Lo encerraron con El Chapo para quebrarlo: la caída final de Maduroo
Increíble conversación entre el Chapo y Maduro en prisión. Declaraciones que te dejarán congelado a continuación. Las puertas del ADX Florence, la prisión más segura de Estados Unidos, se cerraron detrás de Nicolás Maduro con un estruendo metálico que resonó como sentencia final. Nadie imaginó lo que las autoridades estadounidenses tenían planeado, colocarlo en la celda contigua a Joaquín el Chapo Guzmán, el narcotraficante más temido de la historia moderna.
No fue casualidad, fue una estrategia psicológica calculada al milímetro para quebrar al líder venezolano y obtener información que llevaba años oculta en los laberintos del poder sudamericano. El ADX Florence no es una prisión común conocida como la alcatrz de las rocosas, alberga a los criminales más peligrosos del planeta en condiciones de aislamiento extremo.
Maduro, acostumbrado al poder, a los discursos grandilocuentes, a estar rodeado de aduladores y guardaespaldas, enfrentaba por primera vez en décadas la realidad desnuda de su insignificancia. En una celda de 2 m por tr ventanas al exterior, con iluminación artificial constante, el tiempo perdía significado.
El Chapo, en la celda contigua, había pasado años en condiciones similares. Sabía exactamente qué estaba experimentando el venezolano. Conocía las etapas del quiebre psicológico. Primero, la negación, luego la rabia impotente, después la negociación interna, finalmente la desesperación. Había visto a hombres duros quebrarse en semanas.
Algunos comenzaban a hablar solos, otros golpeaban las paredes hasta lastimarse. Los más débiles simplemente se rendían emocionalmente. Pero las autoridades no querían simplemente quebrar a Maduro mediante aislamiento. Querían algo más sofisticado y potencialmente más efectivo. En los próximos minutos descubrirás cómo el encuentro entre estos dos personajes desencadenó revelaciones que cambiarían la comprensión del crimen organizado transnacional y la corrupción política en América Latina.
¿Desde dónde nos ves? Déjalo en comentarios porque esta historia nos concierne a todos los que buscamos entender las dinámicas ocultas del poder. La estrategia de las autoridades se basaba en un principio psicológico fundamental. dos hombres acostumbrados al poder absoluto, enfrentando juntos la impotencia total, eventualmente buscarían establecer algún tipo de jerarquía o conexión para mantener cordura.
Era cuestión de tiempo antes de que comenzaran a comunicarse y cuando lo hicieran, cada palabra sería grabada, analizada y utilizada. Ramírez escoltó a Maduro por el pasillo. El silencio era pesado, casi irrespirable. Las celdas estaban diseñadas para que los presos no pudieran verse entre sí, pero el sonido viajaba.
Cada paso hacía eco, cada respiración se escuchaba. Y cuando llegaron frente a la celda asignada, justo en el momento en que la puerta de acero comenzó a abrirse con ese chirrido metálico que nunca se acostumbra, desde la celda de enfrente se escuchó una voz ronca, calmada, con acento sinaloense marcado. ¿Quién llega? Ramírez no respondió. No era su trabajo.
Pero Maduro, de pie en el umbral de su nueva celda, giró apenas la cabeza hacia donde venía la voz. No alcanzó a ver nada. solo sintió el peso de esa pregunta flotando en el aire. Un vecino nuevo respondió Ramírez casi sin querer, mientras empujaba suavemente a Maduro hacia adentro.
La puerta se cerró con un golpe seco. Las esposas fueron retiradas a través de la ranura de seguridad y entonces, en la oscuridad de esa celda de 3 m por 2, Maduro se quedó solo por primera vez en décadas, sin poder, sin escoltas, sin el ruido constante de aduladores, diciéndole que todo estaba bajo control.
Solo él, el colchón duro, las paredes frías y el eco de una voz que acababa de escuchar. Del otro lado del pasillo, el Chapo ya sabía quién había llegado, no porque se lo hubieran dicho, sino porque en las prisiones federales de ese nivel, las noticias viajan rápido entre los custodios y algunos de ellos, especialmente los hispanos, a veces sueltan más información de la que deberían.
Una hora antes, uno de ellos había murmurado al pasar: “Hoy llega el venezolano, el mero mero.” El Chapo había sonreído apenas, no con alegría, sino con esa ironía amarga de quien sabe que el mundo da vueltas más rápidas de lo que la gente imagina. Años atrás, cuando él todavía mandaba desde Sinaloa, había recibido reportes de sus operadores en Centroamérica.
“Hay un político venezolano que está abriendo puertas. Dice que podemos mover lo que queramos por sus puertos. Dice que él cubre todo. En aquel tiempo, el Chapo había mandado a gente de confianza a verificar y resultó que era cierto. Venezuela bajo ese hombre se había convertido en una autopista para la cocaína que salía de Colombia y llegaba a México y de ahí a Estados Unidos.
No era un rumor, era una operación coordinada, protegida desde elgobierno mismo. Ahora, años después, ambos estaban del mismo lado de las rejas. Dos hombres que movieron continentes enteros encerrados en celdas del tamaño de un baño pequeño. Pasaron unos minutos en silencio. Luego, desde la celda del Chapo, salió otra vez la voz.
¿Cómo te sientes, vecino? No hubo respuesta inmediata. Maduro estaba sentado en el borde del catre con la cabeza entre las manos, procesando todavía la irrealidad de la situación. Finalmente, con voz ronca, cansada, respondió, “Como alguien que fue traicionado por los mismos que juraron lealtad.” El Chapo soltó una risa corta sin humor. “Bienvenido al club”, dijo.
“Aquí todos fuimos traicionados. La diferencia es que algunos lo aceptamos antes que otros.” Esa fue la primera conversación. Breve. incómoda, cargada de ironía, pero fue suficiente para que Ramírez, que estaba haciendo su ronda de vigilancia, se detuviera unos segundos frente a las celdas y agudizara el oído.
No era normal que el Chapo hablara con nadie. Llevaba años en aislamiento casi total, recibiendo visitas contadas, sin contacto real con otros presos. Pero esa noche algo en él había cambiado. Pronto vas a descubrir qué fue lo que Maduro le confesó al Chapo en las horas que siguieron cuando el turno de Ramírez terminó y otro custodio menos curioso tomó su lugar, porque lo que se dijo en ese pasillo no fue registrado en ningún informe oficial, pero quedó grabado en la memoria de un hombre que decidió años después contarlo en voz baja a alguien
de confianza. Y esa persona lo contó a otra hasta que llegó aquí. Pasaron dos horas largas antes de que volvieran a hablar. En ese tiempo, Maduro intentó acomodarse en el catre, cerrar los ojos, fingir que podría dormir, pero el silencio de esa celda no era como el silencio del palacio presidencial, donde siempre había un murmullo de fondo, un teléfono sonando a lo lejos, pasos de escoltas en el pasillo.
Aquí el silencio era absoluto, pesado, aplastante, y en medio de ese vacío, la voz del Chapo volvió a romper la quietud. ¿Sabes lo peor de este lugar?”, preguntó sin esperar respuesta. No es el encierro. Es que aquí nadie te miente. Afuera todos te dicen lo que quieres oír. Aquí hasta el silencio te dice la verdad.
Maduro se quedó inmóvil con la vista clavada en el techo. No quería hablar. No quería reconocer que ese hombre, ese criminal al que los noticieros pintaban como el demonio en persona, estaba diciendo exactamente lo que él mismo había pensado durante las últimas 48 horas. “¿No me conoces?”, respondió al fin con voz seca. “No sabes nada de mí.
