El Marro se fugó de prisión en un helicóptero de una pandilla… : El ejército derribó el helicóptero y lo recapturó en 3 horas.
El Marro se fugó de prisión en un helicóptero de una pandilla… : El ejército derribó el helicóptero y lo recapturó en 3 horas.

3 horas 180 minutos. Ese fue el tiempo exacto que duró la fantasía de libertad más costosa y arriesgada en la historia del crimen organizado en México, lo que comenzó con el rugido ensordecedor de un helicóptero descendiendo sobre los muros de un penal de máxima seguridad, rompiendo la madrugada con la promesa de una fuga cinematográfica, terminó con un silencio sepulcral en el fondo de una cañada en la sierra de Guanajuato, interrumpido únicamente por el crepitar de las llamas que consumían el fuselaje de una aeronave destrozada.
José Antonio Yepez Ortiz, alias El Marro, líder del cártel de Santa Rosa de Lima, creyó que el cielo era su ruta de escape, una autopista invisible donde la ley no podía alcanzarlo. equivocó. La madrugada del domingo primero de febrero de 2026 no fue el escenario de su triunfo, sino el teatro de operaciones donde la Fuerza Aérea y el Ejército mexicano demostraron que en este país, cuando el Estado decide cazar con toda su fuerza, no hay altura suficiente para esconderse.
aquella aeronave, un Bell 412 que brillaba bajo la luna instantes antes, acabó convertida en un macijo de hierro retorcido. Y su pasajero principal, el hombre que pensó haber burlado al sistema, terminó esposado, aturdido y cubierto de Ollin, comprendiendo de la manera más brutal posible que su imperio se había reducido a las cenizas que lo rodeaban.
Para dimensionar la magnitud de este evento, no podemos limitarnos a la persecución aérea. Debemos entender el contexto de tensión extrema que se vivía en las 48 horas previas. El jueves 29 de enero, apenas dos días antes de la fuga, 80 elementos de las fuerzas especiales habían ejecutado lo que se denominó el protocolo silencio.
En una operación quirúrgica dentro del mismo penal, los soldados irrumpieron en la celda de el marro. Lo neutralizaron en menos de 5 minutos y lo trasladaron a una unidad de aislamiento especial, una fortaleza dentro de la fortaleza, diseñada teóricamente para que nunca más volviera a ver la luz del sol ni a tener contacto con el exterior.
Para el gobierno era el fin de su influencia. Para los remanentes del cártel de Santa Rosa de Lima fue una declaración de guerra total y una humillación que no estaban dispuestos a aceptar. La estructura criminal, herida, pero aún operativa y con recursos financieros líquidos, decidió jugar su última carta, una carta desesperada y suicida, sacarlo volando.
La planificación del rescate comenzó casi de inmediato tras el traslado del capo, mientras las autoridades daban conferencias de prensa celebrando el aislamiento del criminal. En una casa de seguridad en los límites de Celaya y Salamanca, un grupo de lugarenientes cerraba el trato con un piloto mercenario. No contrataron a un aficionado, buscaron a un exmilitar extranjero con experiencia en vuelos de extracción en zonas de conflicto y operaciones de contrabando nocturno.
La oferta fue de $500,000 en efectivo, pagaderos la mitad por adelantado y la otra mitad al aterrizar en la sierra. El plan parecía perfecto en papel. aprovechar la sorpresa, la velocidad de la aeronave y la oscuridad de la madrugada para entrar, extraer al objetivo y desaparecer en la orografía compleja de Guanajuato antes de que las autoridades pudieran siquiera entender qué estaba pasando.
Sin embargo, cometieron un error fatal de inteligencia. Subestimaron la paranoia y la preparación del ejército mexicano. Lo que el cártel no sabía era que tras el traslado del marro, la Secretaría de la Defensa Nacional no había bajado la guardia. Al contrario, había activado un cerco electrónico invisible. Radares móviles de última generación habían sido desplegados para monitorear cada objeto volador en un radio de 80 km alrededor del penal.
El espacio aéreo sobre la prisión no estaba vacío. Era una trampa latente esperando ser activada. La cronología de los hechos es frenética. A las 3 de la mañana con 47 minutos del domingo primero de febrero, las pantallas de radar en la base aérea de Irapuato detectaron una anomalía, un punto luminoso, una traza de radar sin transpedor activo, apareció moviéndose a gran velocidad y baja altitud, intentando ocultarse en el ruido del terreno.
