“EL MINI LIC” CONFIESA TODO: Ayudé a El Chapo a Escapar 2 Veces del Altiplano, Costó $200M

“EL MINI LIC” CONFIESA TODO: Ayudé a El Chapo a Escapar 2 Veces del Altiplano, Costó $200M

200,000ones dólares. Esa fue la cantidad exacta que costó sacar a Joaquín Guzmán Loeaera del altiplano. No una vez, sino dos. Y yo estuve involucrado en las dos operaciones. Mi nombre es Damas o López Serrano. Me conocen como el miniak y lo que voy a contar aquí no lo he dicho completo nunca, ni a los gringos cuando empecé a cooperar, ni a los fiscales mexicanos.

Hay cosas que me guardé porque sabía que si las decía completas no iba a vivir para contarlas después. Pero ya estoy del otro lado, ya no tengo nada que perder y creo que la gente merece saber cómo funcionan las cosas de verdad en este país. Voy a empezar por decir algo que mucha gente no entiende. Sacar a alguien de una prisión de máxima seguridad no es cuestión de cabar un túnel y ya.

Eso es lo que ves en las noticias, el espectáculo, la parte visual. Pero detrás de eso hay años de trabajo, millones de dólares invertidos y una red de corrupción que llegas hasta lugares que ni te imaginas. Mi padre Damaso López Núñez, el licenciado, fue subdirector de Puente Grande. Él sabía cómo funcionaban las prisiones por dentro.

Conocía cada debilidad, cada punto ciego, cada funcionario que se podía comprar. Ese conocimiento fue lo que nos permitió hacer lo que hicimos. Yo empecé a involucrarme en los negocios del cartel desde muy joven. Mi padre siempre me mantuvo cerca, me enseñó cómo se movían las cosas. A los veintitantos años ya estaba coordinando operaciones, manejando dinero, hablando con gente que tenía poder real.

No era un chamaco cualquiera jugando al narco. Yo sabía exactamente en qué me estaba metiendo y lo hice con los ojos bien abiertos. No voy a hacerme la víctima ahora. Tomé mis decisiones y las asumo. Cuando el Chapo cayó la primera vez que me tocó participar, yo tenía información privilegiada sobre cómo funcionaba el sistema penitenciario.

Mi padre había trabajado ahí, conocía a directores, a custodios, a gente de inteligencia. Sabíamos quién estaba dispuesto a cooperar y quién no. Lo primero que hicimos cuando supimos que Joaquín iba al altiplano fue empezar a mapear todo el personal. No es tan difícil como suena. La mayoría de la gente que trabaja en esos lugares gana una miseria.

Estamos hablando de tipos que ganan 15 20,000 pesos al mes por arriesgar su vida cuidando a los criminales más peligrosos del país. Cuando les ofreces 100,000, 200,000, 500,000 pesos, la mayoría dice que sí, sin pensarlo mucho. El primer paso siempre fue identificar a los eslabones débiles. Mandábamos gente a acercarse a custodios, a personal administrativo, a cualquiera que tuviera acceso.

A veces era directo. Te ofrecemos tanto por hacer tal cosa. Otras veces era más sutil. Nos hacíamos amigos de familiares, les ayudábamos con problemas económicos, les conseguíamos trabajos a sus hijos, creábamos dependencias. Así, cuando llegaba el momento de pedir algo, ya nos debían favores. Con Joaquín específicamente, el proceso empezó desde el día que lo encerraron.

Mi padre me dijo, “Mi hijo, este hombre no se puede quedar encerrado. Es demasiado importante para el negocio. Tenemos que sacarlo como sea.” Y así empezamos a trabajar. Lo primero fue establecer comunicación con él adentro. Eso suena simple, pero en una prisión de máxima seguridad donde supuestamente están vigilados las 24 horas, no lo es.

Tuvimos que comprar a varios custodios solo para poder pasarle mensajes. Al principio eran notas escritas, después conseguimos meterle teléfonos pequeños de esos que casi no se detectan. Los escondíamos en comida, en libros, en cualquier cosa que pudiera entrar. Recuerdo la primera vez que hablé directamente con Joaquín después de que lo encerraron.