” El Chapo dejó escapar un suspiro que sonó más a cansancio que a burla. Sé de ti de lo que crees”, dijo. Sé que hace 15 años tus generales me mandaron decir que podía usar tus puertos sin problema. Sé que tus ministros se reunieron con mi gente en Panamá, en Colombia, en lugares donde nadie pregunta nombres.
Sé que mientras tú dabas discursos contra el imperialismo, tus aviones estaban cargados con lo mismo que yo movía desde Sinaloa. La frase cayó como un balde de agua helada. Maduro apretó los puños, respiró hondo, pero no dijo nada porque en el fondo sabía que era cierto. Todo era cierto.
¿Y qué? Contestó finalmente con un tono defensivo que no logró ocultar. Tú hiciste lo mismo. Sobornaste, compraste, moviste influencias. No eres distinto. Nunca dije que lo fuera, admitió el Chapo. La diferencia es que yo nunca me hice pasar por salvador de nadie. Yo siempre supe lo que era. Tú, en cambio, te vendiste como héroe del pueblo mientras le robabas hasta la esperanza.
El golpe verbal fue directo, sin anestesia. Maduro se levantó del catre, caminó los dos pasos que le permitía la celda y golpeó la pared con la palma abierta. No fue un golpe fuerte, fue un desahogo contenido, una rabia que no tenía a dónde ir. “No sabes nada”, repitió ahora con la voz quebrada. No tienes idea de lo que tuve que hacer para mantener ese país en pie.
Las sanciones, los bloqueos, los traidores por todos lados. Traidores lo interrumpió el Chapo, esta vez con un tono más frío. Amigo, cuando tú llamas traidores a los que te dejaron, yo llamo lo mismo a los que me entregaron. Pero la realidad es otra. Todos hacemos negocios hasta que ya no conviene.
Y cuando ya no conviene, te sueltan. Así es esto, así siempre ha sido. El silencio volvió a instalarse, pero esta vez no era incómodo, era reflexivo, doloroso. Dos hombres que habían estado en la cima del poder, cada uno a su manera, ahora reducidos a conversar a través de muros de concreto en una prisión donde nadie recordaba sus nombres con respeto.
Ramírez, que había regresado al pasillo para hacer una última ronda antes de su relevo, escuchó parte de esa conversación desde el extremo del corredor. No se acercó demasiado. Sabía que si los presos notaban que estaba escuchando, pararían de hablar. Así que fingió revisar una a puerta, ajustar una cerradura, cualquiercosa que le diera excusa para quedarse cerca.
“Entonces, ¿qué haces aquí?”, preguntó Maduro después de un rato. Si sabías cómo era el juego, ¿por qué te dejaste atrapar dos veces? La pregunta era genuina y el Chapo, sorprendentemente la respondió con una honestidad que Ramírez nunca había escuchado en los años que llevaba custodiándolo. “Porque me creí invencible”, dijo.
Porque pensé que con dinero, con túneles, con gente leal, podía burlar todo. Pero hay algo que nunca tomé en cuenta, que los gringos no perdonan cuando te vuelves un problema político. Y tú, tú te volviste un problema político hace años. Maduro no respondió de inmediato. Sabía que era verdad. Durante años había jugado con fuego, desafiando a Washington, aliándose con Rusia, con China, con Irán, moviendo piezas en un tablero donde él creía tener el control.
Pero al final, cuando las circunstancias cambiaron, cuando ya no fue útil para nadie, cuando los mismos que lo protegían decidieron que era más conveniente entregarlo, ahí estaba. en una celda de 2x tres hablando con un narco. “¿Y tú crees que te van a dejar salir algún día?”, preguntó Maduro casi en un susurro.
El Chapo soltó una risa amarga. “No, vecino, yo ya sé que aquí me quedo, pero tú tú todavía tienes esperanza. Eso se te nota en la voz. ¿Todavía crees que alguien va a venir a rescatarte? ¿Que va a haber un giro político, que Rusia o China van a presionar? Déjame decirte algo. No van a venir. A nadie le conviene salvarte. Eres más útil aquí adentro que allá afuera.
Las palabras resonaron como sentencia. Maduro se sentó de nuevo en el catre con la cabeza gacha, las manos temblorosas. Por primera vez en muchos años sintió algo parecido al miedo real. No el miedo escénico de un golpe de estado o de una protesta violenta, sino el miedo profundo, existencial de entender que todo lo que construyó, todo lo que defendió, todo lo que justificó con discursos grandilocuentes se había derrumbado y nadie, absolutamente nadie, movería un dedo para levantarlo.
¿Alguna vez has sentido que tu mundo entero se desmorona y que no hay a quien culpar más que a ti mismo? En los próximos minutos vas a descubrir qué fue exactamente lo que Maduro le confesó al Chapo esa madrugada cuando el orgullo finalmente se quebró y las palabras salieron sin filtro, sin cálculo político, sin la máscara que había usado durante décadas.
Fue cerca de las 4 de la mañana cuando Maduro, incapaz de aguantar más el peso del silencio, volvió a hablar. Esta vez no fue para defenderse ni para discutir, fue para soltar algo que llevaba años guardado. “Yo no quería que todo terminara así”, dijo con voz apagada. “Al principio, al principio de verdad creí que podíamos cambiar las cosas, que podíamos construir algo distinto.
” El Chapo no respondió de inmediato. Dejó que las palabras flotaran, que se asentaran. Luego, con un tono más suave, casi paternal, preguntó, “¿Y en qué momento dejaste de creerlo?” Maduro respiró hondo. La respuesta tardó en salir, pero cuando lo hizo, fue brutal. en su simplicidad, cuando me di cuenta de que para mantener el poder tenía que hacer exactamente lo mismo que criticaba, cuando entendí que sin los sobornos, sin los favores, sin gente como tú no iba a durar ni un año, ahí estaba la confesión, no en un tribunal, no frente
a fiscales ni cámaras, sino en un pasillo oscuro, entre dos hombres que ya no tenían nada que ganar mintiendo. El Chapo asintió, aunque Maduro no pudiera verlo. “Al menos lo admites”, dijo. Eso ya es más de lo que hacen la mayoría. Muchos se van a la tumba creyendo su propia mentira. ¿Y tú? Preguntó Maduro.
¿Tú te crees tu propia historia? La del muchacho pobre que solo quería salir adelante. El Chapo se quedó callado unos segundos. Cuando respondió, su voz sonaba distinta, más honesta. Yo me la creí hasta que ya no importó”, dijo, “Hasta que me di cuenta de que aunque tuviera todo el dinero del mundo, seguía siendo el mismo, un hombre perseguido, sin poder dormir tranquilo, viendo enemigos en todas partes y ahora aquí estoy, sin dinero, sin poder, sin nada.
Pero al menos ya no tengo que fingir. Esa confesión mutua, ese reconocimiento tácito de que ambos habían jugado un juego que al final los había devorado, creó algo extraño en ese pasillo, una especie de tregua invisible. No se perdonaron mutuamente, no se hicieron amigos, pero por un momento dejaron de ser el narco y el dictador para convertirse simplemente en dos hombres rotos, intentando encontrar sentido a las ruinas de sus vidas.
Ramírez, desde su puesto, anotó mentalmente cada palabra. Sabía que si alguien de más arriba se enteraba de que estaba escuchando, podría meterse en problemas. Pero también sabía que lo que estaba presenciando era histórico, no porque fuera importante para los juicios o los expedientes, sino porque revelaba algo que las cortes nunca capturan, ladimensión humana del poder y su caída.
Cuando el turno terminó y Ramírez salió de ese módulo, caminó por el pasillo principal de la prisión, sintiendo algo extraño en el pecho. No era simpatía por ninguno de los dos, era algo más complejo, la certeza de que el poder, cuando se busca sin límites, termina siempre en el mismo lugar, en una celda, en la soledad, en la conversación desesperada con el único que puede entenderte porque está igual de hundido.
