Llamé a María Corina cuando capturaron a Maduro Esto es lo que dijo y lo que le aconsejé hacer YA

Llamé a María Corina cuando capturaron a Maduro Esto es lo que dijo y lo que le aconsejé hacer YA

Fui yo el que llamó a María Corina la noche que capturaron a Maduro. Nadie me lo contó. Yo marqué su número. Yo escuché su voz del otro lado cuando le dije, “Ya cayó, está bajo custodia.” Hoy voy a contar exactamente qué me dijo ella, qué le respondí yo y qué fue lo que le aconsejé hacer de inmediato esa misma noche para que esto terminara en victoria y en paz y no en una nueva tragedia.

Yo estaba metido hasta el fondo en todo lo que pasó ese día. No te voy a decir cargos ni nombres porque no hace falta, pero por años trabajé en la oposición coordinando cosas que casi nunca salen en la prensa, enlaces con militares, seguimiento de detenciones, logística para que los dirigentes se movieran sin que el Sevin los interceptara, ese tipo de cosas.

Por eso esa noche yo tenía un teléfono en la mano que no tiene casi nadie y por eso cuando sonó como a las 2 y pico de la mañana yo sabía que no era una llamada cualquiera. Para ubicarte, esto pasó un jueves a finales de año. No quiero decir fecha exacta porque todavía hay gente expuesta, pero fue después de muchas marchas de primarias, de diálogos rotos, de sanciones, de elecciones robadas, todo ese desgaste que ya conoces.

María Corina Machado está libre tras ser perseguida por régimen de Maduro  en marchas en Caracas

Esa semana ya se sentía raro el ambiente. Desde el lunes empecé a anotar cosas oficiales que nunca respondían, mensajes empezaron a contestar rápido. Un par de amigos en Fuerte Tuna me escribieron cosas como, “Pronto, hermano, pronto, sin detalles y sobre todo el silencio en ciertos chats donde siempre había chisme y que de repente se quedaron como muertos.

” Del jueves en la mañana, tipo 8, recibí la primera señal clara. Me llamó un coronel con el que tenía años hablando en clave. Siempre era muy medido. Ese día, sin rodeos me dijo, “Hoy no te muevas mucho, mantente cerca del centro. La cosa se va a poner seria.” Le pregunté directo, “¿Es hoy?” Hizo una pausa y solo dijo, “Es hoy si todo sale como debe.” Colgó.

Nada de más detalles, pero yo entendí, no era la primera vez que me decían, “Es hoy, ojo, ya habíamos pasado por madrugadas de rumores, por supuestos, alzamientos que terminaban en nada o en unos cuantos presos más. Por eso, aunque por dentro sentí algo, por fuera no cambié mucho la rutina.

Fui al comando, que en realidad era un apartamento adaptado en Chacao con monitores, mapas, pizarras y un montón de café. Entré como a las 9:15. Ahí había cinco personas, todos con cara de no haber dormido bien en varios días. En esas primeras horas todo fue raro, pero nada contundente. Un general que siempre llegaba tarde, ese día madrugó a nuestra reunión por Zoom, tipo 10 en punto.

Otro que estaba fuera del país se conectó con una señal buenísima, cosa extraña. Cada tanto me llegaban mensajes, movimientos en la Carlota, rumores en el 4F, sacaron tanquetas, ese tipo de cosas. Nada verificable del todo. Por eso cada vez que alguien en la sala decía, “Ya empezó”, yo les bajaba la ansiedad. Calma, hasta no ver no creer.

Como a las 2 de la tarde tuve la primera confirmación seria de que algo diferente estaba pasando. Un capitán que casi nunca se arriesgaba a mandar audios me mandó uno de 10 segundos. Se escuchaban voces de fondo, un ambiente de cuartel y él decía, “Nos acaban de cambiar la orden. No hay instrucciones de reprimir, solo en alerta máxima.

Esto no es normal. Eso para mí era clave. Cuando en Venezuela hay cualquier protesta, lo primero que baja es controlar disturbios. Que la orden fuera solo alerta máxima, me encendió una alarma distinta. Durante la tarde la ciudad parecía medio anestesiada. No sé si recuerdas esa sensación de días raros en Caracas, que el tráfico no es el mismo, que la gente te mira distinto, que nadie sabe nada, pero todos intuyen algo.

Yo salí dos veces del comando, una como a las 4 para comprar café y otra como a las 7 para despejar la cabeza. En las dos salidas vía más Guardia Nacional en la calle de lo habitual, pero sin cara de estar buscando peo. Estaban como esperando. Ya de noche, tipo 9 u 9:30, empezó lo fuerte. Me llama el mismo coronel de la mañana.

Esta vez su tono era otro, casi no respiraba entre frase y frase. Me dijo, “Ya se dio la orden. Hay un grupo en camino. El objetivo es capturarlo vivo.” Repito, vivo. Ahí sí se me apretó algo por dentro. Le pregunté, “¿Mira flores?” Me dijo, “No, ¿dónde duerme hoy?” cambió de sitio. No preguntes más, pero estate listo.

