🎤 EL EXTRAÑO TRANCE EN PLENO CULTO AL RITMO DEL “WAKA WAKA”… ver más

Lo que debía ser una reunión tranquila terminó convirtiéndose en uno de los momentos más extraños que los asistentes recordaban haber visto.

Todo ocurrió en cuestión de segundos.

Una mujer que permanecía de pie entre varias personas comenzó a balancear lentamente el cuerpo.

Al principio nadie pareció darle importancia.

Después levantó los brazos.

Cerró los ojos.

Y comenzó a repetir una melodía que varios reconocieron inmediatamente.

Era el ritmo de “Waka Waka”.

Los presentes se miraron entre sí.

Algunos pensaron que estaba bromeando.

Otros creyeron que simplemente estaba emocionada.

Pero entonces la mujer abrió los ojos y pronunció una frase que dejó a todos paralizados.

—Ella está aquí.

Una de las personas que estaba a su lado preguntó:

—¿Quién?

La mujer respiró profundamente.

Sonrió.

Y respondió:

—Shakira.

Durante varios segundos nadie supo qué decir.

Así comenzó, dentro de esta historia completamente ficticia, el extraño episodio protagonizado por Marlene Castillo, una mujer de 38 años que había acudido aquella tarde a una pequeña congregación acompañada de su hermana.

Marlene no era cantante.

Tampoco bailarina.

Trabajaba atendiendo un pequeño negocio familiar.

Era madre de dos hijos.

Y según su hermana Lorena, nunca había protagonizado un episodio semejante.

Aquella tarde había llegado aparentemente tranquila.

Se había sentado cerca del centro del salón.

Conversó con algunas personas.

Tomó agua.

Y durante los primeros minutos todo parecía completamente normal.

Sin embargo, Lorena había observado algo.

Su hermana estaba extrañamente distraída.

Miraba repetidamente hacia la puerta.

Movía una pierna con nerviosismo.

Y parecía incapaz de concentrarse.

—¿Te sientes bien? —le preguntó.

Marlene respondió que sí.

Pero pocos minutos después ocurrió algo inesperado.

Desde un teléfono situado al fondo del salón comenzó a sonar brevemente una melodía.

Alguien había olvidado silenciarlo.

La canción duró apenas unos segundos.

Pero Marlene levantó la cabeza inmediatamente.

Reconoció el ritmo.

“Waka Waka”.

Una persona apagó rápidamente el teléfono.

Todos continuaron con la reunión.

Marlene, sin embargo, no.

Comenzó a murmurar la melodía.

Primero muy bajo.

Después un poco más fuerte.

Lorena volvió a tocarle el brazo.

—Marlene.

Ella no respondió.

—Marlene, mírame.

Nada.

Entonces la mujer se levantó.

Su respiración parecía acelerarse.

Cerró los ojos.

Movió lentamente los hombros.

Y comenzó a repetir fragmentos del ritmo sin pronunciar claramente la letra.

Los asistentes se apartaron.

Una mujer intentó sujetarla por los brazos.

Marlene se resistió.

No de manera violenta.

Pero parecía no querer detenerse.

Algunas personas empezaron a grabar.

Otras pedían que guardaran los teléfonos.

—No filmen.

—Déjenla respirar.

—Busquen a su hermana.

Lorena llegó corriendo.

Al verla, sintió miedo.

No porque creyera que su hermana estuviera “poseída”.

Sino porque no comprendía qué estaba ocurriendo.

—Marlene, soy yo.

La mujer abrió los ojos.

Miró directamente a Lorena.

Durante unos segundos pareció reconocerla.

Después volvió a sonreír.

—Tengo que bailar.

—¿Por qué?

—Porque ella quiere salir.

Lorena sintió un escalofrío.

—¿Quién quiere salir?

Marlene volvió a pronunciar el nombre.

—Shakira.

Fue esa frase la que desató el rumor.

En cuestión de minutos algunas personas comenzaron a decir que Marlene aseguraba estar “poseída por el espíritu de Shakira”.

La expresión era absurda.

Shakira, por supuesto, está viva.

Pero el comentario se propagó.

Una persona lo contó fuera del salón.

Otra lo publicó en redes sociales.

Alguien escribió:

“Mujer entra en trance y asegura tener el espíritu de Shakira.”

Y antes de que terminara la tarde, el video ficticio ya circulaba acompañado de toda clase de teorías.

Pero la verdadera historia era mucho más complicada.

Durante el episodio, Marlene comenzó a moverse de un lado a otro.

No seguía exactamente una coreografía.

Sin embargo, hacía movimientos rápidos con los hombros y la cintura.

Varias personas reconocieron gestos asociados con presentaciones musicales.

Marlene incluso llevó una mano hacia su cabello.

Después comenzó a reír.