La aeronave volaba sin luces de navegación, una sombra fantasma en la noche. En cualquier otra circunstancia se habría pedido una confirmación visual o se habría intentado contactar por radio, pero esa noche las órdenes eran diferentes. En menos de 90 segundos, la alerta roja llegó al alto mando regional. No hubo burocracia, no hubo dudas.
Se activó el protocolo Halcón Rojo, la directiva de intercepción aérea más agresiva disponible para las fuerzas armadas en tiempos de paz. Mientras el punto en el radar se acercaba al penal, los pilotos de la Fuerza Aérea Mexicana corrían hacia sus máquinas en las pistas de Irapuato, León y Celaya. A las 4 de la mañana con 2 minutos, el infierno se desató sobre el centro penitenciario.
Elsonido de las aspas del B 412 rompió el silencio de la madrugada. El helicóptero del cártel emergió de la oscuridad, posicionándose en vuelo estacionario justo encima del patio de la zona de aislamiento. Desde las puertas laterales abiertas, sicarios armados con fusiles de asalto y ametralladoras ligeras abrieron fuego de su presión contra las torres de vigilancia.
Las balas impactaron el concreto y el vidrio blindado, obligando a los guardias a buscar cobertura y creando el caos necesario para la maniobra. [música] En una acción que duró segundos, un equipo de extracción descendió por cuerdas rápidas fast rope hacia el patio. Utilizando cargas explosivas concentradas volaron la puerta de titanio que daba acceso al área de recreo del módulo de aislamiento, donde sabían que el marro tenía acceso en ese horario por una vulnerabilidad de rutina o corrupción interna que aún se investiga. Lo sacaron a la fuerza, lo
engancharon al arnés y lo subieron a la aeronave. A las 4 de la mañana con 6 minutos, el helicóptero del cártel viró bruscamente y aceleró para ganar altura y distancia. El rescate había durado menos de 4 minutos en total, una ejecución táctica impecable por parte de los criminales. El marro estaba libre, respirando el aire frío de la madrugada, sintiendo la adrenalina del ascenso y creyendo quizás que lo había logrado, que el dinero y la audacia habían vencido al estado una vez más, pero su libertad tenía fecha de caducidad
inmediata. A las 4 de la mañana con 8 minutos, apenas 60 segundos después de que el bell del cártel despegará, cuatro helicópteros Black Hawk who H60 martillados del ejército mexicano se elevaron desde sus bases, rugiendo con la potencia de sus turbinas gemelas. Estas no eran aeronaves de transporte, eran cazadores nocturnos.
Cada uno iba equipado con sistemas de visión infrarroja Flear, Forward looking Fared. Ametralladoras Minigun Dyon Arrow calibre 7.60 60 y 2 y ametralladoras pesadas calibre 50 en las puertas. La orden transmitida a los pilotos militares fue clara, concisa y letal. interceptar, obligar a descender y, si había resistencia neutralizar, recuperar al prisionero a cualquier costo.
Simultáneamente en tierra se desplegó una red de contención masiva. Cones de camionetas blindadas de la Sedena y la Guardia Nacional se lanzaron a las carreteras bloqueando cada intersección, cada camino rural y cada brecha en un arco de 120 km. Si el helicóptero lograba aterrizar, se encontrarían con un muro de acero en tierra.
Pero la batalla principal se libraría en el aire. El piloto mercenario del cártel sabía lo que hacía. Volaba a menos de 100 m del suelo, rozando las copas de los árboles y siguiendo el ca de los ríos secos para evitar ser detectado por los radares de largo alcance. intentaba perderse en la orografía de la sierra de Guanajuato, buscando desesperadamente un punto ciego, pero no estaba huyendo de patrullas policiales con binoculares, estaba huyendo de la tecnología militar más avanzada del continente.
Los sensores térmicos de los Black Hawk detectaron la firma de calor de los motores del Bell, 412 a km de distancia. Para los operadores de sistemas del ejército, la aeronave fugitiva brillaba en sus pantallas como una antorcha en medio de la oscuridad. A las 5 de la mañana con 23 minutos se estableció el primer contacto visual.
Uno de los Black Hawk volando a máxima potencia cortó la trayectoria del helicóptero criminal sobre una zona montañosa despoblada. Lo que siguió fue una persecución aérea digna de una película de acción, pero consecuencias mortales reales. El piloto del cártel, al verse descubierto, intentó maniobras evasivas extremas, virajes cerrados, caídas en picada hacia las barrancas, cambios bruscos de velocidad.
