberto lo reconoció de inmediato. Era él. El chino, el del tatuaje de Escorpión.
    • Roberto sintió que el aire se le atascaba en los pulmones, pero no dejó que se notara. Saludó con naturalidad. Buenos días. ¿Es usted el de la Ram? El chino asintió. Sí, anda fallando al acelerar. ¿Cómo que se ahoga? Roberto se acercó al vehículo, abrió el cofre, inspeccionó el motor. Puede ser el filtro de gasolina o la bomba.
    • Necesito revisarla en el elevador. Pásale. El chino entró al taller. Roberto cerró el portón con normalidad. La herramienta que necesito está en el depósito. Acompáñeme para que vea la pieza que podría estar dañada. El chino lo siguió sin desconfiar. Roberto abrió la puerta del depósito. Pásele, está hasta el fondo.
    • En cuanto el chino cruzó el umbral, Roberto activó el tasser y lo aplicó en la espalda baja. El hombre se desplomó con un gemido ahogado. Roberto cerró la puerta, echó el cerrojo y arrastró el cuerpo inerte hasta la silla metálica. Lo sentó. Usó las cadenas del guincho hidráulico para inmovilizar los brazos.
    • Cuando el chino recuperó la conciencia minutos después, estaba atado y confundido. ¿Qué pedo, viejo? El chino intentó zafarse. Roberto no respondió de inmediato. Encendió la cámara de video, se paró frente al prisionero, sacó una fotografía de Danielito y la sostuvo frente a su rostro. 12 de septiembre. Oxo de la calle Federalismo.
    • ¿Te acuerdas? El chino parpadeó. miró la foto. Su expresión cambió de confusión, a comprensión y luego a miedo. Yo no fui el que disparó, yo solo manejaba. Roberto sintió algo frío recorrerle la columna. Entonces, dime quién disparó y dime dónde encontrarlo. El chino titubeó. Roberto no tenía experiencia en interrogatorios, pero tenía algo más valioso. Convicción absoluta.
    • Tienes dos opciones. ¿Me das nombres y lugares? O esto termina ahora mismo sin que sepas qué pasó con los demás. El chino tragó saliva. Éramos cuatro esa noche. El que disparó fue el flaco. Él iba de copiloto. Los otros dos eran el greñas y el vitaminas. Nos reunimos en una casa de seguridad en la Ejidal, calle Emiliano Zapata, la quinta casa después del expendio de cerveza.
    • El jefe de todos es el ruso, pero él no estaba esa noche. Roberto escuchó con atención, anotó mentalmente cada detalle. ¿Por qué mataron al muchacho? El chino bajó la mirada. No era el objetivo. Había gente de otro grupo en el Oxo. Empezaron a disparar. Él estaba en medio. Fue trabajo. Nada personal. Roberto sintió un calor abrazador subirle por el pecho.
    • Para mí sí es personal. sacó el cinturón de cuero. El chino comenzó a suplicar. Espera, espera, te dije todo. Puedo ayudarte. Puedo llevarte con ellos. Roberto no respondió. Colocó el cinturón alrededor del cuello del sicario y apretó. El chino pataleó. Intentó gritar, pero el aislamiento acústico amortiguaba los sonidos.
    • 3 minutos después dejó de moverse. Roberto soltó el cinturón. Las manos le temblaban. Nunca había matado a nadie. Miró el cuerpo inerte. Esperó sentir arrepentimiento, horror, algo. Pero lo único que sintió fue un vacío extraño y la certeza de que esto apenas comenzaba. Desató las cadenas, envolvió el cuerpo en una lona industrial que tenía guardada.
    • Lo cargó con esfuerzo en la parte trasera de Atsuru. Esperó hasta la madrugada. Condujo hacia el sur de la ciudad. hacia los canales de irrigación cerca del puente Morelos. Dejó el cuerpo en una zona de maleza espesa. Antes de irse, sacó la foto de Danielito que llevaba en el bolsillo y la colocó en el bolsillo de la camisa del muerto.
    • En el reverso de la foto, escribió con marcador por Danielito Mendoza. Regresó al taller al amanecer, limpió el depósito con cloro y agua, quemó la lona en un tambo de metal. guardó la grabación del PHs en una caja de herramientas. Se dio una ducha larga en el baño del taller. Cuando terminó, se miró al espejo. El rostro que le devolvió la mirada era el mismo de siempre.
    • Un hombre de 68 años con arrugas profundas, cabello gris, ojos cansados. Pero algo había cambiado. Roberto Mendoza, mecánico de Culiacán, acababa de convertirse en otra cosa y ya no había vuelta atrás. El cuerpo de José Luis, alias el Chino, fue encontrado dos días después por pescadores que recorrían los canales de irrigación cerca del puente Morelos.
    • La policía municipal llegó a la escena, acordonó el área y notificó a la fiscalía. El cadáver presentaba señales de estrangulamiento. No había identificación oficial, pero en el bolsillo de la camisa encontraron una fotografía de un adolescente en el reverso, escrito con marcador negro por Danielito Mendoza.
    • Los agentes investigadores anotaron el hallazgo. La foto fue catalogada como evidencia. Nadie conectó inmediatamente el nombre de Danielito Mendoza con el caso archivado FGE Cool. 09219. En Culiacán, los homicidios relacionados con el narco eran tan frecuentes que las autoridades operaban con retraso crónico.
    • Roberto siguió trabajando en el taller como si nada hubiera pasado. Atendió clientes, reparó transmisiones, cambió aceite. Don Chui, el taxista, llevó su unidad para revisión de frenos. ¿Cómo va todo, don Roberto? Roberto respondió con su tono habitual, aquí echándole ganas. Y usted, don Chui, se encogió de hombros, pues la ciudad está cada vez más pesada.
    • Ayer mataron a uno por los canales. Dicen que traía mensaje y todo. Roberto asintió sin mostrar emoción. Sí, cada vez está peor. Don Chui no sospechó nada. Para él, Roberto seguía siendo el mecánico confiable de siempre. Pero Roberto ya había avanzado en su plan. La información que el chino le había dado antes de morir era valiosa.
    • Cuatro sicarios involucrados en la balacera, una casa de seguridad en la colonia Egidal y el nombre del jefe, el ruso. Roberto decidió que el siguiente objetivo sería el flaco, el tirador. Según el chino, el flaco frecuentaba la casa de seguridad en calle Emiliano Zapata. Roberto necesitaba confirmar la ubicación y la rutina del objetivo.
    • Durante una semana completa, Roberto condujo Sutsuru por la Ejidal en diferentes horarios. Localizó la casa quinta después del expendio de cerveza, fachada color beige, reja metálica sin señales visibles de actividad sospechosa. Pero Roberto sabía que las casas de seguridad en Culiacán rara vez parecían sospechosas desde fuera.
    • Una tarde de noviembre, Roberto implementó la segunda fase. Estacionó Latsuru dos cuadras antes de la casa de seguridad y simuló una falla mecánica. Levantó el cofre, se quedó mirando el motor con gesto de frustración. En Sinaloa, especialmente en colonias donde opera el crimen organizado, existe un código tácito de respeto entre raza.
    • Si alguien tiene problemas mecánicos, otros conductores suelen detenerse a ofrecer ayuda, aunque solo sea para confirmar que no hay amenaza. Roberto esperaba que alguien de la casa saliera y así fue. 20 minutos después, un hombre joven, delgado, con barba rala, salió caminando y se acercó.
