MÉXICO BLOQUEA GANADO y los PRECIOS EXPLOTAN en EE.UU.

MÉXICO BLOQUEA GANADO y los PRECIOS EXPLOTAN en EE.UU.

Imagina un viernes por la tarde en Texas. La fila del supermercado avanza lento, los refrigeradores lucen vacíos y los anuncios de límite por cliente aparecen donde antes había paquetes de carne a buen precio. En los noticieros, un mismo titular. México cerró la llave del ganado hacia Estados Unidos, lo que por décadas pareció indestructible.

Una relación comercial basada en más de un millón de becerros mexicanos cruzando cada año la frontera. Acaba de romperse. Y cuando se rompe esa cadena se siente en todas partes. En el rancho de Chihuahua que no embarca, en el corral de engorda de Arizona, que queda a medias, en el asador de Florida que de pronto cuesta el doble encender.

Detrás del portazo hay dos detonantes que explotaron al mismo tiempo. Por un lado, el temido gusano barrenador. plaga que devora tejido vivo y que encendió las alertas sanitarias desde Chiapas hasta Veracruz. Por el otro, una decisión unilateral de Donald Trump. Cierre temporal, controles reforzados, fronteras duras.

Trump ya tiene un problema con la carne en Estados Unidos por los aranceles a importadores y cierres fronterizos a México; ahora ruega para que ganaderos locales bajen sus precios

Para Washington se trata de proteger a su industria. Para los ganaderos mexicanos es otra presión política disfrazada de protocolo sanitario. Para el consumidor estadounidense la traducción es simple: precios al a alza. Pero esta historia no se queda en la aduana, toca la soberanía alimentaria de toda Norteamérica. Porque si Estados Unidos enfrenta su peor crisis ganadera en décadas, sequía, inventarios mínimos, corrales vacíos, depender del becerro mexicano ya no es una opción, es una necesidad y México lo sabe. Por eso, mientras suben los

precios en los supermercados del norte, aquí se mueven fichas que nadie esperaba. Nuevos contratos con Asia, puertas abiertas en Europa, puertos mexicanos ajustando su logística para enviar cortes a miles de kilómetros sin mirar atrás. La pregunta entonces cambia. Ya no es cuándo volverán a cruzar los becerros, sino quiere México seguir siendo el proveedor silencioso de siempre.

Lo que empezó como una respuesta a una plaga y a un portazo político se está convirtiendo en un rediseño del mapa cárnico del continente. Si México decide diversificar de verdad el precio de la carne en Estados Unidos, no será lo único que cambie. También cambiará quien manda en la mesa. Durante décadas, el negocio del ganado entre México y Estados Unidos fue presentado como un ejemplo de integración económica.

Cada año más de un millón de becerros cruzaban la frontera rumbo a Texas, Arizona o Nuevo México. Allá se engordaban en corrales especializados y luego eran sacrificados en plantas que abastecen a todo el país. En cifras hablamos de un flujo valuado en más de 3,000 millones de dólares anuales con estados clave como Chihuahua, Sonora y Durango sosteniendo buena parte de la producción.

En Estados Unidos la ecuación era sencilla. Sin el ganado mexicano, los corrales se vacían. Y en un contexto de sequía histórica que ha reducido los inventarios a niveles no vistos desde 1951, México no era un socio más, era el salvavidas. Por eso, la noticia de que México detuvo las exportaciones fue recibida como un terremoto en el sector agroalimentario del norte.

El origen de la crisis está en un enemigo microscópico, el gusano barrenador, causado por la mosca cocliomía o minivíborax. Sus larvas se alimentan de tejido vivo, provocando heridas graves en el ganado e incluso poniendo en riesgo la vida de animales y personas. México había logrado erradicar esta plaga con campañas masivas de control biológico, liberando moscas estériles para frenar su reproducción.

Pero en 2023 reapareció en Panamá, se extendió por Centroamérica y a finales de 2024 llegó a Chiapas, Oaxaca y Veracruz. Estados Unidos reaccionó rápido. El 24 de noviembre de 2024, la administración de Donald Trump anunció un cierre temporal de la frontera al ganado mexicano, alegando riesgos sanitarios inaceptables.

