389 criminales neutralizados

EL FUNERAL DEL MENCHO TERMINA EN CAOS HARFUCH DESPLIEGA 400 HOMBRES Y HUMILLA AL CJNG


389 criminales neutralizados, 400 hombres de élite desplegados de forma simultánea, un cementerio privado a las afueras de Guadalajara convertido en zona de guerra en menos de 15 minutos. Y en el centro de todo, un ataú de madera oscura con flores blancas y amarillas cargando el cuerpo de Nemesio o ceguera Cervantes, el Mencho, el hombre que durante más de una década fue tratado como un fantasma, el capo que desafió al Estado mexicano durante años.
el líder del cártel Jalisco Nueva Generación, el nombre que hacía que colonias enteras se callaran cuando se mencionaba. Ese martes 24 de febrero de 2026, su funeral no fue una despedida, fue una trampa y se cerró con una precisión que todavía hoy cuesta dimensionar. Piénsenlo un segundo. No estamos hablando de un enfrentamiento en una brecha perdida, ni de un operativo nocturno en una sierra lejana.
Estamos hablando de un cementerio privado con capilla, con jardines cuidados, con coronas que costaban más que el sueldo mensual de miles de familias mexicanas. Un lugar diseñado para el silencio, para pasar desapercibido, para no llamar la atención. Y aún así, a las 13 en punto, ese silencio se rompió de la forma más violenta posible.
Lo que ocurrió ese día no fue improvisado, no fue una reacción, no fue una corazonada, fue una decisión calculada, firmada con semanas de anticipación, armada con inteligencia pura, nombre por nombre, ruta por ruta, coordenada por coordenada. Y detrás de esa decisión había un nombre que hoy los cárteles ya no pronuncian a la ligera.
Pero antes de llegar a eso, hay que entender el contexto, porque aquí el contexto lo es todo. El cementerio estaba ubicado en una franja extraña, ni completamente rural ni completamente urbana, donde terminan los fraccionamientos cerrados y empiezan los caminos de terracería, muros altos de piedra gris, una capilla pequeña de techo rojo, árboles viejos, senderos de grava, un lugar tranquilo, casi olvidado, de esos donde el tiempo parece ir más lento.
Perfecto para un funeral que nadie quería que se volviera noticia y perfecto también para algo más, porque el problema del CJNG no era solo enterrar al mencho. El problema real era lo que venía después. Un cártel de ese tamaño no sobrevive sin cabeza. Necesita mando, necesita orden, necesita decisiones rápidas antes de que el vacío lo ocupe alguien más.
Y ese funeral, aunque nadie lo iba a decir en voz alta, era también una reunión de alto nivel. Los que estaban ahí no eran solo familiares, eran operadores regionales, jefes de plaza, encargados de rutas, enlaces financieros, gente que cargaba información crítica en la cabeza y en los teléfonos, personas que esa mañana creyeron que el luto les daba algo parecido a inmunidad, se equivocaron.
Desde semanas antes, la inteligencia militar y civil ya había detectado señales inquietantes. Vehículos de lujo moviéndose hacia Jalisco sin justificación aparente. Comunicaciones encriptadas hablando de una fecha, de un punto específico de la palabra descanso, que en el lenguaje del cártel significa algo muy concreto.
Dro civiles sobrevolando la zona del cementerio días antes. Y finalmente una filtración, un nombre, una dirección, una hora. Alguien decidió que ya no valía la pena guardar el secreto. Cuando esa información llegó al escritorio correcto, el análisis fue inmediato. Si el CJ lograba usar ese funeral para reorganizarse, para repartirse plazas, para cerrar filas, el trabajo de meses se iba a complicar brutalmente.
La ventana era pequeña, la decisión tenía que tomarse antes de que se cerrara y se tomó. 400 hombres de élite, fuerzas especiales del ejército, guardia nacional, unidades tácticas. No era un operativo de rutina, era una respuesta quirúrgica a una amenaza puntual. Tres helicópteros Black asignados, drones térmicos mapeando el perímetro desde antes del amanecer, convoy cerrando absolutamente todos los accesos, incluidos caminos que ni siquiera aparecen en mapas digitales.
A las 12:50 el cementerio ya estaba rodeado. Nadie dentro lo sabía. A las 13 el cielo se partió. Los Black Hawk descendieron en formación baja, reflectores encendidos, cortando la luz del mediodía como cuchillas. En el jardín las cabezas se levantaron al mismo tiempo. Algunos gritaron, otros se quedaron congelados.