Y mientras las autoridades seguían celebrando la captura de Maduro como un triunfo de la justicia, mientras los medios repetían las mismas frases sobre el fin de la impunidad, en ese pasillo oscuro dos hombres seguían hablando en voz baja, confesándose verdades que jamás saldrían en ningún comunicado oficial.
Porque en este mundo las confesiones reales nunca se dan bajo juramento. Se dan cuando ya no queda nada por proteger. Cuando el sol comenzó a filtrarse por las rendijas estrechas de las celdas, el turno de Ramírez ya había terminado. En su lugar quedó un custodio nuevo, un tipo joven, rubio, que no hablaba español y que tampoco le importaba lo que los presos hablaran entre ellos, mientras no hubiera gritos ni violencia.
Ese fue el momento exacto en que la conversación entre Maduro y el Chapo dejó de ser un intercambio de confesiones para convertirse en algo mucho más peligroso. Un recuento detallado de secretos que si salieran a la luz sacudirían gobiernos enteros. Maduro, que había pasado la madrugada oscilando entre la negación y la aceptación, sintió una especie de alivio extraño al saber que el custodio que los había estado escuchando ya no estaba, no porque confiara en el Chapo, sino porque algo en él necesitaba hablar, necesitaba soltar el peso de años enteros,
guardando apariencias. Y el único ser humano en cientos de kilómetros que podía entender lo que significaba mover un país entero como pieza de ajedrez criminal, era precisamente ese hombre al otro lado del muro. ¿Sigues despierto?, preguntó Maduro con voz ronca por el cansancio. Aquí nadie duerme bien, respondió el Chapo.
Uno se acostumbra al insomnio. Hubo una pausa. Luego Maduro soltó algo que llevaba años sin decir en voz alta. Tú sabes que lo de los puertos no fue idea mía, ¿verdad?”, dijo. Cuando llegué al poder, eso ya estaba montado. Chávez ya había abierto las puertas. Yo solo seguí el juego. El Chapo no respondió de inmediato.
Sabía que esa era una de esas verdades a medias que los políticos sueltan cuando quieren justificarse sin asumir toda la responsabilidad, pero también sabía que había algo de cierto en eso. Chávez sí sabía cómo manejar el negocio, admitió el Chapo. Era listo. No se metía directamente, pero dejaba que otros lo hicieran por él.
Y cuando las cosas salían bien, se llevaba su parte sin mancharse las manos. Tú, en cambio, tú quisiste controlarlo todo y eso fue tu error. Maduro apretó los dientes. La verdad dolía más cuando venía de alguien que no tenía nada que ganar diciéndola. Yo heredé un desastre”, respondió con un tono defensivo que ya no convencía ni a él mismo.
Un país quebrado, sanciones por todos lados, una oposición financiada desde afuera. ¿Qué se suponía que hiciera? ¿Dejar que todo se cayera? Pues se cayó igual, replicó el Chapo sin crueldad, solo con la frialdad de los hechos. La diferencia es que ahora estás aquí encerrado y ellos siguen afuera discutiendo quién se queda con los pedazos.
La frase resonó en la celda como una sentencia final. Maduro no respondió. se quedó mirando el techo, procesando lo que acababa de escuchar, y en ese silencio algo dentro de él se rompió definitivamente. Ya no era el presidente, ya no era el líder, ya no era el comandante, era simplemente un hombre que había apostado todo a una partida que nunca pudo ganar.
En unos instantes vas a descubrir lo que realmente pasó entre Venezuela y el cártel de Sinaloa durante los años en que Maduro gobernaba con una mano y con la otra facilitaba una de las rutas de narcotráfico más grandes del hemisferio. Porque lo que el Chapo estaba a punto de revelar no era solo una anécdota, era el mapa completo de cómo dos imperios, uno político, otro criminal, se sostuvieron mutuamente hasta que ambos colapsaron.
El Chapo carraspeó desde su celda. Cuando volvió a hablar, su tono había cambiado. Ya no era el de alguien que juzga, sino el de alguien que cuenta una historia. “¿Sabes cuándo supe que tu gobierno estaba metido hasta el cuello?”, preguntó. Fue en 2013. Mis operadores me mandaron fotos de una pista clandestina en el estado Apure.
Avionetas iban y venían como si fuera un aeropuerto comercial. Nadie las paraba, nadie las revisaba. Y cuando pregunté quién controlaba eso, me dijeron, “La guardia nacional.” Maduro cerró los ojos. Sabía exactamente de qué pista estaba hablando. La había visto en reportes internos. Había firmado órdenespara investigarla.
Órdenes que nunca se cumplieron porque los mismos que tenían que investigar eran los que estaban cobrando. Esa pista movió más droga que medio Sinaloa continuó el Chapo. Y lo mejor de todo es que ustedes la pintaban como lucha antidrogas. Frente a la prensa internacional decomizaban un par de kilos aquí y allá para las fotos, pero las toneladas seguían saliendo limpias. Era un negocio perfecto.
No todo el gobierno estaba involucrado. Intentó defenderse Maduro, aunque su voz ya no tenía fuerza. No hace falta que todos lo estén”, respondió el Chapo. “Solo hace falta que los que mandan miren para otro lado.” Y tú miraste para otro lado muchas veces, amigo. Muchas. El peso de esa acusación era imposible de levantar, porque era cierto.
Maduro había firmado comunicados condenando el narcotráfico, había dado discursos contra las mafias internacionales. había acusado a Estados Unidos de ser el verdadero culpable del tráfico de drogas, pero al mismo tiempo, bajo su gobierno, Venezuela se había convertido en uno de los principales puntos de salida de cocaína hacia Norteamérica.
“¿Y tú crees que los gringos no lo sabían?”, preguntó Maduro intentando desviar el foco. “Claro que lo sabían,”, admitió el Chapo. “Siempre lo supieron, pero mientras les convenía tenerte ahí, te dejaron jugar. Cuando dejaste de servirles, te agarraron igual que a mí. Ahí estaba otra vez la lección brutal que ambos estaban aprendiendo desde ángulos distintos.
El poder no se sostiene por la fuerza ni por las ideas, se sostiene por la conveniencia y cuando dejas de ser conveniente te caes. No importa cuántos discursos hayas dado, cuántos túneles hayas construido o cuántos aliados creas tener. Pasaron varios minutos en silencio. Afuera, en los pasillos de la prisión, empezaba el movimiento matutino.
Puertas que se abren, bandejas de comida que se reparten, órdenes que se gritan. Pero en ese módulo de aislamiento, el tiempo parecía detenido. Fue entonces cuando Maduro hizo la pregunta que llevaba horas queriendo hacer. ¿Tú crees que esto termine algún día? Dijo con una voz casi infantil. Que el narcotráfico, la corrupción, todo esto, ¿algún día se acabe.
El Chapo soltó una risa seca, sin humor. No, vecino, esto no se acaba. Cambia de cara, cambia de nombre, cambia de país, pero no se acaba porque mientras haya demanda habrá oferta. Y mientras haya políticos que necesiten plata rápida y narcos protección, esto va a seguir. Tú y yo somos solo dos capítulos de una historia que empezó mucho antes y que va a seguir mucho después.
La respuesta era desoladora, pero también era honesta. Y en ese momento, para Maduro, la honestidad valía más que cualquier consuelo falso. Entonces, ¿para qué sirve que estemos aquí encerrados? Preguntó. Si nada va a cambiar, ¿de qué sirve meternos presos? Sirve para que ellos se sientan bien, respondió el Chapo. Para que salgan en la tele diciendo que ganaron.