    • ¿Qué tiene, jefe? Roberto lo miró. Reconoció el rostro. Era el flaco. No arranca. Creo que es la bomba de gasolina. El flaco se asomó al motor. Roberto aprovechó la cercanía. Sacó un trapo empapado en cloroformo que llevaba en el bolsillo del overall y lo presionó contra la nariz y boca del sicario.
    • El flaco intentó resistirse, pero Roberto lo sostuvo con fuerza. En menos de 30 segundos, el cuerpo se desplomó. Roberto lo arrastró rápidamente hacia Latsuru, lo metió en el portaequipajes modificado, cerró con llave y arrancó el vehículo sin prisa. Nadie salió de la casa, nadie gritó. Todo había sido rápido y silencioso. Condujo de regreso al taller con las manos firmes en el volante.
    • Ya no temblaba. La segunda vez era más fácil que la primera. En el depósito del taller, Roberto repitió el procedimiento. Sentó a el flaco en la silla metálica, lo inmovilizó con las cadenas del guincho hidráulico, encendió la cámara VHS. Cuando el flaco recobró la conciencia, Roberto ya estaba frente a él con la foto de Danielito.
    • Oxo de la calle Federalismo, 12 de septiembre. Tú disparaste. El flaco parpadeó varias veces tratando de enfocar la mirada. reconoció la foto. Su rostro palideció. ¿Quién eres? Roberto no respondió la pregunta. Confirma que tú disparaste. El flaco dudó. Luego asintió despacio. Sí, yo disparé, pero no era el blanco, había otros. El morro estaba en medio.
    • Roberto sintió que algo se endurecía dentro de él. ¿Cuántos años tenía? El flaco tragó saliva. No sé. Era un morro. Daño colateral. Roberto cerró los ojos por un segundo. Daño colateral. Así había quedado reducida la vida de Danielito. Una estadística, un error. Abrió los ojos. ¿Quién más participó? El flaco comenzó a hablar.
    • Confirmó los nombres, el greñas, el vitaminas, el chino. Pero el chino ya no contesta, nadie sabe dónde está. Roberto no dijo nada. El flaco continuó. El jefe es el ruso. Él organiza los trabajos. Vive en un residencial al norte. No sé cuál exactamente, solo lo hemos visto dos veces. Roberto anotó mentalmente cada palabra. La casa de seguridad sigue activa.
    • El flaco asintió. Sí. Ahí nos quedamos cuando hay pedos. Roberto ya había escuchado suficiente. Sacó el cinturón de cuero. El flaco comenzó a gritar. No, no te dije todo. Puedo ayudarte. Roberto no titubeó. Esta vez colocó el cinturón alrededor del cuello y apretó. El flaco pataleó con violencia. Las cadenas del guincho resonaron contra el metal.
    • 3 minutos después, el cuerpo colgaba inerte. Roberto soltó el cinturón, esperó unos segundos, verificó que no hubiera pulso, desató cadenas, envolvió el cuerpo en lona nueva, lo cargó en la Tsuru. Esta vez condujo hacia el este, hacia un terreno valdío cerca del aeropuerto de Culiacán. Dejó el cuerpo entre matorrales y basura acumulada.
    • Colocó la foto de Danielito en el bolsillo de la camisa del muerto. Escribió en el reverso por Danielito Mendoza. Regresó al taller antes del amanecer, limpió el depósito, guardó la grabación, se duchó. La rutina se estaba convirtiendo en mecánica casi automática. Roberto no sentía placer en matar. Tampoco sentía horror.
    • Sentía algo más cercano a la eficiencia, como cuando reparaba un motor. Identificar el problema, aplicar la solución, verificar el resultado. El cuerpo del flaco fue encontrado tres días después por empleados de limpieza del aeropuerto. La policía municipal repitió el protocolo: acordonamiento, fotografías, notificación a la fiscalía.
    • Nuevamente encontraron la foto del adolescente con el mensaje en el reverso. Esta vez una gente más joven comentó, “Es la segunda vez que aparece esta foto. Hay un patrón.” Su superior asintió. Anótalo en el informe. Pero nadie investigó más allá. Las prioridades de la fiscalía estaban en otros casos más visibles, más mediáticos.
    • Para diciembre de 2019, Roberto ya había eliminado a ocho sicarios. Después de El flaco vino El Greñas, a quien localizó en una vulcanizadora de la colonia Guadalupe. El método fue similar, ofrecer cerveza con diasepán molido, esperar a que perdiera la conciencia, transportarlo al taller. Durante el interrogatorio, el greñas confirmó que el ruso vivía en un residencial privado al norte de Culiacán, pero no sabía la dirección exacta.
    • También reveló que la célula estaba compuesta por 18 sicarios en total, divididos en tres puntos de operación: el bar El Farayón, la casa de seguridad en la Ejidal y un rancho en la carretera Anabolato. Roberto ejecutó a Elgreñas y dejó su cuerpo en un canal del río Tamazula. Los siguientes cinco sicarios cayeron en un periodo de se semanas.
    • Roberto había perfeccionado su sistema. Ya no dependía solo de atraerlos al taller. También comenzó a usar su conocimiento mecánico para provocar accidentes. El sicario número 13 murió en un capotamiento en la carretera México 15. Roberto había identificado su camioneta, esperó a que el hombre estacionara en un bar y durante la noche cortó los cables del sistema de frenos.
    • Al día siguiente, el sicario intentó frenar en una curva cerrada y perdió el control. La camioneta volcó tres veces. Muerte instantánea. La policía de tránsito dictaminó falla mecánica. Nadie sospechó sabotaje. El sicario número 14 fue más elaborado. Roberto drenó el fluido de la dirección hidráulica de su pickup mientras estaba estacionada.
    • Horas después, el vehículo colisionó contra un poste de luz cuando el conductor intentó girar y el volante se trabó. El impacto fue brutal. El hombre sobrevivió con fracturas múltiples, pero quedó en coma. Roberto no dejó foto en ese caso. El objetivo seguía vivo, aunque incapacitado. Consideró que era suficiente. La fiscalía comenzó a anotar un patrón en los homicidios con la foto del adolescente.
    • Un agente del área de análisis criminal conectó cuatro casos. Los cuerpos con estrangulamiento, la misma foto, el mismo mensaje. Se abrió una línea de investigación preliminar, pero los recursos eran limitados y las pistas escasas. Roberto sabía que el tiempo jugaba en su contra. Con cada sicario eliminado aumentaba el riesgo de ser descubierto, pero también sabía que estaba cerca del final.
    • Solo faltaba el pez grande, el ruso. Roberto había recopilado información fragmentada durante los interrogatorios. Sabía que el ruso se llamaba Manuel Ochoa. Tenía 38 años. Controlaba una plaza en el centro y la colonia Morelos y tenía reuniones mensuales con el contador, un operador financiero del cártel. También sabía que el ruso celebraría su cumpleaños en febrero en el rancho de la carretera Anabolato.
    • En enero de 2020, Roberto comenzó a planear el golpe final. No intentaría capturar a el ruso en el taller. Eso sería imposible. El hombre estaba rodeado de seguridad. Vivía en residencial privado. Se movía con escoltas. Roberto necesitaba una estrategia diferente. Recordó lo que el greñas había dicho antes de morir.