Fue por uno de esos teléfonos que le metimos. Me dijo, “Mi hijo, necesito que me saques de aquí. No importa cuánto cueste, no importa lo que tengas que hacer, tú y tu papá son los únicos en los que confío para esto. Esas palabras me pesaron durante mucho tiempo. Era una responsabilidad enorme. La planificación de la primera fuga tomó casi 2 años.

No fue algo que hicimos de un día para otro. Primero teníamos que entender perfectamente la estructura del penal. Conseguimos planos, no los oficiales, sino los reales. Los oficiales son una cosa, pero las prisiones se modifican constantemente, se agregan cosas, se quitan otras. Necesitábamos saber exactamente cómo estaba construido el lugar en ese momento específico.

Para conseguir esa información tuvimos que comprar a gente del Seen, que era como se llamaba la agencia de inteligencia en ese entonces. Ellos tenían acceso a todo. Un contacto que teníamos ahí nos vendió información detallada sobre los sistemas de seguridad del altiplano, cámaras, sensores de movimiento, protocolos de vigilancia, horarios de cambio de guardia, todo eso nos costó, como 20 millones de pesos, solo esa información y valió cada peso.

Una vez que teníamos los planos y la información deseguridad, empezamos a analizar las opciones. Hubo varias ideas sobre la mesa. Algunos proponían un ataque frontal, meter un comando armado y sacarlo a la fuerza, pero eso era suicida. El altiplano está diseñado para resistir ese tipo de ataques. Tiene perímetros múltiples, torres de vigilancia, respuesta rápida del ejército.

No había manera de que funcionara. Otra opción era sacarlo disfrazado, como se había hecho en otras prisiones, pero el altiplano tenía controles biométricos. huellas digitales, reconocimiento facial, todo eso. No podía simplemente ponerle un uniforme de custodio y caminar hacia afuera. La opción del túnel surgió después de analizar todas las demás.

Era la más compleja logísticamente, pero también la más segura si se hacía bien. El problema era que el altiplano estaba construido sobre roca sólida. No era como cabar en tierra normal. Necesitábamos equipo especializado, ingenieros que supieran lo que hacían y un lugar desde donde empezar a acabar. Compramos un terreno a como kilómetro y medio del penal.

Lo hicimos a través de prestanombres. Obviamente nadie podía saber que estábamos adquiriendo propiedades cerca de la prisión. El terreno tenía una construcción encima, una bodega vieja que usamos como fachada. Ahí instalamos todo el equipo. Los ingenieros que contratamos eran profesionales de verdad.

Algunos habían trabajado en minas, otros en construcción de metro. Les pagamos fortunas para que guardaran silencio y para que hicieran el trabajo bien. Ninguno sabía exactamente para qué era el túnel, o al menos eso decían. Pero no eran tontos, seguro se imaginaban. El túnel tomó meses en construirse. Era una obra de ingeniería impresionante, la verdad.

Tenía ventilación, iluminación, rieles para sacar la tierra en vagonetas, todo profesional. La tierra que sacábamos la llevábamos de noche en camiones, la dispersábamos en diferentes lugares para que nadie notara acumulaciones sospechosas. Lo más difícil fue calcular exactamente dónde tenía que terminar el túnel. Necesitábamos que saliera justo debajo de la celda de Joaquín o al menos de un lugar donde él pudiera llegar sin que lo vieran.

Para eso tuvimos que conseguir información muy precisa sobre la ubicación de su celda. Compramos esa información a personal del penal, gente que tenía acceso a los registros de asignación de celdas. Hubo un momento como a los 8 meses de estar cabando, donde pensamos que todo se iba a ir al [ __ ] Las autoridades empezaron a hacer auditoría sorpresa en el penal, revisaron protocolos, cambiaron personal.