Pero tú y yo sabemos que mientras hablamos ya hay otros ocupando nuestros lugares, otros haciendo exactamente lo mismo que hacíamos nosotros, solo que con otros nombres y otras caras. Maduro se quedó callado. Sabía que era verdad. En Venezuela, en ese mismo momento, probablemente había generales negociando rutas, ministros firmando contratos turbios, funcionarios recibiendo sobres.
Y en México, nuevas generaciones de narcos estaban peleándose el territorio que antes controlaba el Chapo. El ciclo nunca se rompía, solo se repetía. ¿Alguna vez has pensado que las noticias que ves sobre capturas, decomisos y golpes al crimen organizado son solo teatro? Pronto vas a entender por qué lo que pasó entre Maduro y el Chapo no fue un caso aislado, sino un síntoma de algo mucho más profundo.
Un sistema donde los que supuestamente combaten crimen terminan siendo cómplices y donde los que caen solo son reemplazados por otros igual de ambiciosos. Porque mientras esa conversación seguía desarrollándose en una celda oscura, en Washington se preparaban los comunicados de prensa, celebrando la captura de Maduro como un triunfo histórico de la justicia.
En Caracas, los que quedaron en el poder ya estaban repartiendo los cargos vacantes y en Sinaloa, los hijos del Chapo seguían moviendo las mismas rutas que su padre había construido décadas atrás. Nada cambiaba, todo seguía igual, solo cambiaban los nombres en los titulares. La conversación podría haber terminado ahí con esa resignación amarga compartida entre dos hombres que ya no tenían nada que proteger.
Pero hay algo en la soledad extrema, en el silencio de las celdas de máxima seguridad que hace que las personas sigan hablando aunque no quieran. Como si el simple hecho de escuchar otra voz humana fuera el único hilo que los mantiene conectados con algo parecido a la cordura. Fue Maduro quien rompió el silencio esta vez.
Su voz sonaba distinta, más reflexiva, menos defensiva. ¿Alguna vez tearrepentiste?, preguntó el Chapo. Tardó en responder, no porque no supiera la respuesta, sino porque hacía años que nadie le hacía esa pregunta de forma genuina. De muchas cosas, dijo al fin, pero no de las que la gente cree. No me arrepiento de haber entrado al negocio.
Me arrepiento de haber confiado en gente que no lo merecía. Me arrepiento de haberme creído más listo que el sistema. Y me arrepiento de no haber pasado más tiempo con mi familia cuando todavía podía. La respuesta era inesperadamente humana. Maduro la procesó en silencio. Luego, casi sin pensarlo, soltó su propia confesión.
Yo me arrepiento de haber aceptado el poder cuando sabía que no estaba listo dijo Chávez. me dejó un país que ya estaba roto, pero yo fingí que podía arreglarlo y en lugar de admitir que no podía, me rodeé de gente que me decía lo que quería oír. Y cuando todo empezó a caer, ya era demasiado tarde para detenerlo.
El Chapo asintió desde su celda, aunque maduro no pudiera verlo. Ese es el error de todos los que llegan al poder dijo. Creen que van a ser diferentes. Creen que van a cambiar las reglas. Pero las reglas no cambian. Las reglas siempre ganan. Esa frase quedó suspendida en el aire como una sentencia final porque ambos sabían que era cierto.
Las reglas del poder, las reglas del dinero, las reglas del control. Esas reglas estaban escritas mucho antes de que ellos nacieran y seguirían escritas mucho después de que murieran. Pasó otra hora. El custodio nuevo hizo su ronda de rutina, verificó que todo estuviera en orden y se fue. Maduro aprovechó ese momento para hacer otra pregunta, esta vez más directa, más peligrosa.
¿Cuánto dinero moviste en total? Preguntó en toda tu vida. ¿Cuánto? El Chapo soltó una risa corta. Más de lo que pude contar, respondió, pero también más de lo que pude disfrutar. ¿De qué me sirvió tener miles de millones? Si pasé la mitad de mi vida escondido y la otra mitad preso, el dinero solo sirve cuando puedes usarlo. Yo nunca pude y los gringos se quedaron con todo, insistió Maduro con un tono casi curioso.
Con lo que encontraron, sí, dijo el Chapo. Pero nunca encontraron todo. Hay cuentas, propiedades, activos que nunca van a aparecer, pero tampoco importa porque yo ya no voy a salir de aquí. y mis hijos, ellos están peleándose entre sí por lo que quedó. Así que al final, ¿para qué sirvió? La pregunta resonó con fuerza. Maduro pensó en sus propias cuentas congeladas, en los bienes incautados, en las investigaciones que seguían abiertas.
Pensó en todo lo que había acumulado bajo su nombre y bajo nombres prestados, y se dio cuenta de que el Chapo tenía razón. Nada de eso servía ya para nada. “Yo tampoco voy a salir de aquí, ¿verdad?”, preguntó Maduro esta vez sin esperar una respuesta reconfortante. No, vecino, respondió el Chapo con honestidad brutal. Tú tampoco. Te van a juzgar, te van a condenar y te van a dejar aquí hasta que te mueras.
Igual que a mí, la única diferencia es que yo ya lo acepté hace tiempo. Tú todavía estás en negación. Maduro cerró los ojos. Las lágrimas que había contenido durante días finalmente empezaron a salir. No eran lágrimas de arrepentimiento moral, eran lágrimas de derrota absoluta, de entender que todo lo que había hecho, todo lo que había sacrificado, todo lo que había justificado con discursos grandilocuentes sobre soberanía y resistencia había terminado exactamente en el mismo lugar donde terminan todos los que juegan con fuego, quemados,
solos, olvidados. ¿Y tú cómo lo soportas? Preguntó entre soyosos. ¿Cómo haces para no volverte loco? El Chapo respiró hondo antes de responder. Me volví loco hace años, dijo. La diferencia es que aprendí a vivir con la locura. Aquí adentro no tienes opción. O te adaptas o te destruyes. Y yo ya me destruí bastante afuera como para seguir destruyéndome adentro.
Esa respuesta, tan cruda y tan honesta, fue lo que finalmente hizo que Maduro entendiera la magnitud de lo que le esperaba. No iba a haber rescates, no iba a haber negociaciones políticas, no iba a haber presión internacional que lo salvara. Iba a quedarse ahí en esa celda hasta que su cuerpo dejara de funcionar. Y mientras procesaba esa realidad, en algún lugar de Washington, un grupo de fiscales preparaba los cargos finales contra él: narcotráfico, corrupción, conspiración, lavado de dinero.
En Caracas los que antes lo adulaban ya estaban borrando su nombre de los discursos. Y en Million Schen y las calles de Venezuela, la gente seguía haciendo fila para comprar comida, sin importarles ya quién estaba preso ni quién gobernaba, porque al final los imperios caen, los líderes son olvidados y la vida sigue.
Solo quedan las conversaciones en celdas oscuras, donde dos hombres que movieron continentes enteros terminan admitiendo que nunca tuvieron el control que creían tener. Y esa quizá es la confesión más dolorosa de todas. La luz débil que se filtrabapor la rendija de la celda marcaba que era pasado el mediodía del segundo día.
Maduro llevaba más de 30 horas encerrado en esa celda de 2 por 3 m, sin haber comido más que un pedazo de pan duro y sin haber dormido más de 20 minutos seguidos. El Chapo había dejado de hablar hacía un rato. Desde su celda no salía ningún sonido. Quizá dormía, quizá simplemente había aprendido a existir en silencio, como hacen los que llevan años en el encierro.