La medida parecía preventiva, pero en México muchos lo interpretaron como un movimiento político disfrazado. Y es que la relación entre ambos países ya estaba tensa por temas como los aranceles del 25% a productos mexicanos, las presiones migratorias y los reclamos sobre narcotráfico. El golpe económico fue inmediato.

Normalmente cruzan entre 3,000 y 5000 cabezas de ganado al día. Con la frontera cerrada, los corrales en el norte de México se saturaron y los precios internos cayeron. Las pérdidas se estimaron en más de 300 millones de dólares en pocos meses. Al mismo tiempo, en Estados Unidos pasó lo contrario. Los precios de la carne y de productos derivados comenzaron a subir con fuerza, golpeando a los consumidores y provocando alarma en supermercados y cadenas de restaurantes.

Lo que empezó como una plaga localizada se transformó en una crisis binacional que pone en jaque a millones de familias en ambos lados de la frontera. El cierre de la frontera encendió la mecha. En México, los ganaderos de Chihuahua, Sonora y Durango organizaron protestas con unmismo mensaje. No somos la piñata de nadie.

En Durango, un productor lo dijo frente a cámaras. Cada becerro parado es dinero que se pierde. Trump no puede usar la sanidad como excusa para manipular el comercio. La indignación no era solo por el golpe económico, sino por la sensación de que una vez más las decisiones de Washington ponían de rodillas a miles de familias mexicanas. Mientras tanto, al otro lado de la frontera, la tensión se volvió palpable en los pasillos de supermercados y restaurantes.

En Texas y Florida, la carne de resbió un 10% en abril de 2025, mientras los huevos aumentaron hasta un 25% en cuestión de semanas. Analistas advirtieron que si el bloqueo continuaba, los precios podrían dispararse hasta un 50% para fin de año. Para muchos estadounidenses, la carne se convirtió en un lujo inesperado y la frustración comenzó a apuntar directamente hacia la Casa Blanca.

Los empresarios ganaderos de Texas y Arizona elevaron su voz. La Asociación Nacional de Ganaderos en Estados Unidos advirtió que sin el ganado mexicano la industria colapsaría. No es una exageración. Es una realidad económica inminente”, declaró su presidente en una conferencia que tuvo cobertura nacional. En paralelo, cámaras de comercio y cadenas de restaurantes enviaron delegaciones a Washington para exigir que Trump levantara la prohibición, pero en lugar de retroceder, la tensión política escaló. Claudia Shainbaum se plantó

firme. “México no se inclina ante decisiones unilaterales. Defenderemos nuestra soberanía y buscaremos nuevos mercados. Sus palabras replicadas en medios de todo el continente marcaron un contraste con la postura de Trump, quien en su red social Truth calificó el envío de ganado como un riesgo inaceptable y advirtió que ningún vecino pondrá en peligro la seguridad de Estados Unidos.

El resultado fue un choque frontal. De un lado, una presidenta mexicana decidida a no ceder. Del otro, un presidente estadounidense usando la plaga como argumento en una estrategia mucho más amplia de presión política. Y en el medio, millones de consumidores viendo como la carne desaparecía de sus mesas, mientras los ganaderos mexicanos buscaban con urgencia rutas alternativas para su producto.

Lo que parecía un simple problema sanitario se convirtió en un pulso de soberanía, orgullo nacional y poder económico. Cuando parecía que México había quedado contra las cuerdas, los ganaderos dieron un giro inesperado. En una reunión histórica de la Unión Ganadera Regional de Sonora y otras organizaciones del norte, se tomó una decisión drástica, reducir las exportaciones a Estados Unidos y diversificar hacia otros destinos, no más dependencia de los mataderos de Texas y Arizona.