Los icarios, vestidos de negro, mezclados entre los asistentes, reaccionaron como estaban entrenados. sacaron lo que llevaban escondido. Y aquí es donde la escena se vuelve difícil de creer. Los rifles no estaban afuera, estaban dentro, ocultos en ataúdes vacíos usados como utilería, en maletas que parecían pertenencias del difunto, en mochilas cubiertas con flores artificiales, granadas en los bolsillos de los sacos, chalecos antibalas bajo camisas blancas.
Ese no era solo un funeral, era un arsenal camuflado. El primer intercambio de fuego fue inmediato. Ráfagas cortas, precisas. Granadas aturdidoras explotando en el centro del jardín. Francotiradores trabajando desde posiciones elevadas fuera del muro, neutralizando amenazas sin tocar a civiles.
Los 400 hombres entraron al mismo tiempo por puertas, por jardines, por el techo de la capilla, por muros abiertos con equipo hidráulico. No existía un solo punto de escape. Los gritos de al suelo se mezclaron con detonaciones y disparos. Algunos intentaron correr hacia el cerro del lado norte. El cerco terrestre los estaba esperando.
Otros se escondieron entre las tumbas. No funcionó. Unos pocos se rindieron. En menos de 15 minutos todo terminó. 389 criminales neutralizados. Ese es el número oficial. El cementerio quedó irreconocible. Ataúdes volcados, coronas destrozadas, humo flotando entre tumbas viejas, reflectores encendidos en pleno día, cintas amarillas rodeando lo que ya era una escena histórica.
Y aquí hago una pausa rápida. Si no están suscritos al canal, háganlo ahora. Activen la campanita. Lo que sigue en este video y lo que viene después es clave para entender lo que realmente pasó. Durante esos 15 minutos ocurrieron escenas que no aparecen en los reportes oficiales. Un elemento de Guardia Nacional, 22 años, originario de Zacatecas, apodado el rana, entró por el techo de la capilla.
Encontró a mujeres y niños escondidos bajo los bancos. lo sacó uno por uno antes de volver al combate. Otro elemento, el topo, recibió un impacto directo en el chaleco. Cayó sin aire, se levantó y siguió avanzando sin pedir relevo. A unos 300 m, una mujer grabó 30 segundos con su celular antes de que su madre la jalara hacia adentro.
Ese video fue lo primero que explotó en redes. En el centro de mando, cuando se confirmó que el jardín estaba bajo control y que el ataúdia sido asegurado, la orden fue breve. Ya era hora. Los peritos forenses verificaron identidad, huellas, cicatrices, registros. Todo coincidía. El mencho estaba ahí. Su muerte era real.
El cuerpo fue trasladado bajo custodia extrema, sin homenajes, sin corridos, sinolos. Pero lo más importante no fue el ataú, fue lo que se encontró después. Rifles Barret calibre50, lanzagranadas, miles de cartuchos. efectivo, joyas y decenas de teléfonos celulares. Esos teléfonos confirmaron lo que se sospechaba.
El funeral era una junta de mando, mensajes sobre plazas, rutas, dinero, preorganización en varios estados. La minuta completa de una organización criminal. Uno de esos teléfonos reveló contactos directos con líneas vinculadas a estructuras municipales en Jalisco. Cuando eso se confirmó, el nivel del caso cambió por completo.
La Fiscalía Especializada fue activada, equipos financieros convocados, operativos derivados lanzados en silencio esa misma noche. La frase que resumió todo fue clara. El Mencho no tenía derecho a un adiós tranquilo. Desde ese día, en varias zonas de Guadalajara, los puntos de cobro desaparecieron. En Michoacán, células completas se disolvieron sin disparar un tiro.
No es solo miedo, es desorientación total. Y queda una pregunta incómoda. ¿Cómo supo el estado exactamente dónde y cuándo sería ese funeral? La hipótesis más fuerte es también la más fría. Alguien desde dentro la información, no por justicia, por conveniencia, para eliminar rivales internos de un solo golpe. Sí, eso es cierto.
Lo que pasó en ese cementerio no fue solo un operativo federal. Fue el primer movimiento de una guerra interna que todavía no ha terminado de mostrar sus cartas. El CJNG no desaparece de un día para otro, pero el mito sí murió. murió entre flores rotas, reflectores y silencio. Y ese silencio, después de todo lo que ocurrió ya no suena igual.