Pero maduro, no podía quedarse quieto. Se levantaba, caminaba los dos pasos que le permitía la celda, se sentaba de nuevo, volvía a levantarse, las manos le temblaban, la respiración se le aceleraba sin razón aparente. De pronto, sin poder controlarlo, comenzó a golpear la pared con la palma abierta. No fuerte, no como un acto de violencia, sino como alguien que intenta comprobar que todavía existe, que todavía puede generar algún tipo de impacto en el mundo, aunque sea un ruido sordo contra el concreto.
¿Sigues ahí?, preguntó con voz ronca, casi desesperada. Pasaron unos segundos eternos. Luego la voz del Chapo respondió, tranquila, casi indiferente. Sigo aquí. ¿A dónde crees que me iba a ir, Maduro? soltó una risa nerviosa, descontrolada, que no sonó a humor, sino a quebranto. Se llevó las manos a la cabeza, apretándose las cienes, como si quisiera frenar el flujo de pensamientos que no paraban de llegar.
“No puedo, no puedo estar así”, murmuró. “No puedo quedarme encerrado para siempre. Tiene que haber algo. Tiene que haber alguien que no hay nadie.” Lo interrumpió el Chapo con una firmeza que no admitía réplica. Ya te lo dije, nadie va a venir. Cuanto antes lo entiendas, mejor. Pero Maduro no estaba en condiciones de aceptar esa verdad.
Su mente, acostumbrada a controlar narrativas, a dar órdenes, a sentirse el centro de todo, empezaba a cortocircuitar frente a la realidad brutal de la impotencia total. En unos instantes vas a ver como ese segundo día, que para el Chapo era solo una repetición, más de miles de días idénticos para Maduro se convirtió en el punto de quiebre, donde su orgullo, su identidad y su cordura comenzaron a desmoronarse en tiempo real.
Maduro se puso de pie de golpe, como si una descarga eléctrica lo hubiera atravesado. Caminó hacia la puerta de acero de su celda y comenzó a golpearla con los puños cada vez más fuerte. Custodio. Necesito hablar con alguien. Quiero hacer una llamada. Tengo derecho! Gritó con la voz quebrada. Desde el pasillo no llegó respuesta. El custodio del turno de tarde estaba en el otro extremo del módulo, probablemente con audífonos puestos, ignorando cualquier ruido que no fuera una emergencia real.
En prisiones como esa, los gritos de los recién llegados son tan comunes que nadie les presta atención. Necesito salir de aquí, siguió golpeando. No pueden tenerme así. Soy un jefe de estado. Tengo inmunidad diplomática. El Chapo desde su celda escuchaba todo sin moverse. Había visto ese proceso muchas veces. Primero viene la negación, luego la ira, después la negociación desesperada y finalmente la aceptación.
Algunos tardaban semanas, otros meses, pero todos pasaban por lo mismo. Maduro, dijo con un tono que intentaba ser calmado. Para no vas a lograr nada, solo vas a lastimarte las manos. Pero Maduro no escuchaba. seguía golpeando cada vez con menos fuerza, hasta que finalmente se dejó caer contra la puerta, deslizándose hasta quedar sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el acero frío.
Las manos le dolían, la garganta le ardía de tanto gritar y lo peor de todo era el silencio que llegaba después, el recordatorio brutal de que nadie, absolutamente nadie, iba a responder. “¿Por qué me hicieron esto?”, murmuró con la voz rota. ¿Por qué me pusieron aquí contigo? El Chapo respiró hondo antes de responder.
Lo que iba a decir era algo que él mismo había sospechado desde el momento en que escuchó que Maduro llegaría a ese pasillo. “Porque quieren que te rompas”, dijo. Quieren que escuches mi historia, que veas en qué terminé yo y que entiendas que tú vas a terminar igual. Es psicológico. No es casualidad que te hayan puesto aquí. Te quieren quebrar antes del juicio.
La revelación cayó como un balde de agua helada. Maduro levantó la cabeza con los ojos enrojecidos y miró hacia la pared que lo separaba del Chapo. ¿Me están usando a ti para destruirme a mí?, preguntó casi incrédulo. No me están usando, aclaró el Chapo. Yo ya no le sirvo a nadie, pero sí te están poniendo frente a un espejo.
Yo soy tu futuro y ellos quieren que lo veas. Claro, esas palabras penetraron profundo porque Maduro sabía que el Chapo tenía razón. No era coincidencia, nada en ese nivel de operaciones judiciales era coincidencia. Alguien, en algún despacho con aire acondicionado, había decidido estratégicamente juntar a un capo caído con un dictador caído, no por castigo, sino por mensaje. Maduro comenzó areírse.
Pero no era una risa de alivio ni de humor, era una risa nerviosa, desquiciada. La risa de alguien que empieza a perder el control de su propia mente. Entonces, todo esto es un show, dijo Entre risas, un maldito show psicológico. Me capturan, me traen aquí, me encierran contigo para que me vea en ti y me rinda antes del juicio. Es brillante. Es brillante y es monstruoso.
Así funciona el sistema, respondió el Chapo. Siempre ha funcionado así. Te rompen por dentro para que no puedas defenderte por fuera. Maduro dejó de reír abruptamente. Su rostro cambió. Los ojos se le llenaron de una rabia contenida que llevaba días, semanas, meses acumulándose. Se levantó del suelo, caminó de nuevo hacia la puerta y esta vez, en lugar de golpearla, apoyó la frente contra el acero frío y comenzó a hablar en voz baja, casi como una letanía.
“No voy a dejarme quebrar”, murmuró. No voy a darles el gusto. No voy a Pero la frase se cortó porque en ese momento algo dentro de él se dio cuenta de que ya estaba quebrado, que llevaba quebrado desde el momento en que lo subieron a ese avión, que todo lo que estaba haciendo ahora, gritar, golpear, negociar consigo mismo, no era resistencia, era solo negación.
Y cuando esa certeza llegó, Maduro se desplomó de nuevo al suelo, esta vez sin fuerzas para levantarse. Se quedó ahí con la mirada perdida, respirando agitado, sintiendo como cada segundo que pasaba en esa celda le robaba un pedazo más de lo que alguna vez fue. El Chapo desde su celda lo escuchaba todo y aunque no lo dijera en voz alta, una parte de él sentía algo parecido a la lástima, porque reconocía en esos sonidos, en esos soyosos contenidos, en esa respiración entrecortada, el mismo proceso que él había vivido años atrás,
el proceso de dejar de ser quien creías que eras. ¿Alguna vez has sentido que estás perdiendo el control de tu propia mente? Que lo que eras ya no existe y lo que serás no lo puedes imaginar. En los próximos minutos vas a descubrir qué fue lo que finalmente hizo que Maduro en ese segundo día dijera en voz alta algo que nunca había admitido frente a nadie, la verdad completa sobre lo que realmente pasó en Venezuela bajo su gobierno.
Pasaron 20 minutos más. El silencio era absoluto. Luego, con una voz tan baja que el Chapo tuvo que hacer un esfuerzo para escucharla, Maduro habló. Yo sabía, dijo. Yo sabía todo. Los vuelos, los cargamentos, los sobornos, sabía quiénes estaban involucrados, sabía cuánto dinero estaba entrando.
Y no hice nada para detenerlo. ¿Por qué? Porque sin ese dinero, sin esa red, no habría durado ni se meses en el poder. El Chapo no respondió. No hacía falta. Esa confesión valía más que cualquier testimonio en una corte y ambos lo sabían. Maduro siguió hablando como si una compuerta se hubiera abierto y ya no pudiera detener el flujo.
Les dije a mi gente que miraran para otro lado. Les dije que era por la revolución que el dinero ibas a usarse para programas sociales, para resistir las sanciones. Pero la verdad es que gran parte se quedó en cuentas que nadie iba a auditar. Y yo lo permití, yo lo autoricé, yo lo defendí. El Chapo cerró los ojos. Sabía exactamente de qué estaba hablando Maduro.