Creímos que alguien había hablado, que nos habían descubierto. Paramos todo por casi tres semanas. Mi padre estaba nervioso, yo también, pero resultó que era solo una revisión rutinaria, nada que ver con nosotros. Cuando nos aseguramos de que no había peligro, retomamos el trabajo. El costo total de esa primera operación fue de aproximadamente 80 millones de dólares.

Incluía todo. la compra del terreno, la construcción del túnel, los sobornos a funcionarios del penal, los pagos a personal de inteligencia, los ingenieros, el equipo, la logística para la huida, después 80 millones de dólares. Y cada peso estaba justificado porque el negocio que Joaquín generaba era mucho más que eso.

La noche de la fuga fue tensa. Yo no estuve en el túnel directamente. Mi trabajo era coordinar lo que pasaba afuera. tenía gente apostada en diferentes puntos, listos para moverse apenas Joaquín saliera. También teníamos comprados a elementos de la policía estatal y municipal para que no intervinieran si veían movimiento sospechoso.

Hasta tenías helicópteros listos por si había que hacer una extracción de emergencia. Cuando recibí la llamada de que Joaquín estaba fuera, sentí un alivio que no puedo describir. Habíamos trabajado casi 2 años en eso. Habíamos invertido una fortuna y había funcionado. Lo movimos rápido a una casa de seguridad, luego a otra y eventualmente a la sierra, donde estaba más protegido.

Después de esa fuga, la fama de Joaquín creció todavía más. Los medios lo convirtieron en una especie de leyenda. El tipo que se escapó de la prisión más segura de México a través de un túnel. Pero lo que nadie contaba era todo lo que había detrás, los millones de dólares, las decenas de personas compradas, los años de planificación.

Eso no es romántico, eso no vende periódicos, pero es la realidad. Pasaron unos años y Joaquín volvió a caer. Esta vez la situación era más complicada. El gobierno estaba bajo mucha presión internacional, especialmente de Estados Unidos, para que no se repitiera lo del túnel. Reforzaron la seguridad del altiplano, cambiaron protocolos, pusieron más vigilancia.

Cuando mi padre y yo empezamos a planificar la segunda fuga, sabíamos que iba a ser mucho más difícil. Pero difícil no significa imposible. Lo que mucha gente no entiende es que la corrupción en Méxicono tiene límites cuando hay suficiente dinero de por medio. Puedes reforzar todo lo que quieras, puedes poner las cámaras más modernas, los sensores más sensibles, pero si el tipo que los opera está en tu nómina, no sirve de nada.

Para la segunda fuga, invertimos más en corrupción directa y menos en infraestructura. Ya teníamos la experiencia de la primera vez, sabíamos qué funcionaba y qué no. Esta vez compramos gente a niveles más altos, no solo custodios y personal administrativo, sino directivos del penal, gente de la Secretaría de Gobernación, elementos de seguridad nacional.

El precio era más alto, pero la protección era mejor. El túnel de la segunda fuga fue similar al primero en concepto, pero más sofisticado en ejecución. Aprendimos de los errores anteriores. Esta vez el punto de origen estaba aún más lejos, casi 2 km, para evitar sospechas. La construcción fue más rápida porque teníamos mejor equipo y gente más experimentada.

Lo que hicimos diferente fue la coordinación interna. Esta vez teníamos personas dentro del penal que literalmente miraban para otro lado cuando Joaquín hacía cosas que no debía hacer. Le permitían moverse más libremente dentro de su área. Le daban tiempo sin vigilancia. Eso facilitó mucho la fuga cuando llegó el momento.

También invertimos en tecnología para contrarrestar la vigilancia. Teníamos equipo que podía interferir señales, jammers que bloqueaban ciertas frecuencias. No era para usarlos permanentemente. Eso levantaría sospechas, sino solo en momentos críticos. La noche de la fuga, por ejemplo, hubo fallas técnicas en varios sistemas de seguridad.

casualidad según los reportes oficiales, pero tú y yo sabemos que no fue casualidad. La segunda fuga costó más, como 120 millones de dólares. El total entre las dos operaciones fue de aproximadamente 200 millones. Una fortuna, sí, pero para dar contexto, Joaquín generaba eso en unos pocos meses de operación. Era una inversión, no un gasto.