El impacto real de lo ocurrido en ese cementerio no se midió solo en las horas posteriores. Se empezó a notar cuando las comunicaciones del CJNG, las pocas que seguían activas, comenzaron a cambiar de tono. No había órdenes claras, no había instrucciones precisas, había mensajes cortos, confusos, contradictorios.
Gente preguntando dónde reagruparse, gente pidiendo confirmación que nunca llegaba, gente desconectándose sin avisar. En estructuras criminales tan grandes, el silencio no es neutral, el silencio es peligroso. Durante la noche de ese mismo martes, las agencias de inteligencia detectaron algo que no suele ocurrir tras un golpe de este tamaño.
No hubo un intento inmediato de respuesta violenta. No hubo convoys armados saliendo a las calles. No hubo bloqueos masivos ni incendios coordinados como los que el CJNG solía activar cuando quería enviar un mensaje. Hubo otra cosa, dispersión. Vehículos saliendo sin rumbo fijo, casas de seguridad vaciadas a medias, personas moviéndose con lo puesto, sin cargar armas largas, sin escoltas, como si nadie quisiera llamar la atención.
como si todos entendieran que cualquier movimiento brusco podía ser el último. En al menos dos municipios del interior de Jalisco, los sistemas de monitoreo detectaron apagones selectivos de teléfonos asociados a la red del cártel, no caídas técnicas, apagones deliberados, líneas que habían estado activas durante años y que de pronto desaparecieron al mismo tiempo.
Eso no es una retirada organizada, eso es pánico. En paralelo, dentro de las fuerzas federales, el operativo del cementerio activó protocolos que no se activan con frecuencia. El nivel de alerta subió no porque se esperara un contraataque inmediato, sino porque se entendió que el golpe había dejado algo mucho más volátil, un vacío.
Cuando un líder de ese nivel cae y el intento de reorganización fracasa de forma tan brutal, el problema deja de ser un cártel cohesionado y pasa a ser una constelación de células sin mando claro. Y esas células, cuando no tienen dirección reaccionan de maneras impredecibles. Algunas buscan desaparecer, otras buscan vender información, otras buscan imponer su propia autoridad a la fuerza.
Ese es el momento más peligroso en cualquier reconfiguración criminal. Durante las siguientes 48 horas comenzaron a circular rumores dentro del propio mundo del narco, no confirmados, no oficiales, pero insistentes. Versiones que hablaban de ajustes internos, de cuentas cobradas sin ruido, de personas que habían estado en el funeral y que por razones que no quedaron claras no llegaron a caer durante el operativo y que ahora estaban siendo buscadas por los suyos.
Porque hay algo que no se dice lo suficiente. En una organización como el CJNG, sobrevivir a un golpe así no siempre es una ventaja. A veces es una condena. Los interrogatorios a los detenidos confirmaron algo que los analistas ya sospechaban. Muchos de los que estaban en el cementerio no sabían exactamente quién más iba a asistir.
La convocatoria fue fragmentada, compartimentada. A unos se les dijo una hora, a otros otra. A algunos se les dio una ubicación parcial. Eso refuerza una idea inquietante. Alguien diseñó esa reunión sabiendo que concentrar a tantos mandos en un solo punto era extremadamente arriesgado y aún así lo hizo. Desde el punto de vista estratégico, el operativo del funeral no solo neutralizó personas y decomisó armas, rompió la confianza interna del cártel.
Porque después de algo así, nadie sabe quién habló, nadie sabe quién entregó la información, nadie sabe si el que está al lado va a ser el siguiente en desaparecer. Esa desconfianza es corrosiva. En las semanas siguientes, los informes de inteligencia empezaron a mostrar algo más. Movimientos inusuales en regiones donde el CJNG solía tener control sólido, no tomas violentas de otros cárteles, sino una especie de pausa tensa, territorios que quedaban en el aire, rutas que dejaban de operar temporalmente.
Eso no significa paz, significa reacomodo. Y en ese reacomodo, el estado tiene una ventana que rara vez se abre de esta forma. una ventana en la que las estructuras criminales están demasiado ocupadas mirándose entre ellas como para reaccionar con fuerza hacia afuera. La gran incógnita es cuanto va a durar esa ventana, porque golpes de esta magnitud generan otra consecuencia inevitable, presión política.