    • El ruso hace fiesta grande para su cumpleaños. Lleva banda, lleva buchonas, lleva chingo de gente. Es en el rancho. Roberto anotó la fecha en su cuaderno negro, 15 de febrero de 2020. Durante cuo semanas, Roberto preparó el plan. Rentó una camioneta de carga en una agencia que no pedía muchos documentos.
    • Compró un barril de cerveza artesanal en una tienda especializada. Diseñó una credencial falsa de distribuidora de bebidas del Pacífico con su foto y nombre ficticio. La credencial se veía profesional. La había mandado hacer en una imprenta discreta del centro. El plan era simple, pero audaz. Infiltrarse en la fiesta como repartidor de cerveza, localizar a el ruso y esperar el momento adecuado para actuar.
    • Roberto no sabía exactamente qué haría una vez dentro. Solo sabía que tenía que llegar hasta el ruso. El 15 de febrero, Roberto condujo la camioneta rentada hacia la carretera Anabolato. El rancho estaba 20 km de Culiacán. Era una propiedad grande con portón metálico, terracería y varias construcciones visibles desde la carretera.
    • Había camionetas de lujo estacionadas afuera, ram, tacoma, lobo. Música de banda sonaba a todo volumen. Roberto llegó al portón. Un sicario joven con chaleco táctico se acercó. ¿Qué onda? Roberto mostró la credencial falsa. Traigo el barril de cerveza artesanal que pidieron. distribuidora del Pacífico. El sicario revisó la credencial.
    • Miró el barril en la parte trasera de la camioneta. No sabía de eso. Roberto mantuvo la calma. Me hablaron ayer. Don Manuel dijo que lo querían para hoy. El sicario dudó. Espérame. Se alejó para hacer una llamada. Roberto sintió el pulso acelerarse. Si el sicario confirmaba que no habían pedido cerveza, todo terminaría ahí.
    • Pero el joven regresó y abrió el portón. Va, pásale. Déjalo en la palapa del fondo. Roberto asintió. Condujo despacio por el camino de terracería. Había decenas de personas, hombres con sombreros vaqueros, mujeres con ropa ajustada, meseros sirviendo bebidas. Al fondo, bajo una palapa de madera, había mesas largas con comida. Roberto estacionó la camioneta, bajó el barril con un diablito y lo colocó junto a otros barriles de cerveza comercial.
    • Nadie le prestó atención. Se mezcló entre la gente, caminando despacio observando. Localizó a el ruso, hombre robusto, camisa vaquera bordada, sombrero Stedson, rodeado de varios escoltas. Roberto se mantuvo en la periferia de la fiesta. No bebió, no habló con nadie, solo observaba y esperaba. Pero entonces algo salió mal.
    • Uno de los sicarios, un hombre de unos 30 años con playera negra y cadena de oro, se le acercó. Oye, viejo, te conozco de algo. Roberto sintió que el estómago se le contraía. No creo. El sicario lo miró con atención. Sí, sí, tú tienes un taller. Yo llevé mi RAM hace como dos años. Taller Mendoza. Roberto reconoció al hombre.
    • Era el Vitaminas, uno de los sicarios de la lista. Ah, sí, quizá fue. El Vitaminas sonrió. Luego su expresión cambió. Espera, el taller está en la Guadalupe. ¿Tú no eres el abuelo del morro que mataron? Roberto no respondió. El Vitaminas gritó, “Es el abuelo del morro, el del taller.” Varias cabezas voltearon.
    • Roberto corrió hacia la camioneta. Roberto alcanzó la camioneta mientras varios sicarios corrían detrás de él gritando. Arrancó el motor. Aceleró por el camino de terracería levantando nubes de polvo. Escuchó disparos. El vidrio trasero de la camioneta se hizo añicos. Roberto agachó la cabeza y siguió conduciendo. Conocía la región.
    • Había trabajado como mecánico de emergencia en carreteras durante 15 años y conocía cada atallo, cada camino secundario. En lugar de regresar por la carretera a Nabolato, giró hacia un camino de terracería que conectaba con ranchos agrícolas. Las camionetas de los sicarios lo perseguían, pero Roberto tenía ventaja.
    • Sabía exactamente hacia dónde iba. Después de 20 minutos de persecución por caminos polvorientos, Roberto logró perder a sus perseguidores. Abandonó la camioneta rentada en un terreno valdío cerca de un canal de riego. Limpió las huellas del volante con su camisa y caminó 3 km hasta llegar a una carretera principal donde abordó un autobús de transporte público de regreso a Culiacán.
    • Llegó al taller entrada la noche, cerró el portón con seguro doble, revisó el depósito. Todo seguía en orden, pero Roberto sabía que su anonimato había terminado. El Vitaminas lo había reconocido. El ruso sabría quién era. Vendrían por él. Esa madrugada Roberto no durmió. Se sentó en el banco de trabajo con el cuaderno negro abierto.
    • Repasó los nombres de los 14 sicarios que había eliminado. Faltaban cuatro más de la lista original, incluidos el ruso y el vitaminas. Pero ahora era imposible seguir usando el método del taller. Roberto necesitaba cambiar de estrategia. Si no podía traerlos a él, tendría que ir tras ellos de otra forma. Y la ventaja era que ahora el ruso estaría buscándolo activamente, lo cual significaba que Roberto podía predecir algunos de sus movimientos.
    • Durante los días siguientes, Roberto no abrió el taller. Puso un letrero de cerrado por mantenimiento en el portón. Se movió con precaución por la ciudad, usando transporte público, cambiando de rutas. Sabía que los sicarios preguntarían por él en la colonia, pero también sabía que muchos vecinos lo respetaban y no dirían nada.
    • Don Chuy, el taxista, se acercó una tarde. Don Roberto, andan preguntando por usted unos tipos. Dicen que le deben dinero de una reparación, pero no se ven como clientes normales. Roberto asintió. Gracias por avisar, don Churi. Si vuelven, dígales que salía a visitar familia en Hermosillo. Roberto decidió que ya no podría capturar sicarios vivos.
    • El riesgo era demasiado alto. En su lugar, usaría sabotaje mecánico. Identificó la camioneta de L Vitaminas, una RAM negra con rines de aleación. Durante tres noches consecutivas, Roberto vigiló los movimientos del sicario. El hombre frecuentaba el bar El Farayón. Llegaba cerca de las 11 de la noche, se quedaba hasta las 2 de la madrugada.
    • Siempre estacionaba en la misma cuadra. La tercera noche, Roberto esperó a que el bar estuviera lleno y la calle desierta. Se acercó a la Ram con herramientas que llevaba en una mochila. En menos de 5 minutos cortó parcialmente los cables del sistema de dirección asistida y drenó casi todo el líquido de frenos. Luego se alejó en silencio.
    • Al día siguiente, el Vitaminas salió del bar pasadas las 2 de la madrugada. Condujo por el Boulevard Universitarios a velocidad moderada. Al llegar a una intersección con semáforo en rojo, intentó frenar. Los frenos fallaron. La camioneta cruzó el semáforo y colisionó contra un camión de carga que venía por la perpendicular.
    • El impacto fue brutal. El vitaminas murió instantáneamente. La policía de tránsito llegó a la escena. Revisaron el vehículo, dictaminaron. Falla mecánica por mal mantenimiento. Nadie investigó más allá. Roberto leyó la nota en el periódico local dos días después. No sintió satisfacción, solo una confirmación más en su lista mental.
