“ABUELA JUSTICIERA” DE ECATEPEC: GUADALUPE TORRES ENV3N3NÓ A MÁS DE 13 SICARIOS DEL CJNG QUE SECUESTR4R0N Y ASESIN4R0N A SU NIETA DE 14 AÑOS

  • Una abuela de 64 años, un puesto de tamales y café en el mercado más peligroso de Ecatepec. 13 sicarios del CJNG cayeron muertos en 9 meses, todos con el mismo síntoma, paro cardíaco fulminante. Las autoridades buscaban un patrón. Las familias lloraban a sus muertos. El cártel prometía venganza, pero nadie sospechaba que la respuesta estaba en una taza de café de olla con canela, servida por manos arrugadas que alguna vez solo cocinaron con amor.
  • Guadalupe Torres no era una asesina, era una abuela destrozada que perdió lo único que le importaba. Y cuando el sistema falló, ella tomó la justicia con sus propias manos. El 15 de noviembre de 2024, en una calle del barrio de nuevo paseo de San Agustín, en Ecatepec, Estado de México, Guadalupe Torres Ramírez sostenía una placa negra frente a su pecho.
  • Sus 64 años pesaban en cada arruga de su rostro, en la firmeza de su mirada que no pedía perdón. La placa decía lo que todos ya sabían. Homicidio calificado 13 veces. Tras ella, una ambulancia de la Cruz Roja mantenía sus puertas abiertas mientras los paramédicos luchaban por salvar al último hombre que había bebido su café. Un oficial de la policía estatal del Estado de México la escoltaba con la mano en su brazo.
  • Otro caminaba a su derecha. Las esposas apretaban sus muñecas a la espalda. Los vecinos observaban desde las banquetas, algunos con lástima, otros con algo parecido al respeto. Guadalupe Torres no era el monstruo que las autoridades esperaban encontrar. No tenía tatuajes de pandillas ni historial criminal.
    • No había consumido drogas ni pertenecido a ninguna organización. Era simplemente una cocinera del mercado municipal San Agustín, conocida por 40 años de trabajo honesto. Su especialidad era el café de olla, agua hervida con canela, piloncillo y clavo. Una receta que heredó de su madre y que perfeccionó con el tiempo hasta convertirla en la favorita de taxistas, albañiles, comerciantes y policías municipales que frecuentaban su puesto número 47.
    • Guadalupe se levantaba todos los días a las 4:30 de la mañana. preparaba la masa para los tamales, ponía el café en la estufa, acomodaba las sillas de plástico. A las 6, cuando el mercado apenas despertaba, ella ya estaba lista para recibir a sus primeros clientes. Nacida en 1960 en Tulancingo, Hidalgo, Guadalupe llegó a Ecatepec en 1985 buscando mejores oportunidades.
    • Se casó, tuvo tres hijos. enviudó en 2018 cuando su esposo murió de diabetes. Dos de sus hijos migraron a Texas en 2015, huyendo de la violencia que cada año se tragaba más jóvenes en el Estado de México. El tercero, Miguel, se quedó trabajando en la construcción. Fue Miguel quien le dio cinco nietos, entre ellos Daniela Sofía, la menor, la más cercana, la que cada sábado llegaba a las 5 de la mañana para ayudar en el puesto y aprender los secretos de la cocina familiar.
    • Daniela quería estudiar gastronomía. Soñaba con abrir un restaurante donde el café de su abuela fuera la especialidad de la casa. En su cuaderno rosa con flores escribía cada receta con letra cuidadosa. La última entrada decía, el secreto del café perfecto. Añadir amor. Ese es el ingrediente que hace que todo sepa mejor.
    • Pero el conocimiento de Guadalupe iba más allá de la cocina. Su madre había sido curandera zapoteca, una mujer que conocía las plantas medicinales y sus propiedades. Cuando murió en 2005, le dejó a Guadalupe un cuaderno forrado en tela café con páginas amarillentas llenas de anotaciones escritas a mano. Recetas para aliviar el dolor, para curar el insomnio, para bajar la fiebre.
    • También estaban las otras plantas, las que su madre guardaba en una sección separada bajo el título Plantas de protección. Extrema, Adelfa, Toloache, Sicuta, Estramonio, cada una acompañada de dibujos detallados, instrucciones de preparación y advertencias en tinta roja. Guadalupe nunca usó ese conocimiento.
    • Lo guardó en un cajón con llave, como se guarda un secreto peligroso que no se debe compartir. Su madre le había dicho una vez, “La diferencia entre medicina y veneno es solo la dosis, mi hija. Respeta ese poder. Nunca sabes cuándo la vida te exigirá defenderte.” Esas palabras resonaron en la mente de Guadalupe el 6 de febrero de 2024, cuando identificó el cuerpo de su nieta en el campo valdío de Vía Morelos.
    • Daniela tenía 14 años. Había sido secuestrada, torturada y asesinada porque su familia no pudo reunir los 200,000 pesos que exigían los sicarios del cártel Jalisco Nueva Generación. Junto al cuerpo, una cartulina con un mensaje. Esto les pasa a los que no pagan. Seceta ANG controla Ecatepec. La Fiscalía General del Estado de México archivó el caso tres semanas después.
    • No hubo arrestos, no hubo justicia, solo un número más en las estadísticas de feminicidios del Estado con mayor índice de violencia del país. Guadalupe asistió al funeral el 8 de febrero. No lloró frente a los demás. guardó sus lágrimas para la noche cuando abrió el cajón con llave y sacó el cuaderno de su madre.
    • Buscó la página de la Adelfa, leyó las instrucciones y tomó una decisión que cambiaría su vida y cobraría 13 más. Antes de convertirse en la mujer de la placa negra, Guadalupe Torres era simplemente doña Lupita para todos en el mercado. La señora que siempre tenía un taco extra para el que tenía hambre, la que fiaba cuando alguien no traía cambio, la que preguntaba por los hijos de sus clientes y recordaba sus nombres.
    • 40 años de rutina habían construido esa reputación. Se levantaba a las 4:30, preparaba la comida, abría el puesto a las 6. Cerraba a las 2 de la tarde, limpiaba, regresaba a su casa a tres cuadras del mercado, cenaba sola frente al altar improvisado donde guardaba la foto de su esposo.
    • Los viernes llamaba a sus dos hijos en Texas. Los domingos iba a misa en la parroquia de San Agustín. Era una vida pequeña, predecible, construida sobre la repetición de gestos que le daban sentido a los días. Pero los sábados eran diferentes. Los sábados pertenecían a Daniela. Desde que la niña cumplió 12 años, había establecido una rutina sagrada con su abuela.
    • Llegaba a las 5 de la mañana, todavía con sueño, pero nunca faltaba. Juntas preparaban la masa para los tamales. Guadalupe le enseñaba a reconocer el punto exacto, esa textura que solo se aprende con las manos. Le mostraba cómo envolver las hojas sin que se rompieran, cómo calcular el tiempo de cocción según el tamaño. Daniela absorbía cada lección con una concentración que conmovía a su abuela.