Su hermana intentó nuevamente hablar con ella.

—Necesito que te sientes.

—No puedo.

—¿Por qué?

—El público está esperando.

Lorena miró alrededor.

No había ningún público.

Solo unas treinta personas sorprendidas.

—Aquí no hay público, Marlene.

La mujer señaló hacia delante.

—Claro que sí.

Fue entonces cuando Lorena comprendió que algo no estaba bien.

Pidió ayuda.

Dos personas acompañaron a Marlene hasta una silla.

Le dieron agua.

Intentaron mantener el ambiente tranquilo.

Algunos presentes querían rezar alrededor de ella.

Otros propusieron llamar inmediatamente a emergencias.

Lorena eligió lo segundo.

—No quiero que nadie la asuste más.

Una mujer del lugar estuvo de acuerdo.

—Necesita que la revise un profesional.

Mientras esperaban, Marlene alternaba momentos de aparente calma con otros de gran agitación.

A veces preguntaba dónde estaba.

Después volvía a tararear.

En otro momento preguntó por un micrófono.

—¿Dónde está mi micrófono?

Lorena se agachó frente a ella.

—No tienes micrófono.

—Sí tengo.

—Marlene, mírame.

La mujer volvió a reconocerla.

—Lorena.

—Sí.

—Tengo calor.

—Ya viene ayuda.

Aquellas palabras parecieron tranquilizarla.

Pero solo durante unos minutos.

Cuando llegaron los paramédicos, encontraron a la mujer consciente.

Podía responder preguntas sencillas.

Sabía su nombre.

Sabía quién era su hermana.

Sin embargo, seguía haciendo referencias confusas a un escenario y a una cantante famosa.

Uno de los paramédicos preguntó:

—¿Tomó algún medicamento hoy?

Lorena negó.

—Que yo sepa, no.

—¿Ha tenido episodios parecidos?

—Nunca.

—¿Ha dormido bien?

Lorena dudó.

Ahí apareció la primera pista.

Durante las últimas semanas, Marlene prácticamente no dormía.

Su familia atravesaba problemas económicos.

El negocio estaba acumulando deudas.

Su hijo mayor había tenido dificultades escolares.

Y Marlene estaba intentando encargarse de todo.

Dormía tres o cuatro horas.

Algunas noches todavía menos.

Tomaba grandes cantidades de café.

Pasaba horas mirando videos en el teléfono para “distraerse”.

Entre esos videos había conciertos.

Entrevistas.

Coreografías.

Y durante varios días había reproducido repetidamente actuaciones de Shakira.

No porque estuviera obsesionada con ella.

Simplemente porque la música le recordaba su juventud.

Lorena comenzó a unir las piezas.

—Últimamente escucha esa canción todo el tiempo.

El paramédico preguntó:

—¿Cuál?

—Waka Waka.

Aquella explicación no resolvía completamente el episodio.

Pero sí ofrecía un contexto.

El cerebro humano, especialmente bajo niveles elevados de estrés, falta de sueño y ansiedad, puede reaccionar de maneras inesperadas.

Eso no significaba que hubiera ninguna “posesión”.

Ni que una cantante estuviera “dentro” de Marlene.

Simplemente significaba que la mujer necesitaba una valoración seria.

La trasladaron a un centro médico ficticio.

Su hermana la acompañó.

Mientras tanto, afuera, el rumor continuaba creciendo.

Los videos mostraban únicamente los minutos más llamativos.

Marlene moviéndose.

Personas sujetándola.

Ella pronunciando el nombre de Shakira.

Nada mostraba las semanas anteriores.

Nada explicaba el agotamiento.

Nada mostraba a Lorena llorando dentro de la ambulancia.

Y como suele ocurrir con los videos sin contexto, Internet construyó su propia historia.

“POSEÍDA POR SHAKIRA”.

“BAILA WAKA WAKA EN PLENO CULTO”.

“MUJER ENTRA EN TRANCE”.

Los comentarios aparecieron por cientos.

Algunos se reían.

Otros hablaban de fenómenos sobrenaturales.

Unos pocos pedían prudencia.

Lorena no vio nada de aquello hasta varias horas después.

Cuando abrió su teléfono, tenía decenas de mensajes.

—¿Esa es tu hermana?

—¿Qué le pasó?

—Dicen que estaba poseída.

—¿Es verdad que gritaba como Shakira?

Lorena apagó el dispositivo.

Estaba furiosa.

Su hermana estaba en una habitación siendo evaluada.

Y afuera la gente la había convertido en entretenimiento.

Horas más tarde Marlene comenzó a estabilizarse.

Parecía agotada.

Preguntó qué había ocurrido.

Lorena se sentó junto a ella.

—¿No recuerdas?

Marlene frunció el ceño.

—Recuerdo música.

—¿Qué más?