La presidenta Claudia Shainbow respaldó la jugada con un mensaje claro. México no agachará la cabeza. Somos un país soberano y nuestra economía no se someterá a los caprichos de Washington. Con ese respaldo político, la Secretaría de Agricultura lanzó un plan nacional de emergencia. Incluía inspecciones en todos los ranchos, protocolos sanitarios reforzados y sobre todo la apertura de canales comerciales con Asia y Europa.

El primer interesado fue China, el mayor consumidor de carne del mundo. Empresas chinas enviaron delegaciones a Veracruz y Manzanillo para evaluar la calidad de la carne mexicana y negociar contratos de largo plazo. Al mismo tiempo, la Unión Europea expresó disposición para triplicar las importaciones desde México, aprovechando el puerto de Veracruz como hub logístico.

En ambos casos, la carne mexicana se presentó como un producto confiable con altos estándares sanitarios y a precios competitivos frente a otros exportadores. Pero la verdadera sorpresa estuvo en casa. El gobierno impulsó redes de compradores nacionales y regionales, conectando directamente a productores con cadenas locales y restaurantes.

De esta manera no solo se abría el mercado externo, también se fortalecía el interno, reduciendo la vulnerabilidad de depender de un solo socio. La lucha contra el gusano barrenador tampoco quedó en segundo plano. México reactivó la planta de Chiapas dedicada a la producción de moscas estériles con la meta de liberar hasta 1000 millones de ejemplares.

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Esto significaba independencia tecnológica y sanitaria, evitando la dependencia de programas conjuntos con Estados Unidos. Lo que comenzó como una crisis se transformó en un punto de inflexión. México no solo resistía a la presión de Trump, sino que convertía la adversidad en oportunidad.

Abrir puertas al mundo, blindar su soberanía alimentaria y elevar el valor de su producción ganadera. Para entender cómo México logró convertir la crisis en oportunidad, hay que mirar el engranaje que se puso en marcha. No fue improvisación. Detrás de la decisión de cortar exportaciones a Estados Unidos, se desplegó una maquinaria logística y sanitaria sin precedentes.

Primero, el control sanitario. El gusanobarrenador se combate con una técnica tan ingeniosa como efectiva, liberar millones de moscas estériles que interrumpen el ciclo de reproducción del parásito. Desde noviembre de 2024, México comenzó a liberar 100 millones por semana con la meta de alcanzar 1000 millones en todo el país.

Esto evita depender de programas conjuntos con Washington y garantiza que el ganado esté libre de riesgos para mercados internacionales. A la par se instalaron más de 200 puntos de inspección en estados fronterizos y zonas de exportación, asegurando que cada res cuente con un certificado de sanidad validado por la Secretaría de Agricultura.

En lo logístico, los puertos estratégicos se convirtieron en protagonistas. Manzanillo y Lázaro Cárdenas en el Pacífico recibieron inversiones para ampliar corrales de cuarentena, refrigeración y sistemas de trazabilidad digital que permiten rastrear cada animal desde el rancho hasta el barco. Por el lado del Atlántico, Veracruz fue reforzado como el gran puente hacia Europa con nuevas instalaciones de inspección veterinaria avaladas por la Unión Europea.

El transporte también cambió. En lugar de cruzar el ganado en pie hacia Texas, miles de reces son ahora procesadas en plantas mexicanas bajo estándares internacionales de inocuidad, lo que multiplica el valor agregado y permite enviar carne empacada al vacío lista para los mercados más exigentes. Este cambio no solo evita la dependencia de mataderos estadounidenses, también genera empleos directos en México y mayor rentabilidad para los productores.

La tecnología es otro pilar. Cada lote de ganado cuenta con aretes electrónicos que registran origen, vacunas y peso. Información que se comparte en tiempo real con compradores internacionales a través de plataformas digitales. Esto da confianza a mercados como China que exigen trazabilidad total para aceptar importaciones.

En pocas palabras, México transformó el bloqueo en una oportunidad para modernizar su industria. Control sanitario autónomo, puertos fortalecidos, procesamiento nacional y tecnología de punta para abrirse al mundo. El golpe de México a la industria cárnica estadounidense no solo se mide en cifras de exportación, sino en el impacto directo que ya está transformando la vida de millones de personas a ambos lados de la frontera.