    • La niña tenía un cuaderno rosa donde anotaba todo. No solo las recetas, también las historias que Guadalupe compartía mientras cocinaban. Anécdotas de Tulancingo, de cuando era joven, de cómo había conocido a su esposo. Daniela decía que algún día escribiría un libro de cocina con todas esas historias. Guadalupe le respondía que ese libro sería el más pendido de México.
    • El último sábado que pasaron juntas fue el 26 de enero de 2024. Ese día, mientras preparaban café, Daniela encontró en la alacena de la casa unos frascos etiquetados con la palabra peligro. escrita en rojo. Guadalupe sintió un escalofrío cuando la niña preguntó qué eran. No quería hablar de eso, pero Daniela insistió con esa curiosidad que no aceptaba evasivas.
    • Guadalupe terminó sacando el cuaderno de su madre, abrió la página de la Adelfa, le mostró el dibujo de la planta con sus flores rosadas y sus hojas verdes. Le explicó que cada parte de esa planta era mortal, que tres hojas en una infusión detenían el corazón sin dolor, sin sangre. La persona simplemente dejaba de despertar.
    • Daniela se asustó, preguntó por qué su abuela guardaba algo así. Guadalupe le respondió con las mismas palabras que su madre le había dicho décadas atrás. El conocimiento se respeta, se guarda. Mi mamá lo usaba para controlar plagas en el campo. Yo nunca lo he usado, pero nunca sabes cuándo la vida te exige defenderte.
    • Daniela guardó silencio, luego cambió de tema y volvió a sus recetas. Esa tarde, antes de irse, abrazó a su abuela más fuerte que de costumbre. le dijo, “Te amo.” Le prometió que el próximo sábado llegaría más temprano para preparar tamales de mole, los favoritos de su papá. Guadalupe la vio alejarse por la calle, una figura pequeña con su mochila rosa caminando hacia su casa a seis cuadras de distancia.
    • No sabía que esa sería la última vez que la vería con vida. No sabía que una semana después, el viernes 2 de febrero, tres hombres encapuchados bajarían de una camioneta suburban blanca y arrastrarían a Daniela en plena calle mientras gritaba pidiendo ayuda. No sabía que nadie intervendría por miedo, que los testigos bajarían la mirada, que el secuestro duraría apenas 18 segundos antes de que la camioneta se perdiera por Vía Morelos.
    • Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o estado nos estás viendo. La llamada llegó el sábado 3 de febrero a las 6:15 de la mañana. Guadalupe estaba en su cocina preparando el café esperando a Daniela. La niña ya llevaba 15 minutos de retraso, algo inusual en ella.
    • Cuando el celular sonó con un número desconocido, Guadalupe contestó pensando que sería su nieta explicando el retraso. La voz al otro lado era masculina, distorsionada, fría. “Tenemos a tu nieta. Si quieres verla viva, consigue 200,000 pesos.” Guadalupe sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
    • Preguntó dónde estaba Daniela. Le rogó que no le hicieran daño. Explicó que era solo una niña. El hombre al otro lado rió. le dijo que se callara, que tenía hasta el lunes a las 6 de la tarde para reunir el dinero, que si hablaba con la policía matarían a la niña, que si no pagaba completo, la próxima vez que la viera sería en una bolsa. La llamada terminó.
    • Guadalupe se quedó de rodillas en el piso sosteniendo el teléfono, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. Llamó a su hijo Miguel. Él estaba trabajando en una obra en Pachuca. a casi 2 horas de distancia. Cuando escuchó lo que había pasado, salió corriendo hacia su camioneta. Le dijo a su madre que no hablara con nadie más hasta que él llegara.
    • Guadalupe obedeció, pero cada minuto de espera se sentía como una eternidad. Miguel llegó a las 9 de la mañana. Juntos decidieron que tenían que reportar el secuestro sin importar las amenazas. fueron a la Fiscalía General del Estado de México, oficina regional de Ecatepec. Esperaron 40 minutos para ser atendidos. El agente ministerial que los recibió les entregó unos formatos, les pidió una foto reciente de Daniela, les explicó que necesitaban registrar el caso en el sistema, que había protocolos que seguir, que generalmente los secuestros
    • eran de jurisdicción federal y tomaba tiempo coordinar con otras instancias. Miguel perdió la paciencia, gritó que su hija estaba secuestrada, que necesitaban acción inmediata. El agente mantuvo un tono burocrático. Dijo que entendía su desesperación, pero que sin seguir el procedimiento correcto no podían hacer nada.
    • Guadalupe y Miguel salieron de la fiscalía con un número de folio y ninguna esperanza real. Tenían dos días para reunir 200,000 pesos. Miguel llamó a sus hermanos en Texas, pero ellos apenas podían ayudar con $10,000 que tardarían días en transferir. Guadalupe vació sus ahorros. 38,000 guardados en una lata de galletas. Miguel pidió prestado a su patrón, empeñó su camioneta, habló con amigos.
    • Los vecinos del mercado organizaron una colecta cuando se enteraron. Don Ramiro, el dueño de la tienda de abarrotes, aportó 5000 pesos. Doña Carmen del puesto de verduras dio 3000. Otros comerciantes sumaron lo que pudieron. Al final del domingo habían reunido 78,000 pesos. Era todo lo que tenían, menos de la mitad de lo que pedían los secuestradores.
    • El lunes 5 de febrero a las 6 de la tarde, el teléfono volvió a sonar. Miguel contestó. le explicó al secuestrador que habían reunido 78,000 pesos, que era todo lo que su familia y su comunidad habían podido juntar, que eran gente humilde, que trabajaban en la construcción y en un puesto de mercado, que por favor les dejaran ver a Daniela, que les dieran más tiempo para conseguir el resto.
    • La voz al otro lado se endureció. 78 Les pedí 200. ¿Se están burlando de mí? Miguel intentó explicar de nuevo, pero el hombre lo interrumpió, pues su humildad les va a costar cara. La llamada terminó. Guadalupe y Miguel se quedaron en silencio, sabiendo que habían perdido. Esa noche ninguno de los dos durmió. Se quedaron despiertos en la sala.
    • Miguel con la cabeza entre las manos. Guadalupe mirando la foto de Daniela en su altar, rezando a un Dios en el que cada vez creía menos. La llamada anónima llegó a la fiscalía el martes 6 de febrero a las 5:30 de la mañana. Una voz nerviosa reportó que había un cuerpo en el terreno valdío cerca del puente de Villa Morelos.
    • A las 7, un agente llamó a Miguel. Le pidió que fuera a identificar un cuerpo. Miguel llevó a su madre. Guadalupe insistió en ir, aunque su hijo intentó protegerla de lo que estaba por ver. En la morgue improvisada, un perito forense les mostró una sábana blanca. Preguntó si estaban seguros de querer ver. Miguel asintió. El perito descubrió el rostro.
    • Daniela tenía los ojos cerrados, moretones visibles en el cuello y los brazos, quemaduras de cigarro en su piel. Guadalupe gritó. Un sonido que no parecía venir de ella, sino de un lugar más profundo, más antiguo, se derrumbó. Miguel la sostuvo mientras ambos lloraban. El perito les explicó que la causa de muerte había sido asfixia mecánica, que había signos de tortura, que estimaban que la muerte había ocurrido alrededor de las 11 de la noche del lunes, 5 horas después de la última llamada. Junto al cuerpo habían
    • encontrado una cartulina con un mensaje del Sind y el cuaderno rosa de Daniela. Con sus páginas arrancadas y quemadas. El funeral de Daniela se realizó el jueves 8 de febrero en una capilla humilde de Ecatepec. El ataúd era blanco, pequeño, del tamaño que nadie debería necesitar comprar. Guadalupe se sentó en la primera fila rígida, con los ojos secos. Ya no le quedaban lágrimas.