A partir del día siguiente, los reflectores no solo apuntaron al CJNG, apuntaron también a las instituciones, a la coordinación, a las filtraciones, a las posibles complicidades. Los teléfonos incautados en el cementerio no solo revelaron nombres criminales, revelaron patrones, contactos recurrentes, llamadas que coincidían con decisiones administrativas en municipios específicos, coincidencias que cuando se ponen sobre la mesa dejan de parecer casuales.
Eso abrió líneas de investigación que no se anuncian en conferencias de prensa, investigaciones que avanzan despacio en silencio, porque tocar esos hilos implica tocar estructuras que van mucho más allá del narco armado. Y ahí es donde el caso se vuelve incómodo, porque una cosa es enfrentar a hombres armados en un cementerio y otra muy distinta es enfrentar redes que han aprendido a moverse dentro del sistema sin disparar un solo tiro.
Mientras tanto, en las comunidades donde el CJNG había impuesto su ley durante años, la reacción fue ambigua. Hubo alivio, sí, pero también incertidumbre. Comerciantes que no sabían si volverían a cobrarles, familias que no sabían si los que se fueron volverían o serían reemplazados por alguien peor. La caída de un cártel nunca es un evento limpio, es un proceso. Y ese proceso ya empezó.
Lo que ocurrió ese martes no fue el final de una historia, fue el punto exacto donde varias historias se cruzaron al mismo tiempo. La del estado que decidió no permitir una reorganización, la de un cártel que perdió su núcleo en el momento más simbólico posible y la de una estructura criminal que ahora se mira a sí misma sin saber quién va a dar la próxima orden.
Y ahí, justo ahí, es donde el panorama se vuelve realmente interesante y peligroso. Porque cuando el polvo se asienta y el ruido baja, lo que queda no es calma, es expectativa. y alguien en algún lugar ya está preparando el siguiente movimiento. Lo que casi nadie entendió ese martes, mientras las imágenes del cementerio se volvían tendencia y el país se dividía entre incredulidad y alivio, es que el operativo no terminó cuando el último disparo se apagó.
El operativo real apenas estaba empezando porque el golpe del cementerio no fue solo un golpe de fuerza, fue una operación de inteligencia con un objetivo que no se dice en voz alta cortar la columna vertebral, pero también agarrar la libreta completa. Los teléfonos, las listas, los contactos, los nombres, la arquitectura entera.
Y por eso esa misma tarde, mientras todavía había humo flotando entre lápidas, ya había otra escena ocurriendo en paralelo. En oficinas sin ventanas, con pantallas encendidas, los analistas estaban haciendo lo que para un cártel es peor que perder un enfrentamiento. Estaban leyendo su mente, estaban reconstruyendo su red, estaban viendo quién hablaba con quién, quién pagaba, quién cobraba, quién ordenaba, quién obedecía, quién fingía obedecer.
Y aquí es donde el asunto se vuelve verdaderamente asfixiante para el CJNG, porque el cártel puede sobrevivir a un operativo grande, puede reclutar más gente, puede comprar más armas, puede mover rutas, pero lo que no puede comprar es algo que se pierde una sola vez, la sensación de control. Y ese martes el control se les fue de las manos en el lugar más simbólico posible.
Lo que ocurrió en las horas siguientes fue una especie de apagón emocional dentro del mundo criminal. Nadie quería hacer el siguiente. Nadie quería ser el nombre que apareciera en el siguiente teléfono. Nadie quería contestar llamadas. Nadie quería dar órdenes. Porque dar una orden en ese momento era firmar tu presencia, era decir, “Estoy aquí.
” Y ese estoy aquí podía terminar en otro cerco. A medianoche empezaron los primeros movimientos raros. No los que salen en la tele, no los de sirenas y convoys, los que ocurren cuando un grupo entiende que está desnudo. Casas de seguridad vaciadas en silencio, camionetas saliendo con luces apagadas. Equipos que se separan en grupos de dos o tres para no llamar la atención, gente quemando papeles en patios traseros, celulares rotos, chips enterrados, ropa táctica tirada en bolsas negras como si fuera basura. Hubo reportes de que en Zapopan
y Plajomulco durante la madrugada se vieron camionetas circulando sin placas, pero sin la actitud habitual del CJNG. No iban desafiando, no iban patrullando, iban buscando salida, iban en modo huida. Y mientras eso ocurría, empezó a crecer otra cosa mucho más peligrosa que la huida, la sospecha interna.