    • El sicario número 14 fue el que había quedado en coma tras el accidente provocado semanas atrás. Roberto supo por conversaciones que escuchó en una lonchera que el hombre había fallecido en el hospital sin recuperar la conciencia. Eso dejaba 13 sicarios muertos y uno más por localizar antes de llegar a el ruso. Pero Roberto sabía que el ruso ya no sería accesible por métodos convencionales.
    • El hombre estaría escondido, protegido, rodeado de seguridad reforzada. Roberto necesitaba un plan diferente y entonces recordó algo que el Greñas había mencionado durante su interrogatorio. El ruso tiene reunión cada mes con el contador en los arcos, el restaurante de mariscos del centro. Roberto investigó.
    • Los arcos era un establecimiento conocido ubicado en una zona comercial céntrica de Culiacán. Era un lugar público. Era un lugar público, lo cual significaba que el ruso no podría moverse ahí con todo un ejército de escoltas sin llamar demasiado la atención. Roberto pasó una semana vigilando el restaurante.
    • Identificó los patrones. Las mesas del fondo eran las más privadas. Había cámaras de seguridad en la entrada. El estacionamiento estaba a un costado, pero Roberto no planeaba atacar directamente a el ruso. Eso sería suicidio. En su lugar, diseñó algo más inteligente, orquestar una confrontación entre autoridades, rivales y el propio el ruso.
    • Obligar al sistema a hacer lo que no había hecho antes. El 20 de marzo de 2020, Roberto confirmó a través de Don Chuy que había movimiento inusual en la ciudad. Dicen que la policía estatal anda operando algo grande esta noche. Roberto supo que era el momento. Llamó a la línea anónima de la fiscalía desde un teléfono público.
    • Con voz calmada reportó reunión de Manuel Ochoa, alias el ruso, líder de célula del cártel de Sinaloa. Esta noche, 9 de la noche, restaurante Los Arcos, mesa del fondo a la izquierda. Lleva armas y efectivo. Colgó. Luego, usando otro teléfono prepagado, envió mensaje anónimo a un número que había encontrado en el celular de uno de los sicarios muertos.
    • El ruso está entregando tu plaza. Hoy 9 de la noche, los arcos. Si no actúas, pierdes todo. El mensaje iba dirigido a los mazatlecos, una célula rival. Roberto se estacionó esa noche en Sutsuru, frente a los arcos, en una posición discreta con vista al restaurante. Llevaba su celular viejo con capacidad de grabar video.
    • A las 8:55 llegó una camioneta con varios hombres. Reconoció a el ruso bajando del vehículo. Mismo sombrero Stedson. Misma complexión robusta. Entró al restaurante acompañado de dos escoltas. A las 9:02 minutos llegaron patrullas de la policía estatal. Varios agentes bajaron con chalecos tácticos. A las 9:05, dos camionetas con hombres armados.
    • Los mazatlecos llegaron desde la dirección opuesta. Roberto comenzó a grabar con el celular. Lo que siguió fue caos, gritos, disparos, cristales rompiéndose. El ruso intentó salir por la puerta trasera del restaurante, pero fue alcanzado por una bala de los rivales en la pierna. Los policías estatales respondieron al fuego.
    • Tres sicarios de los mazatlecos cayeron. El ruso fue capturado por los policías, herido vivo. Roberto guardó el video. Arrancó Latsuru y se alejó antes de que llegaran más patrullas. regresó al taller. Esa noche la noticia del operativo en Los arcos fue transmitida en todos los medios locales. Capturado líder de célula criminal tras enfrentamiento.
    • Durante el operativo, la policía ministerial encontró en la camioneta del ruso un arsenal, paquetes de droga y una lista manuscrita de pendientes que incluía varios nombres, entre ellos Roberto Mendoza, taller Guadalupe. La fiscalía conectó ese nombre con las investigaciones previas de los cuerpos con la foto del adolescente.
    • A las 6 de la mañana del 21 de marzo, agentes de la policía ministerial llegaron al taller Mendoza con orden de cateo. La policía ministerial rodeó el taller Mendoza. Al amanecer tres patrullas bloquearon la avenida Insurgentes. Los agentes vestían uniformes tácticos y portaban armas largas.
    • El comandante a cargo tocó el portón metálico con fuerza. Policía ministerial, abra la puerta. Roberto estaba despierto. Había dormido pocas horas sentado en el banco de trabajo del taller con el cuaderno negro sobre las piernas. Sabía que este momento llegaría. Se levantó despacio, guardó el cuaderno en el cajón del escritorio, se alizó la camisa y caminó hacia el portón. Abrió sin resistencia.
    • Los agentes entraron rápidamente. Dos de ellos sujetaron a Roberto de los brazos y lo esposaron. Roberto Mendoza Silva queda detenido por su probable participación en múltiples homicidios. Tiene derecho a guardar silencio. Roberto no dijo nada. Dejó que lo esposaran. Otro grupo de agentes comenzó a revisar el taller.
    • Encontraron el depósito del fondo con la puerta reforzada. Forzaron la entrada. Dentro hallaron la silla metálica, las cadenas del guincho hidráulico, manchas oscuras en el piso a pesar de la limpieza con cloro y la cámara de video. Vhs. Uno de los agentes llamó al comandante. Jefe, tiene que ver esto. El comandante entró al depósito, inspeccionó el espacio, reconoció de inmediato lo que era.
    • Un cuarto de interrogación improvisado. Revisen todo. Busquen evidencia. grabaciones, documentos. Los agentes continuaron la inspección, encontraron el cajón donde Roberto guardaba las cintas VHS. Había 12 grabaciones etiquetadas con fechas. También encontraron el cuaderno negro con las anotaciones, nombres, placas, direcciones, descripciones físicas. El comandante ojeó el cuaderno.
    • Esto es una lista de sicarios. miró a Roberto, que permanecía de pie junto a la entrada, esposado y en silencio. ¿Cuántos mataste? Roberto lo miró directo a los ojos. 14. El comandante asintió. Vamos a la fiscalía. Esto es confesión voluntaria, pero necesitamos tu declaración formal. Roberto fue subido a una patrulla.
    • Lo trasladaron a las instalaciones de la Fiscalía General del Estado en el bulevar Universitarios. Lo llevaron a una sala de interrogatorios, mesa de metal, dos sillas, grabadora de audio en la mesa, cámara de seguridad en la esquina superior. El agente del Ministerio Público que lo interrogó era el mismo que había archivado el caso de Danielito 6 meses atrás.
    • Reconoció a Roberto de inmediato. Don Roberto, no puedo creer que haya sido usted. Roberto esperó a que comenzara la grabación oficial. Cuando el agente del MP activó la grabadora y leyó los derechos, Roberto habló con voz calmada. Quiero confesar todo. Durante las siguientes 4 horas, Roberto narró cada detalle, los nombres de los 14 sicarios ejecutados, los métodos utilizados, estrangulamiento, asfixia, sabotaje mecánico, las fechas aproximadas, los lugares donde dejó los cuerpos.
    • explicó el sistema de interrogación en cadena, cómo cada sicario revelaba el nombre del siguiente. Describió la modificación del depósito del taller, mencionó las grabaciones en BHS. El agente del MP escuchaba sin interrumpir tomando notas. Al terminar preguntó por qué lo hizo. Roberto sacó de su bolsillo la foto de Danielito que siempre llevaba. la colocó sobre la mesa.