    • Los vecinos del mercado llenaron la capilla. Vinieron compañeros de la secundaria de Daniela, maestros, comerciantes que la habían visto crecer. Todos lloraban. Todos abrazaban a Miguel y le ofrecían condolencias que no servían de nada. Guadalupe no habló con nadie, solo miraba el ataúd pensando en lo injusto de todo, en cómo el sistema había fallado, en cómo la fiscalía había archivado el caso con la promesa vacía de hacer lo posible.
    • en cómo nadie pagaría por esto. Los secuestradores seguirían libres, extorsionando, matando. La vida continuaría como si Daniela nunca hubiera existido, como si su muerte fuera solo otro número en las estadísticas de violencia que nadie leía. Antes de cerrar el ataúd, Guadalupe colocó dentro el cuaderno rosa de Daniela.
    • Había pasado horas restaurándolo, pegando las páginas quemadas con cinta adhesiva, reescribiendo las recetas que aún podía recordar. Era lo único que podía darle a su nieta ahora, una promesa rota de un futuro que nunca llegaría. Cuando bajaron el ataúd, Guadalupe no se movió de su lugar. Miguel tuvo que tomarla del brazo para que se levantara.
    • En el camino a casa, su hijo le preguntó si quería quedarse con él esa noche. No estar sola. Guadalupe negó con la cabeza. Dijo que estaría bien. Necesitaba estar sola. Miguel insistió, pero ella fue firme. La dejó en su casa con la promesa de volver al día siguiente. Guadalupe cerró la puerta, caminó hasta su habitación, abrió el cajón con llave donde guardaba el cuaderno de su madre, lo llevó a la mesa de la cocina, encendió una lámpara, buscó la sección de plantas venenosas.
    • Pasó las páginas hasta encontrar la Delfa, leyó en voz alta. Nerium o Leander. Cada parte de la planta contiene glucóidos cardiotónicos. Dosis letal: dos a tres hojas en infusión. Síntomas aparecen entre 4 y 6 horas después. Náuseas, vómito. Arritmia cardíaca fatal. No hay antídoto efectivo. Muerte en 12 a 24 horas.
    • Cerró el cuaderno, miró la foto de Daniela en el altar, sintió algo cambiar dentro de ella. No era ira, era algo más frío, más calculado, una certeza absoluta. El sistema no le había hecho justicia a su nieta, pero ella sí lo haría. Al día siguiente, Guadalupe salió al pequeño jardín trasero de su casa.
    • Entre las macetas de albahaaca y hierba buena crecían varias plantas de Adelfa, flores rosadas hermosas, hojas verdes brillantes. Su madre se las había regalado décadas atrás diciéndole que eran buenas para ahuyentar plagas. Guadalupe nunca supo que también eran mortales hasta que leyó el cuaderno. Ahora, con tijeras de podar, cortó 15 hojas con cuidado, las guardó en una bolsa de plástico, las llevó a la cocina, puso agua a hervir en una olla pequeña.
    • Cuando el agua alcanzó el punto de ebullición, agregó 10 hojas. Las dejó hervir durante 30 minutos, como indicaba el cuaderno. El líquido adquirió un color café oscuro. Olía amargo. Guadalupe lo coló con un trapo limpio. Guardó el extracto concentrado en un frasco de vidrio oscuro. Le puso una etiqueta, jarabe para tos. lo escondió en la parte trasera de su alacena, detrás de las latas de frijoles.
    • Guadalupe sabía que no podía actuar de inmediato. Necesitaba un plan, necesitaba identificar a los responsables. Durante las siguientes dos semanas estableció una metodología. regresó al mercado el 18 de febrero usando como pretexto que necesitaba trabajar para pagar las deudas del funeral, pero su verdadero objetivo era observar, escuchar.
    • Los sicarios del CJNG frecuentaban el mercado, desayunaban en las fondas, tomaban café en los puestos, cobraban las cuotas de extorsión a los comerciantes. Eran fáciles de identificar. Tatuajes del cártel, actitud chulesca, conversaciones sobre levantones y cobros. Guadalupe los observaba desde su puesto, memorizaba sus rostros, escuchaba sus nombres de guerra, el greñas, el Chucki, el Pits.
    • Don Ramiro, el dueño de la tienda de abarrotes, se acercó un día. le dijo en voz baja que sabía lo que ella estaba planeando, que él también había perdido un sobrino por culpa del cártel, que si necesitaba información sobre horarios, rutas, ubicaciones, él tampoco había visto nada. Guadalupe le agradeció con los ojos húmedos.
    • Era el único aliado que tendría en esto. El viernes 1 de marzo de 2024, Brandon Alexis Ruiz llegó al puesto de Guadalupe a las 7:15 de la mañana. Los comerciantes lo conocían como el greñas por su cabello despeinado y su permanente expresión de desinterés. Tenía 23 años y un tatuaje de calavera con las iniciales del CJNG en el cuello.
    • Era uno de los sicarios más jóvenes de la célula local, pero ya tenía reputación de violento. Guadalupe lo había observado durante dos semanas, lo había visto cobrar extorsiones con amenazas, lo había escuchado presumir de trabajos realizados. Ese viernes, mientras él se sentaba en una de las sillas de plástico del puesto, Guadalupe escuchó algo que confirmó sus sospechas.
    • El greñas hablaba con otro sicario sobre un secuestro de hacía un mes. ¿Te acuerdas de la morra que levantamos en febrero? Qué pérdida de tiempo, ni pagaron completo. El otro respondió riéndose, pues para eso sirven los mensajes, para que aprendan. Guadalupe sintió que el mundo se detenía. Ese hombre había participado en el secuestro de Daniela.
    • Ese hombre había sido parte del grupo que torturó y mató a su nieta. Respiró profundo. No podía permitir que las emociones la delataran. El greñas le pidió un café de olla bien cargado. Guadalupe asintió con calma. Caminó hacia la parte trasera de su puesto, donde guardaba dos jarras térmicas. Una contenía café normal para los clientes regulares.
    • La otra tenía café mezclado con 30 ml de extracto de Adelfa. Guadalupe sirvió una taza grande de la segunda jarra. Se aseguró de que nadie más la viera. Le añadió una cucharada extra de piloncillo para enmascarar cualquier sabor amargo. Llevó la taza a la mesa. El greñas le dio las gracias y bebió el café en 10 minutos. mientras revisaba su celular, dejó 20 pes en la mesa y se fue caminando hacia la avenida central.
    • Guadalupe limpió la taza, inmediatamente, lavó con agua caliente, no dejó rastro. Ese mismo día, alrededor de las 3 de la tarde, el greñas comenzó a sentir náuseas mientras estaba en la colonia San Cristóbal cobrando una cuota de extorsión. Al principio pensó que era algo que había comido, pero las náuseas empeoraron.
