Mi MEJOR AMIGA apareció en la puerta de la cocina arrastrando los pies, como si la madrugada todavía se le hubiera quedado pegada a los tobillos. Tenía el cabello revuelto, levantado en mechones desobedientes, y los ojos entrecerrados por el sueño.
Se detuvo unos segundos en el umbral, mirando la cocina como quien contempla las ruinas de una fiesta. Frunció la boca con un gesto exagerado y suspiró. Vaya… que nos toca trabajo hoy —dijo, estirando los brazos por encima de la cabeza—. Como dicen por allí: disfruta hoy y paga mañana.
Su voz todavía estaba espesa por el sueño. Yo esbocé una pequeña sonrisa mientras tomaba otro plato del escurridor. Pero entonces ocurrió algo curioso. Cuando ella levantó la vista y vio que el marido de mi cuñada estaba allí, apoyado contra la mesa, su expresión cambió de inmediato. Fue un cambio breve, casi imperceptible, pero suficiente para que yo lo notara.
Sus ojos se abrieron un poco más, y una sombra de incomodidad le cruzó el rostro. Y el aire en la cocina pareció volverse más denso por un instante. El marido de mi cuñada también pareció notarlo. Se aclaró la garganta y se enderezó, como si de pronto recordara que no estaba en su propia casa.
Bueno… —dijo mirando alrededor— creo que voy a ponerme un delantal y a ver si ayudo en algo. Su voz sonó amable, pero había algo forzado en ella, como si estuviera buscando una salida elegante de aquella situación. Yo sacudí ligeramente la cabeza, y dije: no te preocupes. Ustedes son los invitados, así que tú estás en plan de descanso.
Él me miró unos segundos, luego levantó los hombros con una sonrisa breve. Bueno… si tú lo dices. Tomó un último vistazo a la cocina, como si quisiera decir algo más, pero finalmente se dio la vuelta.
Mi mejor amiga se apoyó contra la mesa, y me miró con esa expresión suya que siempre aparece cuando algo le parece extraño. Como que es algo raro él… ¿verdad? La miré por encima del plato que estaba secando. ¿Raro por qué amiga? Ella encogió los hombros, pero sus ojos seguían atentos, como si estuviera tratando de recordar algún detalle.
Pues no sé… a mí así me parece. ¿Y de qué estaban hablando? —preguntó enseguida. Pues de nada… —respondí—. Aunque él quería decirme algo, pero cuando tú llegaste ya no dijo nada. Mi amiga frunció la frente y resopló con una sonrisa torcida. Yo pensé que solo a las mujeres nos gusta el chisme.
Le lancé una mirada divertida, será a ti… que andas viendo de qué te enteras, le dije yo. Ella levantó una ceja, y yo le pregunté: ¿Y por qué crees tú que es un chisme lo que iba a decirme? Por un momento pareció dudar, y su mirada se deslizó hacia la puerta por donde él había salido, como si temiera que todavía estuviera escuchando.
Luego tragó saliva, pues… porque no quiso decirlo frente a mí. Sus dedos comenzaron a girar una cuchara sobre la mesa y el metal raspó suavemente la madera. ¿Qué otra cosa puede ser algo que solo tú puedes escucharlo?
La miré unos segundos, y el comentario me hizo sentir un pequeño escalofrío, aunque no sabía bien por qué. Sacudí la cabeza, y dije: ya deja eso. Tomé otro plato del escurridor y lo sequé con movimientos lentos.
Más bien dime cómo la pasaste, porque tú sí que estabas entretenida en el baile. Ella soltó una risa ligera, pues sí amiga… la verdad la pasé bien.
Se acercó a la ventana y sopló sobre el vidrio empañado, dibujando un círculo con la mano para mirar afuera.
Pero luego su voz cambió un poco, aunque vi que tú no la pasaste bien, me dijo. Levanté la mirada de inmediato, ¿Y por qué crees tú que no la pasé bien? Ella se llevó ambas manos al cabello desordenado, y comenzó a recogerlo. Sus dedos se movían con la costumbre de quien ha hecho ese gesto miles de veces.
Con un movimiento rápido se hizo un chongo alto, dejando escapar algunos mechones sueltos alrededor de su cara. Mientras se acomodaba el cabello, evitaba mirarme directamente.