    • Mi nieto, Danielito Mendoza, murió el 12 de septiembre de 2019 en una balacera. Ustedes archivaron el caso en 45 días. Expediente FG Cool 0929. El agente del MP miró la foto, luego revisó sus archivos en la computadora, encontró el expediente, lo abrió, leyó en silencio, su expresión cambió. Don Roberto, entiendo su dolor, pero usted no puede hacer justicia por su propia mano. Eso es venganza, no justicia.
    • Roberto lo interrumpió. Hice lo que ustedes no pudieron. Danielito ya puede descansar. El agente del MP cerró la carpeta. Voy a ser honesto con usted. Legalmente esto es muy grave. 14 homicidios calificados, privación ilegal de la libertad, ocultamiento de cadáveres. Enfrentará proceso penal. La sentencia será larga. Roberto asintió. Lo sé.
    • El agente continuó. Pero extraoficialmente, don Roberto, usted desmanteló una célula completa. Los 14 sicarios que eliminó estaban fichados. Teníamos expedientes de varios de ellos por homicidios, extorsiones, secuestros. El ruso está detenido y va a ser procesado. Su operación funcionó mejor que muchas de nuestras investigaciones oficiales.
    • Roberto no respondió. No buscaba reconocimiento, solo había buscado cerrar un ciclo. La confesión completa de Roberto fue transcrita en 120 páginas. Firmó cada una. Fue trasladado al Centro de Internamiento Preventivo mientras se integraba la carpeta de investigación. Los medios de comunicación de Sinaloa cubrieron la noticia con titulares sensacionalistas.
    • Abuelo justiciero ejecutó a 14 sicarios por venganza. mecánico convirtió su taller en prisión clandestina. Las reacciones en redes sociales fueron polarizadas. Algunos lo llamaban héroe, otros lo llamaban asesino. Familiares de víctimas del narco en Culiacán enviaron cartas de apoyo a Roberto, expresando que entendían su dolor y su decisión.
    • Durante las semanas siguientes, la fiscalía corroboró cada elemento de la confesión de Roberto. Los cuerpos que faltaban por localizar fueron encontrados gracias a las indicaciones precisas que él dio sobre los lugares donde los había dejado. Las grabaciones en VHS fueron revisadas, mostraban los interrogatorios completos, las ejecuciones, material perturbador, pero también evidencia contundente.
    • La policía ministerial utilizó la información del cuaderno negro de Roberto para localizar la casa de seguridad de la colonia Ejidal y el rancho de la carretera Anabolato. Ambos lugares fueron cateados. Encontraron armas, droga, vehículos robados. Varios sicarios más fueron detenidos.
    • Manuel Ochoa, alias el ruso, fue procesado formalmente. Enfrentó cargos por delincuencia organizada, homicidio calificado, narcotráfico, portación ilegal de armas. Durante su proceso se descubrió que la célula que operaba bajo su mando había sido responsable de más de 30 homicidios en los últimos 2 años, incluyendo el de Danielito Mendoza.
    • El ruso fue sentenciado a 40 años de prisión. Ocho de sus sicarios sobrevivientes también fueron sentenciados. Seis más habían muerto en operativos posteriores o enfrentamientos con células rivales. La estructura criminal que Roberto había combatido solo quedó desmantelada por completo. Roberto Mendoza permaneció recluido en el centro de internamiento durante el proceso judicial.
    • No solicitó abogado privado. Aceptó al defensor de oficio que le asignaron. Durante las audiencias, Roberto se mantuvo sereno. Respondió todas las preguntas con honestidad. No intentó justificar sus actos como legítima defensa ni alegar trastorno mental. Simplemente explicó su motivación. El sistema falló.
    • Mi nieto merecía justicia. Yo se la di a mi manera. El juez escuchó los alegatos de ambas partes. La defensa argumentó circunstancias atenuantes, el dolor de la pérdida, la negligencia institucional, la ausencia de antecedentes penales. La fiscalía argumentó la gravedad de los delitos y la imposibilidad de permitir que los ciudadanos tomen la justicia en sus manos.
    • El 23 de julio de 2020, Roberto Mendoza Silva fue sentenciado a 210 años de prisión, 15 años por cada uno de los 14 homicidios calificados. La sentencia también incluía penas concurrentes por privación ilegal de la libertad y ocultamiento de cadáveres. Roberto escuchó el veredicto sin expresión. Cuando el juez preguntó si deseaba decir algo antes de concluir, Roberto se puso de pie.
    • Solo quiero decir que no me arrepiento. Danielito era inocente. Los hombres que maté no lo eran. Acepto las consecuencias. Fue trasladado al cerezo Aguaruna, la prisión estatal de máxima seguridad en Culiacán, donde comenzaría a cumplir su condena. El cerezo Aguaruna es una instalación penitenciaria de máxima seguridad ubicada en las afueras de Culiacán.
    • alberga arreos de alta peligrosidad, líderes de células criminales, sicarios, secuestradores. Cuando Roberto Mendoza ingresó en julio de 2020, tenía 68 años. Era considerablemente mayor que la mayoría de los internos. Durante el proceso de ingreso fue clasificado como reo de alto perfil por la naturaleza de sus delitos.
    • Le asignaron una celda individual en el módulo de protección especial separado de la población general. La razón era doble, protegerlo de posibles represalias de sicarios afiliados al cártel de Sinaloa y evitar que su presencia generara conflictos internos. Roberto se adaptó al régimen carcelario con la misma disciplina metódica que había aplicado en su taller.
    • Despertaba temprano, cumplía con las actividades obligatorias. Evitaba problemas, no buscaba amistades ni conversaciones innecesarias, pasaba las horas leyendo libros de la biblioteca del penal o simplemente sentado en el patio observando. Su salud comenzó a deteriorarse lentamente. Los años de trabajo físico intenso habían cobrado factura en sus articulaciones.
    • Desarrolló artritis en las manos. Necesitaba medicamento para la presión arterial, pero no se quejaba. Los primeros meses fueron los más difíciles emocionalmente. Roberto recibió dos cartas de sus hijos desde Tijuana y Hermosillo. Ambas decían esencialmente lo mismo. Estaban avergonzados. No entendían cómo había podido convertirse en asesino.
    • No planeaban visitarlo. Roberto leyó las cartas en silencio, las dobló y las guardó en el cajón de su celda. No respondió. Sabía que había perdido a su familia al tomar las decisiones que tomó. Esa era parte del precio. La única visita que recibió en el primer año fue de Don Chuy, el taxista. El hombre llegó un domingo por la tarde.
    • Se sentó frente a Roberto en la sala de visitas, separados por un vidrio y comunicándose por teléfonos internos. Don Roberto, vine a decirle que mucha gente en la colonia lo respeta. Sé que lo que hizo estuvo mal según la ley, pero también sé por qué lo hizo. Roberto agradeció con un movimiento de cabeza. ¿Cómo está el taller? Don Chui bajó la mirada.
    • Lo demolieron hace dos meses. Ahora es un estacionamiento público. Roberto absorbió la información sin reaccionar visiblemente. El taller donde había trabajado 35 años, donde había enseñado a Danielito, donde había planeado y ejecutado su campaña de justicia. personal ya no existía. Era otro capítulo cerrado.
    • Don Chuy agregó, “Cada jueves llevo flores al cementerio Jardines de Lumaya, al panteón de Danielito, para que sepa que no está olvidado.” Roberto sintió algo quebrarse en su interior, pero no lloró. “Gracias, don Chuy. Es todo lo que puedo pedir. La visita duró 30 minutos. Don Chui se despidió. prometiendo regresar.