Cada vez que lo sacábamos, el negocio volvía a fluir normalmente. Las ganancias superaban por mucho el costo de las fugas. Hay algo que quiero dejar claro, porque mucha gente tiene una idea equivocada de cómo funcionan estas cosas. No fue un grupo pequeño de criminales burlando a todo el gobierno mexicano. Fue un sistema corrupto donde todos tenían su parte.

Los políticos que recibían dinero para mirar hacia otro lado, los funcionarios de prisiones que vendían información y acceso, los militares que no intervenían cuando debían. Los jueces quedaban sentencias ligeras o retrasaban procesos. Todos eran parte del negocio. Yo mismo le entregué maletines con dinero a gente que aparece en televisión dando discursos sobre combate al crimen, políticos de alto nivel, gobernadores, secretarios de Estado.

No voy a dar nombres aquí porque no tengo manera de probarlo ahora mismo y solo me generaría problemas legales. Pero la gente que investiga estos temas sabe perfectamente de quién hablo. las mismas caras que aparecían condenando al narco en conferencias de prensa, esas mismas caras estaban en nuestra nómina. La hipocresía era lo que más me molestaba.

Al menos nosotros éramos honestos sobre lo que hacíamos. Éramos criminales. Pero ellos se presentaban como los buenos, como los defensores de la ley, mientras por debajo cobraban su parte. Eso es peor. En mi opinión, nosotros no pretendíamos ser otra cosa. Recuerdo una reunión específica como 6 meses antes de la segunda fuga, donde mi padre se juntó con un funcionario muy importante del gobierno federal.

No voy a decir el cargo exacto, pero estamos hablando de alguien que aparecía regularmente en los medios. Ese hombre llegó en un carro blindado con escoltas oficiales y se sentó a negociar precios con nosotros. nos pidió 15 millones de dólares para garantizar que no habría interferencia federal durante la operación de fuga.

Mi padre regateó, “Quedamos en 12. Le pagamos en tres partes, la última justo antes de la fuga. Cuando la fuga ocurrió y ese mismo funcionario apareció en televisión expresando su indignación y prometiendo investigar, me dio risa y asco al mismo tiempo. Sabía perfectamente que gran parte de ese dinero estaba en cuentas en el extranjero, probablemente en Suiza o Panamá, a nombre de familiares o empresas fantasma.

Así funciona el sistema. Después de la segunda fuga, las cosas empezaron a complicarse. La presión internacional era enorme. Estados Unidos estaba furioso. Amenazaron con todo tipo de consecuencias si no recapturaban a Joaquín. El gobierno mexicano, que normalmente podía manejar estas situaciones con discreción se vio arrinconado.

Además, empezaron los conflictos internos en el cartel. Cuando Joaquín estuvo preso la segunda vez, surgieron disputas sobre quién tenía el control. Mi padre había asumido muchas funciones de liderazgo y no todos estaban contentos con eso. Algunos de los hijos de Joaquín empezaron acuestionar nuestro papel, a querer tomar más poder para ellos.

Cuando Joaquín salió, en lugar de resolver los problemas, estos se intensificaron. Había tensiones que antes se mantenían bajo control, pero que empezaron a explotar. Los chapitos, como les decían a sus hijos, querían mandar. Mi padre, que había mantenido el negocio funcionando mientras Joaquín estaba dentro.

Sentía que merecía más reconocimiento. Yo estaba en medio de todo eso, tratando de mantener la paz. Lo que nadie cuenta es que antes de que Joaquín cayera la tercera vez, ya había fracturas serias en la organización. Se empezó a hablar de traiciones, de gente que estaba dando información al gobierno. Las paranoia estaba alta. Joaquín mismo empezó a desconfiar de gente que había sido leal por décadas.

Mi padre y yo empezamos a distanciarnos de la operación central. Sentíamos que las cosas se estaban poniendo peligrosas, que el final estaba cerca. Él me decía, “Mi hijo, esto no va a durar mucho más. Tenemos que prepararnos para lo que viene.” Empezamos a mover activos, a asegurar propiedades en otros países, a crear opciones de salida.

