“NO ERES MI MAMÁ”, ME GRITÓ CUANDO INTENTÉ ABRAZARLA… PERO 20 AÑOS DESPUÉS, CUANDO ME VIO ENFERMA, ME REGALÓ LO ÚNICO QUE SU “MAMÁ REAL” NUNCA LE DIO![]()
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**Yo sabía que no la había parido. Pero también sabía que yo fui quien le curó las fiebres y le secó las lágrimas. Aun así, su rechazo me rompió el corazón mil veces… hasta que la vida nos puso en la balanza final.**
***
Conocí a Elena cuando tenía 4 años.
Era hija de mi esposo, Carlos. Su madre biológica se fue cuando ella era bebé “a buscarse a sí misma” y nunca volvió.
Elena era una niña difícil. Enojada con el mundo.
Yo intenté todo. Le hacía trenzas, le cocinaba sus postres favoritos, le leía cuentos.
Pero ella siempre tenía una barrera.
Si la regañaba por no hacer la tarea, me gritaba: “¡Tú no me mandas! ¡No eres mi mamá!”.
Si intentaba darle un beso de buenas noches, se volteaba.
Creció y la adolescencia fue un infierno.
“Te odio”, me dijo el día de sus 15 años porque no le dejé usar un vestido demasiado corto. “Ojalá mi verdadera mamá estuviera aquí. Ella sí me entendería”.
Yo lloraba a escondidas en el baño.
Carlos me consolaba: “Es la edad, amor. Ya se le pasará”.
Pero no se le pasaba.
A los 18 años, se fue de la casa.
“Me voy a buscar a mi mamá de verdad”, me dijo con la maleta en la mano.
Se fue.
Pasaron 5 años sin saber de ella.
Carlos murió de un infarto repentino. Me quedé sola.
Y entonces, enfermé.
Mis riñones empezaron a fallar. Diálisis tres veces por semana. Mi cuerpo se consumía.
Estaba sola en el hospital, conectada a una máquina, esperando un milagro que no llegaba.
La lista de trasplantes es larga y yo era vieja y “no prioritaria”.
Un martes gris, la puerta de mi habitación se abrió.
Era ella. Elena.
Venía diferente. Más madura. Con ojeras.
No dijimos nada por un minuto.
—Hola… —susurró.
—Hola, hija —respondí por costumbre.
Se acercó a la cama.
—La encontré —dijo de golpe—. A mi mamá biológica.
Sentí un piquete en el corazón.
—¿Y? ¿Cómo es? —pregunté, tragándome los celos.
Elena sonrió con tristeza.
—Es… una mujer. Solo eso. Me recibió, sí. Pero cuando le dije que estaba estudiando y trabajando, me pidió dinero prestado. Cuando le conté de papá, dijo “ah, qué pena”. No me preguntó cómo estaba yo. No me ofreció un vaso de agua.
Elena tomó mi mano llena de agujas.
—Estuve con ella dos horas. Y en esas dos horas, me di cuenta de algo.
—¿De qué?
—De que madre no es la que presta el vientre. Madre es la que presta la vida.
Elena sacó un papel de su bolsa.
Era un documento médico.
—Me hice las pruebas, mamá. Soy compatible.
Me quedé helada.
—¿Compatible para qué?
—Para darte un riñón. Te operan mañana.
Me puse a llorar.
—No, Elena. No puedes. Eres joven. Tienes toda la vida por delante. No voy a dejar que te mutiles por mí. Yo… yo no soy tu mamá.
Elena me apretó la mano fuerte.
—Cállate, mamá. Tú eres la única mamá que tengo. Tú me curaste las rodillas raspadas. Tú me aguantaste mis berrinches. Tú me amaste cuando yo era insoportable. Mi “madre real” me dio la vida una vez y se fue. Tú me diste la vida todos los días durante 20 años. Ahora me toca a mí devolvértela.
***
La operación fue un éxito.
Hoy llevo un pedazo de ella dentro de mí.
Literalmente.
Elena vive conmigo ahora. No para que la cuide, sino para cuidarnos mutuamente.
Ayer estábamos viendo fotos viejas.
Salió una foto de sus 15 años, donde ella tiene cara de enojada y yo la miro con amor preocupado.
—Qué estúpida fui —dijo ella, acariciando la foto.
—No fuiste estúpida, mi amor —le dije—. Solo estabas herida. Y los heridos a veces muerden a quien los intenta curar.
Hoy quiero decirles algo a todas las madrastras, padrastros y padres de corazón que sienten que su amor cae en saco roto:
NO SE RINDAN.
El amor es una semilla que tarda en germinar.
A veces tarda 20 años. A veces tarda una vida.
Pero cuando florece… es la flor más hermosa y resistente del mundo.
No necesitas sangre para ser familia.
Solo necesitas un riñón… o un corazón dispuesto a darlo todo.
**COMPARTE SI CREES QUE MADRE ES LA QUE CRÍA Y AMA.** ![]()
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