En Estados Unidos la crisis se siente en los bolsillos. Supermercados de Texas y Florida reportan incrementos del 10 al 25% en el precio de la carne y los huevos. Y los analistas advierten que si la escasez continúa, el aumento podría superar el 50% hacia fin de año. Para familias de clase trabajadora acostumbradas a la carne como alimento básico, esta escalada significa un duro golpe al presupuesto doméstico.

Los restaurantes también sufren. Cadenas de comida rápida en Houston y Phoenix redujeron menús o aumentaron precios, generando descontento social y presión política sobre la Casa Blanca. Pero mientras Estados Unidos lidia con el encarecimiento, en México la historia empieza a escribirse de otra manera. Miles de ganaderos, antes atrapados en la dependencia de los corrales de engorda texanos, ahora ven abiertas las puertas de China y Europa, mercados que pagan más y valoran la calidad de la carne mexicana. Para regiones como

Sonora, Chihuahua y Durango, esto no es solo un negocio, es la oportunidad de diversificar sus economías y reducir la vulnerabilidad ante decisiones unilaterales de Washington. La cadena de valor interna también se fortalece. Con el procesamiento de carne dentro de México, se generan miles de empleos adicionales en plantas frigoríficas, transporte y exportación, al tiempo que se incrementa la derrama económica local.

El dinero que antes quedaba en mataderos de Texas ahora circula en estados ganaderos mexicanos, impulsando desde pequeños ranchos hasta grandes cooperativas. En términos de soberanía, el cambio es histórico. México deja de ser visto como el patio trasero ganadero de EE para posicionarse como un proveedor global de alimentos.

En paralelo, el país refuerza sus capacidades sanitarias con tecnología propia, demostrando que puede enfrentar plagas como el gusano barrenador, sin depender de la supervisión estadounidense. Lo que comenzó como una crisis terminó revelando un giro estratégico. Estados Unidos pierde control sobre un sector clave mientras México gana independencia, empleos y poder de negociación en la mesa global de la carne.

El bloqueo del ganado mexicano hacia Estados Unidos no es un incidente aislado, es un síntoma de un cambio mucho más profundo. Durante décadas, la relación comercial entre ambos países estuvo marcada por la dependencia. México producía, Estados Unidos compraba y parecía que nada podía alterar ese equilibrio. Pero 2025 está demostrando que los viejos acuerdos ya no son eternos.

La decisión de suspender exportaciones mostró que la soberanía no se negocia. México, con sus ganaderos alfrente dejó claro que no aceptará imposiciones disfrazadas de medidas sanitarias y aunque la crisis golpeó con fuerza en el corto plazo, también abrió una ventana inesperada, la oportunidad de diversificar mercados, modernizar la industria y recuperar valor dentro de las fronteras nacionales.

Para Estados Unidos, en cambio, la lección es amarga. Con corrales vacíos y precios al alza, el país que alguna vez dictó las reglas descubre lo que significa depender de su vecino del sur. La carne, que parecía un producto garantizado en cada mesa, se convierte en un símbolo de fragilidad. Lo que está en juego va más allá de la ganadería.

Se trata del futuro de la soberanía alimentaria en Norteamérica. México ha demostrado que puede dejar de ser el proveedor silencioso para convertirse en un actor estratégico en el tablero global de alimentos. Y esa transformación apenas comienza, porque al final la pregunta ya no es si Estados Unidos podrá presionar a México, sino si México elegirá seguir atado a un solo comprador o consolidarse como una potencia agroalimentaria con presencia en Asia, Europa y más allá.

Y hablando de batallas por recursos vitales, no te pierdas nuestro video anterior, donde revelamos qué descubrieron los científicos bajo el río Colorado y por qué ese hallazgo podría cambiar el futuro del agua en todo el continente. Nos vemos en el próximo capítulo aquí en Educaamérica.