    • A las 4:30 colapsó en plena calle con convulsiones. Sus compañeros sicarios lo metieron a una camioneta y lo llevaron al hospital general de Ecatepec. Para las 7:45 de la noche, Brandon Alexis Ruiz fue declarado muerto. La causa registrada en el certificado de defunción fue paro cardíaco fulminante. El hospital estaba saturado. No se ordenó toxicología.
    • Era un joven de 23 años sin historial médico de problemas cardíacos. Pero esas cosas pasaban. La familia lloró. La madre juró que su hijo era un trabajador honesto. Nadie sospechó nada. El cuerpo fue entregado para su funeral dos días después. Guadalupe se enteró de la muerte al día siguiente por los comentarios de otros comerciantes en el mercado.
    • Alguien mencionó que el greñas había muerto de un infarto. Guadalupe mantuvo la expresión neutra. siguió preparando tamales como si nada hubiera cambiado. Pero esa noche en su casa se sentó frente al altar de Daniela, miró la foto de su nieta, susurró, “Uno por ti, mi cielo, solo uno. Faltan los demás.” No sintió culpa.
    • No sintió horror por lo que había hecho. Solo sintió una extraña sensación de alivio, como si una pequeña parte de su dolor se hubiera aligerado. Sabía que esto apenas comenzaba. Había más nombres en su lista, más sicarios que identificar, más tazas de café que servir. En las siguientes dos semanas, Guadalupe envenenó a dos sicarios más.
    • El Chucki, Luis Fernando Medina, de 26 años, quien operaba cerca de la secundaria donde estudiaba Daniela. Lo mató con tamales de rajas el 8 de marzo. Murió al día siguiente en su casa. Su familia reportó una intoxicación severa. Nadie investigó más allá. El pits, Ricardo Estrada, de 28 años, murió el 12 de marzo después de tomar café en el puesto de Guadalupe.
    • Tuvo un paro cardíaco mientras conducía su motocicleta. Chocó contra un poste. Las autoridades atribuyeron la muerte al accidente, no al infarto que lo causó. En menos de dos semanas, tres sicarios del CJNG habían muerto con el mismo patrón. Paros cardíacos en hombres jóvenes y aparentemente sanos. Todos habían frecuentado el mercado San Agustín, pero todavía nadie conectaba los puntos.
    • Guadalupe seguía siendo invisible, solo una abuela que vendía café y tamales. Nadie sospechaba que sus manos, que alguna vez solo habían cocinado con amor, ahora servían la muerte en tazas de barro. Para mediados de marzo de 2024, la célula del CJNGEc comenzó a anotar un patrón inquietante. Tres operadores muertos en menos de dos semanas.
    • Todos jóvenes, todos aparentemente por causas naturales. Marco Antonio Guzmán, conocido como El Chango, era el líder de la célula local. A sus años llevaba ocho en el cártel y había sobrevivido suficientes traiciones y operativos como para saber cuándo algo no cuadraba. Convocó una reunión de emergencia el 15 de marzo en una casa de seguridad de la colonia México 68.
    • 18 sicarios se presentaron. El chango fue directo. Tres de los suyos habían muerto en circunstancias sospechosas. Todos habían sufrido paros cardíacos. Todos desayunaban regularmente en el mercado San Agustín. La coincidencia era demasiado grande. Alguien los estaba cazando. Los sicarios intercambiaron miradas nerviosas.
    • Algunos sugirieron que podía ser una banda rival. Otros pensaron en un operativo encubierto de las autoridades. El chango descartó ambas teorías. Las bandas rivales usaban balas, no infartos. Las autoridades habrían hecho arrestos públicos para presumir resultados. Esto era otra cosa. Alguien operaba en silencio, sin dejar rastros, sin levantar sospechas. La orden fue clara.
    • Variar rutinas, evitar lugares fijos, desayunar solo en cadenas como Oxo o Seven-Eleven, donde la comida venía empaquetada. Nada de fondas, nada de puestos de mercado. Los sicarios aceptaron la orden, aunque algunos protestaron en voz baja. El café de Oxo sabía horrible comparado con el café de olla del mercado.
    • Mientras el CJNG aumentaba sus medidas de seguridad, Guadalupe ajustaba su estrategia. Ya no podía depender de que los sicarios llegaran a su puesto. Tenía que ser más proactiva. Con la ayuda de don Ramiro, quien le proporcionaba información sobre horarios y ubicaciones, Guadalupe comenzó a llevar café de cortesía a zonas donde los sicarios realizaban cobros de extorsión.
    • Su pretexto era simple. Había preparado mucho café para el mercado y le sobraba. Mejor regalarlo que tirarlo. Los sicarios, acostumbrados a que los comerciantes les temieran, aceptaban las bebidas sin sospechar. Era una abuela de 64 años ofreciendo café gratis. ¿Qué amenaza podía representar? El 22 de marzo, Guadalupe mató a el flaco con atole de chocolate envenenado que llevó a una zona de narcomenudeo cerca de Vía Morelos.
    • Murió 8 horas después. El 5 de abril eliminó a el tuercas y el Yesisús, simultáneamente con tamales de mole que les regaló mientras cuidaban un punto de venta de drogas. Ambos murieron la misma noche. Las autoridades pensaron que la droga que vendían estaba adulterada y los había envenenado. No investigaron más. El 18 de abril, Guadalupe mató a Elarocho, uno de los conductores de la camioneta en el secuestro de Daniela.
    • lo reconoció por una cicatriz distintiva en la mano derecha. Cuando le sirvió el café, le dijo, “Que te caiga bien.” Él no captó el doble sentido. Murió esa tarde. Para junio, Guadalupe llevaba 10 sicarios muertos. El rumor comenzó a circular por Ecatepec, primero en conversaciones susurradas entre comerciantes, luego en publicaciones anónimas de Facebook.
    • Alguien escribió, “Dicen que una abuela está matando sicarios del SEGNG en Necatepec. Perdió a su nieta y ahora se está vengando.” Los comentarios se dividieron. Algunos lo consideraban leyenda urbana. Otros juraban conocer a alguien que conocía a alguien que había visto algo. El hashtag Wim, abuela justiciera Ecatepec comenzó a circular en redes sociales.
    • Aparecieron memes de apoyo. Medios amarillistas publicaron artículos especulativos. El Chango vio las publicaciones y ordenó a sus halcones intensificar la búsqueda. La orden era identificar a cualquier mujer mayor que vendiera comida y hubiera perdido un familiar recientemente. Querían nombres, direcciones, antecedentes.
    • Guadalupe se enteró del rumor cuando escuchó a unos clientes hablar del hashtag en su puesto. Sintió miedo por primera vez desde que había comenzado. La estaban buscando. El cártel sabía que alguien los cazaba. Era cuestión de tiempo antes de que conectaran los puntos. Esa noche Guadalupe tomó una decisión. No podía detenerse ahora.
    • Si iban a descubrirla eventualmente, entonces tenía que acelerar. Tenía que llegar a los responsables directos antes de que fuera demasiado tarde. Don Ramiro le dio información crucial. El toro. Javier Morales, de 31 años, era el sicario que había hecho la llamada de extorsión en febrero. Guadalupe recordaba perfectamente esa voz.