Había visto los reportes, había recibido las confirmaciones. Venezuela, bajo Maduro, no solo había facilitado el tráfico, había participado activamente en él, convirtiendo al país entero en un engranaje más de la maquinaria criminal que conectaba a Colombia, México y Estados Unidos. ¿Y ahora qué? Preguntó el Chapo.
¿Vas a decir todo eso frente a un juez maduro? Soltó una risa amarga. No, respondió, porque si lo hago, me matan, no los gringos, los míos, los que todavía están afuera, los que necesitan que yo me quede callado para seguir haciendo lo mismo. Ahí estaba la trampa final. Maduro no podía defenderse diciendo la verdad, porque la verdad lo condenaría más, y no podía quedarse callado porque el silencio lo condenaría igual.
Estaba atrapado en un callejón sin salida, diseñado meticulosamente por un sistema que nunca perdona a los que juegan en ambos bandos. Y mientras el segundo día llegaba a su fin, en esa celda oscura, fría y silenciosa, Nicolás Maduro dejó de ser el presidente, el comandante, el líder y se convirtió simplemente en un hombre roto que acababa de confesarle sus secretos más oscuros al único ser humano en el planeta que podía entenderlo sin juzgarlo, porque el Chapo sabía exactamente lo que era estar en esa posición y sabía que a partir De ese
momento, nada volvería a ser lo mismo para Maduro. Cuando la oscuridad del segundo día comenzó a caer sobre el pasillo de aislamiento, Maduro seguía sentado en el suelo de su celda, con la espalda apoyada contra la pared fría, la mirada perdida en algún punto inexistente del techo. Las confesiones que acababa de soltar lo habían dejado vacío, como un recipiente agrietado del que se escapa todo lo que alguna vezcontuvo.
Desde su celda, el Chapo llevaba varios minutos en silencio, pero no era el silencio reflexivo de antes, era un silencio cargado como el que precede a una tormenta. Y cuando finalmente habló, lo hizo con un tono que Maduro no había escuchado hasta ese momento. Sarcasmo puro, filoso, sin piedad. “¿Ya terminaste de llorar?”, preguntó el Chapo arrastrando las palabras.
Porque la verdad suenas patético. Maduro levantó la cabeza confundido. No esperaba ese cambio de tono. Durante horas el Chapo había sido algo parecido a un confesor, alguien que escuchaba sin juzgar demasiado. Pero ahora había algo distinto en su voz, algo que dolía más que cualquier insulto directo. “¿Qué dijiste?”, preguntó Maduro, con voz todavía débil.
que suenas patético, repitió el Chapo, esta vez con más énfasis. Llevas dos días llorando, gritando, echándole la culpa al sistema, a los gringos, a tus generales y ahora resulta que tú sabías todo, pero no hiciste nada. ¿Sabes cómo se llama eso? Cobardía. Pura cobardía disfrazada de política. Las palabras le pegaron a Maduro como bofetadas.
Se puso de pie de golpe, con las piernas todavía temblorosas. y caminó hacia la pared que lo separaba. “Tú no entiendes nada”, respondió con la voz comenzando a quebrarse otra vez. “Tú nunca tuviste que gobernar un país. Tú solo tuviste que mover droga y sobornar gente. Yo tuve que mantener un sistema entero funcionando mientras el mundo me atacaba por todos lados.
” El Chapo soltó una carcajada seca, casi cruel. “Mantener el sistema funcionando”, repitió con ironía Mordaz. Amigo, tú no mantenías nada. Tú eras el títere y lo peor es que ni siquiera te diste cuenta. Esa acusación fue la gota que derramó el vaso. Maduro comenzó a caminar en círculos dentro de su celda, como un animal enjaulado, respirando cada vez más rápido, apretando los puños hasta clavarse las uñas en las palmas.
“Yo no era un títere”, gritó. Yo tomaba las decisiones, yo firmaba las órdenes, yo Tú firmabas lo que te ponían enfrente, lo interrumpió el Chapo con una tranquilidad que contrastaba brutalmente con la desesperación de Maduro. No me vengas con ese cuento. Yo he visto cómo funcionan los gobiernos corruptos.
Siempre hay alguien detrás jalando los hilos. Y en tu caso, todos sabemos quién era. Maduro se detuvo en seco. Su respiración se congeló por un segundo. Sabía exactamente a quién se refería el Chapo. Y solo escuchar esa insinuación lo hizo explotar de una forma que ni él mismo esperaba. No te atrevas a mencionarla, rugió golpeando la pared con ambas manos. No te atrevas.
Pero el Chapo no se detuvo, al contrario, había encontrado el nervio exacto y decidió presionarlo con toda la fuerza posible. “Tu mujer”, dijo pronunciando las palabras lentamente, saboreando el efecto que causaban. Silia Flores, la que realmente mandaba, la que controlaba los contratos, las cuentas, los favores.
Tú eras la cara, pero ella era el cerebro y tú lo sabes. En unos instantes vas a descubrir como esa acusación, lanzada sin filtro por el Chapo, desató en maduro una confesión todavía más profunda y desgarradora, la admisión de que nunca tuvo el control real de nada, ni siquiera de su propio gobierno. maduro, se dejó caer contra la pared, deslizándose hasta quedar sentado de nuevo con las manos cubriéndose el rostro.
Los soyosos que salieron esta vez no eran solo de tristeza, eran de rabia, de vergüenza, de humillación absoluta. Ella comenzó a decir entre soyosos, fue la que la que hizo los contactos, la que movió el dinero, la que la que me decía qué decir, a quién nombrar, qué firmar. El Chapo escuchaba en silencio ahora, dejando que Maduro se vaciara completamente.
Yo solo era yo solo era la voz, continuó Maduro con la voz rota. Ella manejaba todo por debajo. Los generales respondían a ella, no a mí. Los ministros la consultaban a ella antes de venir conmigo. Yo firmaba, yo daba los discursos, yo aparecía en las fotos, pero las decisiones reales las tomaba ella.
El Chapo dejó escapar un suspiro largo, casi de satisfacción, no porque disfrutara el dolor de Maduro, sino porque esa confesión confirmaba algo que él siempre había sospechado, que los hombres que se presentan como líderes fuertes muchas veces son solo fachadas de estructuras de poder mucho más complejas y ocultas. ¿Y por qué lo permitiste?, preguntó el Chapo, esta vez sin sarcasmo, solo con curiosidad genuina. Maduro tardó en responder.
Cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro. Porque sin ella yo no era nadie, admitió. Chávez me eligió porque era manejable y ella lo sabía. Desde el principio supo que yo necesitaba que alguien me dijera qué hacer. Y ella tomó ese papel y yo se lo permití porque porque tenía miedo de quedarme solo. La confesión era brutal en su honestidad.
Maduro acababa de admitir en voz alta que todo el poder que había ostentado durante años no era suyo, que había sidouna marioneta, no de los estadounidenses ni de ninguna conspiración externa, sino de alguien mucho más cercano, su propia esposa. El Chapo, soltó una risa corta, pero esta vez no era de burla, era de reconocimiento.
“Al menos lo admites”, dijo. Eso ya es más de lo que hacen la mayoría. Pero mira dónde te dejó ese miedo. Aquí estás encerrado, sin ella, sin nadie. Y ahora sí estás solo. De verdad apretó los dientes. Las lágrimas seguían cayendo, pero ahora mezcladas con rabia. Y lo peor, continuó con voz temblorosa, es que ella sigue afuera. Ella no está presa.
