El Enigma de la Sierra: Un ‘Sepulcro de Caoba’ en el Corazón de Oaxaca Desvela el Doble Homicidio con Sello Ritual que Conmocionó a Todo México

El 12 de septiembre de 2015, en el vibrante corazón de Oaxaca, la vida de Alejandro Herrera, un joven ingeniero forestal de 31 años, y su prometida, Sofía Vidal, una dedicada trabajadora social de 29, se detuvo abruptamente. Habían emprendido una caminata de tres días en los senderos escarpados y densos de la Sierra Norte, una “última aventura” antes de su matrimonio previsto para el 25 de octubre. Lo que debía ser un respiro romántico en la naturaleza se transformó en uno de los misterios criminales más complejos y escalofriantes de la década en México.
La pareja desapareció sin dejar un solo indicio de su destino. Su vehículo, una camioneta SUV, fue encontrada una semana después cerca de la entrada del Sendero de la Luna (un nombre ficticio para la ruta). El coche estaba cerrado, con sus mochilas dentro, el tanque lleno, sin señales de lucha ni forcejeo. Un detalle técnico inquietante: su baliza satelital de emergencia, vital para las comunicaciones en zonas remotas, se encontró en la guantera, pero había sido desactivada manualmente. Las llamadas de auxilio de sus padres y hermanos quedaron sin respuesta en el vasto silencio de la montaña. La búsqueda inicial, coordinada por la Policía Estatal y voluntarios locales, fue intensa, cubriendo kilómetros cuadrados de selva y cañadas. A pesar de los esfuerzos, no se encontró ni rastro de campamento, ni pertenencias, ni siquiera un indicio de que hubieran abandonado la ruta. El rastro de Alejandro y Sofía se esfumó en un punto ciego cerca del Río Blanco, donde los perros perdieron el aroma. La única pista anómala era un pequeño trozo de lona industrial, material de uso militar o de carga pesada, enganchado en las raíces de un arbusto, totalmente ajeno a su equipo. Tras semanas sin resultados, la Operación de Búsqueda se suspendió a finales de noviembre, y el caso fue catalogado provisionalmente como una “desaparición trágica”, uno de los tantos misterios que engullen las montañas mexicanas.
El tiempo avanzó, implacable, hasta el 8 de mayo de 2016. Ocho meses después de la desaparición, la naturaleza intervino. Un equipo de trabajadores de una compañía maderera, limpiando la devastación dejada por un deslave de tierra masivo provocado por el cambio climático en las faldas de la Sierra, descubrió una forma que no encajaba con el entorno. Inicialmente, creyeron que era un tronco caído cubierto de lodo, pero al acercarse, distinguieron una estructura tallada. Era un ataúd. Una caja de madera de más de dos metros de largo y un metro de ancho, elaborada con maestría a partir de un tronco macizo de caoba, una madera fina y muy apreciada. La tapa estaba ajustada con una precisión asombrosa y asegurada con rocas pesadas. El hallazgo era tan inusual que el capataz, sin dudarlo, alertó de inmediato a las autoridades federales y locales.
Cuando los peritos de la Fiscalía General de la República (FGR) retiraron la tapa, la escena interna superó cualquier expectativa forense. Allí yacían los cuerpos de Alejandro Herrera y Sofía Vidal, colocados en un descanso final, uno al lado del otro. Sus ropas estaban impecables, sin desgarros. Sus brazos estaban cruzados sobre el pecho y sus dedos entrelazados, en una pose de paz forzada. Lo más desconcertante era el estado de los cuerpos. Pese a los meses transcurridos, no mostraban el deterioro típico de la descomposición. Su piel presentaba un aspecto ceroso, casi de cera, con un ligero aroma a resina de pino y cera de abejas. Al examinar las paredes interiores del nicho, los peritos encontraron una inscripción grabada con un objeto caliente, con letras uniformes y centradas, un mensaje que parecía una firma o una justificación: “Ellos permanecieron juntos”.
La autopsia, realizada en la capital del estado, desestimó rápidamente la idea de un crimen pasional o un ataque predatorio. No había signos de violencia, lesiones traumáticas, ni fracturas. La conservación de los tejidos era producto de un recubrimiento post-mortem aplicado con cera de abejas y resina. La clave definitiva llegó con el informe toxicológico: los cuerpos contenían una concentración masiva de pentobarbital, un potente barbitúrico de uso veterinario, administrado por vía oral. Era una dosis tres veces superior a la letal. La Dra. Elia Chávez, perito forense, determinó que la pareja había fallecido por paro respiratorio provocado por la droga, un proceso indoloro que les permitió “dormirse sin miedo”. Ambos murieron a las pocas horas de su desaparición. El caso se transformó de una desaparición a un doble homicidio metódico, ejecutado por alguien con conocimientos médicos, acceso a fármacos controlados y una habilidad notable en carpintería.
La FGR, liderada por el experimentado Comandante Raúl Olvera, conectó rápidamente los puntos sueltos. El trozo de lona industrial fue rastreado hasta una empresa fachada llamada “Logística del Sur” que compartía almacén con “Seguridad Integral de Oaxaca”, propiedad de un exmilitar llamado Miguel Solís, de 46 años. Solís, con un pasado complejo en las fuerzas armadas, tenía una baja deshonrosa por abuso de autoridad y una afición documentada por el trabajo en madera fina. La “Seguridad Integral” era una tapadera para una red de tráfico de mercancías ilegales que usaba los campamentos abandonados de la Sierra como puntos de transbordo. Solís había estado comprando grandes cantidades de pentobarbital a una veterinaria local, justificando su uso para “sedar ganado mayor”.
El deslizamiento de tierra, al exponer el ataúd, expuso la verdad. Las coordenadas encontradas en la camioneta de Alejandro apuntaban a un campamento abandonado, punto exacto de la operación de Solís. Los peritos descubrieron en el fondo del ataúd un pequeño fragmento del chip del rastreador satelital de Alejandro, un indicio que el asesino dejó, quizás, para que fuesen encontrados. El 21 de mayo de 2016, Miguel Solís fue detenido. Su camioneta, captada por la cámara de una tienda rural el día de la desaparición, confirmaba su presencia. En su casa, se encontraron herramientas de ebanista, bidones de cera, y ampollas del mismo pentobarbital letal. Su diario personal contenía la justificación del crimen: Había visto a la pareja cerca de su punto de entrega, y Sofía había tomado una foto de su camioneta, lo que él interpretó como una amenaza directa a su negocio millonario. Los “tomó”, les ofreció agua con la droga y, tras su muerte, construyó el ataúd. “Hice lo que tenía que hacer. Ellos merecían descansar juntos”, escribió.
El juicio fue breve y mediático. Solís, impasible, insistió en que no fue un acto de maldad, sino de “cautela pragmática” para proteger su operación. El fiscal desestimó la coacción. Alejandro y Sofía eran senderistas inocentes, víctimas de la paranoia de un criminal. El 13 de septiembre, el juez dictó cadena perpetua sin posibilidad de indulto. Antes de ser trasladado, Solís se dirigió a las familias: “Les di dignidad”. La frase resonó como un eco frío de su mente retorcida.
El caso de Alejandro Herrera y Sofía Vidal está cerrado. La Sierra Norte de Oaxaca se ha quedado con su silencio, pero ya no es un silencio vacío. Es una pregunta moral: ¿Qué es más aterrador, la brutalidad despiadada o la “compasión” perversa de un hombre que asesina y lo justifica como un acto de respeto?