Porque el CJNG, por muy violento que sea, funciona con un principio básico, confianza operativa. Tú no puedes mover rutas, armas y dinero si no confías en que el otro no está vendido. Pero después del cementerio, ¿cómo confías? Esa es la pregunta que abrió la puerta a la peor parte. Porque lo primero que hace una organización criminal cuando recibe un golpe así no es solo reorganizarse, es buscar al traidor.
Y eso desata un tipo de violencia distinta. No necesariamente pública, no necesariamente masiva, pero sí brutal, fría, directa, violencia de limpieza interna. La paranoia se volvió gasolina. Esa misma semana comenzaron a circular versiones entre operadores de bajo rango, que alguien entregó el funeral, que esto no lo supieron por casualidad, que alguien los puso y cuando en un grupo criminal se instala esa idea, empiezan los señalamientos.
Y cuando empiezan los señalamientos, empiezan los silencios raros, las desapariciones pequeñas, los ya no contesta, los ya no llegó, los se fue con la familia, en otras palabras, empezó la cacería y aquí hay un detalle que da escalofríos si lo miras con calma. El CJNG podía aceptar que el mencho estaba muerto.
Eso era un hecho inevitable. Pero lo que no podían aceptar era que su despedida se convirtiera en un matadero, porque el funeral era el último símbolo, la última escena donde podían decir seguimos aquí, donde podían mostrarse unidos, donde podían cerrar filas. Y les arrebataron eso delante de todos. Ese tipo de humillación no se procesa como una pérdida, se procesa como una afrenta, como un desafío directo, como una marca que pide venganza.
Solo que esta vez, ¿contra quién? Ahí está el problema. Porque la venganza del CJNG siempre funcionó con una lógica, de mostrar fuerza pública para recuperar miedo, bloqueos, incendios, ataques, caos. Pero después del cementerio, cualquier despliegue masivo era un riesgo enorme, porque ya no estaban seguros de sus comunicaciones, ya no estaban seguros de su perímetro, ya no estaban seguros de quien estaba observando.
Entonces, la venganza, si llegaba, iba a ser diferente, más selectiva, más silenciosa, más en la sombra. Y eso hace que el ambiente se vuelva peor, no mejor, porque la violencia silenciosa no se ve venir. Mientras tanto, en el lado del estado, el mensaje fue claro, no solo con palabras, con forma. Ese martes dejó una imagen.
Helicópteros, tropas, cerco perfecto, entrada simultánea, control total. Una demostración de capacidad que no se monta si no quieres que se sepa que puedes hacerlo. Y de puertas adentro la lectura fue aún más dura. Si pudieron hacer esto en un funeral protegido por el cártel, entonces pueden hacerlo en cualquier lado.
Esa idea sola reconfigura el tablero. En los días siguientes ocurrieron dos cosas que juntas describen el terremoto. La primera, se reportaron renuncias discretas dentro de la red criminal. Operadores que simplemente desaparecieron. No huyeron por miedo a la ley, huyeron por miedo a los suyos. Porque cuando un cártel se siente infiltrado, mata hacia adentro antes de mirar hacia afuera.
La segunda, apareció algo que no suele aparecer cuando los grupos se sienten fuertes. Filciones, pequeñas filtraciones, rumores de ubicaciones, nombres de mandos medios, coordenadas de bodegas, datos sueltos. Eso pasa cuando la gente empieza a negociar su supervivencia. Y si eso te parece grave, espérate, porque aquí entra la parte internacional.
Cuando un evento de esta magnitud revienta, no se queda en un estado, no se queda en México, no se queda en redes. La presión de agencias extranjeras, especialmente de Estados Unidos, no se mide por comunicados, se mide por llamadas, por reuniones, por solicitudes urgentes de información, por interés repentino en evidencia digital, por insistencia en rutas financieras, por movimientos discretos que no salen en la prensa.
El golpe del cementerio, si lo miras desde esa óptica, fue también una mina de oro para quien quiere reconstruir rutas de dinero que cruzan fronteras. Y cuando el dinero se vuelve el objetivo, el juego cambia. Porque las armas asustan, sí, pero el dinero derriba estructuras completas sin disparar. Eso significa que mientras el CJNG intentaba respirar, del otro lado estaban siguiendo sus huellas en transferencias, cuentas, prestanombres, compras, propiedades, empresas fachadas.