Ella no va a pagar nada. Mientras yo me pudro aquí, ella probablemente ya está negociando con los que se quedaron, moviendo las cuentas que yo ni siquiera sabía que existían. El Chapo asintió desde su celda, aunque Maduro no pudiera verlo. Así funciona dijo. Los que realmente controlan nunca son los que caen. Caen las caras visibles.
Los que están detrás siguen moviéndose en las sombras. Siempre ha sido así. Maduro comenzó a golpearse la cabeza contra la pared, no fuerte, solo lo suficiente para sentir el dolor físico que lo distrajera del dolor emocional. “Soy un estúpido”, murmuró. Un estúpido que se creyó presidente, un estúpido que se creyó líder, un estúpido que dejó que una mujer lo manejara como si fuera un niño.
El Chapo dejó que esas palabras flotaran unos segundos antes de responder. No eres el único dijo. He conocido capos que se creían intocables y terminaron traicionados por su propia familia. He visto jefes que confiaron en la persona equivocada y terminaron muertos o presos. Tú no eres especial en eso.
Lo único especial es que tú lo hacías frente a cámaras y con una bandera en el fondo. La comparación fue devastadora. Maduro se dio cuenta de que en esencia no era diferente de cualquier otro criminal que confió en la persona equivocada. Solo que él lo había hecho con un título pomposo y un discurso lleno de palabras como soberanía y revolución.
¿Y ahora qué hago? preguntó Maduro con voz de niño perdido. ¿Qué se supone que haga con esto? El Chapo respiró hondo. Nada, respondió con frialdad. No hay nada que hacer. Solo aceptarlo y vivir con eso hasta que te mueras aquí adentro. Esas palabras fueron el golpe final. Maduro se desplomó completamente, acostándose en el suelo frío de la celda, enrollándose en posición fetal, temblando no de frío, sino de colapso emocional total.
El Chapo, desde su celda, lo nono, recuerda que su mujer también fue encerrada. Cambia eso. Cuando la oscuridad del segundo día comenzó a caer sobre el pasillo de aislamiento, Maduro seguía sentado en el suelo de su celda, con la espalda apoyada contra la pared fría. la mirada perdida en algún punto inexistente del techo.
Las confesiones que acababa de soltar lo habían dejado vacío, como un recipiente agrietado del que se escapa todo lo que alguna vez contuvo. Desde su celda, el Chapo llevaba varios minutos en silencio, pero no era el silencio reflexivo de antes, era un silencio cargado como el que precede a una tormenta. Y cuando finalmente habló, lo hizo con un tono que Maduro no había escuchado hasta ese momento.
Sarcasmo puro, filoso, sin piedad. ¿Ya terminaste de llorar? Preguntó el Chapo arrastrando las palabras. Porque la verdad suenas patético. Maduro levantó la cabeza confundido. No esperaba ese cambio de tono. Durante horas el Chapo había sido algo parecido a un confesor, alguien que escuchaba sin juzgar demasiado. Pero ahora había algo distinto en su voz, algo que dolía más que cualquier insulto directo.
¿Qué dijiste?, preguntó Maduro con voz todavía débil. que suenas patético, repitió el Chapo, esta vez con más énfasis. Llevas dos días llorando, gritando, echándole la culpa al sistema, a los gringos, a tus generales, y ahora resulta que tú sabías todo, pero no hiciste nada. ¿Sabes cómo se llama eso? Cobardía.
Pura cobardía disfrazada de política. Las palabras le pegaron a Maduro como bofetadas. se puso de pie de golpe con las piernas todavía temblorosas y caminó hacia la pared que lo separaba. “Tú no entiendes nada”, respondió con la voz comenzando a quebrarse otra vez. “Tú nunca tuviste que gobernar un país. Tú solo tuviste que mover droga y sobornar gente.
Yo tuve que mantener un sistema entero funcionando mientras el mundo me atacaba por todos lados.” El Chapo soltó una carcajada seca, casi cruel. mantener el sistema funcionando, repitió con ironía Mordaz. Amigo, tú no mantenías nada. Tú eras el títere y lo peor es que ni siquiera te diste cuenta.
Esa acusación fue la gota que derramó el vaso. Maduro comenzó a caminar en círculos dentro de su celda, como un animal enjaulado, respirando cada vez más rápido, apretando los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. “Yo no era un títere”, gritó. Yo tomaba las decisiones, yo firmaba las órdenes, yo Tú firmabas lo que te ponían enfrente.
Lo interrumpió el Chapo con unatranquilidad que contrastaba brutalmente con la desesperación de Maduro. No me vengas con ese cuento. Yo he visto cómo funcionan los gobiernos corruptos. Siempre hay alguien detrás jalando los hilos. Y en tu caso, todos sabemos quién era. Maduro se detuvo en seco. Su respiración se congeló por un segundo.
Sabía exactamente a quién se refería el Chapo. Y solo escuchar esa insinuación lo hizo explotar de una forma que ni él mismo esperaba. No te atrevas a mencionarla, rugió golpeando la pared con ambas manos. No te atrevas. Pero el Chapo no se detuvo, al contrario, había encontrado el nervio exacto y decidió presionarlo con toda la fuerza posible.
“Tu mujer”, dijo, pronunciando las palabras lentamente, saboreando el efecto que causaban. Silia Flores, la que realmente mandaba, la que controlaba los contratos, las cuentas, los favores. Tú eras la cara, pero ella era el cerebro y tú lo sabes. En unos instantes vas a descubrir cómo esa acusación, lanzada sin filtro por el Chapo, desató en maduro, una confesión todavía más profunda y desgarradora.
La admisión de que nunca tuvo el control real de nada, ni siquiera de su propio gobierno. Maduro se dejó caer contra la pared, deslizándose hasta quedar sentado de nuevo con las manos cubriéndose el rostro. Los soyosos que salieron esta vez no eran solo de tristeza, eran de rabia, de vergüenza, de humillación absoluta.
Ella comenzó a decir entre soyosos, fue la que la que hizo los contactos. La que movió el dinero, la que la que me decía qué decir, a quién nombrar, qué firmar. El Chapo escuchaba en silencio ahora, dejando que Maduro se vaciara completamente. Yo solo era yo solo era la voz, continuó Maduro con la voz rota. Ella manejaba todo por debajo.
Los generales respondían a ella, no a mí. Los ministros la consultaban a ella antes de venir. Conmigo, yo firmaba. Yo daba los discursos, yo aparecía en las fotos, pero las decisiones reales las tomaba ella. El Chapo dejó escapar un suspiro largo, casi de satisfacción, no porque disfrutara el dolor de Maduro, sino porque esa confesión confirmaba algo que él siempre había sospechado, que los hombres que se presentan como líderes fuertes muchas veces son solo fachadas de estructuras de poder mucho más complejas y ocultas. ¿Y por qué lo
permitiste?, preguntó el Chapo, esta vez sin sarcasmo, solo con curiosidad genuina. Maduro tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro, porque sin ella yo no era nadie, admitió. Chávez me eligió porque era manejable y ella lo sabía. Desde el principio supo que yo necesitaba que alguien me dijera qué hacer.
Y ella tomó ese papel y yo se lo permití. ¿Por qué? porque tenía miedo de quedarme solo. La confesión era brutal en su honestidad. Maduro acababa de admitir en voz alta que todo el poder que había ostentado durante años no era suyo, que había sido una marioneta, no de los estadounidenses ni de ninguna conspiración externa, sino de alguien mucho más cercano, su propia esposa.