Cuando capturaron a Joaquín por tercera vez en enero del 2016, ya estábamos parcialmente preparados, pero las cosas se descontrolaron rápido. Los chapitos empezaron a acusarnos de haber entregado a su padre. Era mentira. Nosotros no tuvimos nada que ver con esa captura, pero ellos necesitaban un culpable y nosotros éramos el blanco fácil.

Empezaron las amenazas, los mensajes. Gente que había sido nuestra aliada, ahora nos daba la espalda. El mundo del narco es así. Cuando estás arriba, todos son tus amigos. Cuando las cosas se ponen difíciles, estás solo. Mi padre fue detenido en mayo del 2017. Yo seguí unos meses más tratando de mantenerme bajo el radar, pero sabía que era cuestión de tiempo.

Cuando me agarraron casi fue un alivio. Estaba cansado de huir, de esconderme, de no saber en quién confiar. La decisión de cooperar con los americanos no fue fácil. Sabía que me convertiría en un traidor a los ojos de mucha gente, pero también sabía que era mi única opción real de sobrevivir. En México me esperaba una muerte segura, ya fuera a manos de los chapitos o de otros grupos que querían vengarse.

En Estados Unidos al menos tenía la posibilidad de un trato, de una sentencia reducida, de eventualmente salir y tener algún tipo de vida. Cuando empecé a hablar con los fiscales americanos, me di cuenta de cuánta información tenía acumulada. Años de operaciones, contactos, rutas de droga, lavado de dinero, corrupción gubernamental.

Era como abrir una caja de Pandora. Cada cosa que decía llevaba a más preguntas, a más investigaciones. Sobre las fugas, lo que más les interesaba era la corrupción institucional. Querían nombres, querían pruebas, querían entender cómo era posible que algo así sucediera, no una, sino dos veces. Les expliqué lo que estoy explicando aquí, que no era cuestión de unos pocos criminales astutos, sino de un sistema completamente podrido.

Les di información sobre funcionarios que habían recibido pagos, sobre cómo se movía el dinero, sobre qué instituciones estaban comprometidas. Parte de esa información ya la tenían por otras fuentes, pero yo pude confirmar y ampliar mucho. Creo que les resultó valioso, aunque nunca me dijeron exactamente qué hicieron con todo eso.

Lo que puedo decir es que hay gente que todavía está libre caminando por las calles, ocupando posiciones de poder, que estuvo directamente involucrada en las fugas de Joaquín. No todos fueron arrestados, no todos fueron procesados. Algunos simplemente desaparecieron del mapa, otros se reinventaron con nuevas identidades políticas.

El sistema protege a los suyos. Cuando miro hacia atrás, hay cosas de las que me arrepiento y cosas de las que no me arrepiento de no haber tenido la visión de salir antes, cuando todavía era posible hacerlo sin tantas consecuencias. Me arrepiento de algunos actos de violencia que ordené o permití, aunque en su momento parecían necesarios.

Me arrepiento de haber confiado en gente que después me traicionó. De lo que no me arrepiento es de haber sido honesto conmigo mismo sobre quién era y qué hacía. Nunca me inventé excusas, nunca me convencí de que era un buen tipo haciendo cosas malas por necesidad. Sabía exactamente en qué negocio estaba, sabía las consecuencias potenciales y seguía adelante de todas formas.

Eso es algo que puedo respetar de mí mismo, aunque suene raro. Las fugas de Joaquín fueron logros increíbles desde un punto de vista operativo. 200 millones de dólares bien gastados, años de planificación meticulosa, decenas de personas coordinadas perfectamente. Si hubiéramos aplicado esa misma inteligencia y esos recursos a algo legal, probablemente habríamos sido exitosos empresarios. Pero no fue así.