    • La había escuchado en sus pesadillas durante meses. Ahora sabía quién era y sabía qué tenía que hacer. Javier Morales, conocido como El Toro, por el tatuaje que llevaba en el brazo izquierdo, había seguido las órdenes de El Chango durante 8 meses. Evitó el mercado San Agustín, desayunó solo en Oxo, varió sus rutas, pero para noviembre de 2024 la paranoia se había relajado.
    • Habían pasado meses sin nuevas muertes sospechosas. Los rumores de la abuela justiciera parecían solo eso, rumores. El domingo 10 de noviembre, el toro decidió que extrañaba el café de olla del mercado. Había pasado casi un año sin probarlo. Llegó al puesto de Guadalupe a las 9 de la mañana. Pidió un café grande.
    • Guadalupe lo reconoció de inmediato, no por su rostro, sino por su voz. Era la misma voz de la llamada. La voz que había exigido 200,000 pesos. La voz que había reído cuando ella suplicó. Guadalupe mantuvo la compostura, le dijo que enseguida le servía. Fue a la parte trasera del puesto. Su mano temblaba ligeramente mientras preparaba el café.
    • Esta vez usó una dosis doble, 60 ml de extracto en lugar de los 30 habituales. Quería asegurarse. Sirvió la taza, la llevó a la mesa. El toro bebió todo el café en 10 minutos, dejó una propina de 20 pesos. Comentó que seguía siendo el mejor café de Ecatepec. Guadalupe casi susurró, “Para mi Daniela.
    • ” Él no la escuchó. se fue caminando hacia su motocicleta estacionada en la esquina. Lo que Guadalupe no sabía era que el Moreno, un halcón de 19 años del CJ, estaba en el puesto de tortas de al lado. Había visto todo. Había notado que Guadalupe solo sirvió café a El Toro de una jarra específica, mientras otros clientes recibían café de otra jarra.
    • había observado la expresión tensa en el rostro de la anciana, diferente a su actitud habitual. El moreno no era tonto. Llevaba meses escuchando las historias de la abuela justiciera y ahora acababa de presenciar algo sospechoso. El toro comenzó a sentir síntomas a las 7 de la tarde. Estaba en la casa de seguridad de la colonia México 68 cuando las convulsiones empezaron.
    • Fueron violentas, inmediatas. Sus compañeros llamaron a los paramédicos, pero murió antes de que llegara a la ambulancia. A las 10 de la noche, el moreno reportó a El Chango, lo que había visto en el mercado. Describió a la señora del puesto 47 una mujer de unos 60 años que servía café de olla. El Chango sintió que todo cobraba sentido.
    • Ordenó una investigación inmediata. Para la madrugada del 11 de noviembre tenía el nombre completo, Guadalupe Torres Ramírez. Tenía su dirección. Tenía la información de que había perdido una nieta en febrero. Todo encajaba. El martes 12 de noviembre, el Chango llegó al mercado San Agustín a las 8:30 de la mañana con tres sicarios armados.
    • Los comerciantes huyeron. El mercado se vació en segundos. El chango caminó directamente al puesto 47. Guadalupe estaba preparando tamales. No corrió. No intentó esconderse. Sabía que este momento llegaría eventualmente. El chango la agarró del brazo. Le preguntó si era ella quien había estado matando a su gente.
    • Guadalupe negó con voz firme. El chango ríó. le dijo que 13 de sus sicarios habían muerto y todos habían tomado su café, que dejara de hacérse la tonta, que le iba a dar lo mismo que ella les dio a ellos, pero más lento. Guadalupe lo miró directamente a los ojos. Sintió una calma extraña. Ya no tenía miedo.
    • Había perdido todo lo que le importaba. La muerte no era una amenaza, era casi un alivio. Le dijo, “Tienes razón. Fui yo. Matea 13. Pero te faltó uno. El chango frunció el ceño confundido. Guadalupe sacó de su delantal un garrafón de 5 Lleno de café de olla, lo puso sobre la mesa. Le dijo que ese café era para él y todos sus perros, que se lo llevara, que era su disculpa y su regalo.
    • El Chango rió de nuevo. Preguntó si ella creía que él iba a tomar su veneno. Guadalupe respondió con voz calmada, “No es para ti solo, es para que lo compartas. Hoy es cumpleaños del chivo, ¿no? Llévaselo a la fiesta.” El chango se quedó en silencio. ¿Cómo sabía la vieja del cumpleaños? Guadalupe había recibido esa información de don Ramiro, pero el chango no lo sabía. La duda lo invadió.
    • Le ordenó que probara el café frente a él si estaba tan segura. Guadalupe vertió un poco en un vaso desechable. Bebió un sorbo pequeño. El café sabía normal porque ese garrafón contenía dosis triple de extracto, 90 ml por litro. Un sorbo pequeño no era suficiente para matarla de inmediato, pero 5 L distribuidos entre 15 personas serían letales para todos. El chango tomó el garrafón.
    • Le advirtió que si alguien moría, él personalmente la descuartizaría. Viva. Guadalupe no respondió, solo lo vio alejarse con el garrafón en la mano. La casa de seguridad en la colonia México 68 era un edificio de dos pisos con ventanas polarizadas y rejas en todas las entradas. Esa noche del 12 de noviembre, 15 sicarios del CJNjí se reunieron para celebrar el cumpleaños de El Chivo, un operador de 28 años que cumplía otro año más en el negocio.
    • La música de narco sonaba a volumen alto. Había cerveza, drogas, carne asada en el patio trasero. El ambiente era de falsa tranquilidad. El chango llegó alrededor de las 8 de la noche cargando el garrafón de 5 L de café. lo puso en la mesa de la cocina. Algunos sicarios preguntaron de dónde venía. El chango explicó con una sonrisa burlona que era un regalo de la vieja loca que había estado matando a su gente, que ella misma lo había probado frente a él, que estaba limpio.
    • Las risas llenaron la habitación. La idea les parecía absurda y graciosa al mismo tiempo. A las 9:30 de la noche, el chango decidió servir el café. llenó vasos desechables de plástico. 13 sicarios tomaron café. Algunos repitieron porque el sabor era bueno, mucho mejor que el café instantáneo al que se habían acostumbrado. El Chango tomó dos vasos completos.
    • Brindaron por el chivo, por el cártel, por los años que vendrían. Nadie sospechó nada. El café bajo fácil, endulzado con piloncillo, perfumado con canela. Era un gusto simple en medio de una vida violenta. Para las 11:30 de la noche, los primeros síntomas comenzaron. El flaco Junior vomitó violentamente en el baño.
    • Otros tres sicarios reportaron náuseas intensas. El chango pensó que tal vez la cerveza estaba mala, pero los síntomas empeoraron rápidamente. A las 12:15 de la madrugada, siete sicarios convulsionaban simultáneamente en la sala. El chango sintió palpitaciones irregulares en su pecho, un dolor agudo que se extendía por su brazo izquierdo.
    • Los sicarios, que aún podían moverse, intentaron llamar a paramédicos, pero tenían miedo de dar la dirección exacta. Era una casa de seguridad. Si llegaban las autoridades, enfrentarían arrestos. A la 1 de la mañana, cuatro sicarios decidieron intentar llegar a hospitales cercanos en autos.