Si esto se concreta, tienes que avisarle a ella directo, sin intermediarios. Ella en su boca siempre había sido María Corina. Colgó sin despedirse. Yo me quedé unos segundos viendo el teléfono, eran como las 9:40 más o menos. No miré el reloj exacto, pero sé que era por ahí porque en la televisión del comando estaban empezando los noticieros de la noche.

No le dije nada al resto todavía, solo comenté, “Hay movimiento.” Manténganse atentos, pero sin armar cadenas de WhatsApp. Todavía no. Entre las 10 y las 12, todo fue una mezclarara de espera y microinformaciones. Uno me escribía que había movimiento cerca de la casona. Otro juraba que vio salir una caravana rara de fuerte tiuna. Otro decía que Maduro no estaba en Miraflores desde temprano.

Te soy sincero, la mitad podían ser rumores, la otra mitad verdades. Yo lo que hacía era ir filtrando y no volverme loco. Como a las 11:30 llegó un mensaje clave en uno de los canales seguros que teníamos con militares. Solo decía fase dos nada más, pero sabíamos qué significaba, porque esas fases las habíamos hablado semanas antes en una reunión muy chica de coordinación. Fase uno era no represión.

Fase dos era neutralización de mandos altos. Fase tres era aseguramiento del objetivo. Leer fase dos me dijo que esto iba en serio y que ya no había marcha atrás fácil. A medianoche el comando estaba lleno. Éramos como 15 personas entre técnicos, políticos, gente de comunicaciones. Nadie gritaba, nadie celebraba todavía.

Todos sabíamos que hasta que el tipo no estuviera bajo control real, cualquier cosa podía pasar, desde un contragolpe hasta una masacre. El momento clave para mí fue a las 2:15 de la mañana, más o menos. No te puedo jurar si eran las 2:10 o las 2:20, pero sé que vi el reloj digital en uno de los monitores y marcaba algo así.

El teléfono rojo, por llamarlo de alguna manera, empezó a vibrar. Ese teléfono casi nunca sonaba. Era una línea super específica que solo tenían tres personas en uniforme. Miré la pantalla, era el coronel. Contesté con un alóo muy seco. Del otro lado solo escuché. Listo, objetivo asegurado. Vivo. Trasladándolo.

Repito, ya no está libre. Yo le pregunté casi automático. Confirmado al 100%. Me dijo, “Lo tengo frente a mí.” No es rumor, pero escucha, faltan horas para que esto sea público. Ocúpate de lo tuyo. Ni una palabra más por aquí. Y colgó. Me quedé mirando el teléfono un par de segundos. Sentí como si todos en el cuarto supieran que algo acababa de pasar, aunque yo no había dicho nada.

Un compañero me preguntó, “¿Qué te dijeron?” Yo solo respondí, “Ya está, lo tienen vivo. Ahí sí, la sala cambió. No hubo gritos, pero sí un silencio distinto como pesado. Uno se tapó la cara con las manos. Otra persona empezó a llorar bajito. Yo la verdad no sabía si reír, llorar, salir corriendo, nada.

Lo que sí tuve claro fue una cosa, tenía que llamar a María Corina ya mismo. ¿Por qué yo? Porque desde hacía meses habíamos acordado un protocolo. Si pasaba lo grande, no se armaban cadenas raras, no había 10 personas molestándolas. Había una sola llamada de una sola persona con información verificada. Esa persona era yo. Así que respiré, tomé el otro teléfono, el personal, busqué su chat y marqué la llamada.

Sonó varias veces, creo que fueron cuatro timbrazos. Por un momento pensé que estaba dormida, pero atendió. Su voz sonaba cansada, pero despierta. Creo que ella llevaba días durmiendo poco también. Me dijo, “¿Qué pasó?” No dijo hola ni nada, solo qué pasó. Yo no le di vueltas. Ya lo tienen, está capturado, está vivo, lo están trasladando.

Ahora del otro lado hubo un silencio, no sé si fueron 3 segundos o 10, pero se me hizo largo. Lo primero que me dijo con la voz bien bajita fue, “¿Estás seguro?” Le repetí, “Lo está diciendo alguien que lo está viendo. No es cadena de WhatsApp, no es chisme, es real.” Ahí escuché que tomó aire y solo dijo, “Okay, nada de gritos de victoria, nada de alfín, solo un okay muy seco.

” Yo le pregunté, “¿Estás sola?” Me dijo, “No, estoy con dos personas aquí, pero estoy en un cuarto aparte.” Se escuchaba como si se hubiera encerrado en un estudio o en un baño. No sé. Me preguntó qué está pasando afuera. Le hice un resumen rápido. Todavía no hay nada en la calle.