    • Aunque ambos sabían que las visitas se volverían menos frecuentes con el tiempo, Roberto volvió a su celda. Esa noche, acostado en el camarote de concreto, pensó en Danielito. Pensó en las tardes en el taller, en los tacos de carne asada, en los planes de universidad que nunca se cumplirían. Se preguntó si Danielito estaría orgulloso o decepcionado de lo que su abuelo había hecho.
    • No tenía respuesta. Fuera del cerezo, la historia de Roberto Mendoza generó un movimiento inesperado. Familiares de víctimas del narcotráfico en Sinaloa y otros estados comenzaron a organizarse bajo el hashtag Justicia para Roberto en redes sociales. No defendían la violencia, pero sí señalaban la falla sistémica que había llevado a un hombre de 68 años a tomar medidas extremas.
    • recopilaron 45,000 firmas en una petición dirigida a la fiscalía y al poder judicial, solicitando reducción de sentencia por circunstancias atenuantes. La petición argumentaba que Roberto había actuado en un contexto de impunidad generalizada y que su caso evidenciaba la urgencia de reformar el sistema de justicia.
    • La Fiscalía General del Estado emitió un comunicado oficial rechazando la petición. Si bien entendemos el dolor de las familias afectadas por la violencia, no podemos permitir que la justicia sea administrada por mano propia. Roberto Mendoza Silva cometió 14 homicidios calificados. La sentencia es proporcional a la gravedad de los delitos.
    • Reducirla sería sentar un precedente peligroso. El comunicado también destacaba que gracias a la información proporcionada por Roberto durante su confesión, la fiscalía había logrado desmantelar una célula criminal completa y procesar a Manuel Ochoa, alias el ruso, quien enfrentaba 40 años de prisión. El caso también generó debate académico.
    • Criminólogos, sociólogos y expertos en seguridad pública analizaron el fenómeno del justiciero de Culiacán en foros y publicaciones especializadas. Algunos argumentaban que Roberto representaba el fracaso del Estado en garantizar seguridad y justicia. Otros advertían sobre el peligro de romantizar la violencia extralegal.
    • Todos coincidían en un punto. El caso de Roberto Mendoza Silva era síntoma de un problema estructural más profundo en México, donde miles de casos de homicidio permanecían impunes y las víctimas no encontraban respuesta institucional. Dentro del cerezo, Roberto comenzó a recibir cartas de desconocidos. Algunas eran de apoyo.
    • Usted hizo lo que muchos quisiéramos tener el valor de hacer. Otras eran de condena. Usted es un asesino y merece pudrirse en la cárcel. Roberto leía todas las cartas con la misma expresión neutral, no respondía ninguna. Para él, todo lo que tenía que decir ya lo había dicho durante su confesión y su declaración en el juicio.
    • No buscaba validación ni perdón de extraños. solo buscaba cumplir su condena en paz y en algún nivel profundo que no lograba articular, mantener viva la memoria de Danielito. En noviembre de 2020, un periodista de investigación local solicitó entrevista con Roberto. El director del cerezo autorizó la visita. El periodista, un hombre de unos 40 años llamado Javier Solís, llegó con grabadora y cuaderno.
    • Don Roberto, muchas personas quieren saber. ¿Se arrepiente de lo que hizo? Roberto reflexionó antes de responder. Arrepentirse implicaría que haría algo diferente si pudiera regresar el tiempo. Y no es así. Si tuviera que elegir de nuevo entre quedarme de brazos cruzados o actuar, actuaría. Pero entiendo que lo que hice tiene consecuencias. Estoy pagándolas.
    • El periodista continuó. ¿Cree que logró justicia? Roberto miró hacia la ventana de la sala de visitas. Afuera se veía el patio del penal cercado con alambre de púas. Justicia no es la palabra correcta. Logré cerrar un ciclo. Los hombres que mataron a Danielito ya no existen. El ruso está en prisión. La célula fue desmantelada.
    • Eso es todo lo que podía hacer. La entrevista duró una hora. Fue publicada en un periódico local y reproducida en varios medios nacionales. Generó más debate público, pero Roberto no vio la repercusión. Dentro del cerezo. El acceso a internet y medios era limitado y aunque hubiera podido verlo, probablemente no le habría importado.
    • Los meses pasaron. Roberto cumplió 69 años dentro del penal. No hubo celebración. Don Chuy envió un pastel pequeño a través del sistema de visitas autorizado, pero Roberto lo compartió con otros internos del módulo. No comió ni un pedazo. Ese día pensó en el último cumpleaños que había pasado con Danielito meses antes de la muerte del muchacho.
    • Habían comido pastel de chocolate en el taller. Danielito había apagado las velas y pedido un deseo en secreto. Roberto nunca supo cuál fue ese deseo. Ahora nunca lo sabría. A finales de 2020, Manuel Ochoa, alias el ruso, fue sentenciado formalmente en un juicio separado. La fiscalía presentó evidencia contundente: testimonios de sicarios detenidos, documentos incautados, grabaciones de la reunión en los arcos.
    • El ruso fue declarado culpable de delincuencia organizada, múltiples homicidios, narcotráfico y portación ilegal de armas de fuego de uso exclusivo del ejército. Sentencia. 40 años de prisión sin posibilidad de reducción de pena. Curiosamente, el ruso fue recluido en el mismo cerezo aguaruna, aunque en un módulo diferente al de Roberto.
    • Nunca se cruzaron directamente, pero ambos sabían de la presencia del otro en el penal. Para inicios de 2021, la vida de Roberto en el cerezo Aguaruna había encontrado una rutina estable. Se levantaba a las 6 de la mañana cuando sonaba la campana del penal. Desayunaba en la celda, café aguado y pan que recibía de la cocina comunal.
    • Participaba en el taller de carpintería del penal, uno de los pocos programas de reinserción disponibles. Ahí Roberto aplicaba sus conocimientos mecánicos y de trabajo manual para fabricar muebles sencillos que luego eran vendidos en ferias penitenciarias. Era un trabajo monótono, pero lo mantenía ocupado. Las tardes las pasaba en el patio o en la biblioteca.
    • Las noches en su celda, acostado mirando el techo de concreto agrietado, su salud continuaba deteriorándose lentamente. A los 69 años, Roberto comenzó a experimentar problemas respiratorios. Los médicos del penal diagnosticaron enfermedad pulmonar obstructiva crónica, probablemente resultado de décadas de exposición a humos de soldadura y gases de combustión.
    • En el taller le recetaron inhaladores y tratamiento básico, pero las condiciones médicas dentro del penal eran limitadas. Roberto aceptó su situación sin quejarse. Sabía que no saldría vivo del cerezo. La sentencia de 210 años era simbólica, significaba cadena perpetua de facto. Y a su edad, con su salud, probablemente no viviría más de cco o 10 años dentro.
    • En marzo de 2021, Roberto recibió una carta inesperada. Era de Marta, la dueña de la lonchera, donde él y Danielito solían comprar tacos. La carta era breve y escrita a mano con letra insegura. Don Roberto, no sé si recuerde mi lonchera en la esquina de su taller. Solo quería decirle que entiendo por qué hizo lo que hizo. Mi hijo también fue asesinado por el narco hace 3 años. El caso también fue archivado.