    • Dos chocaron en el camino cuando las convulsiones los alcanzaron al volante. Los otros dos colapsaron en las salas de emergencia antes de que pudieran ser atendidos. Los vecinos de la colonia México 68 comenzaron a escuchar gritos. Alguien llamó al 911 reportando que parecía haber gente muriendo en una casa. La policía estatal del Estado de México llegó a las 2 de la mañana junto con paramédicos.
    • Encontraron una escena que parecía sacada de una pesadilla. Nueve cuerpos ya sin vida esparcidos por la sala y el comedor. Cuatro personas más convulsionando con espumas saliendo de sus bocas, incapaces de responder. Los paramédicos trabajaron frenéticamente, pero era demasiado tarde. Tres de los cuatro murieron en las ambulancias camino al hospital.
    • El cuarto, el Smokey, de 19 años, llegó vivo, pero en estado crítico. El Chango fue el último en morir. Lo llevaron al hospital general de Catepec. Los médicos intentaron estabilizarlo, pero su corazón se detuvo a las 3:45 de la mañana del 13 de noviembre. Sus últimas palabras murmuradas entre convulsiones fueron: “La [ __ ] vieja nos mató a todos.
    • ” Los médicos estaban perplejos. 13 personas muriendo con los mismos síntomas en menos de 5 horas. Ordenaron análisis toxicológicos de emergencia. Los resultados preliminares llegaron al día siguiente. Envenenamiento masivo por glucócidos cardiotónicos consistente con ingesta de Oliander. La escena fue clasificada como evento de envenenamiento intencional.
    • La Fiscalía General del Estado de México tomó control de la investigación. Interrogaron al único sicario que sobrevivió lo suficiente para hablar. Desde su cama de hospital, con un tubo de oxígeno en la nariz, les dijo lo que sabía. El café había venido de una señora del mercado, una abuela del puesto 47. El chango había dicho que ella había admitido matar a los demás.
    • La policía de investigación criminal revisó las cámaras de seguridad cercanas al mercado. Identificaron a Guadalupe Torres Ramírez. Confirmaron que había perdido una nieta en febrero, que el caso del secuestro había sido archivado, que nunca hubo arrestos, todo encajaba. A las 6 de la mañana del 14 de noviembre se emitió una orden de aprensión por 13 homicidios calificados con premeditación, alevosía y ventaja.
    • Guadalupe Torres no intentó huir cuando la policía ministerial y la policía estatal llegaron a su casa el jueves 14 de noviembre a las 6 de la mañana. Ella abrió la puerta con calma. Estaba vestida con la misma ropa que usaba para trabajar en el mercado. El comandante a cargo le leyó sus derechos. Le informó que quedaba arrestada por 13 homicidios calificados.
    • Guadalupe no resistió. Extendió sus manos para las esposas. El cateo de su vivienda comenzó de inmediato. En la cocina encontraron frascos con residuos de plantas. En su habitación, dentro de un cajón con llave, estaba el cuaderno de su madre. Las páginas de venenos tenían anotaciones recientes escritas con tinta azul.
    • En la mesa de la sala había una lista manuscrita, 13 nombres de guerra con palomitas al lado, el greñas, el Chucki, el Pits, el Toro, el Chango, todos marcados como completados. Las autoridades llevaron a Guadalupe de regreso al mercado San Agustín para una reconstrucción de los hechos. Era un procedimiento estándar en casos de homicidio.
    • Necesitaban documentar la escena. Para las 10 de la mañana, el mercado estaba rodeado de patrullas. Los curiosos se agolpaban detrás de las cintas amarillas de la policía. En ese momento, el Smokey, el último sicario envenenado en la fiesta, estaba siendo trasladado en ambulancia desde la Casa de Seguridad hacia el hospital. Su condición era crítica.
    • Los paramédicos luchaban por mantenerlo con vida. La ambulancia se detuvo brevemente cerca del mercado porque necesitaban ajustar el equipo de oxígeno. Fue en ese momento cuando un vecino tomó la fotografía con su celular. La imagen capturó todo. Guadalupe caminando con las manos esposadas detrás de la espalda. Un oficial de la policía estatal en uniforme azul marino a su izquierda sosteniendo su brazo.
    • Una oficial femenina a su derecha. Detrás de ellos la ambulancia blanca con las puertas traseras abiertas. Los paramédicos con sus uniformes verde agua trabajando sobre la camilla donde yacía el Smokey con una máscara de oxígeno cubriendo su rostro. El cilindro rojo del tanque de oxígeno visible al lado, los curiosos observando desde las entradas de las casas de block gris sin acabados, los cables de luz cruzando el cielo nublado.
    • La fotografía se volvió viral en cuestión de horas. Los medios la publicaron con titulares sensacionalistas. Abuela justiciera capturada tras envenenar a 13 sicarios. Wa la venganza de una abuela. Café mortal en Ecatepec. En la Fiscalía General del Estado de México, Guadalupe dio su declaración sin la presencia de un abogado.
    • Renunció a su derecho a guardar silencio. Confesó los 13 homicidios con detalle. explicó cómo preparó el extracto de Adelfa, describió las dosis que utilizó, identificó a cada víctima por su nombre de guerra y explicó por qué los había seleccionado. Todos eran sicarios del sequo ANG. Todos operaban en la zona donde habían secuestrado a Daniela.
    • Algunos habían participado directamente en el secuestro. Otros tenían roles similares, reclutadores de menores, distribuidores en zonas escolares, extorsionadores. Cuando el fiscal le preguntó si sentía arrepentimiento, Guadalupe respondió sin vacilar. Cada uno de ellos tenía las manos sucias con sangre de inocentes. No me arrepiento.
    • Ya perdí lo único que me importaba. La cárcel no es peor que vivir sin mi nieta. La autopsia toxicológica confirmó todo. Las 13 víctimas de la Casa de Seguridad habían muerto por envenenamiento con Nerium Oleander. Las concentraciones de glucóidos cardiotónicos en sus sistemas eran letales. El perito forense declaró que quien preparó ese veneno tenía conocimiento preciso de dosificación.
    • No fue accidental, fue metódico, calculado, efectivo. La investigación también reveló que la fiscalía había manejado mal el caso de Daniela Torres en febrero. El reporte de secuestro había sido archivado prematuramente. No se activó la alerta Amber a tiempo. No hubo seguimiento después del funeral. Dos agentes ministeriales fueron suspendidos por negligencia.
    • El fiscal general del Estado de México prometió públicamente reforzar los protocolos en casos de secuestro de menores, pero esas promesas llegaban demasiado tarde para Daniela y demasiado tarde para las 13 personas que Guadalupe había matado buscando justicia. La noticia provocó un debate nacional. Las redes sociales explotaron con opiniones divididas.
    • Algunos llamaban a Guadalupe heroína. hizo lo que el gobierno no hace. Decían, “Si la justicia no llega, el pueblo la toma.” Otros la condenaban. Es una asesina serial. No podemos tomar la ley en nuestras manos. Y si uno de esos sicarios era inocente, los hashtags Libere a doña Lupita y Michael Key justicia para Daniela competían en tendencias.