Los cuarteles están en alerta, pero no hay orden de reprimir. El país no sabe todavía. Eso va a explotar en unas horas cuando esto salga. Por eso te llamo. Ya. Tella se quedó callado un momento y me dijo algo que a mí se me quedó clavado. Esto puede terminar bien o puede ser un desastre. Y tenía razón. Yo mismo lo estaba pensando, pero oírlo de ella fue como un baño de agua fría, porque claro, una parte de mí, la más básica, quería ver a la gente celebrando, quería ver fuegos artificiales, quería ver banderas, pero había otra parte que se imaginaba

Nicolás Maduro aseguró que María Corina Machado se prepara para salir de  Venezuela

colectivos desatados, venganzas en los barrios, saqueos. los ajustes de cuentas. Ahí fue cuando le dije lo que para mí era lo más importante de toda esa llamada. Le dije literalmente, “María, lo que digas tú en las próximas 2 horas va a marcar si esto es una victoria de verdad o si abrimos la puerta a una guerra civil chiquita, pero guerra al fin.

Lo primero que salgas a decir tiene que ser calma y paz. Nada de humillaciones, nada de cacería, de brujas, justicia, sí, venganza, no.” Ella me preguntó casi como pellizcándome, “¿Tú estás consciente de todo lo que nos han hecho? De los que semurieron, de los presos, del hambre, de todo.” Yo le dije, “Claro que sí. Mi hermano murió en 2017 en una protesta, tú lo sabes.

Si alguien tiene razones para querer venganza soy yo. Pero precisamente por eso te lo digo yo. Si convertimos esto en una vendeta, perdimos moralmente, aunque lo tengamos a él preso. Capturamos a un hombre, pero terminamos destruyendo medio país. Hubo otro silencio. Se escuchaba un leve eco, como si se hubiera sentado en el piso contra una pared.

que ella me dijo, “Yo no quiero linchamientos. No quiero que nadie salga herido esta noche. Necesito que me ayudes a construir ese mensaje.” No es solo decir calma, hay que explicarle a la gente por qué. Ahí empezamos a hablar más táctico. Le dije, “Lo primero, en tu primer mensaje, antes de decir cualquier otra cosa, di claro, ni un solo chavista de base debe ser tocado.

Nadie tiene derecho a agredir a un vecino porque antes fue chavista. Eso tiene que ser lo primero. Segundo, habla de justicia, pero en términos institucionales, tribunales, ¿verdad? Reparación, nada de vamos a pagarles con la misma moneda, aunque te nazca, no lo digas. Tercero, manda a la gente a celebrar en sitios específicos, no en las sedes del PSUV, no en los cuarteles, plazas, avenidas, iglesias, lugares neutrales y cuarto, manda un mensaje directo a la fuerza armada.

Gracias por no disparar, gracias por proteger a la gente. Eso lo va a amarrar públicamente a esa conducta. Ella me dijo, “Yo tenía un borrador de discurso para este día. Lo he ido cambiando con los años. Te soy sincera, las primeras versiones eran más duras, más de caiga quien caiga, pero en los últimos meses lo he estado suavizando.

Aún así, después de escucharte, creo que voy a votar ese borrador y voy a hablar desde cero, desde ahorita. Ahí vino uno de los giros que yo no me esperaba. Yo pensaba que ella iba a estar más en modo victoria, super arriba y en cambio la la sentí muy consciente del peligro. me dijo, “Yo me acuerdo del 11 de abril de 2002 de cómo la cosa se descontroló en horas. No quiero eso otra vez.

No quiero otro caracaso tampoco. Todo lo que hemos luchado no puede terminar con imágenes de gente linchando a nadie. Yo no quiero presos políticos chavistas, quiero culpables juzgados, que es distinto.” Mientras hablábamos, yo me paraba, caminaba por el cuarto, volvía a sentarme. Desde donde yo estaba no veía la calle, solo monitores y caras tensas.

Le hice otra advertencia. Mira, te van a presionar. En cuanto esto se haga público, van a empezar a llamar de todos lados, del exterior, de partidos, de grupos radicales. Unos van a pedir mano dura total, otros van a pedir perdón absoluto. Tienes que tener clarísimo tu centro, justicia sin venganza. Si te mueves de ahí, nos vamos a romper por dentro.

Ella me respondió algo que a mí me terminó de convencer. Si yo pido venganza, me vuelvo igual a ellos. Y si pido olvido total, traiciono a las víctimas. No voy a hacer ninguna de las dos. Voy a hablar de memoria, de verdad y de justicia, pero también de reconciliación. Y sobre todo voy a decirle a la gente que no se deje usar por el odio.

En medio de esa conversación hubo un momento curioso. Se le cortó la llamada, no sé si fue la señal o si alguien entró al cuarto donde estaba ella. Fueron como 20 segundos. Me escribió por mensaje. Se cayó la llamada. Dame un minuto. En esos segundos me entró un miedo tonto. Pensé, “¿Y si la están grabando? ¿Y si alguien usa esto en su contra?” Pero luego pensé que eso ya daba un poco igual.

Lo que estábamos diciendo era exactamente lo que queríamos que se supiera, que no queríamos sangre. Me volvió a llamar. Esta vez lo primero que me dijo fue, “Ya grabé un audio corto para mi equipo. Nadie sale hasta que tengamos el mensaje listo. No quiero que nadie se adelante en redes.

” Me pidió, “Quédate conmigo en línea mientras escribo. Solo voy a tomar notas. No me hables mucho, pero si se me ocurre algo muy arrecho o muy suave, te lo leo y tú me dices.