Elegimos el camino que elegimos. Hay gente que romaniza la figura del narco,que ve a tipos como Joaquín o como mi padre, como héroes populares, como Robin Hoods modernos. Eso es una estupidez. No éramos héroes. Éramos criminales que ganaban dinero vendiendo veneno y que estaban dispuestos a hacer lo que fuera necesario para proteger el negocio.

Las fugas no fueron actos de rebeldía romántica, fueron operaciones de negocios. Joaquín era valioso fuera de la cárcel, así que lo sacamos. Simple como eso. Lo que sí creo que la gente debería entender es la escala de la corrupción que permite que estas cosas pasen. No es un problema de criminales inteligentes, es un problema de instituciones completamente vendidas.

Mientras eso no cambie, van a seguir pasando cosas así. Tal vez no exactamente iguales, pero similares. El dinero del narco corrompe todo lo que toca. Desde el policía de a pie hasta el político de más alto nivel, cuando extraditaron a Joaquina, Estados Unidos, muchos pensaron que era el fin de una era y en cierto sentido lo fue.

El cartel de Sinaloa se fragmentó, surgieron nuevas organizaciones, cambió el mapa del poder, pero el negocio siguió, la droga sigue fluyendo, el dinero sigue corrompiéndose, la violencia sigue cobrando vidas. Yo estoy aquí en territorio americano cumpliendo mi parte del trato que hice con los fiscales.

Mi padre está en prisión, probablemente pase ahí el resto de su vida. Joaquín está en una prisión de máxima seguridad en Colorado, de la que definitivamente no va a escapar. Los chapitos siguen operando más violentos que nunca y el sistema mexicano sigue tan corrupto como siempre. Cuando me preguntan si valió la pena, honestamente no sé qué responder.

Hubo años donde viví como rey, con más dinero del que podía gastar, con poder que la mayoría de la gente ni siquiera puede imaginar. Pero también perdí todo, mi libertad, mi familia, mi país, estoy vivo, que ya es más de lo que pueden decir muchos que estuvieron en mi situación. Supongo que eso es algo.

Lo que quiero que la gente se lleve de todo esto es simple. Cuando ves las noticias sobre fugas espectaculares, sobre narcos burlan a las autoridades, sobre operativos fallidos, no pienses que es porque los criminales son genios y las autoridades son incompetentes. La mayoría de las veces es porque ambos lados están jugando para el mismo equipo.

El show es para las cámaras, para el público. Detrás de escena, los billetes cambian de manos y todos están contentos. millones de dólares para sacar a un hombre de prisión dos veces suena como una locura, pero en el contexto de lo que generaba el negocio era una inversión perfectamente racional y lo más triste es que probablemente fue una de las inversiones más eficientes que hicimos.

Cada peso corrupto funcionó exactamente como debía funcionar. El sistema respondió exactamente como esperábamos que respondiera. Esa es la verdadera historia de las fugas del Chapo. No es romántica, no es emocionante como en las películas, es fría, calculada, transaccional, pero es la verdad y ya era hora de que alguien la contara completa.

Si alguien del gobierno mexicano está viendo esto, saben que todo lo que digo es cierto. ¿Saben quiénes recibieron dinero? ¿Saben quiénes miraron para otro lado? ¿Saben quiénes tienen cuentas en el extranjero con dinero que salió del narcotráfico? La diferencia es que yo ya no tengo nada que perder diciéndolo y ustedes tienen todo que perder si se sabe.

Así que ahí lo dejo. Mi padre me enseñó muchas cosas, algunas útiles, otras no tanto, pero algo que siempre me quedó fue una frase que repetía constantemente, “En este negocio todos tienen precio. Absolutamente todos. La única pregunta es, ¿cuántos ceros? Después de todo lo que viví, puedo confirmar que tenía razón.

Las fugas de Joaquín son la prueba más clara de eso. 200 millones de dólares. Y salió caminando dos veces de la prisión más segura del país. Esa es mi confesión. Esa es la verdad que me llevé adentro durante años. Ahora está afuera para quien quiera escucharla. Lo que hagan con ellas es cosa de ustedes. Yo ya hice mi parte. M.