    • Criminólogos, abogados, psicólogos opinaban en programas de noticias. Todos coincidían en algo. El caso era emblemático de un sistema que fallaba constantemente, pero discrepaban en si eso justificaba lo que Guadalupe había hecho. La pregunta quedaba abierta, ¿dónde terminaba la justicia y empezaba la venganza? El juicio de Guadalupe Torres Ramírez comenzó el 18 de febrero de 2025 en un juzgado de Ecatepec.
    • La sala estaba llena. Reporteros de medios nacionales cubrían cada detalle. Activistas de derechos humanos se manifestaban afuera con pancartas que decían, “El Estado mató a Daniela primero.” Familiares de las víctimas sicarios también protestaban, exigiendo justicia para sus muertos, argumentando que sus hijos eran trabajadores honestos y no criminales.
    • La polarización era evidente. El juez encargado del caso ordenó que las audiencias fueran públicas, pero con medidas de seguridad estrictas. Guadalupe entró a la sala esposada escoltada por dos oficiales. Vestía ropa civil gris. Su expresión era la misma de siempre, contenida, digna, sin rastro de arrepentimiento.
    • La fiscalía presentó 13 cargos de homicidio calificado con premeditación, alevosía y ventaja. El fiscal argumentó que Guadalupe había actuado como una asesina serial, planificando metódicamente cada muerte durante 9 meses. presentó como evidencia el cuaderno de plantas venenosas, los frascos con residuos de Adelfa, la lista manuscrita con los nombres marcados, los testimonios de los paramédicos que atendieron a las víctimas, los análisis toxicológicos.
    • Todo apuntaba a una operación fría y calculada. El fiscal enfatizó que sin importar el dolor personal de la acusada, un estado de derecho no podía permitir que los ciudadanos tomaran la justicia por su cuenta. Pidió la máxima condena posible. La defensa pública, una abogada asignada de oficio llamada Leticia Campos, argumentó estado de emoción violenta.
    • Explicó que Guadalupe había actuado bajo un trauma psicológico extremo causado por la muerte de su nieta y el completo fallo del sistema de justicia. Presentó como evidencia el expediente del caso de Daniela, mostrando cómo la fiscalía había archivado prematuramente la investigación. mostró que ninguno de los responsables del secuestro había sido arrestado.
    • Argumentó que Guadalupe no tenía antecedentes criminales, que había sido una ciudadana ejemplar durante 64 años, que su única motivación había sido obtener justicia que el Estado no le proporcionó. La abogada pidió que se considerara la edad avanzada de su clienta, su perfil de bajo riesgo y que se redujera la sentencia.
    • No pidió absolución, solo clemencia. El momento más impactante del juicio llegó cuando Guadalupe pidió permiso para leer una carta que había escrito. El juez accedió. Guadalupe se puso de pie frente al tribunal. Con voz firme, sin lágrimas, leyó, “No pido perdón. No me arrepiento. El sistema falló a mi nieta. Falló a mi familia.
    • La fiscalía archivó su caso como si su vida no importara. Los hombres que la secuestraron, torturaron y mataron, nunca fueron castigados. Siguen libres. Yo hice lo que tenía que hacer. Si volviera a nacer, lo haría de nuevo. Porque una abuela que no protege a su nieta, que no busca justicia cuando el sistema falla, no merece llamarse abuela.
    • Acepto mi castigo, pero sepan que dormí mejor después de cada uno que cayó, sabiendo que Daniela podía descansar, que otros niños estarían más seguros, que 13 criminales menos operaban en las calles de Ecatepec. La sala quedó en silencio. Algunos espectadores lloraban, otros asentían. Las familias de los sicarios gritaban insultos. El juez tuvo que pedir orden.
    • La carta de Guadalupe generó titulares inmediatos. Los medios la reprodujeron completa. Las redes sociales la compartieron miles de veces. El debate se intensificó. ¿Era Guadalupe una víctima o una victimaria? ¿Podía ser ambas? El juicio continuó durante dos meses más con testimonios de expertos, interrogatorios, análisis forenses, pero la decisión final era clara desde el principio.
    • Guadalupe había confesado la evidencia era contundente. No había duda legal sobre su culpabilidad. La única pregunta era, ¿qué sentencia recibiría? El 15 de abril de 2025, el juez dio su veredicto. Reconoció el dolor de Guadalupe, reconoció el fallo del sistema, pero también estableció un precedente claro. Entiendo su dolor, señora Torres.
    • Ninguna madre, ninguna abuela debería pasar por lo que usted pasó. El sistema de justicia falló a su familia de manera imperdonable, pero la justicia por propia mano no puede tolerarse en un estado de derecho. Si permitimos que cada persona tome venganza cuando el sistema falla, el caos sería total. La sentencia es 40 años de prisión sin posibilidad de reducción.
    • Guadalupe escuchó sin cambiar de expresión. 40 años significaban que cumpliría condena hasta los 104 años. Era efectivamente una sentencia de por vida. Fue trasladada al Ceso Catepec para comenzar a cumplir su condena. El sistema finalmente había actuado, pero no para proteger a Daniela cuando estaba viva, solo para castigar a quién intentó obtener justicia cuando ya era demasiado tarde.
    • El cerezo Ecatepec se encuentra en la zona norte del municipio rodeado de muros grises de 6 m de altura coronados con alambre de púas. Guadalupe Torres ingresó el 20 de abril de 2025. El proceso fue el estándar, registro completo, entrega de pertenencias personales, fotografía institucional, asignación de número de interna. Le dieron un uniforme beige y la llevaron al dormitorio 4, el área de población femenina.
    • Compartiría celda con dos internas. Una cumplía condena por tráfico de drogas, la otra por homicidio en defensa propia contra su pareja violenta. Ambas conocían la historia de Guadalupe. Todo el penal la conocía. La abuela justiciera era famosa incluso ahí dentro. Las primeras semanas fueron de adaptación.
    • Guadalupe despertaba a las 4:30 de la mañana por costumbre, aunque el penal no exigía levantarse hasta las 6. se sentaba en su litera a observar la luz que entraba por la pequeña ventana de la celda. Pensaba en Daniela, en el mercado, en su casa que ahora estaba vacía. Miguel había intentado mantener el pago de la renta, pero no podía sostenerlo económicamente.
    • La casa fue desalojada en junio. Las pertenencias de Guadalupe terminaron en cajas guardadas en la bodega de su hijo. El puesto 47 del mercado San Agustín seguía vacío. Nadie quería rentarlo. Los comerciantes decían que tenía mala energía. Don Ramiro, el único aliado de Guadalupe, nunca fue descubierto por las autoridades.
    • Siguió operando su tienda de abarrotes, guardando el secreto de su participación. Dentro del penal, Guadalupe encontró una rutina de 6 a 8 de la mañana, desayuno y aseo. De 8 a 12 trabajaba en la cocina del cerezo como parte del programa de reinserción social. Irónicamente volvía a preparar comida para otros, café, tamales, guisados sencillos.
    • Las autoridades del penal consideraron si era apropiado que una mujer condenada por envenenamiento trabajara en la cocina. Pero los análisis psicológicos mostraron que Guadalupe no representaba un peligro para la población general. Su violencia había sido específica, dirigida únicamente contra los sicarios del CJ.
