‼️HORROR‼️Encuentran en la basura una cab… Ver más
El camión de basura avanzaba lentamente por la calle principal de un barrio donde los días solían ser tranquilos, casi rutinarios. El cielo nublado amenazaba con lluvia, y el olor a tierra mojada se mezclaba con el perfume de los árboles que bordeaban la avenida. Para muchos, era un amanecer cualquiera… pero para Rubén, el recolector que iba colgado del costado del camión, esa mañana cambiaría para siempre.
Mientras levantaba un contenedor anaranjado, algo llamó su atención: un objeto oscuro, enterrado bajo residuos de tierra y trozos de plástico. Al principio pensó que era algún animal callejero durmiendo ahí dentro. Pero cuando la luz del sol rozó una parte redondeada… sintió un escalofrío en la nuca.
—Oye, ven —susurró al compañero más cercano.
Los demás trabajadores se acercaron. Rubén señaló con el dedo, todavía incrédulo.
El objeto estaba ahí, inmóvil, como ocultando un secreto prohibido.
La noticia se difundió como pólvora:
“Sospechoso objeto hallado en contenedor. Sospechan que podría ser… una cabeza.”
Pero la policía, al llegar, se dio cuenta de que algo no cuadraba.
La “cabeza” estaba cubierta de barro endurecido. Tenía un brillo extraño, casi metálico.
Cuando la levantaron con guantes y la colocaron sobre una lona blanca, la luz reveló la verdad:
No era humana.
Ni siquiera parecía hecha por manos corrientes.
Era… una escultura.
Una figura tallada con una precisión perturbadora. Rasgos tan realistas que parecían copiar una persona auténtica. O unos ojos que parecían mirar aun sin poder ver.
El oficial encargado la sostuvo por un momento. Algo en aquella pieza despertaba una inquietud ancestral, como si guardara siglos de historias calladas.
El Barrio San Miguel, donde fue encontrado el objeto, tenía una leyenda olvidada: la del Escultor Fantasma. Un artista que desapareció años atrás dejando obras tan inquietantes que nadie se atrevía a mirarlas de cerca. Se decía que sus esculturas eran retratos de personas que se habían esfumado misteriosamente del pueblo…
Y que cada obra encerraba parte del alma de quien había sido retratado.
Nadie tomaba en serio ese cuento de sobremesa.
Hasta que aquella “cabeza” apareció tan de repente.
Rubén, aún perturbado, no pudo evitar sentir que la escultura tenía un parecido estremecedor con alguien que había visto días antes:
una mujer que buscaba desesperadamente a su hermana desaparecida.
—¿Y si…? —pensó, pero la idea le heló la sangre.
La policía decidió llevar la escultura al laboratorio forense. Allí descubrieron marcas en la base: símbolos que parecían ser antiguas runas. Y debajo, grabado con precisión milimétrica, un nombre:
“Mariela”
Coincidía.
Mariela era el nombre de la joven desaparecida.
Esa misma noche, Rubén no pudo dormir. La imagen de la escultura volvía una y otra vez como si lo llamara. Así que fue al contenedor donde todo inició, esperando encontrar más pistas. Al llegar, notó algo extraño: el contenedor estaba movido, como si alguien hubiera intentado arrastrarlo.
Y entonces lo escuchó.
Un golpe sordo desde adentro.
—¿Hola? —preguntó sin atreverse a acercarse demasiado.
Silencio.
—¿Hay alguien ahí? —insistió.
Esta vez la respuesta fue un sonido suave… como un suspiro.
El recolector retrocedió, con el corazón latiendo desbocado. Llamó a la policía de inmediato.
Pero cuando llegaron…
El contenedor estaba vacío.
Completamente limpio.
Como si jamás hubiera contenido nada más que basura.
A partir de ese día, comenzaron los incidentes:
Sombras que se movían detrás de las farolas…
Susurros provenientes de alcantarillas…
Objetos que cambiaban de lugar…
Y lo peor: otra desaparición.
Una mujer fue vista por última vez preguntando en la calle por su hermana.
Después… nada.
El barrio entero comenzó a sospechar que el Escultor Fantasma había regresado.
Que sus obras perdidas estaban reapareciendo.
Y que cada una marcaba una víctima nueva.
Rubén, por su parte, guardaba un secreto que no se había atrevido a compartir:
Cuando encontró la escultura…
tuvo la impresión de que lo estaba observando.
Sus ojos, aun siendo de piedra, parecían seguirlo.
Y ahora… cada noche, al revisar el contenedor de basura detrás de su casa, jura ver algo ahí dentro:
un resplandor metálico,
una sombra con forma de rostro…
Un rostro que no debería existir.
Las autoridades cerraron el caso como “arte abandonado”.
El barrio trató de volver a su vida normal.
Pero en las calles se murmura:
Que hay una obra más por aparecer.
Que la siguiente pieza podría estar ya creada.
Y que cualquiera que mire demasiado tiempo al objeto equivocado…
podría convertirse en parte de la colección.
Porque el arte, algunas veces…
también sabe elegir a su modelo.
Detalles-en-la-sección-de-comentarios