    • Nunca tuve el valor de hacer lo que usted hizo, pero lo respeto. Que Dios lo bendiga. Roberto leyó la carta tres veces. La guardó en el mismo cajón donde tenía las cartas de sus hijos. Era la primera vez en meses que alguien le expresaba comprensión genuina sin juzgarlo. Durante ese año, el movimiento Nova, Justicia para Roberto, perdió fuerza gradualmente.
    • Las noticias se enfocaron en otros temas. La pandemia de COVID-19 que afectaba gravemente a México, crisis económicas, nuevos casos de violencia. La historia del abuelo justiciero de Culiacán se fue diluyendo en la memoria colectiva. Roberto lo supo cuando don Chui dejó de visitarlo. No fue una decisión consciente del taxista, simplemente la vida continuó, las obligaciones aumentaron y las visitas al penal eran complicadas y consumían tiempo. Roberto no lo culpó.
    • Entendía cómo funcionaba el olvido, pero algo permanecía. Cada jueves sin falta aparecían flores frescas en la tumba de Danielito Mendoza en el cementerio Jardines de Lumaya. Don Chuy había cumplido su promesa durante el primer año. Después, cuando dejó de visitarlas personalmente, contrató a un florista local para que llevara las flores cada semana.
    • El arreglo se mantuvo, rosas blancas, claveles rojos, a veces girasoles. El panteón de Danielito nunca estuvo descuidado y en ocasiones especiales, el cumpleaños del muchacho, el aniversario de su muerte, aparecían objetos adicionales, veladoras encendidas, fotografías, una playera del Cruz Azul que Danielito había usado. Nadie sabía quién los dejaba.
    • Algunos vecinos de la colonia mantenían viva la memoria del joven asesinado y de su abuelo. Dentro del cerezo, Roberto comenzó a escribir. Consiguió un cuaderno de la tienda del penal y lápices. No escribía memorias ni justificaciones. Escribía cartas dirigidas a Danielito que nunca enviaría a ningún lado. Mi hijo, hoy cumples 18 años.
    • Deberías estar en la universidad. Deberías estar estudiando, saliendo con amigos, enamorándote. En lugar de eso, estás bajo tierra y yo estoy aquí encerrado. No sé si hice lo correcto. Solo sé que no podía quedarme sin hacer nada. Escribía estas cartas cada semana. Las guardaba en el cajón junto a las otras cartas. Nadie más las leería jamás.
    • En 2022, Roberto sufrió un episodio de neumonía que lo llevó a la enfermería del penal durante dos semanas. Los médicos consideraron que su pronóstico era reservado dada su edad y condición pulmonar previa. Roberto sobrevivió, pero salió más débil. comenzó a usar bastón para caminar por el patio. Su participación en el taller de carpintería se redujo.
    • Pasaba más tiempo en la celda, sentado en el camarote, con el cuaderno de cartas a Danielito sobre las piernas. Los custodios del penal, que al principio lo habían visto con desconfianza, ahora lo trataban con una mezcla de respeto y lástima. era el viejo que había matado a 14 sicarios por amor a su nieto.
    • Una historia que se contaba en los pasillos del cerezo entre guardias y reos. Manuel Ochoa, el ruso, continuaba recluido en otro módulo del mismo penal. A través de la red de comunicación informal que existe en todas las cárceles, Roberto supo que el ruso había intentado organizar un ataque contra él usando reos afiliados al cártel.
    • Pero los custodios descubrieron el plan y trasladaron a los involucrados a otros penales. El director del cerezo reforzó las medidas de protección para Roberto, no porque simpatizara con él, sino porque un homicidio dentro del penal generaría problemas administrativos. Roberto agradeció la protección con indiferencia. Si moría en prisión o fuera, asesinado o por causas naturales, ya no le importaba mucho. Había cumplido su misión.
    • El resto era solo tiempo. En 2023, cuando Roberto tenía 71 años, recibió una visita sorpresiva. Era uno de sus hijos, el que vivía en Hermosillo. El hombre de unos 45 años llegó a la sala de visitas con expresión incómoda. Se sentó frente a Roberto. Hubo un silencio largo. Finalmente el hijo habló.
    • Vine porque mi hija, tu nieta, me preguntó por ti. Le conté la verdad. Ella dijo que quería conocerte. Roberto sintió algo moverse en su pecho. No sabía que tenía nieta. ¿Cómo se llama? El hijo respondió, “Sofía, tiene 12 años.” Roberto asintió. “¿Vendrá a visitarme?” El hijo dudó. No sé. Todavía no he decidido si es buena idea que conozca a su abuelo en prisión.
    • Roberto entendió. No tienes que traerla, solo quería saber que existe. El hijo miró hacia la mesa que lo separaba. Papá, no justifico lo que hiciste, pero he pensado mucho en estos años. Si a Sofía le pasara algo y el sistema no hiciera nada, no sé qué haría. No sé si sería mejor que tú. Roberto no respondió. No necesitaba respuesta.
    • La visita duró 15 minutos. El hijo se despidió sin prometer regresar. Roberto volvió a su celda. Esa noche escribió otra carta a Danielito. Mi hijo, hoy supe que tienes una prima, se llama Sofía. Ojalá ella viva en un México donde no tenga que morir en una balacera y su abuelo no tenga que convertirse en lo que yo me convertí.
    • Roberto Mendoza Silva cumplió 72 años en abril de 2024 dentro del cerezo a Guaruna. Su salud estaba seriamente deteriorada. La enfermedad pulmonar obstructiva crónica había progresado. Ahora necesitaba oxígeno suplementario varias horas al día. Su movilidad era limitada. Pasaba la mayor parte del tiempo en su celda, sentado en el camarote, respirando con dificultad.
    • Los médicos del penal le habían informado que su esperanza de vida era reducida. Quizá dos o tres años más con suerte. Roberto recibió la noticia sin emoción aparente. Solo preguntó si el dolor sería manejable. Le dijeron que sí, que le darían analgésicos cuando fuera necesario. La rutina de Roberto se había reducido a lo esencial.
    • Ya no participaba en el taller de carpintería. Ya no salía al patio. Recibía las comidas en su celda, leía ocasionalmente, pero su vista también se había deteriorado. Pasaba largas horas simplemente sentado recordando. Pensaba en Danielito, pensaba en el taller, pensaba en las tardes de jueves comiendo tacos, pensaba en los 14 hombres que había matado.
    • A veces se preguntaba si ellos también habían tenido familias, si alguien los extrañaba. Luego recordaba que habían elegido ese camino, que habían matado sin remordimiento y dejaba de pensar en ellos. En junio de 2024, Roberto recibió la última visita de Don Chui. El taxista había envejecido notablemente. Caminaba con continuar 0942 bastón y tenía el cabello completamente blanco.
    • Se sentó frente a Roberto en la sala de visitas. Ambos se miraron a través del vidrio. Don Chuy levantó el teléfono. Don Roberto, vengo a despedirme. Me diagnosticaron cáncer. Ya no podré venir más. Roberto levantó su propio teléfono. Gracias por todo, don Chui. Por las flores, por las visitas, por no olvidar.
    • Don Chui asintió con los ojos húmedos. Danielito era buen muchacho. No merecía lo que le pasó. Usted hizo lo que pudo. Ambos hombres se quedaron en silencio, conectados solo por la línea telefónica y el vidrio que lo separaba. Después de 5 minutos, don Chuy colgó el teléfono, se levantó y se fue.