    • No había indicios de que fuera a repetir ese comportamiento en otro contexto. De 2 a 4 de la tarde, Guadalupe daba clases de cocina a otras internas. Enseñaba recetas tradicionales, técnicas básicas, higiene alimentaria. Las mujeres la respetaban. Muchas habían perdido familiares por violencia del crimen organizado.
    • Entendían su dolor. Miguel visitaba a su madre cada 15 días. el máximo permitido por el reglamento del penal. En la primera visita lloró frente a ella. Le dijo que no tenía que haber hecho lo que hizo, que ahora la había perdido también. Guadalupe le respondió con firmeza, “Sí, tenía que hacerlo, hijo, porque nadie más lo iba a hacer.
    • Tu hija merecía justicia.” Miguel dejó de llorar, pero no dejó de visitarla. Llevaba comida, noticias del exterior, fotografías de la familia. Los otros dos hijos de Guadalupe, los que vivían en Texas, no vinieron. Decidieron que era mejor mantener distancia. No querían que sus propios hijos conocieran esa historia.
    • Guadalupe lo entendió sin resentimiento. Cada familia manejaba el dolor a su manera. Las noches eran lo más difícil. A las 7 de la tarde, después de la cena, las internas regresaban a sus celdas. Guadalupe se acostaba en su litera. Miraba una fotografía de Daniela que le habían permitido conservar, plastificada y pegada en la pared junto a su cama.
    • La imagen mostraba a la niña sonriendo con su uniforme de secundaria sosteniendo el cuaderno rosa. Guadalupe susurraba palabras que solo ella y la foto podían escuchar. Hice lo que pude, mi cielo. No sé si fue suficiente, no sé si estuvo bien, pero era lo único que podía hacer. Luego cerraba los ojos. Soñaba a veces con el mercado, con las mañanas preparando café, con las manos de Daniela aprendiendo a envolver tamales.
    • Despertaba con la certeza de que volvería a hacer lo mismo, que 40 años de prisión era un precio que estaba dispuesta a pagar porque su nieta no había tenido la opción de elegir y alguien tenía que responder por eso. Guadalupe Torres Ramírez cumplió 65 años el 8 de octubre de 2025 dentro del cerezo Ecatepec.
    • No hubo celebración, solo una llamada telefónica de Miguel deseándole feliz cumpleaños y diciéndole que la extrañaba. Guadalupe agradeció, colgó y volvió a su rutina. Para noviembre de ese año, llevaba 7 meses en prisión. se había adaptado al encierro de la manera en que solo alguien que ya había perdido todo podía adaptarse.
    • No tenía expectativas de libertad, no fantaseaba con salir. Sabía que moriría ahí dentro. A los 104 años, si es que llegaba a esa edad, saldría libre. Pero era una libertad teórica, abstracta, imposible. El caso de Guadalupe había generado consecuencias más allá de su condena personal. La Fiscalía General del Estado de México implementó nuevos protocolos para casos de secuestro.
    • Ahora existía seguimiento obligatorio cada 72 horas se estableció coordinación automática con instancias federales. Se capacitó al personal sobre atención a víctimas y familiares. Dos fiscales fueron removidos de sus cargos. Pero esos cambios no devolvían a Daniela. no borraban el hecho de que el sistema había fallado cuando más se le necesitaba.
    • Las reformas eran una respuesta tardía a un problema que había cobrado demasiadas vidas. La célula del CNG Ncatepec quedó desmantelada tras la muerte de sus 13 operadores. Las autoridades aprovecharon el vacío de poder para realizar operativos coordinados. Cayeron dos casas de seguridad adicionales. Se arrestaron ocho sicarios más.
    • Se decomizaron armas, drogas, vehículos. Los medios presentaron estos resultados como victorias. El gobierno estatal presumió números, pero Guadalupe sabía la verdad. El cártel ya estaba reclutando reemplazos. Jóvenes de 16, 17, 18 años que no tenían opciones de empleo, que veían en el crimen organizado la única salida de la pobreza.
    • Por cada sicario que caía aparecían dos más. El problema no era individual, era estructural. y una abuela con un frasco de veneno no podía resolverlo. En julio de 2025, algunos comerciantes del mercado San Agustín colocaron una pequeña placa de metal en la entrada del pasillo donde había estado el puesto 47. La placa decía simplemente, “Daniela Torres, 2009-2024.
    • ” No, no mencionaban a Guadalupe. No había referencias a justicieros ni venganzas, solo el nombre de una niña que debería estar viva. Los comerciantes discutieron durante semanas si era apropiado. Algunos pensaban que glorificaba la violencia. Otros argumentaban que honrar a Daniela no significaba aprobar lo que su abuela había hecho.
    • Al final, la placa se instaló. permaneció ahí dos meses antes de que autoridades municipales la removieran, argumentando que no tenían permiso oficial para colocar placas conmemorativas en espacios públicos. El hueco donde estuvo la placa quedó marcado en la pared. Los comerciantes no intentaron reponerla. Miguel Torres continuó trabajando en construcción.
    • intentaba vivir con el peso de haber perdido a su hija y a su madre en cuestión de meses. Había días en que no podía levantarse de la cama, días en que el trabajo se sentía imposible, pero tenía otros hijos que mantener, así que seguía adelante, un pie frente al otro, cargando una tristeza que nunca desaparecería completamente. En sus visitas quincenales al cerezo le contaba a Guadalupe sobre sus hermanos en Texas, sobre los nietos que crecían sin conocer toda la historia, sobre el mercado que seguía funcionando sin ella.
    • Guadalupe escuchaba en silencio. A veces preguntaba por don Ramiro. Miguel le decía que seguía bien, que mandaba saludos, que nunca olvidaba. El debate nacional sobre el caso Guadalupe Torres eventualmente se apagó. Los medios encontraron otras historias. Las redes sociales pasaron a otros temas. El hashtag dejó de ser tendencia.
    • Pero en Ecatepec, en los pasillos del mercado San Agustín, en las conversaciones de los comerciantes, el nombre de Guadalupe seguía vivo. Algunos la recordaban con admiración, otros con miedo, la mayoría con una mezcla de ambos. se convirtió en una leyenda local, el tipo de historia que se cuenta en voz baja, que se distorsiona con el tiempo, que adquiere elementos que nunca existieron.
    • Pero la verdad permanecía simple. Una abuela había perdido a su nieta. El sistema no hizo nada. Ella tomó justicia con sus propias manos. Pagó el precio más alto posible y al final nadie ganó. Guadalupe seguiría cumpliendo su condena día tras día. Despertaría a las 4:30, prepararía café para sus compañeras, daría clases de cocina, miraría la foto de Daniela antes de dormir y en algún lugar de su mente se preguntaría lo mismo que todos los demás.
    • ¿Dónde estaba la justicia verdadera? ¿En los 40 años de prisión? ¿En los 13 sicarios muertos? ¿O nunca existió desde el principio? Si esta historia te dejó pensando, suscríbete y activa las notificaciones para no perder el siguiente capítulo. Antes de irte, deja en los comentarios desde qué ciudad o estado nos ves. Me encantará saberlo