El Chapo soltó una risa corta, pero esta vez no era de burla, era de reconocimiento. “Al menos lo admites”, dijo. Eso ya es más de lo que hacen la mayoría. Pero mira dónde te dejó ese miedo. Aquí estás encerrado. Ella también está encerrada. Interrumpió Maduro de repente con voz cargada de veneno. La trajeron conmigo. Está en otro módulo, en este mismo edificio, y no me dejan verla.
No me dejan ni hablarle. El Chapo guardó silencio unos segundos procesando esa información. Entonces lo separaron a propósito, dijo casi pensando en voz alta, para que se echen la culpa el uno al otro cuando lleguen los interrogatorios. Están jugando con ustedes. Maduro apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Y lo peor, continuó con la voz quebrándose, es que parte de mí, parte de mí quiere que ella pague. Quiero que ella sienta lo mismo que estoy sintiendo yo, porque ella fue la que me metió en esto. Ella fue la que me convenció de que podíamos manejar todo, de que éramos intocables. Y ahora, ahora estamos los dos aquí.
Y yo la odio. Por eso la odio. Y al mismo tiempo no pudo terminar la frase. El llanto lo interrumpió. un llanto profundo, desgarrador, que salía desde un lugar que llevaba años enterrado. El Chapo dejó que el silencio se asentara antes de hablar. “Así es como te rompen”, dijo con voz tranquila.
No solo te encierran, te separan de lo único que te quedaba y luego esperan a que te desmorones solo. Y cuando llegue el momento vas a tener que decidir, “¿La proteges o te salvas tú?” Maduro levantó la cabeza con los ojos enrojecidos. No puedo salvarme, murmuró. Ya no hay nada que salvar. Entonces vas a hundirte junto con ella, sentenció el Chapo.
Y vas a pasar el resto de tu vida preguntándote si valió la pena. Esas palabras resonaron en la celda como un eco interminable. Maduro se quedó ahí sentado en el suelo, temblando, sintiendo como todo lo quealguna vez fue se desintegraba frente a sus ojos. Y en ese segundo día de encierro, Nicolás Maduro dejó de ser el hombre que gobernó un país para convertirse en lo que realmente siempre había sido.
Un títere roto, culpando a la única persona que alguna vez lo sostuvo. Cuando la noche del segundo día cayó completamente sobre la prisión, el pasillo de aislamiento quedó sumido en una oscuridad casi total. Solo quedaba el resplandor tenue de las luces de emergencia al final del corredor, esas que nunca se apagan del todo.
Porque en lugares como ese, la oscuridad absoluta puede desatar cosas peores que el miedo. Puede desatar la locura. Maduro ya no lloraba, ya no gritaba, ya no golpeaba las paredes, simplemente estaba ahí acostado en el catre estrecho, mirando el techo invisible, respirando de forma entrecortada, como alguien que acaba de correr una maratón emocional de la que no hay recuperación posible.
El Chapo desde su celda también estaba en silencio. Había dicho todo lo que tenía que decir. Ahora solo quedaba esperar a que el tiempo hiciera su trabajo. Ese trabajo lento, implacable, de convertir a los hombres poderosos en sombras de sí mismos. Fue Maduro quien rompió el silencio con una voz tan baja que el Chapo tuvo que agudizar el oído para escucharlo.
¿Tú crees en algo?, preguntó. ¿En Dios, en la justicia? ¿En algo? El Chapo respiró hondo antes de responder. Creí, dijo, hace mucho. Pero aquí adentro uno deja de creer en las cosas grandes y empieza a creer solo en las pequeñas, en que mañana habrá desayuno, en que la celda no se va a la inundar, en que no te van a trasladar a un lugar peor. Eso es todo.
Maduro cerró los ojos. La respuesta no le dio consuelo, pero al menos era honesta. Yo creí que estaba haciendo algo importante, murmuró, que estaba defendiendo algo, que la historia me recordaría de otra forma. La historia te va a recordar, respondió el Chapo, pero no como tú querías. Te van a recordar como el que hundió a su país, como el que se escondió detrás de discursos mientras su gente se moría de hambre, como el que culpó a todos menos a sí mismo. Así es como te van a recordar.
Las palabras cayeron como piedras. Maduro no respondió porque sabía que era cierto. Ya no había forma de cambiar esa narrativa. Los libros de historia ya estaban siendo escritos y él no tenía lápiz para corregir nada. Pasaron varios minutos más. Luego, desde la celda del Chapo, salió una última frase dicha casi como un susurro, pero cargada de un peso brutal.
Lo único que nos queda, vecino, es decidir cómo vamos a pasar el resto de nuestros días aquí. Si peleando contra algo que ya no se puede cambiar o aceptando que esto es todo lo que hay, Maduro no respondió. No había nada que decir porque el Chapo acababa de resumir en una sola frase la sentencia definitiva de sus vidas. Esto es todo lo que hay.
No habrá rescates, no habrá segundas oportunidades, no habrá redención cinematográfica, solo celdas, silencio y el peso aplastante del tiempo. Y así terminó el segundo día, sin explosiones, sin gritos, sin revelaciones espectaculares. Solo dos hombres en celdas separadas enfrentando la verdad más dura de todas, que el poder que alguna vez tuvieron nunca fue realmente suyo.
y que la caída, aunque dolorosa, era inevitable desde el momento en que decidieron jugar ese juego. Ramírez, que había regresado para el turno nocturno, pasó frente a las celdas una última vez antes de irse a su puesto. Miró por la rendija de la celda de Maduro y lo vio acostado, inmóvil, con los ojos abiertos, pero sin vida.
Luego miró la celda del Chapo y lo vio exactamente igual. Despierto, quieto, mirando la nada. Dos hombres que movieron continentes, pensó Ramírez, y ahora no pueden mover ni el cerrojo de su propia puerta. Cerró su reporte de turno con una sola anotación, sin incidentes. ¿Alguna vez te has preguntado cuántos maduros y cuántos chapos existen en este momento? Moviéndose libremente, creyendo que son intocables.
¿Cuántos políticos están firmando lo que les ponen enfrente sin leer? ¿Cuántos narcos están convencidos de que su imperio va a durar para siempre? Esta historia no es solo dos hombres en una cárcel, es sobre un sistema completo que permite que personas así lleguen al poder, que se mantengan ahí durante años y que cuando finalmente caen sean reemplazadas por otras exactamente iguales.
Mientras tú y yo vemos las noticias celebrando capturas y decomisos, en algún lugar ya hay otro convoy subiendo una montaña, otro político firmando un contrato turbio, otro general mirando para otro lado, porque el problema nunca fue Maduro, nunca fue el Chapo. El problema es que vivimos en un mundo donde el poder sin límites siempre termina en el mismo lugar, en una celda o en una tumba.
Y mientras eso no cambie, las historias van a seguir repitiéndose. Lo único que cambia son los nombres. Y las autoridades, esas que salen enconferencias de prensa con trajes impecables y discursos ensayados, seguirán hablando de victorias históricas, mientras ignoran que el sistema que permite que existan estos monstruos sigue intacto, funcionando, alimentándose de la misma corrupción, la misma complicidad y el mismo silencio de siempre.
Porque al final lo que Maduro le confesó al Chapo en esa celda no fue solo su culpa personal, fue la confesión de un sistema entero que nos ha fallado a todos. Si esta historia te sacudió, si te hizo pensar, aunque sea por un segundo, en lo podrido que está el sistema en el que vivimos, entonces no te vayas de este video sin hacer algo concreto.
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Este canal existe para contar lo que las conferencias de prensa callan, para recordarte que detrás de cada triunfo de la justicia hay conversaciones como la de Maduro y el Chapo. Conversaciones donde los poderosos admiten que nunca tuvieron el control, que fueron títeres, que todo fue un teatro. Suscríbete si crees que la verdad, aunque incómoda, siempre vale más que la mentira bien vestida.
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