    • Roberto lo vio alejarse por el pasillo. Sabía que no lo volvería a ver. Las flores en la tumba de Danielito continuaron apareciendo cada jueves, incluso después de que Don Chuy dejara de encargarse personalmente. El florista que el taxista había contratado mantuvo el servicio. Pero eventualmente cuando el pago se atrasó por la enfermedad de Don Chui, las flores dejaron de llegar con regularidad.
    • Algunas semanas aparecían, otras no. El panteón de Danielito comenzó a verse descuidado. La fotografía enmarcada que estaba sobre la lápida se decoloró por el sol. La hierba alrededor creció sin control. Era el ciclo natural de las cosas. Los muertos son recordados intensamente al principio, luego periódicamente, luego ocasionalmente, hasta que el olvido llega.
    • Roberto supo por una carta de su hijo que Don Chui había fallecido en agosto de 2024. El taxista murió en su casa de Culiacán, rodeado de su familia. Roberto pidió al capellán del penal que rezara una oración por él. Era lo único que podía hacer desde la prisión. Esa noche, Roberto escribió la última carta a Danielito en su cuaderno.
    • Mi hijo, ya quedan pocas personas que nos recuerden. Don Chui murió. Yo también moriré pronto, pero quiero que sepas que hasta mi último aliento pensaré en ti, en tu risa, en tus planes, en la vida que te quitaron. Te amo, Danielito. Tu abuelo cerró el cuaderno, lo guardó en el cajón junto a todas las cartas anteriores.
    • El sistema judicial de Sinaloa cerró oficialmente el caso de Roberto Mendoza Silva. Los 14 homicidios estaban resueltos, los cuerpos identificados, los responsables procesados o muertos. Manuel Ochoa, el ruso, continuaba cumpliendo su sentencia de 40 años en el mismo cerezo. La célula criminal que operaba bajo su mando había sido completamente desmantelada.
    • Algunos sicarios habían sido detenidos, otros habían muerto en operativos posteriores o enfrentamientos con células rivales. La plaza que controlaban ahora estaba bajo el dominio de otro grupo. El ciclo de violencia continuaba solo con actores diferentes. La Fiscalía General del Estado emitió un informe final sobre el caso.
    • destacaba que la información proporcionada por Roberto durante su confesión había sido crucial para desarticular una red criminal completa. Sin embargo, el informe también subrayaba que la justicia por mano propia no podía ser tolerada bajo ninguna circunstancia sin importar las fallas del sistema. El documento concluía. El caso de Roberto Mendoza Silva evidencia la necesidad urgente de fortalecer las instituciones de justicia.
    • en México para que los ciudadanos no sientan que deben tomar medidas extremas, pero también refuerza el principio de que el Estado es el único facultado para administrar justicia. En noviembre de 2024, el taller Mendoza, que había sido demolido años atrás para convertirse en estacionamiento público, fue olvidado por completo.
    • La nueva generación de vecinos de la colonia Guadalupe no recordaba que ahí había funcionado un taller mecánico. No sabían que en ese lugar un hombre había interrogado y ejecutado a sicarios. La memoria colectiva es frágil. Los edificios se borran, las historias se diluyen. Solo quedan registros oficiales, expedientes judiciales, notas periodísticas archivadas, fotografías en bases de datos policiales.
    • Roberto Mendoza comenzó a prepararse para la muerte. Organizó sus pocas pertenencias dentro de la celda. Escribió testamento simple indicando que el cuaderno con las cartas a Danielito debía ser enterrado con él. No tenía dinero ni propiedades que heredar. El taller había sido embargado y rematado para cubrir costas procesales.
    • Sus hijos no querían nada de él. Roberto pidió al capellán del penal que cuando muriera lo enterraran en el mismo cementerio donde estaba Danielito. No sabía si eso sería posible, pero lo solicitó formalmente. El capellán prometió intentarlo. En diciembre de 2024, Roberto pasó su último cumpleaños en prisión. Cumplía 73 años.
    • No hubo celebración, no hubo visitas, no hubo pastel. Solo otro día más en la celda. Respirando con dificultad, esperando, pensó en todos los cumpleaños que había celebrado con Danielito. Recordó especialmente el último. Danielito había cumplido 17 en junio de 2019, 3 meses antes de morir. Habían comido tacos de carne asada y pastel de chocolate.
    • Danielito había soplado las velas y pedido un deseo. Roberto le había preguntado qué había pedido. Danielito respondió con sonrisa traviesa. No se puede decir, abuelo. Si lo digo, no se cumple. Ahora Roberto sabía que ese deseo, fuera cual fuera, nunca se cumplió y nunca se cumpliría. La historia de Roberto Mendoza Silva quedó registrada en los anales criminales de Sinaloa como uno de los casos más inusuales de justicia por mano propia en la historia reciente de México.
    • Criminólogos, periodistas y académicos. ocasionalmente revisaban el caso en estudios sobre impunidad y violencia, pero para la mayoría de las personas, Roberto era solo un nombre en una noticia vieja. Un abuelo que mató a 14 sicarios, un mecánico que se convirtió en justiciero, una historia perturbadora que hacía reflexionar sobre los límites de la justicia y la venganza.
    • Roberto Mendoza Silva murió el 3 de enero de 2025 en la enfermería del cerezo Aguaruna. Insuficiencia respiratoria aguda. Tenía 73 años. Había cumplido 4 años y medio de su sentencia de 210 años. Murió solo, sin familia presente. El capellán del penal estuvo con él en los últimos momentos. Le preguntó si quería confesarse.
    • Roberto negó con la cabeza. Ya lo confesé todo hace años. El capellán preguntó si tenía algún mensaje final. Roberto susurró con esfuerzo. Díganle a Danielito que ya voy. Cerró los ojos, dejó de respirar. El monitor cardíaco emitió el sonido continuo que indica muerte clínica. El cuerpo de Roberto fue procesado por el sistema forense del penal.
    • Sus hijos fueron notificados. Ninguno reclamó el cuerpo. Después de dos semanas, el estado se hizo cargo del sepelio. Roberto fue enterrado en una fosa común del cementerio municipal de Culiacán, no en el Jardines de Lumaya, donde estaba Danielito. La solicitud que había hecho al capellán no fue cumplida por falta de recursos y trámites legales complicados.
    • El cuaderno con las cartas a Danielito fue incinerado junto con otras pertenencias personales, siguiendo el protocolo estándar del penal. Nadie las leyó. Hoy en 2024, el nombre de Roberto Mendoza Silva es recordado ocasionalmente en conversaciones sobre justicia fallida en México. Su caso aparece en documentales sobre crimen organizado, en artículos periodísticos de aniversario, en debates académicos sobre vigilantismo.
    • Pero para la mayoría de los ciudadanos de Culiacán, Roberto es solo un recuerdo difuso. el abuelo que hizo algo terrible por razones comprensibles. La tumba de Danielito en el cementerio Jardines de Lumaya sigue ahí, aunque ya nadie lleva flores regularmente. La lápida está desgastada. La fotografía del muchacho se desvaneció por completo bajo el sol de Sinaloa.
    • La vida continúa en Culiacán. Nuevas balaceras, nuevas víctimas, nuevos casos archivados. El ciclo no se detiene. Si esta historia te dejó pensando, suscríbete y activa las notificaciones para no perder el siguiente capítulo. Antes de irte, deja en los comentarios desde qué ciudad o estado nos ves. Me encantará saber.