—Mucho ruido.

—¿Recuerdas decir que eras Shakira?

Marlene abrió los ojos.

—¿Qué?

Lorena no pudo evitar soltar una pequeña risa nerviosa.

—Eso dijiste.

Marlene se llevó las manos al rostro.

—No puede ser.

—Sí.

—Dime que no me grabaron.

Lorena guardó silencio.

Marlene entendió inmediatamente.

—Me grabaron.

Su hermana asintió.

Marlene comenzó a llorar.

No de miedo.

De vergüenza.

—No quiero salir de aquí.

Lorena tomó su mano.

—Ahora lo importante es saber qué pasó.

Durante la valoración ficticia, los especialistas no encontraron ninguna explicación sobrenatural.

Observaron agotamiento.

Ansiedad intensa.

Privación de sueño.

Y un episodio de desconexión que requería seguimiento.

Le recomendaron descanso.

Evitar estimulantes.

Dormir adecuadamente.

Y continuar una evaluación profesional.

Nada de aquello era tan espectacular como hablar de “posesión”.

Pero era mucho más útil.

La familia decidió mantener privacidad.

Sin embargo, el video ya había escapado de su control.

Al día siguiente había sido compartido miles de veces dentro de esta historia ficticia.

Algunos usuarios incluso comenzaron a editarlo.

Añadían música.

Efectos.

Imágenes de conciertos.

Uno colocó a Marlene junto a una fotografía de Shakira.

Otro escribió:

“Cuando el Waka Waka pega demasiado fuerte.”

Marlene no quería verlos.

Pero alguien terminó mostrándole uno.

Lo observó durante apenas cinco segundos.

Después devolvió el teléfono.

—Ese no soy yo.

Lorena respondió:

—Sí eres tú.

Marlene negó.

—No.

—Esa mujer está perdida.

La frase dejó a Lorena en silencio.

Marlene tenía razón.

El video mostraba su rostro.

Pero no mostraba quién era realmente.

No mostraba a la madre.

A la comerciante.

A la mujer que llevaba semanas intentando solucionar los problemas de todos.

Solo mostraba diez minutos extraños.

Y esos diez minutos habían terminado definiéndola para miles de desconocidos.

Dos días después, Marlene regresó a casa.

Sus hijos la recibieron con un abrazo.

El menor preguntó:

—Mamá, ¿estás enferma?

Ella se agachó.

—Estaba muy cansada.

—¿Ya estás bien?

—Estoy mejor.

El niño parecía satisfecho.

Pero el hijo mayor tenía otra preocupación.

Había visto los videos.

—En la escuela ya lo saben.

Marlene cerró los ojos.

Aquello era precisamente lo que temía.

—¿Se están burlando?

El adolescente bajó la mirada.

—Algunos.

Marlene sintió una mezcla de tristeza y rabia.

No contra su hijo.

Contra la facilidad con la que una persona podía convertirse en un meme.

Aquella misma tarde decidió hacer algo que nadie esperaba.

Grabó un video.

Sin filtros.

Sin música.

Sin efectos.

Se sentó frente a la cámara.

Miró directamente.

Y habló.

—Sí, soy la mujer del video.

—No, no soy Shakira.

—No, nadie entró en mi cuerpo.

—No estaba actuando.

—Tampoco recuerdo todo lo que ocurrió.

Respiró profundamente.

—Llevaba semanas durmiendo mal.

—Estaba muy estresada.

—Mi familia me llevó a recibir atención.

—Estoy siguiendo indicaciones.

Marlene hizo una pausa.

Después añadió:

—Puede resultar gracioso ver un video de diez segundos.

—Pero para mi familia fue aterrador.

El mensaje comenzó a circular.

Esta vez las reacciones fueron diferentes.

Muchas personas se disculparon.

Otras compartieron experiencias parecidas relacionadas con ataques de ansiedad, agotamiento o episodios de desconexión.

Una mujer escribió:

“Yo también terminé en urgencias después de pasar varios días sin dormir.”

Otro usuario comentó:

“Nos reímos porque no conocemos la historia completa.”

Incluso algunos que habían compartido memes los eliminaron.

Pero no todos.

Internet rara vez olvida por completo.

Marlene tuvo que aprender a convivir con aquello.

Durante varias semanas evitó lugares concurridos.

Creía que todos la reconocían.

Si alguien la miraba durante demasiado tiempo, pensaba que sabía quién era.

Hasta que un día ocurrió algo que cambió su manera de verlo.

Estaba comprando alimentos cuando una mujer se acercó.

—Disculpe.

Marlene se tensó.

Pensó que pediría una foto.

La mujer dijo:

—Vi su video.

Marlene bajó la mirada.

Entonces la desconocida añadió:

—Pero también vi su explicación.

Marlene levantó la cabeza.