[música] Intentaba sacudirse a sus perseguidores, hacer que se estrellaran contra las montañas o que perdieran el rastro visual. Pero los pilotos mexicanos, entrenados para operaciones de alto riesgo y con el conocimiento del terreno a su favor, se mantuvieron pegados a su cola. La formación de cuatro helicópteros militares comenzó a cerrarse, pastoreando al objetivo, cortándole las rutas de escape, empujándolo hacia zonas donde no pudiera aterrizar ni esconderse.
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Objetivo a las 12: mantiene rumbo norte. no obedece órdenes de aterrizaje. Los Black Hawk intentaron comunicarse por radiofrecuencia civil con la aeronave del cártel, ordenando que descendiera inmediatamente. La respuesta fue el silencio y una maniobra agresiva del piloto mercenario, quien intentó elevarse bruscamente para pasarpor encima de una cresta montañosa y desaparecer en el valle siguiente.
Fue un error de cálculo. Al ganar altura se expuso. dejó de tener la protección del terreno y se convirtió en una silueta clara contra el cielo que empezaba a clarear con el amanecer inminente. A las 6 de la mañana con 43 minut, con la luz gris del amanecer bañando las cumbres de la sierra, el mando militar tomó la decisión final.
El riesgo de que la aeronave escapara o llegara a una zona poblada donde pudiera causar daños colaterales era demasiado alto. Se autorizó el uso de fuerza letal para inhabilitar el vehículo. El tirador de élite a bordo del Black Hawk leader, asegurado con arneses a la puerta abierta y con el viento golpeando su rostro, ajustó la mira de su ametralladora calibre 50.
No apuntó a la cabina para matar a los ocupantes. Apuntó a la estructura crítica. Una ráfaga corta y controlada, un sonido seco que se impuso sobre el ruido del viento. Los proyectiles de alto calibre impactaron la zona del rotor de cola y el estabilizador vertical del BEL 412. El efecto fue inmediato y catastrófico. Al perder el rotor de cola, la aeronave del cártel perdió la capacidad de contrarrestar el torque [música] del rotor principal.
El helicóptero comenzó a girar sobre su propio eje de manera violenta e incontrolable, convirtiéndose [música] en un trompo metálico que caía del cielo. El piloto mercenario luchó con los controles, pero la física ya había dictado sentencia. Una segunda ráfaga, esta vez de advertencia o remate, perforó la cubierta del motor y una estela de humo negro comenzó a salir de la turbina.
La aeronave perdió sustentación y cayó en espiral hacia una cañada rocosa y profunda, lejos de cualquier carretera o poblado. El impacto contra el suelo fue brutal. El sonido del metal, desgarrándose y rompiéndose, resonó en la cañada. El fuselaje se partió y se dobló bajo la fuerza de la gravedad. El combustible derramado se encendió casi al instante envolviendo la mitad posterior de los restos en llamas naranjas y humo denso.
Los cuatro Black Hawk militares se mantuvieron en vuelo estacionario sobre la zona del siniestro con sus armas apuntando hacia abajo, asegurando el perímetro desde el aire mientras esperaban la llegada de las unidades de infantería aerotransportada. No podían aterrizar en ese terreno escarpado, así que ejecutaron una maniobra de inserción por soga rápida.
Soldados de las fuerzas especiales descendieron desde los helicópteros suspendidos en el aire, deslizándose hacia el fondo de la cañada con sus armas listas, preparados para enfrentar cualquier resistencia que pudiera haber sobrevivido al choque. Cuando los soldados tocaron tierra y se acercaron a los restos humeantes, se encontraron con un escenario de destrucción absoluta.
El copiloto del cártel había muerto instantáneamente por el impacto. Su cuerpo yacía atrapado entre los fierros retorcidos de la cabina. El piloto mercenario, aunque vivo, estaba gravemente herido, atrapado en su asiento y semiinconsciente. Los sicarios que iban en la parte trasera habían sufrido fracturas múltiples y quemaduras.
Y allí, en medio del caos, en la parte posterior de la cabina que milagrosamente no había sido consumida por el fuego, estaba el marro, protegido en parte por el cuerpo de uno de sus guardaespaldas y por una placa de metal del fuselaje, había sobrevivido. Estaba aturdido. Con el rostro cubierto de sangre y ollin, el chaleco táctico que le habían puesto estaba desgarrado y su mirada estaba perdida en el vacío.