Y ese tipo de presión no se siente como un operativo, se siente como asfixia lenta. Y aquí viene una parte clave. El ambiente en Guadalajara y alrededores cambió. No porque hubiera más patrullas en cada esquina, sino porque la gente empezó a vivir con una certeza nueva. Si esto pasó en un funeral, ¿qué más puede pasar? Los vecinos cercanos al cementerio no solo recordaron los helicópteros, recordaron algo peor, el después, el silencio raro, la sensación de que por un momento un lugar tranquilo se volvió zona de guerra y volvió a ser
tranquilo en cuestión de horas, como si nada. Ese tipo de evento deja una cicatriz psicológica y al mismo tiempo deja otra cosa, un precedente, porque el crimen organizado también aprende y el CJNG si algo tiene es capacidad de adaptación. Y aunque el golpe los dejó sin núcleo, sin coordinación y sin símbolo, todavía quedaban piezas.
La pregunta real no era si iban a reaccionar, la pregunta era cómo. Y mientras el país discutía números y teorías, en el submundo se estaba cocinando una idea muy simple, muy peligrosa, que empezó a circular como veneno. Si no podemos golpear al estado de frente, golpeamos donde más duele sin que se vea.
Eso puede significar una escalada de ataques selectivos. Puede significar ajustes internos. Puede significar traiciones. Puede significar que el próximo capítulo no sea un enfrentamiento visible. sino una cadena de cosas pequeñas que juntas vuelven a encender el miedo. Porque así se sostienen los cárteles cuando pierden poder, no con grandes batallas, con recordatorios.
Y ahí es donde todo vuelve a una sola pregunta, la pregunta que nadie quiere formular en voz alta, pero que ya está flotando en el aire desde ese martes 24 de febrero. ¿Quién entregó el funeral? Porque si fue alguien del círculo interno, entonces no solo cayó el mencho, cayó la idea de lealtad dentro del CJ. Y cuando cae la lealtad, lo que queda es una organización armada, sin alma, sin confianza, sin centro.
Y una organización así es capaz de cualquier cosa. Y así, sin discursos, sin ceremonias, sin conferencias interminables, terminó lo que durante más de una década fue considerado intocable. No con un gran enfrentamiento en la sierra, no con una persecución cinematográfica, sino en un cementerio a plena luz del día, frente a flores, ataúdudes y gente vestida de negro.
Ahí terminó la última oportunidad del CJNG de demostrar cohesión. Ahí se rompió la narrativa de invencibilidad. Ahí quedó claro que ya no existen espacios sagrados, ni momentos intocables, ni lugares donde el estado no pueda llegar si decide hacerlo. El Mencho pasó años construyendo una imagen de poder absoluto, una figura que parecía sobrevivir a todo, a capturas, a golpes financieros, a operativos fallidos.
Esa imagen no cayó cuando murió, cayó cuando su funeral fue tomado, cercado y convertido en un operativo histórico. Porque morir es una cosa, pero ser desmantelado en tu despedida es otra muy distinta. Desde ese martes, el CJNG dejó de ser lo que era, no porque haya desaparecido, sino porque perdió lo más importante que tenía, la certeza interna de control.
Y sin esa certeza, ninguna organización criminal funciona igual. Lo que viene ahora no será inmediato, no será ruidoso, no será un solo evento, será un proceso de fragmentación, de disputas, de silencios incómodos, de traiciones que todavía no salen a la luz. El mapa criminal de varias regiones ya empezó a moverse y cuando el mapa se mueve, las consecuencias no siempre son visibles al principio.
Pero hay algo que sí quedó claro desde ese día. El mensaje no fue solo para el CJNG. fue para todos. El Estado ya no está reaccionando, está anticipándose, ya no está llegando tarde, está llegando primero. Y cuando eso ocurre, incluso los imperios más violentos descubren que también tienen límites. El funeral del Mencho no fue un cierre digno, fue el último error.
Y las preguntas que quedan abiertas son las que van a marcar los próximos meses. ¿Quién entregó la información? ¿Quién sobrevivió? ¿Y a qué precio? ¿Quién va a intentar llenar el vacío? ¿Y cuánto tiempo pasará antes de que ese intento choque con la misma pared? Eso es lo que viene. Si llegaron hasta aquí, gracias por quedarse. Déjenme en los comentarios qué creen que va a pasar ahora.
Suscríbanse si quieren seguir entendiendo lo que muchos prefieren no explicar, porque esto no terminó en un cementerio. Ahí, apenas empezó. Yeah.