—Mi hermana pasó por algo parecido hace años.

La mujer sonrió.

—Gracias por hablar.

Aquellas cinco palabras significaron muchísimo.

Porque por primera vez Marlene dejó de sentir que todo el episodio tenía que convertirse únicamente en vergüenza.

Podía servir para algo.

Comenzó a hablar con más naturalidad sobre el agotamiento.

Sobre pedir ayuda.

Sobre descansar.

Sobre reconocer cuando una persona ya no puede seguir sosteniéndolo todo.

También aprendió algo más difícil.

No era responsable de solucionar todos los problemas de su familia.

Durante años había dicho:

“Yo puedo.”

Incluso cuando no podía.

“Yo lo hago.”

Incluso cuando estaba agotada.

“Yo resuelvo.”

Incluso cuando necesitaba ayuda.

Aquella actitud terminó cobrándole un precio.

Un mes después volvió a escuchar “Waka Waka”.

Fue accidental.

Sonó dentro de un supermercado.

Marlene se quedó completamente quieta.

Lorena, que caminaba a su lado, la miró.

Las dos guardaron silencio.

Entonces Marlene comenzó a reír.

—No digas nada.

Lorena también se rió.

—Yo no dije nada.

—Te conozco.

—¿Quieres que salgamos?

Marlene escuchó durante unos segundos.

Después negó con la cabeza.

—No.

Movió ligeramente los hombros.

—Esta vez la voy a disfrutar consciente.

Las dos comenzaron a reír.

Ese momento, pequeño y simple, significó que algo estaba sanando.

Porque una canción que durante semanas le había provocado vergüenza volvía a convertirse simplemente en una canción.

La historia ficticia también cambió la manera en que la congregación actuaba ante situaciones semejantes.

Los responsables hablaron con los asistentes.

Pidieron que nadie grabara personas atravesando crisis.

Explicaron que llamar a profesionales podía ser necesario.

Y recordaron que respetar la dignidad de alguien debía estar por encima de conseguir un video viral.

Lorena estuvo presente durante aquella conversación.

Al terminar, una persona se acercó.

Era uno de los jóvenes que inicialmente había grabado el episodio.

—Quiero pedirte disculpas.

Lorena lo miró.

—¿Por qué?

—Yo compartí uno de los primeros videos.

El muchacho parecía realmente avergonzado.

—No pensé que llegaría tan lejos.

Lorena suspiró.

—Ese es el problema.

—Nadie piensa que llegará tan lejos.

El joven eliminó la publicación.

No podía borrar todas las copias.

Pero al menos comprendió algo.

Detrás de cada video existe una persona que seguirá viviendo después de que nosotros dejemos de mirarlo.

Pasaron varios meses.

Marlene recuperó lentamente su rutina.

Redujo horas de trabajo.

Aceptó ayuda de su hermana.

Dormía mejor.

Dejó de beber café por las noches.

Y cuando sentía que el estrés comenzaba a acumularse, ya no decía automáticamente que podía con todo.

Un viernes cerró el negocio temprano.

Su hija puso música en casa.

Después de varias canciones comenzó el famoso ritmo.

Marlene apareció desde la cocina.

La familia quedó en silencio.

Su hijo mayor preguntó:

—¿La cambio?

Marlene sonrió.

—Ni se te ocurra.

Comenzó a bailar.

Esta vez conscientemente.

Sus hijos rieron.

Lorena, que estaba de visita, sacó su teléfono.

Marlene la señaló inmediatamente.

—¡Ni se te ocurra grabar!

Todos estallaron en carcajadas.

Y quizá esa fue la mejor manera de terminar aquella extraña historia.

No con demonios.

No con espíritus.

No con teorías sobrenaturales.

Sino con una mujer que atravesó un episodio difícil, recibió ayuda y consiguió volver a reírse de algo que en su momento la había aterrorizado.

Porque detrás del supuesto “trance al ritmo del Waka Waka” había una realidad mucho más humana.

Una persona agotada.

Una familia preocupada.

Un video sacado de contexto.

Y miles de espectadores dispuestos a creer la explicación más extraordinaria antes de conocer la más sencilla.

Marlene nunca volvió a decir que Shakira estuviera dentro de ella.

Cuando alguien le preguntaba qué recordaba de aquella tarde, siempre respondía lo mismo:

—Muy poco.

Luego sonreía.

Y añadía:

—Pero desde ese día aprendí algo importante.

—¿Qué?

—Que descansar también es una responsabilidad.

Después se reía.

Porque, aunque aquel episodio había comenzado con miedo y confusión, terminó obligándola a cambiar su vida.

Y ahora, cada vez que escuchaba los primeros segundos de aquella canción, ya no sentía vergüenza.

Solo decía:

—Esta canción y yo ya tenemos demasiada historia.

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