No puso resistencia. No hubo gritos de desafío ni intentos de escapar corriendo. Estaba roto física y moralmente. El hombre que tres horas antes se sentía el rey del mundo volando hacia su libertad, ahora era arrastrado fuera de los escombros por los mismos soldados que lo habían capturado días antes.
Los médicos de combate atendieron sus heridas superficiales allí mismo, asegurándolo con esposas de alta seguridad de inmediato. El protocolo de identificación fue rápido. A pesar de las heridas y la suciedad, los tatuajes y las facciones confirmaron que el objetivo había sido recapturado. La operación había sido un éxito total. En menos de 3 horas, el estado había neutralizado la amenaza más volátil del momento.
Dentro de los restos del helicóptero, los peritos forenses que llegaron más tarde, descendiendo también por aire, hallaron un arsenal de guerra listo para ser usado. Fusiles de asalto, granadas, equipos de radiocomunicación encriptada. También encontraron bolsas con medio millón de dólares en efectivo y joyas, probablemente el pago restante para el piloto o fondos de emergencia para la fuga.
Pero hubo un detalle, un pequeño objeto encontrado entre las ropas de el marro que llamó la atención de los soldados y que se filtró después en los reportes de inteligencia. En medio del caos, de la violencia y del fuego, el capo guardaba una estampaarrugada de la Virgen de Guadalupe, un símbolo de fe o superstición al que se aferraba un hombre que había dedicado su vida a sembrar muerte.
Un recordatorio paradójico de que incluso detrás de los criminales más buscados y despiadados hay una humanidad distorsionada que busca protección divina mientras comete actos atroces. Esa imagen manchada de sangre y tierra era el único blindaje que le quedaba. A las 11 de la mañana de ese mismo primero de febrero, mientras el sol ya iluminaba por completo la sierra y el humo del incendio se disipaba, las autoridades federales convocaron a una rueda de prensa urgente. No hubo especulaciones.
Se mostraron las imágenes aéreas del sitio del impacto tomadas por los drones de evaluación de daños. Se confirmó la noticia al mundo. El ejército mexicano había derribado la aeronave hostil y recapturado a José Antonio Yepez Ortiz. El mensaje fue contundente y resonó en todas las esferas del poder criminal.
El crimen organizado no escapa ni de prisiones ni de fronteras. El espacio aéreo mexicano no es zona de impunidad. Las imágenes del helicóptero destrozado, incrustado en la geografía hostil de Guanajuato, se volvieron virales en cuestión de minutos. se convirtieron en la advertencia final y gráfica para cualquier otra organización criminal que estuviera considerando una acción similar.
El costo de intentarlo había sido la destrucción total de sus recursos de élite y la reafirmación del control del Estado. El cártel de Santa Rosa de Lima sufrió ese día una herida de la que difícilmente sanará. Perder a un líder una vez es un golpe de inestabilidad, pero perderlo dos veces en una semana, la segunda, en un intento de rescate tan costoso, espectacular y fallido, inspira una duda que carcome la lealtad de las bases.
¿Quién querría seguir a un líder que trae la lluvia de fuego del ejército sobre sus cabezas? ¿Quién se atreverá a pilotar para ellos sabiendo que los Black Hawk están esperando? Hoy el marro ya no está en una celda con vista al patio, ni siquiera en una unidad de aislamiento convencional. Ha sido trasladado a una instalación militar de máxima seguridad, un lugar donde el cielo no existe, donde las paredes son gruesas y el silencio es absoluto.
El ejército demostró que cuando se decide cazar no hay escondite suficiente, ni en la tierra ni en el aire. La capacidad de reacción, la tecnología de los radares y la pericia de los pilotos militares mexicanos quedaron patentes. Fue una demostración de fuerza que reequilibra la balanza del miedo. Ahora el miedo está del lado de quienes escuchan el rugido de las turbinas en la noche.
Sin embargo, la pregunta que queda flotando en el ambiente más allá del éxito operativo es si esta vigilancia extrema y esta capacidad de respuesta inmediata se mantendrán cuando las cámaras se apaguen y la atención mediática pase a otro tema. Esta historia apenas está comenzando su siguiente capítulo. Porque un cártel herido es peligroso y el vacío de poder en Guanajuato podría desatar nuevas tormentas, pero por ahora el marcador es claro.
En el cielo de Guanajuato, la ley ganó por knockout técnico. Suscríbete si te gustó el video y quieres seguir profundizando en las historias reales que sacuden a México con el análisis serio y directo que te mereces. Comparte este contenido para que todos sepan lo que realmente ocurrió en esas tr horas decisivas.
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